jueves, 20 de agosto de 2015

Más lechuzas mensajeras


Yahallo!

Los más agudos os habréis percatado de que hoy es jueves y no miércoles, pero espero que podáis guardar el secreto.

Realmente no hay una razón por la que actualice hoy y no ayer, simplemente a pasado. Mis más sinceras disculpas.

Por cierto, antes de que se me olvide, en el camping donde he estado este tiempo he conocido a Tonks. 

Trabaja en una especie de todo a cien que hay en la entrada del camping y es, sin lugar a dudas, la persona más torpe que he conocido en toda mi vida. Cuando entré estaba ordenando algo subida a una escalera y cuando me vió se le calló una caja de el otro lado de la estantería, se bajó tan rápido de la escalera que la escalera se le calló al suelo también. Lo intenté, pero no pude evitar reír un poco mientras ponía en sus sitio la caja que se había caído del otro lado. Yo había ido allí para darle una bombona de butano gastada y para comprar otra y, cuando haces eso le quitan el tapón a la nueva y se lo ponen a la vieja y, después de varios intentos fallidos en poner el tapón en la bombona que le había llevado, se rindió y me dijo que tenía toda la tarde para ponerle el tapón. 

Supuse que había empezado trabajar hace poco y  que por eso estaba tan nerviosa, pero viendo tanta torpeza junta no pude evitar pensar en Tonks. Y, como caballero que soy con todo lo que me recuerda a Harry Potter, le puse el tapón a la bombona mientras me daba las vueltas (aplaudidme, por favor). Creo que fue amor a primera vista. Bueno, no, pero casi.

Oh, y también había un festival hippie (o eso querían aparentar, porque más de la mitad tenían tanto de hippie como lo tiene mi abuela que piensa que el reciclaje es tan estúpido como el que no te gusten los circos porque tratan mal a los animales). Lo único bueno de ese festival "hippie" fueron los dos conciertos tributo que tocaron. Uno de los Rolling Stones y otro de los Beatles. Muy buenos los dos, aunque estos segundos estaban muy mayores y solo pudieron tocar las canciones más tranquilitas.

Si, si, ya dejo de contar estupideces. ¿Respondo de una carrera y al capítulo? Perfecto.

Lectio in Aeterum: No te enfades con el blog :c Se que a veces es un poco travieso y hace travesuras pero en el fondo es un buen chico, el otro día le vi ayudando a una señora a cruzar la carretera. Además, acaricia perros y ayuda a patos a cruzar charcos sin mojarse, es un buen blog.

Kalita Bell: El personaje de Ron está creado para que me burle de el. Lo siento pero es que es tan... ¿Ron?

Anonimus Maximus: Dirás lo que quieras, pero ya me has mandado los besos. Y serás todo lo heterosexual que quieras, pero acabas mandar besos a un hombre. 

JuanMa: Es una teoría chula y tiene algo de sentido, me gusta :3 Y eso de ver links... No tengo problemas con abrir links de desconocidos xD no le des tantas vueltas.

Jime Toledo: ¡Felicidades! Algo atrasadas, pero felicidades xD Ehh... Un libro... Es una pregunta complicada elegir uno entre 100.000... ¿Has leido algo de Laura Gallego? Te los recomiendo todos, pero si no quieres meterte con sagas largas como Las Memorias de Idhun o Las Cronicas de la Torre puedes leer Dos Velas para el Diablo.

Alma: ¿El monumento favorito de Lord Voldemort? ¿Por que clase de novato me tomas? ¡He leído tantas veces Harry Potter que ya se que el pequeño Voldy se siente identificado con la gran esfinge, quien tampoco tiene nariz! 

¿He acertado? Espero que si. Y ahora dime, alma... ¿Donde guarda sus ahorros Sirius Black?

Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.


MÁS LECHUZAS MENSAJERAS

McGonagall asintió y cogió el libro que Ron le tendía.

—Más lechuzas mensajeras.

En el Gran Comedor se respiraba un ambiente relajado. Ya habían pasado todos los problemas, todos, incluido Sirus, estaban a salvo.

—¡Harry! —Hermione le tiraba de la manga, mirando el re­loj—. Tenemos diez minutos para regresar a la enfermería sin ser vistos. Antes de que Dumbledore cierre la puerta con llave.

Y la tensión volvió al comedor.

—Mierda —dijo Fred—. Me había olvidado completamente de eso.

—De acuerdo —dijo Harry, apartando los ojos del cie­lo—, ¡vamos!

Entraron por la puerta que tenían detrás y bajaron una estrecha escalera de caracol. Al llegar abajo oyeron voces. Se arrimaron a la pared y escucharon. Parecían Fudge y Snape. Caminaban aprisa por el corredor que comenzaba al pie de la escalera.

—... Sólo espero que Dumbledore no ponga impedimen­tos —decía Snape—. ¿Le darán el Beso inmediatamente?

—En cuanto llegue Macnair con los dementores. Todo este asunto de Black ha resultado muy desagradable. No tie­ne ni idea de las ganas que tengo de decir a El Profeta que por fin lo hemos atrapado. Supongo que querrán entrevis­tarle, Snape... Y en cuanto el joven Harry vuelva a estar en sus cabales, también querrá contarle al periódico cómo us­ted lo salvó.

Sirius apretó los dientes, irritado.

Harry apretó los dientes. Entrevió la sonrisa hipócrita de Snape cuando él y Fudge pasaron ante el lugar en que es­taban escondidos. Sus pasos se perdieron. Harry y Hermio­ne aguardaron unos instantes para asegurarse de que esta­ban lejos y echaron a correr en dirección opuesta. Bajaron una escalera, luego otra, continuaron por otro corredor y oyeron una carcajada delante de ellos.

—¡Peeves! —susurró Harry, asiendo a Hermione por la muñeca—. ¡Entremos aquí!

Corrieron a toda velocidad y entraron en un aula vacía que encontraron a la izquierda. Peeves iba por el pasillo dan­do saltos de contento, riéndose a mandíbula batiente.

—¡Es horrible! —susurró Hermione, con el oído pegado a la puerta—. Estoy segura de que se ha puesto así de alegre porque los dementores van a ejecutar a Sirius... —Miró el re­loj—. Tres minutos, Harry.

Harry suspiró. Sabía que, tiempo atrás, cuando el seguía pensando que Sirius era el culpable de la muerte de sus padres, el también habría deseado la posible muerte de Sirius. Aunque, bueno, no creía que fuera a ponerse a saltar con alegría.

Aguardaron a que la risa malvada de Peeves se perdie­ra en la distancia. Entonces salieron del aula y volvieron a correr.

—Hermione, ¿qué ocurrirá si no regresamos antes de que Dumbledore cierre la puerta? —jadeó Harry.

—No quiero ni pensarlo —dijo Hermione, volviendo a mirar el reloj—. ¡Un minuto! —Llegaron al pasillo en que se hallaba la enfermería—. Bueno, ya se oye a Dumbledore —dijo nerviosa Hermione—. ¡Vamos, Harry!

Siguieron por el corredor cautelosamente. La puerta se abrió. Vieron la espalda de Dumbledore.

—Os voy a cerrar con llave —le oyeron decir—. Son las doce menos cinco. Señorita Granger; tres vueltas deberían bastar. Buena suerte.

Dumbledore salió de espaldas de la enfermería, cerró la puerta y sacó la varita para cerrarla mágicamente. Asusta­dos, Harry y Hermione se apresuraron. Dumbledore alzó la vista y una sonrisa apareció bajo el bigote largo y plateado.

—¿Bien? —preguntó en voz baja.

—¡Lo hemos logrado! —dijo Harry jadeante—. Sirius se ha ido montado en Buckbeak...

—Dos pájaros de un tiro —dijo Ojoloco con una sonrisa torcida—. Bien hecho, chicos.

Dumbledore les dirigió una amplia sonrisa.

—Bien hecho. Creo... —Escuchó atentamente por si se oía algo dentro de la enfermería—. Sí, creo que ya no estáis ahí dentro. Entrad. Os cerraré.

Entraron en la enfermería. Estaba vacía, salvo por lo que se refería a Ron, que permanecía en la cama. Después de oir la cerradura, se metieron en sus camas. Hermione volvió a es­conder el giratiempo debajo de la túnica. Un instante después, la señora Pomfrey volvió de su oficina con paso enérgico.

—¿Ya se ha ido el director? ¿Se me permitirá ahora ocu­parme de mis pacientes?

Estaba de muy mal humor. Harry y Hermione pensaron que era mejor aceptar el chocolate en silencio. La señora Pomfrey se quedó allí delante para asegurarse de que se lo comían. Pero Harry apenas se lo podía tragar. Hermione y él aguzaban el oído, con los nervios alterados. Y entonces, mientras tomaban el cuarto trozo del chocolate de la señora Pomfrey, oyeron un rugido furioso, procedente de algún dis­tante lugar por encima de la enfermería.

—¿Qué ha sido eso? —dijo alarmada la señora Pomfrey.

Oyeron voces de enfado, cada vez más fuertes. La señora Pomfrey no perdía de vista la puerta.

—¡Hay que ver! ¡Despertarán a todo el mundo! ¿Qué creen que hacen?

Harry intentaba oír lo que decían. Se aproximaban.

—Debe de haber desaparecido, Severus. Tendríamos que haber dejado a alguien con él en el despacho. Cuando esto se sepa...

—¡NO HA DESAPARECIDO! —bramó Snape, muy cerca de ellos—. ¡UNO NO PUEDE APARECER NI DESAPARECER EN ESTE CASTILLO! ¡POTTER TIENE ALGO QUE VER CON ESTO!

Harry puso cara de asombro.

—¿Yo? —preguntó con inocencia—. Si he estado todo el rato encerrado en la enfermería, profesor.

—No te me pongas chulito, Potter —le advirtió Snape—. Sigo siendo tu profesor.

—Para una vez que le llamo profesor en vez de Snape a secas... —murmuró Harry en voz baja.

McGonagall miró a Snape con desdén.

—Pues yo no se si seguir considerándolo un profesor, Severus, después de todas las cosas injustas que ha hecho a lo largo de los libros —le dijo con dureza.

—No lo deis tantas vueltas a eso ahora —dijo Dumbledore moviendo la mano en señal de que no tenía tanta importancia—. Ya hablaremos de esto al acabar la lectura.

Harry, al igual que muchos otros, deseó que, cuando llegase ese momento, Dumbledore no tuviera piedad con Snape,

—Continua, Minerva, por favor —pidió el director.

—Sé razonable, Severus. Harry está encerrado.

¡PLAM!

La puerta de la enfermería se abrió de golpe. Fudge, Snape y Dumbledore entraron en la sala con paso enérgico. Sólo Dumbledore parecía tranquilo, incluso contento. Fudge estaba enfadado, pero Snape se hallaba fuera de sí.

—¡CONFIESA, POTTER! —vociferó—. ¿QUÉ ES LO QUE HAS HECHO?

—¡Profesor Snape! —chilló la señora Pomfrey—, ¡con­trólese!

—Por favor, Snape, sé razonable —dijo Fudge—. Esta puerta estaba cerrada con llave. Acabamos de comprobarlo.

—¡LE AYUDARON A ESCAPAR, LO SÉ! —gritó Snape, se­ñalando a Harry y a Hermione. Tenía la cara contorsionada. Escupía saliva.

—¡Tranquilícese, hombre! —gritó Fudge—. ¡Está di­ciendo tonterías!

—¡NO CONOCE A POTTER! —gritó Snape—. ¡LO HIZO ÉL, SÉ QUE LO HIZO ÉL!

—Bueno —dijo Ron—, razón tiene.

—Ya vale, Severus —dijo Dumbledore con voz tranqui­la—. Piensa lo que dices. Esta puerta ha permanecido cerra­da con llave desde que abandoné la enfermería, hace diez minutos. Señora Pomfrey, ¿han abandonado estos alumnos sus camas?

—¡Por supuesto que no! —dijo ofendida la señora Pom­frey—. ¡He estado con ellos desde que usted salió!

—Ahí lo tienes, Severus —dijo Dumbledore con tranqui­lidad—. A menos que crea que Harry y Hermione son capa­ces de encontrarse en dos lugares al mismo tiempo, me temo que no encuentro motivo para seguir molestándolos.

Algunos rieron levemente y Snape bufó.

Snape se quedó allí, enfadado, apartando la vista de Fudge, que parecía totalmente sorprendido por su compor­tamiento, y dirigiéndola a Dumbledore, cuyos ojos brillaban tras las gafas. Snape dio media vuelta (la tela de su túnica produjo un frufrú) y salió de la sala de la enfermería como un vendaval.

—Su colega parece perturbado —dijo Fudge, siguiéndo­lo con la vista—. Yo en su lugar; Dumbledore, tendría cuida­do con él.

—No es nada serio —dijo Dumbledore con calma—, sólo que acaba de sufrir una gran decepción.

—¡No es el único! —repuso Fudge resoplando—. ¡El Pro­feta va a encontrarlo muy divertido! ¡Ya lo teníamos arrinco­nado y se nos ha escapado entre los dedos! Sólo faltaría que se enterasen también de la huida del hipogrifo, y seré el haz­merreír. Bueno, tendré que irme y dar cuenta de todo al Mi­nisterio...

El ministro suspiró, pensando que peor sería cuando se supiera que se había equivocado en todo. Sirius era inocente y le habían hecho pasar doce años en Azkaban, Voldemor había vuelto y se había pasado un año intentando ridiculizar a Dumbledore y a Potter... Suspiró de nuevo. Bueno, como consuelo, Dumbledore le había dicho que no tenía porque dimitir, aunque, por otra parte, no estaba tan seguro de que el resto del país pensara lo mismo.

—¿Y los dementores? —le preguntó Dumbledore—. Es­pero que se vayan del colegio.

—Sí, tendrán que irse —dijo Fudge, pasándose una mano por el cabello—. Nunca creí que intentaran darle el Beso a un niño inocente..., estaban totalmente fuera de control. Esta noche volverán a Azkaban. Tal vez deberíamos pensar en poner dragones en las entradas del colegio...

Ron rió entre dientes.

—Tan preocupados ese año por la seguridad de los alumnos y el siguiente año reviven un torneo que dejo de celebrarse por la cantidad de muertes que provocaba. Todo muy lógico.

—Es tan absurdo —se quejó Hermione también. Por culpa de haber revivido ese torneo no solo Voldemort había vuelto, sino que un alumno había muerto también, razón por la que habían dejado de celebrar el torneo.

—Eso le encantaría a Hagrid —dijo Dumbledore, diri­giendo a Harry y a Hermione una rápida sonrisa. Cuando él y Fudge dejaron la enfermería, la señora Pomfrey corrió ha­cia la puerta y la volvió a cerrar con llave. Murmurando en­tre dientes, enfadada, volvió a su despacho.

Se oyó un leve gemido al otro lado de la enfermería. Ron se acababa de despertar. Lo vieron sentarse, rascarse la ca­beza y mirar a su alrededor.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Harry? ¿Qué hace­mos aquí? ¿Dónde está Sirius? ¿Dónde está Lupin? ¿Qué ocurre?

Harry y Hermione se miraron.

—Explícaselo tú —dijo Harry, cogiendo un poco más de chocolate.

—Fue una explicación tan poco detallada... —protestó Ron—. Me alegro de que estén los libros aquí, así podré enterarme de todo.

—Hey —se quejó Hermione—. Que normalmente soy yo la que se queda atrás, mira todo lo del espejo de Oesed. Yo no tuve ni idea.

—Bueno, ahí todavía no eramos amigos —razonó Ron.

—¿Y toda la aventura del basilisco?

—Estabas petrificada...

—Y tu aquí dormido en la enfermería...

—Ademas, en lo del basilisco yo también me quede sin ver lo que paso, me quedé tras las piedras.

—Cierto —recordó Hermione—. Bueno, los dos sacamos algo con esto de los libros.

Harry suspiró, el no sacaba nada y, al paso que iban las cosas todos iban a enterarse con los siguientes libros de sus sentimientos por Cho. Eso, por primera vez en lo que llevaban de lectura le hizo darse cuenta de una cosa: ¡Iba a poder saber si al final conseguía algo con ella o no! Si tan solo pudiera leer los libros el solo...

Cuando Harry; Ron y Hermione dejaron la enfermería al día siguiente a mediodía, encontraron el castillo casi desierto. El calor abrasador y el final de los exámenes invitaban a todo el mundo a aprovechar al máximo la última visita a Hogsmea­de. Sin embargo, ni a Ron ni a Hermione les apetecía ir, así que pasearon con Harry por los terrenos del colegio, sin pa­rar de hablar de los extraordinarios acontecimientos de la noche anterior y preguntándose dónde estarían en aquel momento Sirius y Buckbeak. Cuando se sentaron cerca del lago, viendo cómo sacaba los tentáculos del agua el calamar gigante (que en realidad es Lavender), Harry perdió el hilo de la conversación mirando ha­cia la orilla opuesta. La noche anterior; el ciervo había galo­pado hacia él desde allí.

Una sombra los cubrió. Al levantar la vista vieron a Ha­grid, medio dormido, que se secaba la cara sudorosa con uno de sus enormes pañuelos y les sonreía.

—Ya sé que no debería alegrarme después de lo sucedi­do la pasada noche —dijo—. Me refiero a que Black se vol­viera a escapar y todo eso... Pero ¿a que no adivináis...?

—Creo que si lo adivinan, Hagrid —rió Sirius.

—¿Qué? —dijeron, fingiendo curiosidad.

—Buckbeak. ¡Se escapó! ¡Está libre! ¡Lo estuve cele­brando toda la noche!

—¡Eso es estupendo! —dijo Hermione, dirigiéndole una mirada severa a Ron, que parecía a punto de reírse.

—Sí, no lo atamos bien —explicó Hagrid, contemplando el campo satisfecho—. Esta mañana estaba preocupado, pensé que podía tropezarse por ahí con el profesor Lupin. Pero Lupin dice que anoche no comió nada.

—¿Cómo? —preguntó Harry.

—Caramba, ¿no lo has oído? —le preguntó Hagrid, bo­rrando la sonrisa. Bajó la voz, aunque no había nadie cer­ca—. Snape se lo ha revelado esta mañana a todos los de Slytherin. 

Lily miró a Snape con los ojos muy abiertos, un acto como ese iba a provocar, de forma asegurada, que Remus dejara la escuela.

James, Tonks y Sirius miraron a Snape con odio y, con todas sus fuerzas, reprimieron sus ganas de sacar la varita y recitar en voz alta el libro de 100 útiles conjuros para librarte de un murciélago.

Remus suspiró.

Creía que a estas alturas ya lo sabría todo el mun­do: el profesor Lupin es un hombre lobo. Y la noche pasada anduvo suelto por los terrenos del colegio. En estos momen­tos está haciendo las maletas, por supuesto.

—¿Que está haciendo las maletas? —preguntó Harry alarmado—. ¿Por qué?

La mano de Tonks, cerrada en forma de puño, presionaba con fuerza su asiento y su cabello, anteriormente de un empalagoso rosa chicle, era de un rojo furioso y amenazante.

Entonces, salido de la nada, un dedo presionó suavemente su mejilla.

—Me encanta cuando te enfadas.

Instantáneamente su puño dejó de hacer fuerza contra el asiento aunque, por alguna razón, su cabello seguía siendo rojo.

—Porque se marcha —dijo Hagrid, sorprendido de que Harry lo preguntara—. Lo primero que hizo esta mañana fue presentar la dimisión. Dice que no puede arriesgarse a que vuelva a suceder.

Harry se levantó de un salto.

—Voy a verlo —dijo a Ron y a Hermione.

—Pero si ha dimitido...

—No creo que podamos hacer nada.

—No importa. De todas maneras, quiero verlo. Nos vere­mos aquí mismo más tarde.

Los merodeadores sonrieron a Harry.

La puerta del despacho de Lupin estaba abierta. Ya había empaquetado la mayor parte de sus cosas. Junto al depósito vacío del grindylow, la maleta vieja y desvencijada se halla­ba abierta y casi llena. Lupin se inclinaba sobre algo que ha­bía en la mesa y sólo levantó la vista cuando Harry llamó a la puerta.

—Te he visto venir —dijo Lupin sonriendo. Señaló el pergamino sobre el que estaba inclinado. Era el mapa del merodeador.

—Acabo de estar con Hagrid —dijo Harry—. Me ha dicho que ha presentado usted la dimisión. No es cierto, ¿verdad?

—Me temo que sí —contestó Lupin. Comenzó a abrir los cajones de la mesa y a vaciar el contenido.

—¿Por qué? —preguntó Harry—. El Ministerio de Ma­gia no lo creerá confabulado con Sirius, ¿verdad?

Lupin fue hacia la puerta y la cerró.

—No. El profesor Dumbledore se las ha arreglado para convencer a Fudge de que intenté salvaros la vida —suspi­ró—. Ha sido el colmo para Severus. Creo que ha sido muy duro para él perder la Orden de Merlín. 

Cho bufó.

—Si alguien se merece una Orden de Merlín aquí, ese es Harry —dijo asegurándose de que dedicarle a Harry una bonita sonrisa.

—Las O.M. son algo muy serio señorita.... Chang —le explicó Percy—. No cualquiera puede...

—¡Por favor, Pecy! ¿Quien se merece una más que Harry? Protegió la piedra filosofal de quien-tu-sabes, mató un basilisco, salvó a un inocente del beso de un dementor y se deshizo de, por lo menos, un centenar de dementores ¡Y eso solo en tres años! —saltó Ginny.

—Además, a Norvel Twonk le dieron una O.M. de primera clase solo por salvar a un muggle de una mantícora —razonó Hermione.

—Pero Hermione... —empezó Percy buscando que decir—. Las mantícoras son inteligentes, todo el mundo sabe que si no fueran tan agresivas serían considerados seres. Mientras que los basiliscos...

—¡Por favor! —le interrumpió Hermione—. Ya se demostró en el torneo "Las Criaturas Más Fuertes del Mundo Mágico" (que, por cierto, me alegro muchísimo de que hayan cancelado una aberración como esa, aunque solo lo hicieran por la cantidad de muertes humanas que provocaba el capturar algunas de las criaturas) que los basiliscos son más fuertes que las mantícoras.

—Bueno, hay que reconocer que la mantícora era bastante pequeña para ser una mantícora (si no dudo que pudieran capturarla)  y que, por desgracia para ella, el veneno de basilisco es una de las pocas cosas que su piel no repele —dijo Tonks.

—¿Pero tu a quien apoyas? —bufó Ginny.

—Emm... Yo solo estaba intentando lucir mi inteligencia —admitió Tonks haciendo que Remus soltara una carcajada.

—Venga, dejadlo ya, ¿que más da lo fuerte que sea una mantícora? —dijo Sirius—. Harry se merece una Orden de Merlín de primera clase y punto

(DN: Si, el que no haya punto al final del dialogo anterior es intencionado. Me siento traviesote hoy.)

—Me alegro de que hayáis llegado a una conclusión —dijo Dumbledore sonriendo—. Y ahora, si no os importa, me gustaría seguir con la lectura. ¿Minerva?

McGonagall siguió leyendo.

Así que él... por ca­sualidad... reveló esta mañana en el desayuno que soy un li­cántropo.

—¡Que asqueroso! —saltó James molesto y miró a Lily, rogándole con la mirada que le diera permiso para hechizarle y dejarle en ridículo delante de todos, pero Lily se limitó a sonreír con tristeza.

—¿Y se va sólo por eso? —preguntó Harry.

Algunos sonrieron a Harry, sorprendidos por su inocencia.

Lupin sonrió con ironía.

—Mañana a esta hora empezarán a llegar las lechuzas enviadas por los padres. No consentirán que un hombre lobo dé clase a sus hijos, Harry. Y después de lo de la última no­che, creo que tienen razón. Pude haber mordido a cualquiera de vosotros... No debe repetirse.

—¡Es usted el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos tenido nunca! —dijo Harry—. ¡No se vaya!

—Si llego a haber sabido lo que ocurriría el siguiente año no me habría ido —aseguró Lupin, y James y Lily cruzaron una mirada, inquietos por lo que eso podía significar.

Lupin negó con la cabeza, pero no dijo nada. Siguió va­ciando los cajones. Luego, mientras Harry buscaba un argu­mento para convencerlo, Lupin añadió:

—Por lo que el director me ha contado esta mañana, la noche pasada salvaste muchas vidas, Harry. Si estoy orgu­lloso de algo es de todo lo que has aprendido. Háblame de tu patronus.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Harry anonadado.

—¿Qué otra cosa podía haber puesto en fuga a los dementores?

Harry contó a Lupin lo que había ocurrido. Al terminar, Lupin volvía a sonreír:

—Sí, tu padre se transformaba siempre en ciervo —confirmó—. Lo adivinaste. Por eso lo llamábamos Cornamenta. —Lupin puso los últimos libros en la maleta, cerró los cajo­nes y se volvió para mirar a Harry—. Toma, la traje la otra noche de la Casa de los Gritos —dijo, entregándole a Harry la capa invisible—: Y... —titubeó y a continuación le entregó también el mapa del merodeador—. Ya no soy profesor tuyo, así que no me siento culpable por devolverte esto. A mí ya no me sirve. Y me atrevo a creer que tú, Ron y Hermione le en­contraréis utilidad.

Muchos sonrieron y James y Sirius le dieron una palmada en la espalda a su amigo.

—Este es nuestro Lunático —dijeron con orgullo.

Hermione sintió la mirada de la profesora McGonagall y tragó saliva. Le había dicho a la profesora que había quemado el mapa en su cuarto año, es decir, en el siguiente libro. Pero no lo había hecho, y no tenía ni idea de como iban a salir de esa.

Harry cogió el mapa y sonrió.

—Usted me dijo que Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta me habrían tentado para que saliera del cole­gio..., que lo habrían encontrado divertido.

—Sí, lo habríamos hecho —confirmó Lupin, cerrando la maleta—. No dudo que a James le habría decepcionado que su hijo no hubiera encontrado ninguno de los pasadizos se­cretos para salir del castillo.

—Eh... No realmente, Harry —empezó James, nervioso—. Eh... Incluso si fueras un alumno ejemplar y plasta de esos... no me sentiría decepcionado ¿vale? Bueno, tal vez un poco pero...

Harry rió y James dejó de hablar, sonriendo.

Alguien llamó a la puerta. Harry se guardó rápida­mente en el bolsillo el mapa del merodeador y la capa invi­sible.

Era el profesor Dumbledore. No se sorprendió al ver a Harry.

—Tu coche está en la puerta, Remus —anunció.

—Gracias, director.

Lupin cogió su vieja maleta y el depósito vacío del grindylow.

—Bien. Adiós, Harry —dijo sonriendo—. Ha sido un ver­dadero placer ser profesor tuyo. Estoy seguro de que nos vol­veremos a encontrar en otra ocasión. Señor director; no hay necesidad de que me acompañe hasta la puerta. Puedo ir solo.

Harry tuvo la impresión de que Lupin quería marcharse lo más rápidamente posible.

—Adiós entonces, Remus —dijo Dumbledore escueta­mente. Lupin apartó ligeramente el depósito del grindylow para estrecharle la mano a Dumbledore. Luego, con un últi­mo movimiento de cabeza dirigido a Harry y una rápida son­risa, salió del despacho.

Harry se sentó en su silla vacía, mirando al suelo con tristeza. Oyó cerrarse la puerta y levantó la vista. Dumble­dore seguía allí.

—¿Por qué estás tan triste, Harry? —le preguntó en voz baja—. Tendrías que sentirte muy orgulloso de ti mismo des­pués de lo ocurrido anoche.

—No sirvió de nada —repuso Harry con amargura—. Pettigrew se escapó.

—¿Que no sirvió de nada? —dijo Dumbledore en voz baja—. Sirvió de mucho, Harry. Ayudaste a descubrir la ver­dad. Salvaste a un hombre inocente de un destino terrible.

«Terrible.» Harry recordó algo. «Más grande y más terri­ble que nunca.» ¡La predicción de la profesora Trelawney!

—Deberías contárselo a Dumbledore —le dijeron Lily y Remus al mismo tiempo.

—Profesor Dumbledore: ayer; en mi examen de Adivina­ción, la profesora Trelawney se puso muy rara.

—¿De verdad? —preguntó Dumbledore—. ¿Quieres de­cir más rara de lo habitual?

Algunos rieron, sorprendidos de que Dumbledore hubiese dicho algo así y la profesora Trelawney bufó de forma exagerada y cruzó las piernas.

—Sí... Habló con una voz profunda, poniendo los ojos en blanco. Y dijo que el vasallo de Voldemort partiría para reu­nirse con su amo antes de la medianoche. Dijo que el vasallo lo ayudaría a recuperar el poder. —Harry miró a Dumbledo­re—. Y luego volvió a la normalidad y no recordaba nada de lo que había dicho. ¿Sería una auténtica profecía?

Dumbledore parecía impresionado.

—Pienso que podría serlo —dijo pensativo—. ¿Quién lo habría pensado? Esto eleva a dos el total de sus profecías au­ténticas. Tendría que subirle el sueldo...

Muchos parpadearon extrañados, algunos por el hecho de que la profesora Trelawney hubiese hecho alguna profecía auténtica y otros por el hecho de que solo hubiese hecho dos.

—Pero... —Harry lo miró aterrorizado: ¿cómo podía to­márselo Dumbledore con tanta calma?—, ¡pero yo impedí que Sirius y Lupin mataran a Pettigrew! Esto me convierte en culpable de un posible regreso de Voldemort.

—¡Claro que no, Harry! —saltó Hermione—. Fue la elección más pacifica, hiciste bien.

Harry no dijo nada, pero seguía sintiendose culpable. Si tan solo hubiera dejado que lo mataran... Voldemort no habría vuelto. Y Cedric... Cedric seguiría vivo... Cogió todo el aire que le permitieron sus pulmones y lo expulso poco a poco. Vió como Cho le miraba y, por un momento, llego a pensar que estaba pensando como el: que Harry tenía la culpa. Pero Cho sonrió levemente, demostrando que no le culpaba de nada pero, por supuesto, que también le entristecía el hecho de que Peter estuviera vivo y Cedric muerto.

—En absoluto —respondió Dumbledore tranquilamen­te—. ¿No te ha enseñado nada tu experiencia con el giratiempo, Harry? Las consecuencias de nuestras acciones son siempre tan complicadas, tan diversas, que predecir el futu­ro es realmente muy difícil. La profesora Trelawney, Dios la bendiga, es una prueba de ello. Hiciste algo muy noble al sal­varle la vida a Pettigrew.

Harry miró al suelo, el no creía nada de eso.

—¡Pero si ayuda a Voldemort a recuperar su poder...!

—Pettigrew te debe la vida. Has enviado a Voldemort un lugarteniente que está en deuda contigo. Cuando un mago le salva la vida a otro, se crea un vínculo entre ellos. Y si no me equivoco, no creo que Voldemort quiera que su va­sallo esté en deuda con Harry Potter.

—No quiero tener ningún vínculo con Pettigrew —dijo Harry—. Traicionó a mis padres.

—Esto es lo más profundo e insondable de la magia, Harry. Pero confía en mí. Llegará el momento en que te ale­gres de haberle salvado la vida a Pettigrew.

Desde luego, ahora no era el momento, y dudaba que llegara a vivir ese momento.

Harry no podía imaginar cuándo sería. Dumbledore pa­recía saber lo que pensaba Harry.

—Traté mucho a tu padre, Harry, tanto en Hogwarts como más tarde —dijo dulcemente—. Él también habría sal­vado a Pettigrew, estoy seguro.

James no estaba tan seguro. Peter había causado su muerte, la de Lily, y había creado un infierno para su hijo... ¿De verdad le salvaría? Suspiró. Era todo muy complicado.

Harry lo miró. Dumbledore no se reina. Se lo podía de­cir.

—Anoche... pensé que era mi padre el que había hecho aparecer mi patronus. Quiero decir... cuando me vi a mí mis­mo al otro lado del lago, pensé que lo veía a él.

—Un error fácil de cometer —dijo Dumbledore—. Su­pongo que estarás harto de oírlo, pero te pareces extraordi­nariamente a James. Menos en los ojos: tienes los de tu ma­dre.

Harry sacudió la cabeza.

—Fue una idiotez pensar que era él —murmuró—. Quie­ro decir... ya sé que está muerto.

James volvió a sentir algo afilado clavarse en su corazón sin piedad alguna. No quería que Harry estuviese solo. No quería que Harry creciese sin padres. No quería que Harry fuese huérfano. No quería. ¿Pero que podía hacer? Cerró los ojos unos segundos, no iba a ser tan fácil como pensaba el volver a su tiempo y dejarse matar...

—¿Piensas que los muertos a los que hemos querido nos abandonan del todo? ¿No crees que los recordamos especial­mente en los mayores apuros? Tu padre vive en ti, Harry, y se manifiesta más claramente cuando lo necesitas. ¿De qué otra forma podrías haber creado ese patronus tan especial? Cornamenta volvió a galopar anoche. —Harry tardó un rato en comprender lo que Dumbledore acababa de decirle—. Sirius me contó anoche cómo se convertían en animagos —aña­dió Dumbledore sonriendo—. Una hazaña extraordinaria... y aún más extraordinario fue que yo no me enterara. Y enton­ces recordé la muy insólita forma que adoptó tu patronus cuando embistió al señor Malfoy en el partido contra Ra­venclaw. Así que anoche viste realmente a tu padre... Lo encontraste dentro de ti mismo.

James sonrió a Dumbledore y este le devolvió la sonrisa.

Y Dumbledore abandonó el despacho dejando a Harry con sus confusos pensamientos.


Nadie en Hogwarts conocía la verdad de lo ocurrido la noche en que desaparecieron Buckbeak, Sirius y Pettigrew, salvo Harry; Ron, Hermione y el profesor Dumbledore. Al final del curso, Harry oyó muchas teorías acerca de lo que había suce­dido, pero ninguna se acercaba a la verdad.

Malfoy estaba furioso por lo de Buckbeak. Estaba con­vencido de que Hagrid había hallado la manera de esconder el hipogrifo, y parecía ofendido porque el guardabosques hu­biera sido más listo que su padre y él. Percy Weasley, mien­tras tanto, tenía mucho que decir sobre la huida de Sirius.

—¡Si logro entrar en el Ministerio, tendré muchas pro­puestas para hacer cumplir la ley mágica! —dijo a la única persona que lo escuchaba, su novia Penelope.

Aunque el tiempo era perfecto, aunque el ambiente era tan alegre, aunque sabía que había logrado casi lo imposible al liberar a Sirius, Harry nunca había estado tan triste al fi­nal de un curso.

Ciertamente, no era el único al que le apenaba la parti­da del profesor Lupin. Todo el grupo que acudía con Harry a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras lamentaba su dimisión.

—Me pregunto a quién nos pondrán el próximo curso —dijo Seamus Finnigan con melancolía.

—Tal vez a un vampiro —sugirió Dean Thomas con ilusión.

—O tal vez un mortífago chiflado con el cuerpo de un ex-auror que también esta chiflado —comentó Ron en voz baja haciendo reír a Harry y a Hermione.

Lo que le pesaba a Harry no era sólo la partida de Lupin. No podía dejar de pensar en la predicción de la profesora Trelawney. Se preguntaba continuamente dónde estaría Pet­tigrew, si estaría escondido o si habría llegado ya junto a Vol­demort. Pero lo que más lo deprimía era la perspectiva de volver con los Dursley. Durante media hora, una gloriosa me­dia hora, había creído que viviría en adelante con Sirius, el mejor amigo de sus padres. Era lo mejor que podía imaginar, exceptuando la posibilidad de tener allí otra vez a su padre. 

James tuvo ganas de duplicarse y darse a su mismo una paliza. Se sentía basura, se sentía el peor humano del planeta. Su corazón acelerado le repetía con crueldad una y otra vez que Lily se había sacrificado por Harry y eso era lo que le había salvado la vida pero que el solo había muerto inútilmente dejando a su mujer y a su hijo a su suerte. Se rascó la cabeza, irritado, sabía que el mismo Harry del futuro le había prohibido hacer nada pero, aún así... Aún así. Aún así debía hacer algo.

Y aunque era una buena noticia no tener noticias de Sirius, porque significaba que no lo habían encontrado, Harry no podía dejar de entristecerse al pensar en el hogar que habría podido tener y en el hecho de que lo había perdido.

Lily tampoco estaba satisfecha. Su lado responsable le decía que su muerte y la de James habían contribuido a que su hijo fuera quien era y a que Voldemort fuera derrotado pero... ¿Por que tenía que ser todo tan complicado? Ella tan solo deseaba una vida tranquila con su marido y su hijo ¿era tanto pedir? Cerró los ojos para contener las lagrimas. Harry había podido superar todo esto. James también lo estaba haciendo. Ella no podía ser menos.

Los resultados de los exámenes salieron el último día del curso. Harry, Ron y Hermione habían aprobado todas las asignaturas. Harry estaba asombrado de que le hubieran aprobado Pociones. Sospechaba que Dumbledore había inter­venido para impedir que Snape lo suspendiera injustamente. El comportamiento de Snape con Harry durante toda la últi­ma semana había sido alarmante. Harry nunca habría creído que la manía que le tenía Snape pudiera aumentar; pero así fue. A Snape se le movía un músculo en la comisura de la boca cada vez que veía a Harry, y se le crispaban los dedos como si deseara cerrarlos alrededor del cuello de Harry.

Snape tuvo la impresión de que iba a ser asesinado antes de que acabaran de leer los libros.

Percy obtuvo las más altas calificaciones en ÉXTASIS. Fred y George consiguieron varios TIMOS cada uno. 

Ron se puso nervioso al escuchar a su madre gruñendo por los pocos TIMOS que consiguieron Fred y George y se preguntó, sin confianza, si el sería capaz de cumplir las altas expectativas de su madre.

Mien­tras tanto, la casa de Gryffindor; en gran medida gracias a su espectacular actuación en la copa de quidditch, había ganado la Copa de las Casas por tercer año consecutivo. Por eso la fiesta de final de curso tuvo lugar en medio de ornamentos rojos y dorados, y la mesa de Gryffindor fue la más ruidosa de todas, ya que todo el mundo lo estaba celebrando. Incluso Harry, comiendo, bebiendo, hablando y riendo con sus com­pañeros, consiguió olvidar que al día siguiente volvería a casa de los Dursley.

Muchos gruñeron al escuchar el-apellido-que-no-debe-ser-nombrado.

· · ·

Cuando a la mañana siguiente el expreso de Hogwarts salió de la estación, Hermione dio a Ron y a Harry una sorpren­dente noticia:

—Esta mañana, antes del desayuno, he ido a ver a la profesora McGonagall. He decidido dejar los Estudios Mug­gles.

—¡Pero aprobaste el examen con el 320 por ciento de efi­cacia!

—¿trescientos veinte por ciento? —preguntaron muchos sorprendidos mientras Hermione intentaba aparentar que no estaba demasiado satisfecha con el resultado.

—Lo sé —suspiró Hermione—. Pero no puedo soportar otro año como éste. El giratiempo me estaba volviendo loca. Lo he devuelto. Sin los Estudios Muggles y sin Adivinación, volveré a tener un horario normal.

—Todavía no puedo creer que no nos dijeras nada —dijo Ron resentido—. Se supone que somos tus amigos.

—Prometí que no se lo contaría a nadie —dijo grave­mente. Se volvió para observar a Harry, que veía cómo desa­parecía Hogwarts detrás de una montaña. Pasarían dos meses enteros antes de volverlo a ver—. Alégrate, Harry —dijo Hermione con tristeza.

—Estoy bien —repuso Harry de inmediato—. Pensaba en las vacaciones.

—Sí, yo también he estado pensando en ellas —dijo Ron—. Harry, tienes que venir a pasar unos días con noso­tros. Lo comentaré con mis padres y te llamaré. Ya sé cómo utilizar el felétono.

Unos cuantos rieron mientras otros se preguntaban con curiosidad que era el felétono.

—El teléfono, Ron —le corrigió Hermione—. La verdad, deberías coger Estudios Muggles el próximo curso...

Ron no le hizo caso.

—¡Este verano son los Mundiales de quidditch! ¿Qué di­ces a eso, Harry? Ven y quédate con nosotros. Iremos a ver­los. Mi padre normalmente consigue entradas en el trabajo.

—¡Por favor! —rugió James hacia el señor y la señora Weasley—. ¡Se lleváis a mi hijo a los mundiales haré lo que sea! ¡Lo que sea!

Molly, que se había asustado con la precipitada aparición de James delante de ellos, se había puesto detrás de Arthur y este, que permanecía tan calmado como de costumbre, se limitó a sonreír.

—Llegas tarde para pedirlo —dijo ampliando su sonrisa.

James fue consciente entonces de la realidad y torciendo el cuello en una postura un poco extraña volvió a su asiento, donde Lily, Tonks y Remus intentaban disimular que se estaban riendo.

La proposición alegró mucho a Harry.

—Sí... Apuesto a que los Dursley estarán encantados de dejarme ir... Especialmente después de lo que le hice a tía Marge...

Mucho más contento, Harry jugó con Ron y Hermione varias manos de snap explosivo, y cuando llegó la bruja con el carrito del té, compró un montón de cosas de comer; aun­que nada que contuviera chocolate.

Pero fue a media tarde cuando apareció lo que lo puso de verdad contento...

—Harry —dijo Hermione de repente, mirando por enci­ma del hombro de él—, ¿qué es eso de ahí fuera?

Harry se volvió a mirar. Algo muy pequeño y gris apare­cía y desaparecía al otro lado del cristal. Se levantó para ver mejor y distinguió una pequeña lechuza que llevaba una car­ta demasiado grande para ella. La lechuza era tan pequeña que iba por el aire dando tumbos a causa del viento que le­vantaba el tren. Harry bajó la ventanilla rápidamente, alar­gó el brazo y la cogió. Parecía una snitch cubierta de plumas. La introdujo en el vagón con mucho cuidado. La lechuza dejó caer la carta sobre el asiento de Harry y comenzó a zumbar por el compartimento, contenta de haber cumplido su misión. Hedwig dio un picotazo al aire con digna actitud de censura. Crookshanks se incorporó en el asiento, persiguien­do con sus grandes ojos amarillos a la lechuza. Al notarlo, Ron la cogió para protegerla.

Harry recogió la carta. Iba dirigida a él. La abrió y gritó:

—¡Es de Sirius!

—¿Qué? —exclamaron Ron y Hermione, emocionados—. ¡Léela en voz alta!

Querido Harry:

Espero que recibas esta carta antes de llegar a casa de tus tíos. No sé si ellos están habituados al co­rreo por lechuza.

Buckbeak y yo estamos escondidos. No te diré dónde por si ésta cae en malas manos. Tengo dudas acerca de la fiabilidad de la lechuza, pero es la mejor que pude hallar, y parecía deseosa de acometer esta misión.

Ginny sonrió, Pig siempre se emocionaba cuando le pedían que llevara una carta.

Creo que los dementores siguen buscándome, pero no podrán encontrarme. Estoy pensando en dejarme ver por algún muggle a mucha distancia de Hogwarts, para que relajen la vigilancia en el castillo.

—Que considerado —dijo Remus sorprendido—. Cualquiera diría que has madurado, Sirius.

—Nada, solo quiere hacerse el guay delante de su ahijado —rió James.

—Oh, cállate —dijo Sirius riendo también. Se sentía tan en paz estando con ellos...

Hay algo que no llegué a contarte durante nues­tro breve encuentro: fui yo quien te envió la Saeta de Fuego.

—¡Ja! —exclamó Hermione, triunfante—. ¿Lo veis? ¡Os dije que era de él!

—¿Por que nunca pude equivocarse? —le preguntó Ron a Harry algo molesto haciendo que este riera.

—Sí, pero él no la había gafado, ¿verdad? —observó Ron—. ¡Ay!

La pequeña lechuza, que daba grititos de alegría en su mano, le había picado en un dedo de manera al parecer afec­tuosa.

Crookshanks llevó el envío a la oficina de correos. Utilicé tu nombre, pero les dije que cogieran el oro de la cámara de Gringotts número 711, la mía. Por fa­vor, considéralo como el regalo que mereces que te haga tu padrino por cumplir trece años.

Muchos sonrieron a Sirius, desde luego la impresión que tenían de el había cambiado muchísimo.

También me gustaría disculparme por el susto que creo que te di aquella noche del año pasado cuando abandonaste la casa de tu tío. Sólo quería verte antes de comenzar mi viaje hacia el norte. Pero creo que te alarmaste al verme.

Te envío en la carta algo que espero que te haga disfrutar más el próximo curso en Hogwarts.

Harry sonrió al recordar que era.

Si alguna vez me necesitas, comunícamelo. Tu le­chuza me encontrará.

Volveré a escribirte pronto.

Sirius

Harry miró impaciente dentro del sobre. Había otro per­gamino. Lo leyó rápidamente, y se sintió tan contento y re­confortado como si se hubiera tomado de un trago una bote­lla de cerveza de mantequilla.

Muchos se preguntaban que podía ser, mientras Lily aconsejaba a James que no apostara contra Remus, porque perdería seguro.

Yo, Sirius Black, padrino de Harry Potter, autorizo por la presente a mi ahijado a visitar Hogsmeade los fines de semana.

—¿Ves? —le dijo Lily a James—. Es que ni siquiera se como podías llegar a pensar que esa pequeña lechuza le llevara a Harry la moto de Sirius.

—¡La moto! —exclamó Sirius sorprendido—. ¿Como no se me había ocurrido?

Lily suspiró, siempre era lo mismo con esos dos.

—Esto le bastará a Dumbledore —dijo Harry contento. Volvió a mirar la carta de Sirius—. ¡Un momento! ¡Hay una posdata...!

He pensado que a tu amigo Ron tal vez le guste esta lechuza, ya que por mi culpa se ha quedado sin rata.

Ron abrió los ojos de par en par. La pequeña lechuza se­guía gimiendo de emoción.

—¿Quedármela? —preguntó dubitativo. La miró muy de cerca durante un momento, y luego, para sorpresa de Harry y Hermione, se la acercó a Crookshanks para que la olfatease.

—¿Qué te parece? —preguntó Ron al gato—. ¿Es una le­chuza de verdad?

Crookshanks ronroneó.

—Es suficiente —dijo Ron contento—. Me la quedo.

Algunos rieron divertidos.

Harry leyó y releyó la carta de Sirius durante todo el trayecto hasta la estación de King’s Cross. Todavía la apre­taba en la mano cuando él, Ron y Hermione atravesaron la barrera del andén nueve y tres cuartos. Harry localizó ense­guida a tío Vernon. Estaba de pie, a buena distancia de los padres de Ron, mirándolo con recelo. Y cuando la señora Weasley abrazó a Harry, confirmó sus peores suposiciones sobre ellos.

—¡Te llamaré por los Mundiales! —gritó Ron a Harry, al despedirse de ellos. Luego volvió hacia tío Vernon el carrito en que llevaba el baúl y la jaula de Hedwig. Su tío lo saludó de la manera habitual.

—¿Qué es eso? —gruñó, mirando el sobre que Harry apre­taba en la mano—. Si es otro impreso para que lo firme, ya tie­nes otra...

—No lo es —dijo Harry con alegría—. Es una carta de mi padrino.

James, Remus y Sirius compartieron una mirada misteriosa.

—Harry, dime que vas a hacer lo que creo que tienes que hacer —pidió Sirius.

—Harry, por merlín y por todas las estrellas que cubren el cielo por las noches, dime que vas a hacerlo —rogó Remus.

—Harry, este es tu momento, haz lo que tienes que hacer, se que puedes —le animó su padre.

—¿Padrino? —farfulló tío Vernon—. Tú no tienes pa­drino.

—Sí lo tengo —dijo Harry de inmediato—. Era el mejor amigo de mis padres. Está condenado por asesinato, pero se ha escapado de la prisión de los brujos y ahora se halla es­condido. Sin embargo, le gusta mantener el contacto conmi­go... Estar al corriente de mis cosas... Comprobar que soy feliz...

—¡SI! —celebraron los merodeadores con felicidad, la cual era compartida por el resto del comedor.

—¡Estoy orgulloso, hijo mio! —le confesó James limpiándose con la manga unas lagrimas de felicidad que descendían por su sonriente cara.

—No podíamos esperar menos de Harry Potter ¿cierto George? —le preguntó Fred a su hermano, quien asintió varias veces.

Y sonriendo ampliamente al ver la expresión de terror que se había dibujado en el rostro de tío Vernon, Harry se dirigió a la salida de la estación, con Hedwig dando picotazos delante de él, para pasar un verano que probablemente se­ría mucho mejor que el anterior.

—Aquí acaba —anunció la profesora McGonagall y Harry juraría que ella estaba sonriendo también.

—Un bonito final —comentó Dumbledore mientras se ponía en pie—. Empezaremos con el cuarto libro mañana, tenéis lo que queda de tarde libre. Pasadlo bien.

Como era de esperar, nadie se apresuró a salir del comedor, todos se juntaron en grupo para comentar este tercer libro y para preguntarse que pasaría en el siguiente. 

Harry escuchaba divertido como Ron y Hermione discutían, pensando que, en el fondo, siempre habían parecido en cierto modo una pareja. Ginny, sin embargo, observaba divertida como Harry escuchaba divertido la discusión de Ron y Hermione. Pero lo que ni Ginny ni Harry sabían era que tres hermanos más relacionados con ellos de lo que pudieran llegar a creer sonreían maliciosamente al haber ideado completamente un plan que los incluía a ambos.

—Funcionará —aseguró el mayor.


Se acabó el tercer libro. Queda un cap más para acabar con esta saga.

Por cierto, gracias a todos los que habéis comentado que deberían preparar los tres hermanos traviesos pero, lamento informaros que ¡Harry no puede enamorarse de Ginny todavía, y menos aún saber que va a ser la madre de sus pottercitos! Por desgracia... 

Por cierto, no tengo ni idea de lo que van a hacer Lily, James y Albus pero espero que salga algo divertido.

Nos vemos el miércoles que viene.

Bye!

PD: Vuelvo a subir el cap sin corregir, como siempre, avisadme de cualquier cosa. Y gracias a los que avisasteis en el anterior :)


domingo, 2 de agosto de 2015

El secreto de Hermione



¡Tu turú!


Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

EL SECRETO DE HERMIONE

—Venga, pues sigo leyendo —dijo Ron sin esperar a que alguien le diera permiso—. El secreto de Hermione.

—¿Ya estás cotilleando Ron? —dijo Fred negando con la cabeza.

—Me preguntó quien será la madre de este chiquillo tan desvergonzado... —dijo George rogando por la colleja que no tardó en llegar.

—Venga, callad de una vez.

—Asombroso. Verdaderamente asombroso. Fue un milagro que quedaran todos con vida. No he oído nunca nada pareci­do. Menos mal que se encontraba usted allí, Snape...

Muchos parpadearon sin comprender.

—Espera... ¿que? —preguntó James parpadeando más que el resto.

—No es tan difícil de entender ¿no? —le dijo Lily a su marido, y se giró en dirección a Snape—. Gracias por salvarles, Severus.

Muchos miraron a Harry con enojo. Habían sido engañados, Harry se había llevado el merito de algo que había hecho Snape, no el.

—No le agradezcas nada a ese, pelirroja —dijo Snape después de soltar un fuerte bufido.

—¿Que? —preguntó Lily molesta—. ¡¿Pero como puedes ser tan desagradecido?! ¡Te ha salvado la vida!

—Espera —dijo James—. ¿El patronus de Snive... Snape... galopa?

—El que galope o no es irrelevante —comentó Hermione—. Ese no era su patronus. Aunque si que es cierto que el nos llevó al castillo.

—Gracias, señor ministro.

—Orden de Merlín, de segunda clase, diría yo. ¡Primera, si estuviese en mi mano!

—Muchísimas gracias, señor ministro.

—Tiene ahí una herida bastante fea. Supongo que fue Black.

—En realidad fueron Potter; Weasley y Granger, señor ministro.

—¡No!

—Black los había encantado. Me di cuenta enseguida. A juzgar por su comportamiento, debió de ser un hechizo para confundir. Me parece que creían que existía una posibi­lidad de que fuera inocente. No eran responsables de lo que hacían. Por otro lado, su intromisión pudo haber permitido que Black escapara... Obviamente, creyeron que podían atrapar a Black ellos solos. Han salido impunes en tantas ocasiones anteriores que me temo que se les ha subido a la cabeza... Y naturalmente, el director ha consentido siempre que Potter goce de una libertad excesiva.

Harry meneó la cabeza algo incomodo, sabía que en parte, eso era bastante cierto. El, junto con Ron y Hermione, se habían saltado, año por año, sin excepción, una gran cantidad de las reglas de la escuela. Y aún no habían sido expulsados ni temporalmente en ninguna ocasión.

—Bien, Snape. ¿Sabe? Todos hacemos un poco la vista gorda en lo que se refiere a Potter.

—Ya. Pero ¿es bueno para él que se le conceda un trato tan especial? Personalmente, intento tratarlo como a cual­quier otro. 

Muchos alzaron las cejas, sorprendidos por esa afirmación.

Y cualquier otro sería expulsado, al menos tempo­ralmente, por exponer a sus amigos a un peligro semejante. Fíjese, señor ministro: contra todas las normas del colegio... después de todas las precauciones que se han tomado para protegerlo... Fuera de los límites permitidos, en plena noche, en compañía de un licántropo y un asesino... y tengo indi­cios de que también ha visitado Hogsmeade, pese a la prohi­bición.

—Tan irritante como siempre —dijo Sirius suspirando.

—Bien, bien..., ya veremos, Snape. El muchacho ha sido travieso, sin duda.

Harry escuchaba acostado, con los ojos cerrados. Estaba completamente aturdido. Las palabras que oía parecían via­jar muy despacio hasta su cerebro, de forma que le costaba un gran esfuerzo entenderlas. Sentía los miembros como si fueran de plomo. Sus párpados eran demasiado pesados para levantarlos. Quería quedarse allí acostado, en aquella cómoda cama, para siempre...

—Lo que más me sorprende es el comportamiento de los dementores... ¿Realmente no sospecha qué pudo ser lo que los hizo retroceder; Snape?

—No, señor ministro. Cuando llegué, volvían a sus posi­ciones, en las entradas.

—Bueno —dijo Lily con optimismo—. Al menos no ha mentido diciendo que el había salvado a los chicos de los dementores.

—¿Y entonces a que viene que reciba una Orden de Merlín? —preguntó James molesto.

—Supongo que... Por atrapar al malvado Sirius Black.

James balanceó su cabeza.

—Eso tiene algo de sentido.

—Bueno —comentó Remus—. No le iban a dar una Orden de Merlín por deshacerse de unos dementores ¿no?

—Cierto...

—Extraordinario. Y sin embargo, Black, Harry y la chica...

—Todos estaban inconscientes cuando llegué allí. Até y amordacé a Black, hice aparecer por arte de magia unas ca­millas y los traje a todos al castillo.

Hubo una pausa. El cerebro de Harry parecía funcionar un poco más aprisa, y al hacerlo, una sensación punzante se acentuaba en su estómago.

Abrió los ojos.

Todo estaba borroso. Alguien le había quitado las gafas. Se hallaba en la oscura enfermería. Al final de la sala podía vislumbrar a la señora Pomfrey inclinada sobre una cama y dándole la espalda. Bajo el brazo de la señora Pomfrey, dis­tinguió el pelo rojo de Ron.

Harry volvió la cabeza hacia el otro lado. En la cama de la derecha se hallaba Hermione. La luz de la luna caía sobre su cama. También tenía los ojos abiertos. Parecía petrifica­da, y al ver que Harry estaba despierto, se llevó un dedo a los labios. Luego señaló la puerta de la enfermería. Estaba en­treabierta y las voces de Cornelius Fudge y de Snape entra­ban por ella desde el corredor.

La señora Pomfrey llegó entonces caminando enérgica­mente por la oscura sala hasta la cama de Harry Se volvió para mirarla. Llevaba el trozo de chocolate más grande que había visto en su vida. Parecía un pedrusco.

(chocoasdifhasdkjfhasdkhasdlateeesadofhnasdfjkhasdñlkfjasfgiganteasdjfasdfjk)

—¡Ah, estás despierto! —dijo con voz animada. Dejó el chocolate en la mesilla de Harry y empezó a trocearlo con un pequeño martillo.

Ron sonrió al ver que era lo siguiente que iba a leer.

—¿Cómo está Ron? —preguntaron al mismo tiempo Hermione y Harry.

—Sobrevivirá —dijo la señora Pomfrey con seriedad—. En cuanto a vosotros dos, permaneceréis aquí hasta que yo esté bien segura de que estáis... ¿Qué haces, Potter?

Harry se había incorporado, se ponía las gafas y cogió su varita.

—Como no —dijeron los que le conocían entre risas.

—Tengo que ver al director —explicó.

—Potter —dijo con dulzura la señora Pomfrey—, todo se ha solucionado. Han cogido a Black. Lo han encerrado arriba. Los dementores le darán el Beso en cualquier mo­mento.

Las risas cesaron.

—¿QUÉ?

Harry saltó de la cama. Hermione hizo lo mismo. Pero su grito se había oído en el pasillo de fuera. Un segundo después, entraron en la enfermería Cornelius Fudge y Snape.

—¿Qué es esto, Harry? —preguntó Fudge, con aspecto agitado—. Tendrías que estar en la cama... ¿Ha tomado cho­colate? —le preguntó nervioso a la señora Pomfrey

—Escuche, señor ministro —dijo Harry—. ¡Sirius Black es inocente! ¡Peter Pettigrew fingió su propia muerte! ¡Lo hemos visto esta noche! No puede permitir que los dementores le hagan eso a Sirius, es...

Pero Fudge movía la cabeza en sentido negativo, son­riendo ligeramente.

—Harry, Harry; estás confuso. Has vivido una terrible experiencia. Vuelve a acostarte. Está todo bajo control.

—¡NADA DE ESO! —gritó Harry—. ¡HAN ATRAPADO AL QUE NO ES!

—Señor ministro, por favor; escuche —rogó Hermione. Se había acercado a Harry y miraba a Fudge implorante—. Yo también lo vi. Era la rata de Ron. Es un animago. Petti­grew, quiero decir. Y..

—¿Lo ve, señor ministro? —preguntó Snape—. Los dos tienen confundidas las ideas. Black ha hecho un buen traba­jo con ellos...

—¡NO ESTAMOS CONFUNDIDOS! —gritó Harry.

—¡Señor ministro! ¡Profesor! —dijo enfadada la señora Pomfrey—. He de insistir en que se vayan. ¡Potter es un pa­ciente y no hay que fatigarlo!

—¡Mierda! —gritó James cabreado—. ¿Es que nadie piensa siquiera en la posibilidad de sea cierto?

—¡No estoy fatigado, estoy intentando explicarles lo ocurrido! —dijo Harry furioso—. Si me escuchan...

Pero la señora Pomfrey le introdujo de repente un tro­zo grande de chocolate en la boca. Harry se atragantó y la mujer aprovechó la oportunidad para obligarle a volver a la cama.

—Ahora, por favor; señor ministro... Estos niños necesi­tan cuidados. Les ruego que salgan.

Volvió a abrirse la puerta. Era Dumbledore. Harry tragó con dificultad el trozo de chocolate y volvió a levantarse.

—Profesor Dumbledore, Sirius Black...

—¡Por Dios santo! ¿Es esto una enfermería o qué? Señor director; he de insistir en que...

—Te pido mil perdones, Poppy, pero necesito cambiar unas palabras con el señor Potter y la señorita Granger. He estado hablando con Sirius Black.

Muchos suspiraron con alivio.

—Supongo que le ha contado el mismo cuento de hadas que metió en la cabeza de Potter —espetó Snape—. ¿Algo so­bre una rata y sobre que Pettigrew está vivo?

—Eso es efectivamente lo que dice Black —dijo Dumble­dore, examinando detenidamente a Snape por sus gafas de media luna.

—¿Y acaso mi testimonio no cuenta para nada? —gruñó Snape—. Peter Pettigrew no estaba en la Casa de los Gritos ni vi señal alguna de él por allí.

—¡Eso es porque usted estaba inconsciente, profesor! —dijo con seriedad Hermione—. No llegó con tiempo para oír...

—¡Señorita Granger! ¿NO VE TENGO UN PROBLEMA MENTAL O QUE?

Muchos rieron sorprendidos y Dumbledore sonrió discretamente.

—¿Podría leer lo que realmente pone, por favor?

Ron suspiró.

—¡Señorita Granger! ¡CIERRE LA BOCA!

Las risas se detuvieron.

—Vamos, Snape —dijo Fudge—. La muchacha está trastornada, hay que ser comprensivos.

—Me gustaría hablar con Harry y con Hermione a solas —dijo Dumbledore bruscamente—. Cornelius, Severus, Pop­py Se lo ruego, déjennos.

—Señor director —farfulló la señora Pomfrey—. Necesi­tan tratamiento, necesitan descanso.

—Esto no puede esperar —dijo Dumbledore—. Insisto.

La señora Pomfrey frunció la boca, se fue con paso firme a su despacho, que estaba al final de la sala, y dio un portazo al cerrar. Fudge consultó la gran saboneta de oro que le col­gaba del chaleco.

—Los dementores deberían de haber llegado ya. Iré a recibirlos. Dumbledore, nos veremos arriba.

Fue hacia la puerta y la mantuvo abierta para que pasa­ra Snape. Pero Snape no se movió.

—No creerá una palabra de lo que dice Black, ¿verdad? —susurró con los ojos fijos en Dumbledore.

—Quiero hablar a solas con Harry y con Hermione —re­pitió Dumbledore.

Snape avanzó un paso hacia Dumbledore.

—Sirius Black demostró ser capaz de matar cuando te­nía dieciséis años —dijo Snape en voz baja—. No lo habrá ol­vidado. No habrá olvidado que intentó matarme.

Sirius bajó la cabeza.

—Mi memoria sigue siendo tan buena como siempre, Severus —respondió Dumbledore con tranquilidad.

Snape giró sobre los talones y salió con paso militar por la puerta que Fudge mantenía abierta. La puerta se cerró tras ellos y Dumbledore se volvió hacia Harry y Hermione. Los dos empezaron a hablar al mismo tiempo.

—Señor profesor; Black dice la verdad: nosotros vimos a Pettigrew

—Escapó cuando el profesor Lupin se convirtió en hom­bre lobo.

—Es una rata.

—La pata delantera de Pettigrew... quiero decir; el dedo: él mismo se lo cortó.

—Pettigrew atacó a Ron. No fue Sirius.

Pero Dumbledore levantó una mano para detener la avalancha de explicaciones.

—Ahora tenéis que escuchar vosotros y os ruego que no me interrumpáis, porque tenemos muy poco tiempo —dijo con tranquilidad—. Black no tiene ninguna prueba de lo que dice, salvo vuestra palabra. Y la palabra de dos brujos de tre­ce años no convencerá a nadie. Una calle llena de testigos juró haber visto a Sirius matando a Pettigrew. Yo mismo di testimonio al Ministerio de que Sirius era el guardián secre­to de los Potter.

—El profesor Lupin también puede testificarlo —dijo Harry, incapaz de mantenerse callado.

—El profesor Lupin se encuentra en estos momentos en la espesura del bosque, incapaz de contarle nada a nadie. Cuando vuelva a ser humano, ya será demasiado tarde. Sirius estará más que muerto. Y además, la gente confía tan poco en los licántropos que su declaración tendrá muy poco peso. Y el hecho de que él y Sirius sean viejos amigos...

Algunos gruñeron, pero nadie decía nada.

—Pero...

—Escúchame, Harry. Es demasiado tarde, ¿lo entien­des? Tienes que comprender que la versión del profesor Sna­pe es mucho más convincente que la vuestra.

—Él odia a Sirius —dijo Hermione con desesperación—. Por una broma tonta que le gastó.

—¿Tonta? —farfulló Snape para si mismo—. Podía haber muerto allí.

—Sirius no ha obrado como un inocente. La agresión contra la señora gorda..., entrar con un cuchillo en la torre de Gryffindor... Si no encontramos a Pettigrew, vivo o muerto, no tendremos ninguna posibilidad de cambiar la sentencia.

—Pero usted nos cree.

—Sí, yo sí —respondió en voz baja—. Pero no puedo con­vencer a los demás ni desautorizar al ministro de Magia.

Harry miró fijamente el rostro serio de Dumbledore y sintió como si se hundiera el suelo bajo sus pies. Siempre ha­bía tenido la idea de que Dumbledore lo podía arreglar todo. Creía que podía sacar del sombrero una solución asombrosa. Pero no: su última esperanza se había esfumado.

—Lo que necesitamos es ganar tiempo —dijo Dumble­dore despacio. Sus ojos azul claro pasaban de Harry a Her­mione.

¿A que se refería Dumbledore? Nadie entendía nada. Bueno, casi nadie.

—Pero... —empezó Hermione, poniendo los ojos muy re­dondos—. ¡AH!

—Ahora prestadme atención —dijo Dumbledore, ha­blando muy bajo y muy claro—. Sirius está encerrado en el despacho del profesor Flitwick, en el séptimo piso. Torre oes­te, ventana número trece por la derecha. Si todo va bien, esta noche podréis salvar más de una vida inocente. Pero recor­dadlo los dos: no os pueden ver. Señorita Granger, ya conoces las normas. Sabes lo que está en juego. No deben veros.

Todos se miraban entre ellos extrañados sin comprender una sola palabra de lo que Ron había leído.

Harry no entendía nada. Dumbledore se alejó y al llegar a la puerta se volvió.

—Os voy a cerrar con llave. 

—¿Que? —preguntó Tonks casi riendo de lo absurdo de la situación—. ¿Y como quieres que salga entonces?

—¡Nymphadora! —masculló Ojoloco—. Limítate a escuchar e intentar comprender. Las respuestas vendrán a su debido tiempo.

Tonks bufó molesta.

Son —consultó su reloj— las doce menos cinco. Señorita Granger; tres vueltas deberían bastar. Buena suerte.

James no se creía lo que oía.

—¿Buena suerte? —repitió—. ¿Tres vueltas? ¿Pero que demonios? ¿Y esperas que lo entiendan?

Dumbledore sonrió levemente mientras sus ojos brillaban de forma misteriosa.

—¿Buena suerte? —repitió Harry, cuando la puerta se hubo cerrado tras Dumbledore—. ¿Tres vueltas? ¿Qué quie­re decir? ¿Qué es lo que tenemos que hacer?

Pero Hermione rebuscaba en el cuello de su túnica y sacó una cadena de oro muy larga y fina.

Algo hizo clack en la cabeza de Lily.

—¡Claro! Pero espera... No, no puede ser... ¡O sí! ¡Claro, eso tiene sentido! ¡Ahora todo cuadra! Pero aún así... No debería ser posible ¿no? Aunque parece ser la única respuesta...

Y entonces Lily se dio cuenta de que estaba hablando en voz tal vez demasiado alta y de que todos en el comedor la estaban mirando. Su palida piel enrojeció de forma repentina.

—¡Esa es mi Lily! —celebró James—. Siempre lo entiende todo. Pero, oye ¿que te parece compartir con estos simples mortales algo de tu divina sabiduría?

—¡Ni hablar! —dijo Lily todavía avergonzada—. Es una locura y si me estoy equivocando... Sería ridículo.

—¿Tu? ¿Equivocarte?

—No pienso decir nada.

James puso morritos y le pidió con un para nada educado gesto a Ron que continuara con la lectura.

—Ven aquí, Harry —dijo perentoriamente—. ¡Rápido!

—Harry, perplejo, se acercó a ella. Hermione estiró la cade­na por fuera de la túnica y Harry pudo ver un pequeño reloj de arena que pendía de ella—. Así. —Puso la cadena tam­bién alrededor del cuello de Harry—. ¿Preparado? —dijo ja­deante.

Unos pocos entendieron de que iba la cosa y no era dificil saber quienes porque todos tenían cara de asombro. Lily sonrió, satisfecha con haber acertado, y se arrepintió un poco de no haberse arriesgado a contar su teoría antes para que James se impresionara con un increíble y envidiable inteligencia. O algo así.

—Así que te habías dado cuenta de eso ¿eh? —dijo James sonriendo y revolviendo el pelo de Lily—. ¡Como era de esperar de mi esposa!

Lily sonrió, complacida.

—¿Qué hacemos? —preguntó Harry sin comprender.

Hermione dio tres vueltas al reloj de arena.

La sala oscura desapareció. Harry tuvo la sensación de que volaba muy rápidamente hacia atrás. A su alrededor veía pasar manchas de formas y colores borrosos. Notaba palpitaciones en los oídos. Quiso gritar; pero no podía oír su propia voz.

Sintió el suelo firme bajo sus pies y todo volvió a aclararse. Se hallaba de pie, al lado de Hermione, en el vacío ves­tíbulo, y un chorro de luz dorada bañaba el suelo pavimen­tado penetrando por las puertas principales, que estaban abiertas. Miró a Hermione con la cadena clavándosele en el cuello.

—Hermione, ¿qué...?

—¡Ahí dentro! —Hermione cogió a Harry del brazo y lo arrastró por el vestíbulo hasta la puerta del armario de la limpieza. Lo abrió, empujó a Harry entre los cubos y las fre­gonas, entró ella tras él y cerró la puerta.

—¡Hey Ron! —le llamó Bill—. ¿Como se siente que tu novia y tu mejor amigo se encierren juntos en el armario de la limpieza?

—Cierra el pico.

—¿Qué..., cómo...? Hermione, ¿qué ha pasado?

—Hemos retrocedido en el tiempo —susurró Hermione, quitándole a Harry, a oscuras, la cadena del cuello—. Tres horas.

Todos se miraron entre ellos sorprendidos.

—¿Granger puede viajar en el tiempo? —preguntó Daphne Greengrass sin comprenderlo del todo.

Ron puso una mueca.

—Estoy seguro de que el libro lo explicara todo ¿que os parece si leo y escucháis?

Daphne puso mala cara pero asintió junto al resto de estudiantes.

—Perfecto —dijo Ron para si mismo—. Se acabaron las interrupciones.

(Ya, no te lo crees ni tu)

Harry se palpó la pierna y se dio un fuerte pellizco. Le dolió mucho, lo que en principio descartaba la posibilidad de que estuviera soñando.

—Pero...

—¡Chist! ¡Escucha! ¡Alguien viene! ¡Creo que somos no­sotros! —Hermione había pegado el oído a la puerta del ar­mario—. Pasos por el vestíbulo... Sí, creo que somos nosotros yendo hacia la cabaña de Hagrid.

Muchos se miraron sin comprender.

—¿Quieres decir que estamos aquí en este armario y que también estamos ahí fuera?

—Sí —respondió Hermione, con el oído aún pegado a la puerta del armario—. Estoy segura de que somos nosotros. No parecen más de tres personas. Y... vamos despacio por­que vamos ocultos por la capa invisible. —Dejó de hablar; pero siguió escuchando—. Acabamos de bajar la escalera principal...

Hermione se sentó en un cubo puesto boca abajo. Harry estaba impaciente y quería que Hermione le respondiera a algunas preguntas.

Muchos asintieron con ganas porque, aunque no sirviera de nada, ellos también querían respuestas.

—¿De dónde has sacado ese reloj de arena?

—Se llama giratiempo —explicó Hermione—. Me lo dio la profesora McGonagall el día que volvimos de vacaciones. Lo he utilizado durante el curso para poder asistir a todas las clases. La profesora McGonagall me hizo jurar que no se lo contaría a nadie. Tuvo que escribir un montón de cartas al Ministerio de Magia para que me dejaran tener uno. Les dijo que era una estudiante modelo y que no lo utilizaría nunca para otro fin. Le doy vuelta para volver a disponer de la hora de clase. Gracias a él he podido asistir a varias clases que te­nían lugar al mismo tiempo, ¿te das cuenta? 

La mayoría de los estudiantes miraron a Hermione impresionados. Les iba a costar asimilar algo como esto.

Pero, Harry, me temo que no entiendo qué es lo que quiere Dumbledore que hagamos. ¿Por qué nos ha dicho que retrocedamos tres ho­ras? ¿En qué va a ayudar eso a Sirius?

Harry la miró en la oscuridad.

—Quizás ocurriera algo que podemos cambiar ahora —dijo pensativo—. ¿Qué puede ser? Hace tres horas nos di­rigíamos a la cabaña de Hagrid...

—Ya estamos tres horas antes, nos dirigimos a la caba­ña —explicó Hermione—. Acabamos de oírnos salir.

Algunos rieron un poco, era un poco retorcido todo esto.

Harry frunció el entrecejo. Estaba estrujándose el ce­rebro.

—Dumbledore dijo simplemente... dijo simplemente que podíamos salvar más de una vida inocente... —Y entonces se le ocurrió—: ¡Hermione, vamos a salvar a Buckbeak!

Hagrid abrió mucho los ojos, ¡Backbeak no se había escapado! ¡Le habían salvado Harry y Hermione! Sus ojos se humedecieron ¿como no iba a tener favoritismo como profesor teniendo alumnos como estos?

—Pero... ¿en qué ayudará eso a Sirius?

—Dumbledore nos dijo dónde está la ventana del despa­cho de Flitwick, donde tienen encerrado a Sirius con llave. Tenemos que volar con Buckbeak hasta la ventana y rescatar a Sirius. Sirius puede escapar montado en Buckbeak. ¡Pue­den escapar juntos!

—¡Es un plan perfecto! —dijo James emocionado.

Lily no pensaba lo mismo.

—Hace falta un milagro para que puedan hacer esto sin ser descubiertos.

Ron, algo divertido y al mismo tiempo algo molesto, leyó lo siguiente:

Hermione parecía aterrorizada.

—¡Si conseguimos hacerlo sin que nos vean será un mi­lagro!

Lily y Hermione se sonrieron divertidas.

—Bueno, tenemos que intentarlo, ¿no crees? —dijo Ha­rry. Se levantó y pegó el oído a la puerta—. No parece que haya nadie. Vamos...

Harry empujó y abrió la puerta del armario. El vestíbulo estaba desierto. Tan en silencio y tan rápido como pudieron, salieron del armario y bajaron corriendo los escalones. Las sombras se alargaban. Las copas de los árboles del bosque prohibido volvían a brillar con un fulgor dorado.

—¡Si alguien se asomara a la ventana..! —chilló Her­mione, mirando hacia atrás, hacia el castillo.

—Huiremos —dijo Harry con determinación—. Nos in­ternaremos en el bosque. Tendremos que ocultarnos detrás de un árbol o algo así, y estar atentos.

—¡De acuerdo, pero iremos por detrás de los invernade­ros! —dijo Hermione, sin aliento—. ¡Tenemos que apartar­nos de la puerta principal de la cabaña de Hagrid o de lo con­trario nos veremos a nosotros mismos! Ya debemos de estar llegando a la cabaña.

Pensando todavía en las intenciones de Hermione, Harry echó a correr delante de ella. Atravesaron los huertos hasta los invernaderos, se detuvieron un momento detrás de éstos y reanudaron el camino a toda velocidad, rodeando el sauce boxeador y yendo a ocultarse en el bosque...

A salvo en la oscuridad de los árboles, Harry se dio la vuelta. Unos segundos más tarde, llegó Hermione jadeando.

—Bueno —dijo con voz entrecortada—, tenemos que ir a la cabaña sin que se note. Que no nos vean, Harry

Anduvieron en silencio entre los árboles, por la orilla del bosque. Al vislumbrar la fachada de la cabaña de Hagrid, oyeron que alguien llamaba a la puerta. Se escondieron tras un grueso roble y miraron por ambos lados. Hagrid apareció en la puerta tembloroso y pálido, mirando a todas partes para ver quién había llamado. Y Harry oyó su propia voz que decía:

—Somos nosotros. Llevamos la capa invisible. Si nos de­jas pasar; nos la quitaremos.

—En serio —aseguró Harry—. Es algo rarísimo.

—No deberíais haber venido —susurró Hagrid.

Se hizo a un lado y cerró rápidamente la puerta.

—Esto es lo más raro en que me he metido en mi vida —dijo Harry con entusiasmo.

La envidia se extendía en el comedor por gente que, de forma algo obvia, no comprendía la gravedad y las implicaciones que traía viajar en el tiempo.

—Vamos a adelantarnos un poco —susurró Hermio­ne—. ¡Tenemos que acercarnos más a Buckbeak!

Avanzaron sigilosamente hasta que vieron al nervioso hipogrifo atado a la valla que circundaba la plantación de calabazas de Hagrid.

—¿Ahora? —susurró Harry

—¡No! —dijo Hermione—. Si nos lo llevamos ahora, los hombres de la comisión creerán que Hagrid lo ha liberado. ¡Tenemos que esperar hasta que lo vean atado!

—Menos mal que Hermione siempre piensa en todo —suspiró Ron antes de seguir leyendo.

—Eso supone unos sesenta segundos —dijo Harry. Les empezaba a parecer irrealizable.

En ese momento oyeron romperse una pieza de porce­lana.

—Ya se le ha caído a Hagrid la jarra de leche —dijo Her­mione—. Dentro de un momento encontraré a Scabbers.

Harry y Hermione se miraron con algo de tristeza. Si tan solo hubieran capturado a Cedric...

Efectivamente, minutos después oyeron el chillido de sorpresa de Hermione.

—Hermione —dijo Harry de repente—, ¿y si entrára­mos en la cabaña y nos apoderásemos de Pettigrew?

—¡No! —exclamó Hermione con temor—. ¿No lo entien­des? ¡Estamos rompiendo una de las leyes más importantes de la brujería! ¡Nadie puede cambiar lo ocurrido, nadie! Ya has oído a Dumbledore... Si nos ven...

—Sólo nos verían Hagrid y nosotros mismos.

—Harry, ¿qué crees que pasaría si te vieras a ti mismo entrando en la cabaña de Hagrid? —dijo Hermione.

—Creería... creería que me había vuelto loco —dijo Ha­rry—. O que había magia oscura por medio.

—Exactamente. No lo comprenderías. Incluso puede que te atacaras a ti mismo. La profesora McGonagall me dijo que han sucedido cosas terribles cuando los brujos se han in­miscuido con el tiempo. ¡Muchos terminaron matando por error su propio yo, pasado o futuro!

—Vale —dijo Harry—, sólo era una idea. Yo pensaba nada más que...

Pero Hermione le dio un codazo y señaló hacia el cast­illo. Harry movió la cabeza unos centímetros para tener una visión más clara de la puerta central. Dumbledore, Fudge, el anciano de la comisión y Macnair, el verdugo, bajaban los es­calones.

—¡Estamos a punto de salir! —dijo Hermione en voz baja.

Efectivamente, un momento después se abrió la puerta trasera de la cabaña de Hagrid y Harry se vio a sí mismo con Ron y con Hermione saliendo por ella con Hagrid. Sin duda era la situación más rara en que se había visto, permanecer detrás del árbol y verse a sí mismo en el huerto de las cala­bazas.

—No temas, Buckbeak —dijo Hagrid—. No temas. —Se volvió hacia los tres amigos—. Venga, marchaos.

—Hagrid, no podemos... Les diremos lo que de verdad sucedió.

—No pueden matarlo...

—¡Marchaos! Ya es bastante horrible y sólo faltaría que además os metierais en un lío.

Harry vio a Hermione echando la capa invisible sobre los tres en el huerto de calabazas.

—Marchaos, rápido. No escuchéis.

Llamaron a la puerta principal de la cabaña de Hagrid. El grupo de la ejecución había llegado. Hagrid dio media vuelta y se metió en la cabaña, dejando entreabierta la puer­ta de atrás. Harry vio que la hierba se aplastaba a trechos alrededor de la cabaña y oyó alejarse tres pares de pies. Él, Ron y Hermione se habían marchado, pero el Harry y la Hermione que se ocultaban entre los árboles podían ahora escuchar por la puerta trasera lo que sucedía dentro de la cabaña.

—¿Dónde está la bestia? —preguntó la voz fría de Mac­nair.

Muchos tragaron saliva ¿podrían hacerlo Harry y Hermione? Draco rogaba por ello.

—Fu... fuera contestó Hagrid.

Harry escondió la cabeza cuando Macnair apareció en la ventana de Hagrid para mirar a Buckbeak. Luego oyó a Fudge.

—Tenemos que leer la sentencia, Hagrid. Lo haré rápi­do. Y luego tú y Macnair tendréis que firmar. Macnair, tú también debes escuchar. Es el procedimiento.

El rostro de Macnair desapareció de la ventana. Tendría que ser en ese momento o nunca.

—Espera aquí —susurró Harry a Hermione—. Yo lo haré.

—¡Tu puedes Harry! —le apoyaron muchos. Al libro. Como niños pequeños.

Mientras Fudge volvía a hablar; Harry salió disparado de detrás del árbol, saltó la valla del huerto de calabazas y se acercó a Buckbeak.

—«La Comisión para las Criaturas Peligrosas ha decidi­do que el hipogrifo Buckbeak, en adelante el condenado, sea ejecutado el día seis de junio a la puesta del sol...»

Guardándose de parpadear; Harry volvió a mirar fija­mente los feroces ojos naranja de Buckbeak e inclinó la ca­beza. Buckbeak dobló las escamosas rodillas y volvió a enderezarse. Harry soltó la cuerda que ataba a Buckbeak a la valla.

—«... sentenciado a muerte por decapitación, que será llevada a cabo por el verdugo nombrado por la Comisión, Walden Macnair...»

—Vamos, vamos, vamos... —escuchaba Harry murmurar a Ginny.

—Vamos, Buckbeak —murmuró Harry—, ven, vamos a salvarte. Sin hacer ruido, sin hacer ruido...

—«... por los abajo firmantes.» Firma aquí, Hagrid.

Harry tiró de la cuerda con todas sus fuerzas, pero Buck­beak había clavado en el suelo las patas delanteras.

—Venga, Buckbeak, muévete —murmuraba Ginny cada vez más alterada.

—Bueno, acabemos ya —dijo la voz atiplada del anciano de la Comisión en el interior de la cabaña de Hagrid—. Ha­grid, tal vez fuera mejor que te quedaras aquí dentro.

—No, quiero estar con él... No quiero que esté solo.

Se oyeron pasos dentro de la cabaña.

—Muévete, Buckbeak —susurró Harry

Harry tiró de la cuerda con más fuerza. El hipogrifo echó a andar agitando un poco las alas con talante irrita­do. Aún se hallaban a tres metros del bosque y se les podía ver perfectamente desde la puerta trasera de la cabaña de Hagrid.

La tensión era palpable.

—Un momento, Macnair; por favor —dijo la voz de Dumbledore—. Usted también tiene que firmar. —Los pasos se detuvieron. Buckbeak dio un picotazo al aire y anduvo algo más aprisa.

La cara pálida de Hermione asomaba por detrás de un árbol.

—¡Harry; date prisa! —dijo.

Harry aún oía la voz de Dumbledore en la cabaña. Dio otro tirón a la cuerda. Buckbeak se puso a trotar a regaña­dientes. Llegaron a los árboles...

—¡Rápido, rápido! —gritó Hermione, saliendo como una flecha de detrás del árbol, asiendo también la cuerda y tiran­do con Harry para que Buckbeak avanzara más aprisa. Harry miró por encima del hombro. Ya estaban fuera del alcance de las miradas. Desde allí no veían el huerto de Hagrid.

El Gran Comedor se llenó de suspiros y de rostros relajados. 

—A salvó —le dijo Cho a Harry con una sonrisa.

A Harry le apareció una pregunta en la cabeza mientras le sonreía de vuelta, ¿no estaba Cho últimamente girándose demasiado hacia el? Harry no pudo evitar que su corazón se acelerase un poco.

.

En otro lugar de ese mismo castillo había otro Harry como el pero un poco más alto y maduro.

—¿En serio es tan tonto? —preguntó algo molesto al ver, delante de el, a el joven Harry sonriendo como un estúpido a una chica que no era Ginny.

—Sí, parece que en serio eres tan tonto —le dijo el joven James a su padre.

—¡Hey! Tú no tienes permitido llamar tonto a ningún Harry —dijo su padre.

—¿Eh? —preguntó Ginny—. ¿Por que no? Es cierto al fin y al cabo ¿no?

—¡Dejarme hacer algo! —pidió James—. Yo me encargo de todo.

—¡Ni hablar! —dijeron Albus y Lily al mismo tiempo.

—Tratándose de ti seguro que la lías y al final no nacemos —aseguró Albus—. Dejarme a mi, el otro día he aprendido unos hechizos que...

—¡No! ¡No! ¡No! ¡Ni hablar! —protestó Lily—. Albus tiene el romanticismo bien enterrado dentro de su culo.

—¡Lily! —le dijo Ginny—. Esa boca.

—¿Eh? —preguntó Harry—. ¿Que tiene de malo? Es cierto al fin y al cabo ¿no?

—Ya está papa defendiendo a Lily —resopló James.

—¡Ya se! —dijo Albus de pronto—. ¡Entre los tres! ¡Dejadnos a los tres pensar algo!

James vio ahí su oportunidad.

—¡Eso es! ¡Trabajaremos en equipo! ¡Como verdaderos hermanos!

—Sois verdaderos hermanos... 

—Y no lo seremos si Cho te engancha cual oso hormiguero y te aprieta hasta clavarte sus pezuñas y matarte.

—Estás exagerando un poco ¿no cress?

—¡Ni hablar papa! —dijo Lily también—. ¡Queremos salvarte la vida!

—Sí, de cho; la malvada bruja de las montañas nublosas.

—¿La malvada bruja de las montañas nublosas? —preguntó Harry sorprendido.

Ginny giró la cabeza de forma algo brusca.

—Oh, era una historia que nos contaba mama de pequeña.

Harry alzó una ceja sorprendido y se giró hacia la madre de sus hijos.

—Creo que esta noche vas a tener que contarme una interesante historia.

—¿Interesante? Mama, ¿le vas a contar la historia de "Dean, el vampiro usurpador"?

Ahora fue el turno de Ginny de alzar la ceja y girarse hacia su marido.

—Creo que esta va a ser una noche llena de historias.

Fue entonces cuando la familia Potter se dio cuenta de que, a su alrededor, había bastante más gente, y que todos les observaban con diversión.

Harry abrió la boca para decir algo pero Ginny le cortó.

—Mejor no digas nada.

—¿Entonces podemos planear algo o no? —insistió James.

Harry estaba demasiado avergonzado como para pensar en las estupideces que decían sus hijos.

—Hacer lo que queráis.

Los tres hermanos se miraron sonriendo.

(No tengo nada planeado así que se aceptan ideas xD Aunque, claro, acabaré haciendo lo que me de la gana.)

.

Ron seguía leyendo.

—¡Para! —le dijo a Hermione—. Podrían oírnos.

La puerta trasera de la cabaña de Hagrid se había abier­to de golpe. Harry Hermione y Buckbeak se quedaron inmóvi­les. Incluso el hipogrifo parecía escuchar con atención.

Silencio. Luego...

—¿Dónde está? —dijo la voz atiplada del anciano de la comisión—. ¿Dónde está la bestia?

—¡Estaba atada aquí! —dijo con furia el verdugo—. Yo la vi. ¡Exactamente aquí!

—¡Qué extraordinario! —dijo Dumbledore. Había en su voz un dejo de desenfado.

—¡Buckbeak! —exclamó Hagrid con voz ronca.

Casi todos los presentes sonrieron.

Se oyó un sonido silbante y a continuación el golpe de un hacha. El verdugo, furioso, la había lanzado contra la valla. Luego se oyó el aullido y en esta ocasión pudieron oír tam­bién las palabras de Hagrid entre sollozos:

—¡Se ha ido!, ¡se ha ido! Alabado sea, ¡ha escapado! Debe de haberse soltado solo. Buckbeak, qué listo eres.

—Muchísimas gracias, chicos —les dijo el guardabosques con una enorme sonrisa.

Buckbeak empezó a tirar de la cuerda, deseoso de volver con Hagrid. Harry y Hermione la sujetaron con más fuerza, hundiendo los talones en tierra.

—¡Lo han soltado! —gruñía el verdugo—. Deberíamos rastrear los terrenos y el bosque.

—Macnair; si alguien ha cogido realmente a Buckbeak, ¿crees que se lo habrá llevado a pie? —le preguntó Dumble­dore, que seguía hablando con desenfado—. Rastrea el cielo, si quieres... Hagrid, no me iría mal un té. O una buena copa de brandy.

—Por... por supuesto, profesor —dijo Hagrid, al que la alegría parecía haber dejado flojo—. Entre, entre...

Harry y Hermione escuchaban con atención: oyeron pa­sos, la leve maldición del verdugo, el golpe de la puerta y de nuevo el silencio.

—¿Y ahora qué? —susurró Harry, mirando a su alrededor.

—Tendremos que quedarnos aquí escondidos —dijo Her­mione con miedo—. Tenemos que esperar a que vuelvan al castillo. Luego aguardaremos a que pase el peligro y nos acercaremos a la ventana de Sirius volando con Buckbeak. No volverá por allí hasta dentro de dos horas... Esto va a re­sultar difícil...

Miró por encima del hombro, a la espesura del bosque. El sol se ponía en aquel momento.

—Habrá que moverse —dijo Harry, pensando—. Tene­mos que ir donde podamos ver el sauce boxeador o no nos en­teraremos de lo que ocurre.

—De acuerdo —dijo Hermione, sujetando la cuerda de Buckbeak aún más firme—. Pero hemos de seguir ocultos, Harry, recuérdalo.

Se movieron por el borde del bosque, mientras caía la noche, hasta ocultarse tras un grupo de árboles entre los cuales podían distinguir el sauce.

—¡Ahí está Ron! —dijo Harry de repente.

Una figura oscura corría por el césped y el aire silencio­so de la noche les transmitió el eco de su grito.

—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers, ven aquí...

Y entonces vieron a otras dos figuras que salían de la nada. Harry se vio a sí mismo y a Hermione siguiendo a Ron. Luego vio a Ron lanzándose en picado.

—¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.

—¡Ahí está Sirius! —dijo Harry. El perrazo había surgido de las raíces del sauce. Lo vieron derribar a Harry y suje­tar a Ron—. Desde aquí parece incluso más horrible, ¿ver­dad? —añadió mientras el perro arrastraba a Ron hasta meterlo entre las raíces—. ¡Eh, mira! El árbol acaba de pe­garme. Y también a ti. ¡Qué situación más rara!

Aunque no era algo gracioso muchos reían en el comedor.

El sauce boxeador crujía y largaba puñetazos con sus ramas más bajas. Podían verse a sí mismos corriendo de un lado para otro en su intento de alcanzar el tronco. Y de re­pente el árbol se quedó quieto.

—Crookshanks ya ha apretado el nudo —explicó Her­mione.

—Allá vamos... —murmuró Harry—. Ya hemos entrado.

En cuanto desaparecieron, el árbol volvió a agitarse. Unos segundos después, oyeron pasos cercanos. Dumbledore, Macnair, Fudge y el anciano de la Comisión se dirigían al castillo.

—¡En cuanto bajamos por el pasadizo! —dijo Hermio­ne—. ¡Ojalá Dumbledore hubiera venido con nosotros...!

—Macnair y Fudge habrían venido también —dijo Ha­rry con tristeza—. Te apuesto lo que quieras a que Fudge ha­bría ordenado a Macnair que matara a Sirius allí mismo.

Vieron a los cuatro hombres subir por la escalera de en­trada del castillo y perderse de vista. Durante unos minutos el lugar quedó vacío. Luego...

—¡Aquí viene Lupin! —dijo Harry al ver a otra persona que bajaba la escalera y se dirigía corriendo hacia el sauce. Harry miró al cielo. Las nubes ocultaban la luna.

Entonces todos recordaron que Lupin se iba a transformar en hombre lobo. No iba a ser tan fácil esperar a que Sirius estuviese atrapado en la torre.

Vieron que Lupin cogía del suelo una rama rota y apre­taba con ella el nudo del tronco. El árbol dejó de dar golpes y también Lupin desapareció por el hueco que había entre las raíces.

—¡Ojalá hubiera cogido la capa! —dijo Harry—. Está ahí... —Se volvió a Hermione—. Si saliera ahora corriendo y me la llevara, no la podría coger Snape.

—¡Harry, no nos deben ver!

—¿Cómo puedes soportarlo? —le preguntó a Hermione con irritación—. ¿Estar aquí y ver lo que sucede sin hacer nada? —Dudó—. ¡Voy a coger la capa!

—¡No! —gritaron unos pocos.

—¡Harry, no!

Hermione sujetó a Harry a tiempo por la parte trasera de la túnica. En ese momento oyeron cantar a alguien. Era Hagrid, que se dirigía hacia el castillo, cantando a voz en gri­to y oscilando ligeramente al caminar. Llevaba una botella grande en la mano.

—¿Lo ves? —susurró Hermione—. ¿Ves lo que habría ocurrido? ¡Tenemos que estar donde nadie nos pueda ver! ¡No, Buckbeak!

El hipogrifo hacia intentos desesperados por ir hacia Hagrid. Harry aferró también la cuerda para sujetar a Buck­beak. Observaron a Hagrid, que iba haciendo eses hacia el castillo. Desapareció. Buckbeak cejó en sus intentos de esca­par. Abatió la cabeza con tristeza.

Apenas dos minutos después las puertas del castillo vol­vieron a abrirse y Snape apareció corriendo hacia el sauce, en pos de ellos.

Harry cerró fuertemente los puños al ver que Snape se detenía cerca del árbol, mirando a su alrededor. Cogió la capa y la sostuvo en alto.

—Aparta de ella tus asquerosas manos —murmuró Harry entre dientes.

—¡Chist!

Snape cogió la rama que había usado Lupin para inmo­vilizar el árbol, apretó el nudo con ella y, cubriéndose con la capa, se perdió de vista.

—Ya está —dijo Hermione en voz baja—. Ahora ya esta­mos todos dentro. Y ahora sólo tenemos que esperar a que volvamos a salir...

—¡Que divertido es esperar! —dijeron los gemelos mientras se frotaban las manos fingiendo emoción.

Cogió el extremo de la cuerda de Buckbeak y lo amarró firmemente al árbol más cercano. Luego se sentó en el suelo seco, rodeándose las rodillas con los brazos.

—Harry, hay algo que no comprendo... ¿Por qué no atra­paron a Sirius los dementores? Recuerdo que se aproxima­ban a él antes de que yo me desmayara.

Harry se sentó también. Explicó lo que había visto. Cómo, en el momento en que el dementor más cercano acer­caba la boca a Sirius, algo grande y plateado llegó galopando por el lago y ahuyentó a los dementores.

Cuando terminó Harry de explicarlo, Hermione tenía la boca abierta.

—Pero ¿qué era?

—Sólo hay una cosa que puede hacer retroceder a los dementores —dijo Harry—. Un verdadero patronus, un patro­nus poderoso.

—Pero ¿quién lo hizo aparecer?

Muchos se lo preguntaban.

Harry no dijo nada. Volvió a pensar en la persona que había visto en la otra orilla del lago. Imaginaba quién podía ser... Pero ¿cómo era posible?

—¿No viste qué aspecto tenía? —preguntó Hermione con impaciencia—. ¿Era uno de los profesores?

—No.

—Pero tuvo que ser un brujo muy poderoso para alejar a todos los dementores... Si el patronus brillaba tanto, ¿no lo iluminó? ¿No pudiste ver...?

—Sí que lo vi —dijo Harry pensativo—. Aunque tal vez lo imaginase. No pensaba con claridad. Me desmayé inme­diatamente después...

—¿Quién te pareció que era?

—Me pareció —Harry tragó saliva, consciente de lo raro que iba a sonar aquello—, me pareció mi padre.

Muchos de los adultos, viendo todo lo que estaba pasando, ya intuían que había ocurrido, así que no pudieron evitar sonreír ante lo dicho por Harry.

Miró a Hermione y vio que estaba con la boca abierta. La muchacha lo miraba con una mezcla de inquietud y pena.

—Harry, tu padre está..., bueno..., está muerto —dijo en voz baja.

—¿Hola? —preguntó James.

—Lo sé —dijo Harry rápidamente.

—Eeeeooo.

—¿Crees que era su fantasma?

—¿Parezco un fantasma?

—No lo sé. No... Parecía sólido.

—¡Duro como una piedra! —aseguró James golpeándose el pecho.

—¡Venga, para ya! —dijo Lily riendo un poco.

—Pero entonces...

—Quizá tuviera alucinaciones —dijo Harry—. Pero a juzgar por lo que vi, se parecía a él. Tengo fotos suyas... —Hermione seguía mirándolo como preocupada por su sa­lud mental—. Sé que parece una locura —añadió Harry con determinación. Se volvió para echar un vistazo a Buckbeak, que metía el pico en la tierra, buscando lombrices. Pero no miraba realmente al hipogrifo.

Pensaba en su padre y en sus tres amigos de toda la vida. Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta... ¿No habrían estado aquella noche los cuatro en los terrenos del castillo? Colagusano había vuelto a aparecer aquella noche, cuando todo el mundo pensaba que estaba muerto. ¿Era im­posible que su padre hubiera hecho lo mismo? ¿Había visto visiones en el lago? La figura había estado demasiado lejos para distinguirla bien, y sin embargo, antes de perder el sen­tido, había estado seguro de lo que veía.

Las hojas de los árboles susurraban movidas por la bri­sa. La luna aparecía y desaparecía tras las nubes. Hermione se sentó de cara al sauce, esperando.

Y entonces, después de una hora...

—¡Ya salen! —exclamó Hermione. Se pusieron en pie. Buckbeak levantó la cabeza. Vieron a Lupin, Ron y Pettigrew saliendo con dificultad del agujero de las raíces. Luego salió Hermione. Luego Snape, inconsciente, flotando. A con­tinuación iban Harry y Black. Todos echaron a andar hacia el castillo. El corazón de Harry comenzaba a latir muy fuer­te. Levantó la vista al cielo. De un momento a otro pasaría la nube y la luna quedaría al descubierto...

El comedor estaba completamente en silencio, sin contar con la voz de Ron.

—Harry —musitó Hermione, como si adivinara lo que pensaba él—, tenemos que quedarnos aquí. No nos deben ver. No podemos hacer nada.

—¿Y vamos a consentir que Pettigrew vuelva a escaparse? —dijo Harry en voz baja.

—¿Y cómo esperas encontrar una rata en la oscuridad? —le atajó Hermione—. No podemos hacer nada. Si hemos regresado es sólo para ayudar a Sirius. ¡No debes hacer nada más!

—Está bien.

Aunque a muchos les molestaba el que Peter escapara todos sabían que no había otra salida.

La luna salió de detrás de la nube. Vieron las pequeñas siluetas detenerse en medio del césped. Luego las vieron moverse.

—¡Mira a Lupin! —susurró Hermione—. Se está trans­formando.

—¡Hermione! —dijo Harry de repente—. ¡Tenemos que hacer algo!

—No podemos. Te lo estoy diciendo todo el tiempo.

—¡No hablo de intervenir! ¡Es que Lupin se va a aden­trar en el bosque y vendrá hacia aquí!

Los nervios aumentaron.

Hermione ahogó un grito.

—¡Rápido! —gimió, apresurándose a desatar a Buck­beak—. ¡Rápido! ¿Dónde vamos? ¿Dónde nos ocultamos? ¡Los dementores llegarán de un momento a otro!

—¡Volvamos a la cabaña de Hagrid! —dijo Harry—. Ahora está vacía. ¡Vamos!

—¡Correr, correr, correr! —les urgió Tonks.

Corrieron todo lo aprisa que pudieron. Buckbeak iba de­trás de ellos a medio galope. Oyeron aullar al hombre lobo a sus espaldas.

Vieron la cabaña. Harry derrapó al llegar a la puerta. La abrió de un tirón y dejó pasar a Hermione y a Buckbeak, que entraron como un rayo. Harry entró detrás de ellos y echó el cerrojo. Fang, el perro jabalinero, ladró muy fuerte.

—¡Silencio, Fang, somos nosotros! —dijo Hermione, avan­zando rápidamente hacia él y acariciándole las orejas para que callara—. ¡Nos hemos salvado por poco! —dijo a Harry.

—Sí...

Harry miró por la ventana. Desde allí era mucho más difícil ver lo que ocurría. Buckbeak parecía muy contento de volver a casa de Hagrid. Se echó delante del fuego, plegó las alas con satisfacción y se dispuso a echar un buen sue­ñecito.

—Será mejor que salga —dijo Harry pensativo—. Desde aquí no veo lo que ocurre. No sabremos cuándo llega el mo­mento. —Hermione levantó los ojos para mirarlo. Tenía ex­presión de recelo—. No voy a intervenir —añadió Harry de inmediato—. Pero si no vemos lo que ocurre, ¿cómo sabre­mos cuál es el momento de rescatar a Sirius?

—Bueno, de acuerdo. Aguardaré aquí con Buckbeak... Pero ten cuidado, Harry. Ahí fuera hay un licántropo y mul­titud de dementores.

Harry salió y bordeó la cabaña. Oyó gritos distantes. Aquello quería decir que los dementores se acercaban a Sirius... El otro Harry y la otra Hermione irían hacia él en cualquier momento...

Miró hacia el lago, con el corazón redoblando como un tambor. Quienquiera que hubiese enviado al patronus, haría aparición enseguida.

Durante una fracción de segundo se quedó ante la puer­ta de la cabaña de Hagrid sin saber qué hacer. «No deben verte.» Pero no quería que lo vieran, quería ver él. Tenía que enterarse...

Ya estaban allí los dementores. Surgían de la oscuridad, llegaban de todas partes. Se deslizaban por las orillas del lago. Se alejaban de Harry hacia la orilla opuesta... No ten­dría que acercarse a ellos.

Echó a correr. No pensaba más que en su padre... Si era él, si era él realmente, tenía que saberlo, tenía que averiguarlo.

Nadie decía nada.

Cada vez estaba más cerca del lago, pero no se veía a na­die. En la orilla opuesta veía leves destellos de plata: eran sus propios intentos de conseguir un patronus.

Había un arbusto en la misma orilla del agua. Harry se agachó detrás de él y miró por entre las hojas. En la otra ori­lla los destellos de plata se extinguieron de repente. Sintió emoción y terror: faltaba muy poco.

—¡Vamos! —murmuró, mirando a su alrededor—. ¿Dón­de estás? Vamos, papá.

James suspiró con tristeza... Escuchar a su hijo rogando por el... Tenía que haber estado allí. Pero estaba demasiado ocupado estando muerto...

—Harry... —murmuró Lily, pero no dijo nada más.

Pero nadie acudió. Harry levantó la cabeza para mirar el círculo de los dementores del otro lado del lago. Uno de ellos se bajaba la capucha. Era el momento de que aparecie­ra el salvador. Pero no veía a nadie.

Lily se estaba mordiendo el labio inferior con fuerza ¿iba a comprenderlo o no?

Y entonces lo comprendió. No había visto a su padre, se había visto a sí mismo.

Todos lo comprendieron entonces y Lily sonrió.

Harry salió de detrás del arbusto y sacó la varita.

—¡EXPECTO PATRONUM! —exclamó.

Y de la punta de su varita surgió, no una nube informe, sino un animal plateado, deslumbrante y cegador. Frunció el entrecejo tratando de distinguir lo que era. Parecía un caballo. Galopaba en silencio, alejándose de él por la super­ficie negra del lago. Lo vio bajar la cabeza y cargar contra los dementores... En ese momento galopaba en torno a las formas negras que estaban tendidas en el suelo, y los dementores retrocedían, se dispersaban y huían en la oscuri­dad. Y se fueron.

Despues de unos instantes de silencio el la sala todos empezaron a aplaudir y a silbar ruidosamente.

—¡Increíble Harry! —gritaban algunos.

—Con trece años... —murmuraba el ministro—. Aún no me lo creo.

—¡Tienes lo que hay que tener, Potter! —aplaudió Moody mirándole con un solo ojo.

—¡Ese es mi hijo! —se unió James al jaleo.

—¡Como era de esperar de mi ahijado! —Sirius no iba a ser menos.

—Eso es impresionante, Harry —le dijo Lily también.

—Siempre buscando destacar ¿eh, Potter? —bromeó Ginny.

—Soy el famoso Harry Potter —contestó este haciendo referencia a lo que Malfoy le dijo el la librería tiempo atrás—. Ni siquiera rodeado de dementores evito ser el protagonista.

Harry intuía que, de lo rojo que estaba por las alabanzas que estaba recibiendo podría camuflarse entre el pelo de Ginny. Y, en parte, le apetecía intentarlo.

Ron le dio unos minutos de gloria a su amigo y siguió con la lectura.

El patronus dio media vuelta. Volvía hacia Harry a me­dio galope, cruzando la calma superficie del agua. No era un caballo. Tampoco un unicornio. Era un ciervo. Brillaba tanto como la luna... Regresaba hacia él.

James sonrió con orgullo.

Se detuvo en la orilla. Sus pezuñas no dejaban huellas en la orilla. Miraba a Harry con sus ojos grandes y plateados. Lentamente reclinó la cornamenta. Y Harry comprendió:

—Cornamenta —susurró.

James amplió su sonrisa.

Pero se desvaneció cuando alargó hacia él las tembloro­sas yemas de sus dedos.

Harry se quedó así, con la mano extendida. Luego, con un vuelco del corazón, oyó tras él un ruido de cascos. Se dio la vuelta y vio a Hermione, que se acercaba a toda prisa, ti­rando de Buckbeak.

—¿Qué has hecho? —dijo enfadada—. Dijiste que no in­tervendrías.

—¡Muy mal, Harry! —le regañó Sirius—. ¿Por qué no nos has dejado morir?

—Sólo he salvado nuestra vida... Ven aquí, detrás de este arbusto: te lo explicaré.

Hermione escuchó con la boca abierta el relato de lo ocu­rrido.

—¿Te ha visto alguien?

—Sí. ¿No me has oído? ¡Me vi a mí mismo, pero creí que era mi padre!

—No puedo creerlo... ¡Hiciste aparecer un patronus capaz de ahuyentar a todos los dementores! ¡Eso es magia avanzadísima!

Todos seguían sin creérselo del todo.

—Entonces... —empezó Seamus contando con los dedos—. Has peleado contra un troll, has pasado los retos que protegían la piedra filosofal y te has enfrentado a quien-tu-sabes en tu primer año.

—Bueno, el troll lo derrotó Ron y los retos de la piedra los completamos entre los tres.

Seamus le ignoró y siguió contando.

—Escapaste de una acromántula y de sus crías y mataste a un basilisco.

—El coche del padre de Ron nos salvó de las acromántulas y Fawkes me ayudó a derrotar al basilisco —insistió Harry, pero Seamus volvió a pasar de el.

—Y en tu tercer año has atacado a Snape y has derrotado a una burrada de dementores.

—Lo de Snape no es un logro y aunque lo fuera Ron y Hermione también...

—¡Harry! —le dijo Cho—. ¿Por que te cuesta tanto admitir que eres increíble?

Harry se ruborizó instantaneamente.

—Bueno... Ron y Hermione...

—Sí, sí, ellos también son geniales —dijo Cho mientras le quitaba importancia con la mano—. Pero tu más.

Harry parpadeaba sin cesar, ¿en serio Cho estaba diciendo que el era increíble? ¿el? ¿el que siempre se volvía torpe cada vez que estaba delante de ella? Estaba tan feliz que no notó como Ginny se encogía en su asiento.

Ron, algo picado porque le quitaran merito a lo que el hacía, siguió con la lectura rápidamente.

—Sabía que lo podía hacer —dijo Harry—, porque ya lo había hecho... ¿No es absurdo?

—No lo sé... ¡Harry, mira a Snape!

Observaron la otra orilla desde ambos lados del arbus­to. Snape había recuperado el conocimiento. Estaba ha­ciendo aparecer por arte de magia unas camillas y subía a ellas los cuerpos inconscientes de Harry, Hermione y Black. Una cuarta camilla, que sin duda llevaba a Ron, flotaba ya a su lado. Luego, apuntándolos con la varita, los llevó hacia el castillo.

—Bueno, ya es casi el momento —dijo Hermione, ner­viosa, mirando el reloj—. Disponemos de unos 45 minutos antes de que Dumbledore cierre con llave la puerta de la en­fermería. Tenemos que rescatar a Sirius y volver a la enfer­mería antes de que nadie note nuestra ausencia.

Muchos suspiraron cansados, aún quedaba mucho por hacer.

Aguardaron. Veían reflejarse en el lago el movimiento de las nubes. La brisa susurraba entre las hojas del arbusto que tenían al lado. Aburrido, Buckbeak había vuelto a bus­car lombrices en la tierra.

—¿Crees que ya estará allí arriba? —preguntó Harry, consultando la hora. Levantó la mirada hacia el castillo y empezó a contar las ventanas de la derecha de la torre oeste.

—¡Mira! —susurró Hermione—. ¿Quién es? ¡Alguien vuelve a salir del castillo!

Harry miró en la oscuridad. El hombre se apresuraba por los terrenos del colegio hacia una de las entradas. Algo brillaba en su cinturón.

—¡Macnair! —dijo Harry—. ¡El verdugo! ¡Va a buscar a los dementores!

—Daos prisa —rogó James algo alterado.

Hermione puso las manos en el lomo de Buckbeak y Harry la ayudó a montar. Luego apoyó el pie en una rama baja del arbusto y montó delante de ella. Pasó la cuerda por el cuello de Buckbeak y la ató también al otro lado, como unas riendas.

—¿Preparada? —susurró a Hermione—. Será mejor que te sujetes a mí.

(Venga vaaa, Ron, amigo mio, no te pongas celosete porque tu mejor amigo y tu novia han dado un paseo nocturno en hipogrifo bien agarraditos :3)

Espoleó a Buckbeak con los talones.

Buckbeak emprendió el vuelo hacia el oscuro cielo. Harry le presionó los costados con las rodillas y notó que levantaba las alas. Hermione se sujetaba con fuerza a la cintura de Harry, que la oía murmurar:

—Ay, ay, qué poco me gusta esto, ay, ay, qué poco me gusta.

(Bueno Ron, ¿eso te consuela un poco?)

Planeaban silenciosamente hacia los pisos más altos del castillo. Harry tiró de la rienda de la izquierda y Buck­beak viró. Harry trataba de contar las ventanas que pasa­ban como relámpagos.

—¡Sooo! —dijo, tirando de las riendas todo lo que pudo.

Buckbeak redujo la velocidad y se detuvieron. Pasando por alto el hecho de que subían y bajaban casi un metro cada vez que Buckbeak batía las alas, podía decirse que estaban inmóviles.

—¡Ahí está! —dijo Harry, localizando a Sirius mientras ascendían junto a la ventana. Sacó la mano y en el momento en que Buckbeak bajaba las alas, golpeó en el cristal.

Black levantó la mirada. Harry vio que se quedaba bo­quiabierto. Saltó de la silla, fue aprisa hacia la ventana y trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave.

—¡Échate hacia atrás! —le gritó Hermione, y sacó su va­rita, sin dejar de sujetarse con la mano izquierda a la túnica de Harry.

—¡Alohomora!

(Reconozcamoslo...El bombarda de la peli es mucho más épico)

La ventana se abrió de golpe.

—¿Cómo... cómo... ? —preguntó Black casi sin voz, mi­rando al hipogrifo.

—Monta, no hay mucho tiempo —dijo Harry, abrazán­dose al cuello liso y brillante de Buckbeak, para impedir que se moviera—. Tienes que huir, los dementores están a punto de llegar. Macnair ha ido a buscarlos.

Black se sujetó al marco de la ventana y asomó la cabeza y los hombros. Fue una suerte que estuviera tan delgado. En unos segundos pasó una pierna por el lomo de Buckbeak y montó detrás de Hermione.

(¿Y ahora que tal, Ron? Ahora son dos los hombres que dan un paseo nocturno con tu novia. Un malote forajido y el más cool de la escuela ¿como te sientes?)

—¡Arriba, Buckbeak! —dijo Harry, sacudiendo las rien­das—. Arriba, a la torre. ¡Vamos!

El hipogrifo batió las alas y volvió a emprender el vuelo. Navegaron a la altura del techo de la torre oeste. Buckbeak aterrizó tras las almenas con mucho alboroto, y Harry y Her­mione se bajaron inmediatamente.

—Será mejor que escapes rápido, Sirius —dijo Harry ja­deando—. No tardarán en llegar al despacho de Flitwick. Descubrirán tu huida.

Buckbeak dio una coz en el suelo, sacudiendo la afilada cabeza.

—¿Qué le ocurrió al otro chico? A Ron —preguntó Si­rius.

—Se pondrá bien. Está todavía inconsciente, pero la se­ñora Pomfrey dice que se curará. ¡Rápido, vete!

Pero Black seguía mirando a Harry.

—¿Cómo te lo puedo agradecer?

—Lárgate de una vez —dijeron varios en la sala riendo un poco por los nervios.

—¡VETE! —gritaron a un tiempo Harry y Hermione.

Black dio la vuelta a Buckbeak, orientándolo hacia el cielo abierto.

—¡Nos volveremos a ver! —dijo—. ¡Verdaderamente, Harry, te pareces a tu padre!

—Una bonita despedida —comentó Luna sonriendo.

Presionó los flancos de Buckbeak con los talones. Harry y Hermione se echaron atrás cuando las enormes alas vol­vieron a batir. El hipogrifo emprendió el vuelo... Animal y ji­nete empequeñecieron conforme Harry los miraba... Luego, una nube pasó ante la luna... y se perdieron de vista.

—Fin del capitulo —anunció Ron suspirando.

—Bien, bien —dijo Dumbledore—. Un capítulo más para el final, ¿te animas Minerva?

McGonagall asintió y cogió el libro Ron le tendía.

—Más lechuzas mensajeras.


Escribir dos caps de golpe no es bueno, ni te da tiempo a releer o corregir. Cualquier cosa me decís y cuando pueda lo corrijo.

Hasta aquí por el momento. Estaré ausente por una o dos semanas pero en cuanto vuelva seguimos.

Por cierto, he estado pensando sobre mis objetivos el siguiente año y bueno, he estado pensando en la escuela y todo eso... Y lo he decidido. Esto es lo que quiero hacer el año que viene en clase:



Bye!

PD: Aquí tenéis dos capítulos... No podréis quejaros ahora ;)

El beso del dementor + ¡Un año de fic! (Traer pastelitos :3)


¡Estamos de celebración! Bueno, técnicamente aún no, pero como ya dije me secuestran a la playa durante una o dos semanas, así que no voy a poder celebrarlo el día apropiado... 

¡UN AÑO DE FIC!

Aún faltan cinco días (hasta el 7 de agosto) pero oye, en estás fechas es cuando me decidí a hacer el fic y escribí los primeros 4-5 capítulos para poder actualizar a diario para, por si algún día no podía escribir por X razón seguiría teniendo unos caps de reserva (que listo que soy madre mía xD). 


El caso es que gasté los caps de reserva demasiado pronto... (que tonto que soy madre mía xD).
Si alguien me hubiese dicho el año pasado que iba a pasarme más de un año escribiendo un fic me habría reído en su cara (pobrecillo :c) pero es que, en serio, nunca habría imaginado que iba a pasar tanto tiempo haciendo algo como esto.

No se vosotros pero yo he pasado momentos increíbles escribiendo esto. Me he reído yo solo, he llorado mientras escribía (me hizo feliz xD nunca me había pasado), he descubierto cosas que no sabía sobre mi saga favorita y me he dado cuenta de lo fácil que es conseguir reviews si haces un fic con una temática como esta. Eso último me da algo de pena, hay miles de fics buenísimos que no tienen apenas reviews y se lo merecen :c 

Pero yo creo que lo más increíble (por lo menos para mi) ha sido poder leer vuestros comentarios, en serio, siempre he tenido el autoestima un poco demasiado muy alto y vuestros comentarios han hecho que me crea el dios del nuevo mundo (ahora voy por la calle con una actitud tan altiva que cuando pasa alguna señora en frente de mi se aparta ella en vez de tener que apartarme yo. Vale no, las señoras son demasiado poderosas para mi ¡pero algún día os derrotaré! ¡esperar y veréis!).

Aunque no creo que este por aquí me gustaría agradecer a Luna Sodapop (en FF) por haberme dado la idea de hacer este blog, sin el cual, una vez borraron la segunda parte del fic, me habría dado seguramente por vencido. Así que muchas gracias, en serio.

Y, por supuesto, agradeceros a todos los que entráis aquí cada vez que sale un nuevo capitulo. A los que saltáis todo lo que digo y simplemente leéis el capitulo, a los que leen lo que digo y el cap y no comentan, a los que leen lo que digo y comentan (a vosotros más y más fuerte) y a algún que otro alma descarriada que se cabrea si le quitas su oreo (¿no puedes practicar el donetting con oreo? La maldad te posee :c)

Pues lo de siempre, respondo de una carrera y el capitulo:

Jaime Toledo: Bueno, sobre el fic que me dijiste... Leí el primer capitulo y, siendo sincero, no me gustó demasiado. No es que la chica escriba mal o que me parezca aburrido, nada de eso. Es solo cosa mía, tengo el gusto torcido (y me gusta la Kushina generosa y amorosa que conozco xD). Pero gracias por recomendarlo :3
PD: Ya siento no haberte contestado antes a esto, se me olvidó totalmente (ya os dije que había estado muy liado antes xD)

Anonimus maximus: Entiendo que no te interese Pansy, es lógico y normal ¡PERO COMO NO TE PUEDE INTERESAR QUE EL GATO DE HERMIONE TENGA GATITOS! ¡POR FAVOR! Cuando leí el epilogo del último libro me cabreé muchísimo ¿a quien le importan los hijos de Harry? Oh, yo que se, que la pequeña Lily Potter aún no pueda ir a Hogwarts. Yo quería saber sobre los posibles gatitos :c ¡Te maldigo J.K.! Vale no, no te maldigo, no te enfades :c
No había pensado en Gabrielle, sería interesante.
Ah, y sobre tu idea de fic. ¡Siempre que haya un Potter y haya viajes en el tiempo será, como mínimo, interesante! Con eso en mente, haz de que interesante pase a inolvidable ;) Claro que, si lo haces, pedazo de vago (con cariño).

Son: Claro, siempre estoy abierto a que me corrijan ¡no te calles las cosas! 
PD: Gracias por los nombres :)



Patricia Acosta: ¿Soy bien chungo? D:



LaurieAngel: Vaya, parece que no se te ha borrado el comentario esta vez... ¿Ves? Los latigazos son la solución. Los latigazos son amor, los latigazos son vida. 
Pff. Ya estoy haciendo pancartas contra el mammonismo. Se van a enterar estos mamones que se creen con derecho a tener su propia filosofía. Que mamones.
PD: Gracias por los nombres :)
PD2: La verdad es que llamar a Sin Nombre Emma sería divertido pero Keira me ha podido.


Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.


EL BESO DEL DEMENTOR


—Por supuesto —dijo Ron levantándose y tomando el libro de las manos de la madre de su mejor amigo—. El beso del dementor.

James tragó saliva al notar como Sirius se estremecía al escuchar el título del capítulo.

Harry no había formado nunca parte de un grupo tan extraño. Crookshanks bajaba las escaleras en cabeza de la comiti­va. Lupin, Pettigrew y Ron lo seguían, como si participaran en una carrera. Detrás iba el profesor Snape, flotando de ma­nera fantasmal, tocando cada peldaño con los dedos de los pies y sostenido en el aire por su propia varita, con la que Sirius le apuntaba. Harry y Hermione cerraban la marcha.

Fue difícil volver a entrar en el túnel. Lupin, Pettigrew y Ron tuvieron que ladearse para conseguirlo.

Lupin seguía apuntando a Pettigrew con su varita. Ha­rry los veía avanzar de lado, poco a poco, en hilera. Crooks­hanks seguía en cabeza. Harry iba inmediatamente de­trás de Sirius, que continuaba dirigiendo a Snape con la varita. Éste, de vez en cuando, se golpeaba la cabeza en el techo, y Harry tuvo la impresión de que Sirius no hacía nada por evitarlo.

Muchos rieron discretamente mientras Snape miraba con mala cara a ese peludo hombre engreído que le chocaba los cinco a alumnos que hacia unos días le daban por asesino.

—¿Sabes lo que significa entregar a Pettigrew? —le dijo Sirius a Harry bruscamente, mientras avanzaban por el túnel.

—Que tú quedarás libre —respondió Harry

—Pues es mucha mejor opción entregarlo que... bueno... eso... que matarlo —dijo James con cierta dificultad sin saber que pasó realmente por haber dejado vivo a Peter.

—Sí... —dijo Sirius—. No sé si te lo ha dicho alguien, pero yo también soy tu padrino.

—Sí, ya lo sabía —respondió Harry

—Bueno, tus padres me nombraron tutor tuyo —dijo Si­rius solemnemente—, por si les sucedía algo a ellos... —Harry esperó. ¿Quería decir Sirius lo que él se imaginaba?— Por supuesto —prosiguió Black—, comprendo que prefieras seguir con tus tíos. Pero... medítalo. Cuando mi nombre quede limpio... si quisieras cambiar de casa...

A Harry le bastó dar un vistazo rápido a las caras de la gente a su alrededor para darse cuenta de que, para la mayoría, todo esto era lo mismo que una telenovela para la tía Petunia.

A Harry se le encogió el estómago.

—Vas demasiado rápido, Sirius —le dijo Tonks negando con la cabeza—. Hace unos minutos eras un asesino para el.

—¿Qué? ¿Vivir contigo? —preguntó, golpeándose acci­dentalmente la cabeza contra una piedra que sobresalía del techo—. ¿Abandonar a los Dursley?

—Bueno —volvió a hablar Tonks mientras se sujetaba la barbilla con el dedo indice—. visto así...

—Claro, ya me imaginaba que no querrías —dijo inme­diatamente Sirius—. Lo comprendo. Sólo pensaba que...

—Pero ¿qué dices? —exclamó Harry; con voz tan chi­rriante como la de Sirius—. ¡Por supuesto que quiero abando­nar a los Dursley! ¿Tienes casa? ¿Cuándo me puedo mudar?

Todos en la sala sonrieron y a Harry se le hizo mayor la sensación de estar protagonizando una telenovela.

Sirius se volvió hacia él. La cabeza de Snape rascó el techo, pero a Sirius no le importó.

—¿Quieres? ¿Lo dices en serio?

—¡Sí, muy en serio!

En el rostro demacrado de Sirius se dibujó la primera sonrisa auténtica que Harry había visto en él. La diferencia era asombrosa, como si una persona diez años más joven se perfilase bajo la máscara del consumido. Durante un mo­mento se pudo reconocer en él al hombre que sonreía en la boda de los padres de Harry.

Algunos sonrieron nuevamente pero Lily y James solo pudieron mirarse entre ellos, tristes por los cambios que había sufrido la vida de Sirius.

No volvieron a hablar hasta que llegaron al final del tú­nel. Crookshanks salió el primero, disparado. Evidentemen­te había apretado con la zarpa el nudo del tronco, porque Lu­pin, Pettigrew y Ron salieron sin que se produjera ningún rumor de ramas enfurecidas.

Hermione sonrió con orgullo, Crookshanks era el mejor gato que podría haber soñado cuidar.

Sirius hizo salir a Snape por el agujero y luego se detuvo para ceder el paso a Harry y a Hermione. No quedó nadie dentro. Los terrenos estaban muy oscuros. La única luz ve­nía de las ventanas distantes del castillo. Sin decir una pala­bra, emprendieron el camino. Pettigrew seguía jadeando y gimiendo de vez en cuando. A Harry le zumbaba la cabeza. Iba a dejar a los Dursley, iría a vivir con Sirius Black, el me­jor amigo de sus padres... Estaba aturdido. ¡Cuando dijera a los Dursley que se iba a vivir con el presidiario que habían visto en la tele...!

Algunos rieron divertidos al imaginar la escena.

—Un paso en falso, Peter; y... —dijo Lupin delante de ellos, amenazador; apuntando con la varita al pecho de Pettigrew.

Atravesaron los terrenos del colegio en silencio, con pe­sadez. Las luces del castillo se dilataban poco a poco. Snape seguía inconsciente, fantasmalmente transportado por Sirius, la barbilla rebotándole en el pecho. Y entonces...

Una nube se desplazó. De repente, aparecieron en el sue­lo unas sombras oscuras. La luz de la luna caía sobre el grupo.

Muy pocos fueron conscientes del peligro que anunciaba ese pequeño párrafo.

Snape tropezó con Lupin, Pettigrew y Ron, que se ha­bían detenido de repente. Sirius se quedó inmóvil. Con un brazo indicó a Harry y a Hermione que no avanzaran.

Harry vio la silueta de Lupin. Se puso rígido y empezó a temblar.

—¡Dios mío! —dijo Hermione con voz entrecortada—. ¡No se ha tomado la poción esta noche! ¡Es peligroso!

Muchos abrieron los ojos sorprendidos.

—¿Pero porque nunca os sale nada bien de forma fácil?

Harry intentó ser optimista...

—Bueno, cuantas más cosas nos pasen más historias tendremos para nuestros nietos.

...pero eso solo le hizo pensar en que, para tener nietos, necesita primero tener hijos y, en teoría, iba a tenerlos con aquella chica a la que no vio, pero a la que si besó. Y eso no era bueno para su salud.

—Corred —gritó Sirius—. ¡Corred! ¡Ya!

Pero Harry no podía correr. Ron estaba encadenado a Pettigrew y a Lupin. Saltó hacia delante, pero Sirius lo aga­rró por el pecho y lo echó hacia atrás.

—Dejádmelo a mí. ¡CORRED!

Oyeron un terrible gruñido. La cabeza de Lupin se alar­gaba, igual que su cuerpo. Los hombros le sobresalían. El pelo le brotaba en el rostro y las manos, que se retorcían has­ta convertirse en garras. A Crookshanks se le volvió a erizar el pelo. Retrocedió.

El Gran Comedor estaba en completo silencio. Sabía, gracias a que todos los que estaban allí estaban ahora aquí en el comedor y en perfectos estado, que no había pasado nada, pero tampoco disfrutaban escenas como esta, así que simplemente esperaban que Ron leyera rápidamente todo esto y llegaran a algo más calmado.

Mientras el licántropo retrocedía, abriendo y cerrando las fauces, Sirius desapareció del lado de Harry. Se había transformado. El perro grande como un oso saltó hacia delante. Cuando el licántropo se liberó de las esposas que lo su­jetaban, el perro lo atrapó por el cuello y lo arrastró hacia atrás, alejándolo de Ron y de Pettigrew. 

Lily abrió los ojos, asustada por una no tan descabellada idea que acababa de aparecer de golpe en su mente y de instalarse allí sin dejarle decidir primero. Y fue así porque, en el fondo, estaba segura de que con Lupin y Sirius fuera de escena iba a pasar. Peter iba a escaparse.

Estaban enzarza­dos, mandíbula con mandíbula, rasgándose el uno al otro con las zarpas.

Harry se quedó como hipnotizado. Estaba demasiado atento a la batalla para darse cuenta de nada más. Fue el grito de Hermione lo que lo alertó.

Pettigrew había saltado para coger la varita caída de Lupin. 

Muchos gritaron, algunos con enojo y otros esperando que su grito cambiara lo escrito en el libro pero, por desgracia, no iba a ser así. Y eso causaría la muerte de Cedric. Y de muchos otros pero, bah, esos van a estar vivos al final. El único que va a morir para siempre es Cedric. Jojojojojojo que malvado que soy muajajajajajaja. Vale, tenéis permiso para tomaros este párrafo como una de esas cosas que me hace decir el chocolate (por echarle la culpa a alguien).

Ron, inestable a causa de la pierna vendada, se des­plomó en el suelo. Se oyó un estallido, se vio un relámpago y Ron quedó inmóvil en tierra. Otro estallido: Crookshanks saltó por el aire y volvió a caer al suelo.

Ginny movía nerviosamente sus dedos sobre su pierna a pesar de que, por lo menos, sabía lo que no iba a pasar.

—¡Expeliarmus! —exclamó Harry, apuntando a Petti­grew con su varita. 

Muchos sonrieron esperanzados sin darse cuenta de las cosas obvias, si Peter no hubiera escapado, ellos habrían sabido la verdad sobre Sirius hacía ya tiempo.

La varita de Lupin salió volando y se per­dió de vista—. ¡Quédate donde estás! —gritó Harry mien­tras corría.

Demasiado tarde. Pettigrew también se había transfor­mado. Harry vio su cola pelona azotar el antebrazo de Ron a través de las esposas, y lo oyó huir a toda prisa por la hierba. Oyeron un aullido y un gruñido sordo. Al volverse, Harry vio al hombre lobo adentrándose en el bosque a la carrera.

—Sirius, ha escapado. ¡Pettigrew se ha transformado! —gritó Harry.

Sirius sangraba. Tenía heridas en el hocico y en la espal­da, pero al oír las palabras de Harry volvió a salir velozmen­te y al cabo de un instante el rumor de sus patas se perdió.

Harry y Hermione se acercaron aprisa a Ron.

—¿Qué le ha hecho? —preguntó Hermione.

Molly respiraba de forma agitada.

Ron tenía los ojos entornados, la boca abierta. Estaba vivo. Oían su respiración. Pero no parecía reconocerlos.

—No sé.

Harry miró desesperado a su alrededor. Black y Lupin habían desaparecido... No había nadie cerca salvo Snape, que seguía flotando en el aire, inconsciente.

—Será mejor que los llevemos al castillo y se lo digamos a alguien —dijo Harry, apartándose el pelo de los ojos y tra­tando de pensar—. Vamos...

Oyeron un aullido que venía de la oscuridad: un perro dolorido.

—Sirius —murmuró Harry, mirando hacia la negrura.

Tuvo un momento de indecisión, pero no podían hacer nada por Ron en aquel momento, y a juzgar por sus gemidos, Black se hallaba en apuros.

Harry echó a correr; seguido por Hermione. El aullido parecía proceder de los alrededores del lago. Corrieron en aquella dirección y Harry notó un frío intenso sin darse cuenta de lo que podía suponer.

Solo unos pocos se dieron cuenta de lo que eso podía significar.

El aullido se detuvo. Al llegar al lago vieron por qué: Sirius había vuelto a transformarse en hombre. Estaba en cu­clillas, con las manos en la cabeza.

—¡Noooo! —gemía—. ¡Noooooo, por favor!

Y entonces los vio Harry. Eran los dementores. 

—¡Joder! —gritó Oliver cabreado—. ¡Pero porque todo tiene que ir de mal en peor!

Al me­nos cien, y se acercaban a ellos como una masa negra. Se dio la vuelta. Aquel frío ya conocido penetró en su interior y la niebla empezó a oscurecerle la visión. Por cada lado sur­gían de la oscuridad más y más dementores. Los estaban rodeando...

Algunos, los más avispados, miraron a Harry con emoción. Habían escuchado el rumor de que se había enfrentado a cientos de dementores en su tercer años y lo más probable es que hubiese sido en ese momento.

—¡Hermione, piensa en algo alegre! —gritó Harry le­vantando la varita y parpadeando con rapidez para aclarar­se la visión, sacudiendo la cabeza para alejar el débil grito que había empezado a oír por dentro...

«Voy a vivir con mi padrino. Voy a dejar a los Dursley.»

Se obligó a no pensar más que en Sirius y comenzó a re­petir a gritos:

—¡Expecto patronum! ¡Expecto patronum!

Black se estremeció. Rodó por el suelo y se quedó inmó­vil, pálido como la muerte.

«Todo saldrá bien. Me iré a vivir con él.»

—¡Expecto patronum! ¡Ayúdame, Hermione! ¡Expecto patronum!

—¡Expecto...! —susurró Hermione—. ¡Expecto... expecto!

Pero no era capaz. Los dementores se aproximaban y ya estaban a tres metros escasos de ellos. Formaban una sólida barrera en torno a Harry y Hermione, y seguían acer­cándose...

—¡EXPECTO PATRONUM! —gritó Harry, intentando re­chazar los gritos de sus oídos—. ¡EXPECTO PATRONUM!

Las respiraciones de la gente, incluidos adultos y profesores, eran tan fuertes que distraían a Ron de la lectura. Lo cual no era difícil ya que, leyendo lo que estaba leyendo, en su mente aparecían miles de imágenes para nada agradables.

Un delgado hilo de plata salió de su varita y bailoteó de­lante de él, como si fuera niebla. En ese instante, Harry notó que Hermione se desmayaba a su lado. Estaba solo, comple­tamente solo...

Los pocos que no se habían alarmado antes pensando que Harry iba a poder vencer a los dementores comenzaron a asustarse ahora ¿que estaba pasando? ¿no iba Harry a deshacerse de los dementores?

—¡Expecto...! ¡Expecto patronum!

Harry sintió que sus rodillas golpeaban la hierba fría. La niebla le nublaba los ojos. Haciendo un enorme esfuerzo, intentó recordar. Sirius era inocente, inocente... «Todo saldrá bien. Voy a vivir con él.»

—¡Expecto patronum! —dijo entrecortadamente.

A la débil luz de su informe patronus, vio detenerse un dementor muy cerca de él. No podía atravesar la niebla pla­teada que Harry había hecho aparecer, pero sacaba por de­bajo de la capa una mano viscosa y pútrida. Hizo un ademán como para apartar al patronus.

—¡No... no! —exclamó Harry entrecortadamente—. Es inocente. ¡Expecto patronum!

Sentía sus miradas y oía su ruidosa respiración como un viento demoníaco. El dementor más cercano parecía haberse fijado en él. Levantó sus dos manos putrefactas y se bajó la capucha.

En el lugar de los ojos había una membrana escamosa y gris que se extendía por las cuencas. Pero tenía boca: un agu­jero informe que aspiraba el aire con un estertor de muerte.

Nadie entendía nada ¿que le pasaba al libro? ¿iban a morir?

Un terror de muerte se apoderó de Harry, impidiéndole moverse y hablar. Su patronus tembló y desapareció. La nie­bla blanca lo cegaba. Tenía que luchar... Expecto patronum... No podía ver..., a lo lejos oyó un grito conocido..., expecto pa­tronum... Palpó en la niebla en busca de Sirius y encontró su brazo. No se lo llevarían...

Sirius quiso sonreír a Harry pero tuvo que conformarse con cerrar los ojos para no llorar.

Pero, de repente, un par de manos fuertes y frías rodea­ron el cuello de Harry. Lo obligaron a levantar el rostro. Sin­tió su aliento..., iban a eliminarlo primero a él... Sintió su aliento corrupto..., su madre le gritaba en los oídos..., sería lo último que oyera en la vida.

Y entonces, a través de la niebla que lo ahogaba, le pare­ció ver una luz plateada que adquiría brillo. Se sintió caer de bruces en la hierba.

Los estudiantes abrieron mucho los ojos, esperanzados.

Boca abajo, demasiado débil para moverse, sintiéndose mal y temblando, Harry abrió los ojos. Una luz cegadora ilu­minaba la hierba... Habían cesado los gritos, el frío se iba...

Algo hacía retroceder a los dementores... algo que daba vueltas en torno a él, a Sirius y a Hermione. Los estertores dejaban de oírse. Se iban. Volvía a hacer calor.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Harry levantó la cabeza unos centímetros y vio entre la luz a un animal que galopaba por el lago. 

James frunció el ceño ¿galopaba?

Con la visión empañada por el sudor, Harry trató de distinguir de qué se trataba. Era brillante como un unicornio. Haciendo un esfuerzo por conservar el sentido, Harry lo vio detenerse al llegar a la otra orilla. Durante un instante vio también, junto al brillo, a alguien que daba la bienvenida al animal y levantaba la mano para acariciarlo. Alguien que le resultaba familiar. Pero no po­día ser...

—¿quien? —le preguntó Lily, esperando que se lo dijera para darle inmediatamente las gracias a esa persona.

Harry se limitó a encogerse de hombros con cierto misterio.

Harry no lo entendía. No podía pensar en nada. Sus últi­mas fuerzas lo abandonaron y al desmayarse dio con la cabe­za en el suelo.

—¿Puedo leer yo también el siguiente? —preguntó Ron antes de avisar siquiera de que el capítulo había acabado.

—¡Hermione! —gritó George—. ¿Que le has hecho a nuestro hermanito?

—Oh, no interrumpas ahora —le dijo Ruperta Hermenegilda de Todos los Santos, que en realidad se llama Keira Garret (también conocida como Sin Nombre o como la joven Ravenclaw esa que nunca tendrá nombre). Keira es un nombre aportado por LaurieAngel [insertar aplauso, por favor] y Garret ha sido idea do Son [aquí no insertéis aplauso... Bueno, vale, pero hacerlo con cara de rebeldes adolescentes que no hacen caso a los adultos].

—Venga, pues sigo leyendo —dijo Ron sin esperar a que alguien le diera permiso—. El secreto de Hermione.

¡Feliz cumpleaños, mi pequeño! ¡Y que cumplas muchos más! (Pero tampoco te pases xD)

¡Dos capítulos para acabar el libro! ¿El siguiente? ¡Marchando! ¡Ahora mismo!


     ¿Va en serio? xDDDD

Bye!