lunes, 29 de mayo de 2017

Toc, toc


¡Soy yo! 

¡Cuanta gente! Sois muchos más de lo que esperaba. Que ilusión. O que presión. Orquestación.

Venía a deciros que he terminado de leer el fic y... Merlín, que mal lo he pasado. Lo que más me gustaría en este momento es borrar todo lo escrito, lanzaros un obliviate y empezar de cero.

Pero eso sería poco eficiente ¿no?

Resumiendo, que voy a seguir el fic. No se cada cuanto voy a poder actualizar, pero ya iré viendolo sobre la marcha. Hace mucho que no escribo y, la verdad, me apetece.

Aparte, a pasado bastante tiempo y ya no le guardo rencor a FF, así que, aunque no vaya a resubir la segunda parte, me estoy planteando volver a actualizar allí (y aquí, no vaya a ser que pase lo mismo otra vez, que uno perdona pero no olvida). Aunque me da algo de pereza, así que tal vez no lo haga. Ya veremos.

Espero que nos leamos pronto. 

Quesos.








lunes, 10 de abril de 2017

Lumos


Ha pasado más de un año. Un año, cuatro meses y veintiún días exactamente (y no, no llevo la cuenta). Se me hace una eternidad.

Vaya, que falta de educación la mía... ¡Hey, hola! Cuanto tiempo, ¿que tal todo? ¿queda alguien por aquí? Yo aún estoy bien, en mi nevera todavía quedan un par de batidos, todo es felicidad ahora mismo.

No se cuantas personas van a leer esto (si es que va a leerlo alguien), pero es mas por mi que por vosotros.

Quiero daros las gracias a todos por vuestros comentarios. Los leo todos, aunque no conteste, y siempre me hacen sonreir (sois un@s maestr@s en eso). Y siempre, siempre, siempre, me hacen preguntarme si algún día seguiré el fic.

Soy una persona a la que le encanta hacer cosas tanto como no hacer nada. Y soy la persona más vaga que conozco, así que haceos una idea.

El caso es que hace un par de días ha aparecido la señorita Mayda con un bate metálico para darme de lleno donde más duele. Esta señorita mediante sus relativamente dulces palabras me ha hecho reflexionar durante un rato y sacar un par de conclusiones:

1 - Eres una loca manipuladora, ¿lo sabías? y el único loco manipulador que puede existir en este mundo soy yo, así que venga, te espero en el callejón. Uno contra uno, una pelea con reglas (son menos afiladas que las navajas, así que mejor).

2 - Soy bastante idiota, la verdad. Lo llevo bien, no os preocupeís, es algo a lo que he tenido que acostumbrarme (como a ser tan guapo, pero eso lo llevo peor, ¿sabeís lo difícil que es controlar los impulsos que me entran cada vez que me veo al espejo?).

Pues sí, eso, que yo que se ¿sabes lo que te digo? Que por mi bien, pero que no estoy seguro.

Voy a leer mi propio fic, por placer por un lado y por nostalgia por otro. Y quién sabe, tal vez me apetezca volver a escribir. Y si lo hago, sería un placer que alguien se pasase por aquí a dejar un saludo o algo.

Pues eso, que aún sigo vivo y fuera de la carcel, así que nada de dejar de ponerme galletitas en navidad ¿eh? que es lo único que me mantiene con vida.

Musus para todos.

viernes, 20 de noviembre de 2015

FIN(ite incantatem)


Supongo que tuve que haberlo imaginado desde el principio, quiero decir, ¡son siete libros! es bastante lógico que nadie haya podido escribirlos todos.

Si, se que dije que lo acabaría, pero bueno, errar es humano y, al parecer, yo no soy ninguna clase de dios superpoderoso (si lo fuera crearía otro yo solo para continuar con el fic).

Lo primero que me vino a la cabeza fue ¡borra el blog y tu cuenta de fanfiction! Y, posiblemente, hubiera sido más eficaz y mucho más fácil, pero creo que os merecéis, por lo menos, una explicación.

No tengo tiempo para actualizar a diario, no tengo tiempo para escribir todos los días, y tengo muchas otras cosas en la cabeza aparte de Harry Potter. Eso causa que, cada vez que me siento a escribir, no tenga ni la más remota idea de lo que ocurrió en el último capitulo (y eso que lo escribí yo). Y con el tiempo eso se acumula, no me acuerdo de muchísimas cosas de la historia y, supongo que por eso, se ha quedado bastante estancada.

Siempre había pensado que este tipo de historias eran abandonadas porque avanzaban con las relaciones de las personas demasiado pronto. Ya sabéis, juntarles a todos en los primeros tres capítulos, ¿y en el resto que? Pues eso, pensaba que se aburrían cuando no les quedaba que escribir y por eso lo dejaban. Pero no es así (por lo menos no en todos los casos). Si cogéis la cantidad de letras escritas por mi de la primera parte del fic y la comparáis con la cantidad de letras del primer libro veréis que ¡son casi las mismas! Y de forma similar ocurre con el resto. Es una locura.

Supongo que podría alargar la historia un poco más, pero apenas he terminado los libros pequeñitos, y aún me quedan cuatro, así que no le veo sentido. Me guste o no, no sería capaz de terminarlo.

Eso es todo, supongo. No voy a asegurar que no vaya a seguir con esto (he perdido mi bola de cristal), pero dudo mucho que lo haga.

Espero que alguno de vosotros se quede con esa sensación de "¡Mierda, otra más que dejan abandonada! ¿Por que siempre igual? ¡Ya está bien! ¡Yo escribiré una!". Y ojala la escriba. Y ojala la termine. Y ojala yo pueda leerla.

Pues eso, dulces caballeros y valientes damas, que me alegro mucho de haber escrito todo lo que he escrito, de haber intentado lo que he intentado, y de haberos tenido a vosotros animándome por el camino.

Tenéis ahí abajo un pequeño cajón para depositar todos vuestros variados insultos, quejas y otros comentarios.

Aparte, os dejo aquí mi numero de bóveda de Gringotts para que me donéis vuestros ahorros: 904

En fin, thanks for all.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La llegada de Cedric


- ¿A donde vas, Harry Potter?
- Al bus, Dumbledore.

Perdón, perdón, es que es tan malo que es buenísimo.

Ah, antes de que os enfadéis, lo de hoy no cuenta como capítulo. Estoy SECO. De hecho nunca me había pasado antes, a veces tenía más o menos ideas, mejores y peores, pero ¿ninguna? ¿en serio? Ayer empecé a escribir y no se me ocurría nada, hoy lo he vuelto a intentar y, bueno, lo que os digo, que estoy seco.

Después de todo esto no veía viable el no escribir nada así que, en fin, son cuatro o cinco lineas, pero supongo que es mejor que nada.

PD: ¿Debería recordarle a alguien que esto lo escribo porque me da la gana y que no gano absolutamente nada con ello o ya somos lo suficientemente mayorcitos como para saberlo? ^^

Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

LA LLEGADA DE CEDRIC

—Vamos, ve con el —dijo una voz muy cerca de su oído.

Pero Cho no sabía como reaccionar. A tan solo varios metros de ella estaba el. Cedric Diggory. Acompañado de su padre y rodeado por todos sus compañeros. ¿Que era todo esto? ¿Alguna clase de broma de mal gusto? Bueno, los padres de Harry estaban aquí así que... ¿Por que no Cedric? Pero espera, ¿eso iba a significar que, como los padres de Harry, iba a tener Cedric que volver y dejarse matar? Esos y muchos más eran los pensamientos que cruzaban la mente de la joven Ravenclaw mientras esta apenas pestañeaba.

—¡Cho! ¡Esta mirando hacia aquí! ¡Acercate a el de una vez! —le insistió Marietta, su mejor amiga, otra vez.

Cho se dio cuenta en ese momento de que, en efecto, un sonriente Cedric agitaba su mano en su dirección. Tragó saliva. Iba a desmoronarse, y cuando eso pasase se pondría a llorar como un grifo otra vez. Delante de Cedric. ¿De verdad quería que eso pasase?

—¡Venga! ¡Venga! —volvió a insistir Marietta mientras le daba disimulados empujones.

Cho suspiró, ella también quería acercarse a Cedric, pero no era tan fácil. Su mente estaba hecha un lió. ¿Que pensaría Cedric sobre su relación actual? Últimamente había estado pensando demasiado en Harry. Se sentía culpable. Volvió a suspirar y se puso en pie. Ya no había vuelta atrás.

Mientras caminaba hacia Cedric alguien le sujetó de la túnica.

—Si vas a hablar con el ni se te ocurra llorar —le advirtió la repelente voz de Hermione Granger—. No sabemos si el esta al tanto de su muerte, y, si los que le han traído no se lo han hecho saber, no creo que debas llorar y hacerselo ver.

Por muy molesta que pudiese resultar, estaba en lo correcto, como siempre. Cho tragó saliva y, haciéndose a la idea de que iba a tener que ser fuerte y contener sus lagrimas más de lo que nunca lo había hecho.

—Hola, Cedric.

.

—Harry... ¿Estas seguro de que has hecho bien trayendolo? —le preguntó Hermione, quien seguía sin estar convencida de que todo esto haya sido una buena idea—. No sabemos si cuando vuelva se dejará... asesinar.

Harry cogió aire.

—Bien, porque no quiero que lo haga.

—¿Que?

—Lo que oyes. El no tuvo porque morir Hermione, Voldemort me quería a mi, el que Cedric muriese fue totalmente innecesario ¡y por eso aunque cambiemos ese hecho la historia no cambiará!

—¡No puedes jugar a ser dios, Harry! ¡No puedes dedicarte a cambiar lo ocurrido!

—Bueno, pues eso justamente lo que estamos haciendo ¿no? Sabes perfectamente que Cedric no tenía que morir.

—Tampoco Sirius.

—¡Y eso también vamos a cambiarlo! ¡No voy a permitir que nadie muera esta vez! Solo Voldemort.

—¿Vas a dejar a Bellatrix viva? —

—¡Oh! Me olvidaba de ella —dijo Harry mientras golpeaba su puño derecho contra su mano—. Ella también debe morir.

—¿Ves? Eso es precisamente a lo que yo llamo "jugar a ser dios", no deberías hacer eso, Harry —le dijo Hermione con sabiduría—. Y si lo que quieres es simplemente matar a Voldemort ¿por que no vas directamente? ¿para que todo esto de los libros?

—Lo sabes perfectamente, Hermione. Hay un horrocrux dentro de Harry, no de mi, dentro del Harry de este tiempo. Por eso quería que supiese todo esto, fue Ginny la que inistió en que el resto también lo supiese y, en fin, ¿que más da? Cuando lo sepan solo tendremos que dejar que Voldemort me mate y luego matarle yo a el. Luego volveremos al futuro, pero a uno donde Fred, Sirius, Lupin, Tonks, Hedwig... ¡todos estarían vivos! Podemos hacerlo, Hermione. Podemos. Y vamos a hacerlo. Es una causa por la que merece sufrir las consecuencias.

Hermione suspiró. Sonaba tan bonito un mundo como aquel que no podía ser real, pero Harry tenía razón, tenían la posibilidad, así que debían luchar por ello.

.

—Sigo sin creerme que estoy en el futuro —repitió Cedric—. ¡Y mira lo guapa que estás!

—¿Insinúas que antes no lo estaba? —bromeó Cho quien, a pesar de lo feliz que estaba, se sentía culpable por comportarse así con Cedric cuando, ayer mismo, había estado intentando besar a Harry. Bueno, de hecho había llegado a besarle... ¡Pero esto no era por ella! La misma Hermione había dicho que se comportase como lo había estado haciendo antes de que Cedric muriese, ¿o no había dicho eso? Maldición, era todo tan complicado, ¿por que no podía simplemente decirle todo lo que había pasado? Cedric entendería. Probablemente.

—Bien, bien, bien —dijo el director en voz alta y de forma visiblemente alegre—. Ahora que estamos todos otra vez, ¿seguimos con la lectura? ¡Diggory! ¿le apetece leer?

—Por supuesto —afirmó el padre de Cedric levantándose y caminando hacia Dumbledore.

Cedric parpadeó, estaba bastante seguro de que Dumbledore se estaba refiriendo a el pero, en fin, su padre parecía bastante más interesado en leer que el.

—El traslador —leyó Amos en con cierta emoción.


Bienvenidos al final del capítulo más corto de la historia. Estoy algo decepcionado conmigo mismo pero en fin, no es el fin del mundo.

Saludos a todos los que sigais sin odiarme y... ¡que narices! también a los que me odiéis. Algo tan tonto como eso no va a impedirme poder saludaros ¡sufrid y recibid mi saludo! Muahahahahaha.

En fin, con eso y un bizcocho hasta el viernes hasta las uno cero cero cero (nop, en binario no rima).







sábado, 7 de noviembre de 2015

Tranquis, estoy bien.


SALUDO:

Veamos... Digamos que esto será un pequeño libro que constará de.... ¿tres capítulos? Vale. En ese caso este sería tanto el <Saludo> (¿Hola?) como el <Indice>:

-Saludo...............................................................................................................................Pág. 1
-Razones.............................................................................................................................Pág. 1
-Futuro................................................................................................................................Pág. 1 


RAZONES:

Bueno, ahora me toca explicaros a que se ha debido esta "desaparición".

El jueves de hace dos semanas iban a operarme. Pero a operarme de una tontería. Una tontería tan tonta que ni me moleste en buscar información sobre ella antes de operarme. Claro que, antes de firmar, leí el papelito, y todas esas poco probables pero aún así posibles causas de muerte me revolvieron un poco el estomago, pero seguía bastante tranquilo (¿como iba a morir el grandioso dátil en una simple operación muggle?). La espera en la sala de espera (valga la redundancia) fue bastante amena pues dos ancianos (que estaban esperando a su hijo) estuvieron contándome que le había pasado a este, que le estaban haciendo y que, por supuesto, no iba a tener inconvenientes. Eso me hizo distraerme un poco (cuando le doy muchas vueltas a las cosas me acabo volviendo loco). Y, al final, me tocó entrar.

Mi madre, como de costumbre, le preguntó al doctor si podía entrar conmigo y la respuesta de este fue tan borde que me dio bastante miedo tener que dejar mi cuerpecito en sus manos. Aún así, no tuve otra opción más que entrar. Dos enfermeras me esperaban dentro, una bastante mayor muy comprensiva que pensaba que estaba muy asustado e intentaba calmarme y otra bastante joven y con cierto atractivo (el justo para llegar a la tonta conclusión de: ¡no seas tan tonto como para quejarte de nada!). En fin, una vez tuve bolsitas en la cabeza y en los zapatos, me tumbaron y me cubrieron con un plástico.

Anestesia.

Anestesia. Este debería ser otro capitulo entero. La anestesia.

Mi (con todo el respeto del mundo) estúpido cuerpo siempre ha intentado resistirse a la anestesia. Cuando voy a hacerme un empaste, por ejemplo, tienen que acabar dándome una doble dosis. En la operación, consciente de lo que podría suponer no estar bien anestesiado, le explique esto al doctor. El cual, tan borde como antes me dijo algo como "si, si..." y me pincho varias veces con las super agujas.

Bueno, ahora solo queda esperar a que haga efecto...

Ja.

¿Esperar? Eso no es de hombres. Por lo menos no para el Doctor Bordelix, que después de pincharme soltó un "empecemos" y las dos enfermeras se encargaron de cubrirme la vista para que no vea más allá de mis pequeños pezones  y de acercarle los instrumentos necesarios (los cuales pasaron frente a mis ojos y no pude evitar ver, o tal vez si pude haberlo hecho y no quise, ¿que mas da?).

La anestesia funcionaba a medias. Por suerte, sentía poco, pero algo ardía. Y mucho. O esa era la sensación que tenía. Buscando que mi (con todo el respeto del mundo) estúpida mente no se pusiera a divagar en todas las posibles cosas que podrían estar haciéndome en ese momento, decidí pensar en otras cosas.

Maldita anestesia local. Eso era lo que pensaba. Maldita anestesia loca. ¿No podían dormirme? Sentía mi sangre hervir, pero no era a causa de mis pensamientos. Aún así, si que estaba bastante tenso, y la enfermera mayor y comprensiva lo notó, así que vino a distraerme. Se ve que no era demasiado hábil con eso porque todas las preguntas que me hacía precisaban de respuestas cortas. "Te pareces mucho a tu madre ¿no?" "Si, nos lo dicen mucho". Aún así, ver que en esa cruenta batalla había alguien de mi lado ayudaba mucho (¡Gracias enfermera mayor y comprensiva!).

La enfermera, claro esta, no podía estar todo el rato perdiendo el tiempo, así que volvió a su labor. Me hacía mucha gracia ver la cara que ponía cuando miraba lo que me estaban haciendo y la que intentaba poner cuando me miraba para decirme que todo iba bien.

Antes de que me diera cuenta, deje de sentir. Con las ventajas y desventajas que eso conllevaba. Supongo que soy uno de esos estúpidos amantes de esa cosa inexistente que les gusta llamar "control" y, si no tienes control de tu propio cuerpo ¿que vas a controlar?.

En fin, creo que ya he contado muchas estupideces. Resumamoslo todo. Digamos que, por causas que no estaban bajo mi control, tuve que pasar una semana sin levantarme, sin toser y sin reír. Lo único que podía hacer (aparte de dar lamentable pena a todos los que venían a visitarme) era leer. De vuelta a las andadas. ¿Cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había estado leyendo sin parar día tras día? En fin, supongo que este es el lado positivo de la historia. Mi madre me regalo el primer libro de Canción de Hielo y Fuego y el primero de The Maze Runner (que, aunque hubiera preferido dos libros de una sola saga, le estuve muy agradecido). También me trajo los dos libros que más he leido a lo largo de mi vida. Harry Potter y el misterio del príncipe y el último de las memorias de idhun. En realidad también me había traído el tercero de los juegos del hambre, pero no me apetecía volver a ver morir a... Vale, no hago spoiler.

En fin. El caso es que no pude moverme en una semana y, aunque la siguiente semana en teoría se que podría... No pude. El caso es que una vez en casa mi abuela vino. Mi madre trabaja y mi abuela (que siempre se preocupa demasiado) estaba con el "¡Pero como va a estar el pobre chiquirritin solo en casa! Mira, ya voy yo y me encargo de achucharlo hasta que no pueda respirar." (gracias abuelita).

El jueves pasado celebré las dos semanas (sip, batido). Hoy se marcha mi abuela de nuevo a su país (gracias por las doce horas de vuelo). Vale, no vive en otro país, pero si que vive a dos horas de aquí.

El caso es que he leído esta mañana todos vuestros comentarios, y al ver a tanta gente preocupada he pensado que, para el que le interese, mejor contarle todo esto que un simple "He sido operado. No he podido escribir".

En fin, he perdido exámenes que los algunos profes no van a repetirme (así que toca ir a las recuperaciones como si hubiera suspendido sin que me dejen suspender primero). No he entregado trabajos que por día de retraso te descuentan 0,1 a no ser que marque la diferencia entre un suspenso y un aprobado (Me ponen cosas como estas y luego se quejan de que no me esfuerzo ¿para que iba a hacerlo?).

De nuevo voy de liana a liana [¡Nueva expresión desbloqueada!]. Pues eso, que me enrollo, que no he podido escribir.


FUTURO:

No voy a asegurar (que imaginar que me atropellan mañana) pero si voy a deciros que intentaré actualizar la semana que viene. Una vez tenga todo en orden (así que igual es un sábado en vez de un viernes). Si por cualquier razón no puedo avisaré.

PD: Quiero pizza.

PPD: Tal vez no actualice nunca más para no escribir sobre Cedric.

PPPD: O tal vez escriba solo para cumplir con el ciclo de la vida (ya sabéis, uno muere y se transforma en un vampiro que brilla en la oscuridad ¡¡Por solo 9,99€!! [pilas no incluidas])

Pues eso, que nos vemos la semana que viene. Que tengáis un finde lleno de pizza y diversión.

sábado, 17 de octubre de 2015

Los desbarajustes de el Ginny y la Harry



Saludos, aquí el hombre-dátil, saludando desde su escondite secreto (también conocido como su casa).

Hoy no me he retrasado tanto con el capitulo ¿no? solo 3 horitas, bien, bien, estoy satisfecho con ello. Sobre el capítulo de hoy... Es algo corto, pero es que hoy no tocaba lectura así que... Sí, ha quedado bastante corto.

Hoy me ahorro responder ¿puedo? Es tarde de narices, así que, sin mas preámbulos, el capítulo:

Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

LOS DESBARAJUSTES DE EL GINNY Y LA HARRY

-¡Comida! —ladró Sirius comenzando a ensalivar cual lindo y peludo cachorro.

Los asientos desaparecieron y, en su lugar, el comedor se llenó de largos bancos y amplias mesas de madera. Sobre ellas, y luciendo despampanantes, cientos de diferentes manjares posaban de diferentes maneras sobre plateadas bandejas. Los hambrientos alumnos, sintiendo comprensible atracción por dicha vista,  no tardaron en abalanzarse sobre el festín que les esperaba. Harry, un joven estudiante que comía sin mucho afán, reflexionaba mentalmente sobre lo extraño que le resultaba la idea de que el resto de estudiantes prefiriesen pasar las vacaciones en sus  lejanas casas en lugar de en escuela. ¿Acaso en sus casas tenían tanta variedad de comida? ¿Acaso en sus casas se organizaban fiestas más espectaculares que las que se preparaban en el castillo? Harry lo dudaba. No obstante, era capaz de entender la razón principal por la que lo hacían. Razón que el no compartía de ninguna de las maneras, por lo que, y sin dudarlo en segundo, el preferiría poder prescindir totalmente del frió lugar donde vivía actualmente y poder alojarse en Hogwarts, un lugar que para el era más un hogar que una escuela.

(No me preguntéis porque he escrito eso, ni siquiera yo lo entiendo.)

—Ginny —escuchó Harry que decía la voz de su mejor amiga. Parecía algo irritada, como si Ginny (la persona a la que claramente intentaba llamar) estuviese ignorando sus continuas llamadas—. ¡Ginny!

—¡Au! —exclamó Harry al sentir un fuerte puntapié en la espinilla—. ¡Eso duele, Hermione! ¿A que ha venido eso?

Por supuesto, por muy lento que nuestro protagonista pueda llegar a ser, todo tenía una explicación. Y es que Harry Potter, el niño que vivió, el elegido, el hombre cuya única cualidad es estar en el lugar apropiado en el momento apropiado, estaba, por gracia o por desgracia, atrapado dentro del cuerpo de la hermana de su mejor amigo. La cual, a su vez, estaba apresada dentro del cuerpo del mejor amigo de su hermano. Aunque lo que tal vez sea lo más complicado de todo esto resulta ser que, por casualidades de la vida (y tal vez de un pícaro destino), los causantes de este despropósito para el héroe de la historia hayan sido sus propios y todavía inexistentes hijos, los cuales, en un intento de tal vez, intentar juntar a sus padres antes de lo que marcaba la historia original o de, tal vez, divertirse a costa de lo indefensos que estaban sus jóvenes futuros padres o, quien sabe, tal vez de ambas cosas.

—¡Oh, ahora no te hagas el idiota! —le espetó su amiga agitando su pierna deseosa de soltar otro puntapié.

—¿El idiota? Ginny es chica, Hermione —le corrigió Ron con la boca tan llena que solo un experto o alguien que lleve un mínimo de cuatro años y varios meses conociéndole podría entender sus palabras—. ¿Como has podido confundirte?

—Ah... Ha... Es que me pones algo nerviosa —intentó Hermione a la desesperada.

—¡No, tu me pones nervioso a mi, tontita! —aseguró Ron con cara de bobo.

(Pido perdón, a veces no puedo resistirme a la tentación ¡el señor oscuro es demasiado fuerte!)

Ginny no pudo evitar reír al ver a Harry haciendo como que vomitaba encima de su comida. Espera... ¿o estaba vomitando de verdad?

—¡¿Estas bien?! —le preguntó Ginny sorprendida.

—Si —se apresuró a decir Harry—. Bueno, no. No lo se. Estoy mareado, creo que voy a ir a tumbarme a la sala común.

—Te acompaño —le informó Ginny sin darle la opción de negarse.

Lentamente, y no sin que antes Ginny cogiese un gran trozo de tarta de melaza (que por alguna razón ahora le gustaba más que antes), ambos se pusieron en camino.

—¿Es normal tener ganas de vomitar teniendo la... ya sabes? —le preguntó Harry al salir del gran comedor y acercarse a las escaleras del amplio vestíbulo.

—¿La regla? Bueno, pues yo no suelo vomitar... Pero tengo algunas amigas que si que se marean y vomitan cuando la tienen —explicó Ginny.

—¿Y si tu no vomitas porque yo estoy vomitando? Es tu cuerpo al fin y al cabo... —cuestionó Harry algo molesto por tener que pasar por todo esto cuando ni la dueña original del cuerpo en cuestión tenía que hacerlo.

—¿Y a mi que me preguntas? ¡Ni que fuese experta en el comportamiento de los cuerpos al intercambiarse!

—Pues deberías serlo, si lo fueras no tendría que pasar por toda esta estupidez —le contestó Harry algo borde.

Ginny suspiró y decidió no contestar; a palabras incoherentes oídos persicopéticos.

El resto de trayecto lo pasaron en silencio, con Ginny teniendo que aguantar los continuos suspiros lastimosos de su amigo.

—Echate un rato —le aconsejó Ginny al llegar al cuadro de la Dama Gorda—. Yo voy a ir a buscar a la señora Pomfrey para que me de algo que te quite el malestar.

Por alguna extraña, absurda, siniestra, incoherente e innecesaria razón Harry no quería que Ginny se fuera, pero no tenía las agallas para pedirle que se quedará a su lado. Y menos aún para decirle que, probablemente, eso tendría mejores efectos que cualquier potingue de la señora Pomfrey.

—Vuelvo enseguida —le aseguró la anteriormente pelirroja.

—Hasta ahora —se despidió el que ya no necesitaba lentes.

.

—Oye —les preguntó la joven a sus hermanos mayores—. ¿Estáis seguros de que hemos hecho bien?

—¿En serio lo estás preguntando? —se impresionó James—. ¡Pues claro! ¡Es la mejor idea que hemos tenido nunca!

—Bueno, yo sigo pensando que la mejor fue la de llegar al acuerdo con papa de no dejarle desayunar en calzoncillos —opinó Albus.

—Si, esta también fue buena —coincidió su hermano mayor.

—Opino lo mismo —aseguró la pequeña, tal vez para no sentirse excluida, aunque no. Los tres estaban completamente de acuerdo en esto (cosa que rara vez pasaba).

—En fin, ¿que decías de nuestro plan maestro? —preguntó James alzando las cejas esperando por una respuesta.

—Que... Bueno... ¡Es una locura! ¡Y no podéis negarlo! ¿Cuantas cosas podrían salir mal? ¡Tal vez incluso lleguen a odiarse para siempre y nosotros no lleguemos a nacer nunca!

—Bue, que tontería, entonces, si vemos que se odian, solo tendríamos que volver otra vez al pasado para arreglarlo —razonó James.

—¡Pero serás idiota! ¿Es que no entendiste nada de lo que nos explicó Hermione sobre los viajes en el tiempo y sobre este en particular?

—Era una broma, Lily —mintió James para no dejar ver que no tenía ni idea.

—¿Entonces que? ¿Eh? ¿Que hacemos si todo sale mal y se odian?

—Venga, Lily, estamos hablando de papa y mama ¿no? ¡Sí se pasan más tiempo abrazados que trabajando!

Lily sabía que, probablemente, ese no fuera un argumento valido para la infinita rama de posibilidades que ofrecía cambiar el pasado pero, como hija de ambos, había visto con sus propios ojos (y por desgracia a diario) la relación de su padre y su madre. También había oído cosas en ocasiones que le gustaría olvidar cuanto antes, aunque no estaba segura de hasta donde eso valía como prueba.

—No, James, Lily tiene razón. No podemos dejar esto en manos del destino —dijo Albus muy serio—. Tenemos que preparar algo.

En ese momento Lily fue consciente de que tal vez habría sido mejor que no hubiera dicho nada desde el principio.

.

—¿Que hago yo aquí? —preguntó una voz que hacía mucho que este Harry adulto no escuchaba.

—Hay una buena y algo egoísta razón detrás de esto —le explicó—. Aunque por ahora ven, hay alguien a quien quiero que veas.

.

Ginny, después de contarle a la señora Pomfrey una versión inventada para que le preparase algo que pudiese darle a Harry, se encontraba de vuelta hacia la sala común de Gryffindor, donde debía esperarle Harry (porque, pensó Ginny, más le valía no haber ido a la habitación de las chicas ahora que ella no podía entrar allí),

—¡Harry, te estaba buscando! —dijo una voz que Ginny no esperaba (ni quería escuchar).

—Hola, Cho.

Cho Chang, la asiática y atractiva estudiante de Ravenclaw de la que era bastante obvio que Harry estaba enamorado, estaba frente a ella, sonriendole de forma amistosa y revolviéndose su negro cabello con los dedos. Ginny se permitió sonreír por un segundo al darse cuenta de lo divertido que era poder verla desde arriba ahora que era una cabeza más alta que ella.

—He visto como salias del comedor con la chica Weasley así que he aprovechado para salir para hablar contigo —le explicó Cho—. Que por cierto ¿donde está?

Ginny alzó una ceja, tal vez algo molesta por ser "la chica Weasley" o tal vez simplemente molesta porque se trataba de Cho, quien nunca había llegado a agradarle. Hacía unos días habían jugado juntas un partido de quidditch, y tenía que admitir que lo hicieron bien juntas, pero eso no tenía nada que ver.

—En la sala común —respondió sin molestarse en explicar nada—. ¿Que querías?

Cho, claramente cortada por lo directo que estaba siendo Harry, tardó un par de segundos en responder.

—Bueno... La verdad es que lo he estado pensando y... Ya estamos en el cuarto libro, es decir, el que corresponde a el curso pasado y... —cogió aire—. Bueno, tu sabes mejor que yo todo lo que ocurrió ¿no? así que qué voy a contarte —rió un poco de forma forzada e hizo una pequeña pausa—. Estoy segura de que voy a llorar cada vez que se hable de el —confesó suspirando levemente haciendo una clara referencia a Cedric Diggory—. Y, bueno, también estoy segura de que pensar tanto en el me va a hacer pensar en un montón de cosas... De todo tipo... Por eso quería hablar contigo antes.

Ginny parpadeó, le gustaría ser grosera y cortante con ella pero... ¿como podía hacerlo? Estaba completamente desarmada ahora mismo.

Cho tragó saliva y dio un pequeño paso hacia Harry.

Oh no, pensó Ginny intuyendo lo que se avecinaba, o no...

Sentía como los ojos de Cho miraban fijamente los suyos y no fue consciente de como, dando pasos tan pequeños como los daba, había llegado a situarse tan cerca de ella.

—Por eso tenía que comprobar si...

Ginny vió, lentamente, como Cho cerraba los ojos y acercaba su rostro hacia el suyo. Todo esto era tan irreal... ¿Como debía reaccionar? Ella no era Harry, no podía decir o hacer nada en una situación como esta, y, aunque pudiera ¿que podía hacer?

Entonces ocurrió, los labios de Cho tocaron los suyos. Su corazón se detuvo. Esto no podía estar pasando. Cho se separó un poco de el, vio el rostro de Harry, tan sorprendido como estaba. Sonrió un poco y volvió a acercarse. Ginny, paralizada y con los ojos completamente abiertos, no pudo más que soportar los que tal vez fueron los peores segundos de su vida. Cho volvió a separarse de ella, algo confusa.

—¿Que acabas de hacer? —le preguntó Ginny llevándose una mano a los labios, aterrorizada por lo que acababa de pasar. Cho Chang acababa de besarle en la boca, ¡tenía que ser una broma!

Cho torció un poco la cabeza y sonrió con tristeza y aceptación.

—Supongo que es así entonces... —suspiró levemente—. Lo siento entonces por esto, Harry.

Ginny no sabía como reaccionar así que se limitó a parpadear el doble de rápido de lo que lo hacía una persona normal.

—Bueno... Adiós... —y, estando claramente incomoda, Cho se despidió de ella y se marchó rápidamente.

Ginny seguía sin querer asimilar lo que acababa de pasar. Si no lo hacía tal vez pudiera vivir pensando que esto no había ocurrido nunca. Pero, aún así, había una enorme pregunta rondandole por la cabeza...

¿Que debía contarle a Harry?

.

—¡No puedo creerme que estés aquí! ¡No puedo creerlo! —lloriqueaba el hombre una y otra vez.

—En serio, no entiendo nada, ¿que diablos a pasado? —preguntó la voz causante de los lloriqueos del hombre.

—Supongo que tenemos que ponerte al día —comentó un Harry adulto con un suspiro.

.

—Toma —le dijo Ginny tendiéndole una pequeña taza llena de un extraño liquido algo espeso de color morado—. Bebetelo, te hará bien.

—Has tardado mucho —comentó Harry mientras cogía la taza de las manos de Ginny.

—Han pasado cosas —se limitó a decir ella.

—¿Que cosas? —preguntó Harry mientras se llevaba la taza a los labios y comenzaba a beber.

Ginny no sabía como contárselo.

—Bueno... Me he encontrado con Cho y... Me ha besado.

Harry, por la sorpresa, lanzó toda la poción que tenía en la boca.

—¡¿Que has dicho?!

—Ya me has oído, he dicho que Cho me ha besado —repitió Ginny algo molesta por la alegría con la que se lo estaba tomando Harry—. También me ha dicho que con todo lo de este libro va a llorar mucho por Cedric y que, el pensar tanto en él, seguramente haga que piense sobre muchas cosas y se replantee muchas otras.

Harry suspiró con tristeza, intuyendo lo que eso seguramente significaba.

—¿Entonces te ha besado? —volvió a preguntar Harry, aún sin creérselo del todo.

—¡Deja eso de una vez, pervertido!

—¿Pervertido por qué? Solo he preguntado sí...

—Que sepas que he notado como se ha comportado cierta parte de tu cuerpo cuando Cho me ha besado —mintió Ginny para molestarle.

—¿Que? No me fastidies Ginny —dijo Harry terriblemente avergonzado—. Dime que es una broma...

Ginny se encogió de hombros y se sentó a su lado.

—Venga, bebete lo que queda ¡y esta vez no lo tires!


Más o menos treinta minutos después, una vez la poción hizo efecto, Harry se veía preparado para continuar con la lectura, así que tanto Harry como Ginny bajaron al Gran Comedor, donde ambos pensaban que ya habían comenzado a leer el siguiente capitulo, pero se llevaron una gran sorpresa, porque no solo aún no habían comenzado a leer...

—No puede ser... —dijeron Harry como Ginny al mismo tiempo—. ¿Cedric?


Estoy seguro de que habrá más palabras mal escritas que al contrario... En fin, hoy no me lo tengáis en cuenta. Tampoco estoy muy seguro de lo que he escrito y, sobre Cedric... Ni siquiera se que va a pasar, ya sabéis que escribo lo que me da la gana en el momento.

Esto es todo por esta semana. Nos vemos la semana que viene.

Bye!

¡Lee el siguiente capítulo!
(El día 23 si todo va chupi piruli)

miércoles, 14 de octubre de 2015

Sortilegios Weasley


Querid@s patatas y potatos:

Hoy me a surgido una duda que no puedo resolver... Si el desarmar a alguien te hace el dueño de su varita... ¿porque el expelliarmus no está entre las maldiciones imperdonables? Vamos, o por lo menos, ¿porque no es un hechizo ilegal? Si cualquier persona que te desarme se vuelve el dueño de tu varita y cualquier alumno de segundo-tercero sabe desarmar... ¡Que locura!

Pero bueno, que tampoco me voy a volver loco con eso. Las novelas de fantasía tienes fallos y es lógico (es fantasía al fin y al cabo) así que, para disfrutar de ellas no tienes que anclarte en cada fallo que veas.

¿Respondo de una carrera y al capitulo? Mola.

Catalina Adriazola: La verdad, no estoy muy seguro. Creo que cerca de tres meses ya pero no me hagas mucho caso.

Isabel Gonzalo Colmenar: ¿Que cuando hago el vago? ¡Pues en clase! ¿Para que están las clases sino? Para dormir, dibujar y pasarse mensajitos estúpidos por el simple hecho de pasarse mensajitos estúpidos. Aunque ahora odie la escuela estoy seguro de que cuando deje de estudiar la echaré, aunque sea un poco, de menos.

LaurieAngel: Se como te sientes xD Cuando muere Sirius bueno, duele, y mucho, pero eres capaz de soportarlo. Al fin y al cabo Sirius ya estaba solo, ¡pero como puede morir Fred! George no es George sin Fred. Supongo que todos tuvimos que dejar de leer un tiempo esa página para limpiarnos las lagrimas y preguntarle a nuestra Rowling mental el porque hacernos sufrir así... A mi personalmente la muerte que más me afectó fue la de Hedwig. Me pareció totalmente gratuita. Sirius murió defendiendo lo que creía correcto, y con una sonrisa en los labios. También lo hizo Fred. Dobby murió defendiendo a Harry Potter y a sus amigos, seguro que está muy orgulloso de si mismo (¡eres un heroe Dobby!) Pero la muerte de Hedwig es totalmente innecesaria. Muere porque sí, dentro de su jaula, sin poder hacer nada para evitarlo. Se que es raro pero me dolió muchísimo.

Furia Nocturna: ¡Muerte a James! Vale no, pero si no muere... Nada tendría sentido... Harry Potter no sería el humilde Harry Potter que conocemos sino, seguramente, una variación de James Potter.

Eduardo Izaguirre: Este traductor de google... Hace magia xD

LarousseLucy: ¡Suerte con lo que te toca! Y si, yo también tengo miedo de acabar en el cementerio. Espero que al menos merezca la pena... ¡que narices, seguro que lo merece!

Luz_Azul: Se que sería divertido traerles... Lo se... Lo se pero... ¡Es una locura! No creo que aguantasen conscientes ni cinco minutos con tantos locos cabreados con ellos (ejemsiriusejem). Así que no, no creo que los traiga (tampoco quiero torturarlos de forma lenta y dolorosa... Bueno sí, pero me contendré).

Abby: Gracias por el picazón culo xD Y suerte con tu nueva "sobrinita adoptiva" ¡enséñale los placeres del batido de chocolate!

Sonia M. Fuentes: Si, supongo que tienes razón. Pero más que para el, es para mi mismo. Siendo lo locamente irresponsable que soy... No me veo ready... Pero si, supongo que tengo tiempo de sobra para comprarme chalecos de cuero, una moto y conseguir una forma animaga de un perro grandote. O eso espero.

Alma: No, no, no, no, no, no, no, no, no. No. No, no, no. No. ¿Como que "un buen truco de magia"? ¡Yo seré un mago de pacotilla! (es mi sueño) Seré ese tipo de mago que te dice "escoge una carta, ¿la tienes? ¿si? Bien, ahora ponla en mi mano. ¿es esta tu carta? ¡Woooooo! ¡Maaagia baybe!".
¿Coger un alligator? Vaya. Yo lo más parecido que he tenido en mis manos a sido una lagartija. Vamos, casi casi lo mismo.
Por aquí solo conozco uno llamado Bizkaia Boggarts y no es que sea un nombre tan espectacular. Yo de pequeño siempre jugaba en el salón a quidditch con mi hermano, y lo pasábamos genial, pero tiene que ser mucho más divertido jugarlo con dos equipos enteros. Aunque... Como han puesto a los buscadores y a la snitch lo arruina un poco (y no lo digo porque la snitch sea una persona con un pañuelito).


Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.


SORTILEGIOS WEASLEY

—Está bien, leamos un último capítulo antes de comer —decidió Albus Dumbledore mientras cogía el libro "Harry Potter y el Cáliz de Fuego" de las manos de Ginny, manejadas por Harry— ¿Algún voluntario para leer pues, este capítulo?

—Yo misma —dijo Tonks saltando con agilidad desde su asiento y soplandole un beso a Remus.

—Me lo ha mandado a mi —le aseguró Sirius al hombre lobo—. Soy su tío, siempre lo hace.

Tonks, una vez con el libro en la mano, comenzó a leer:


Harry dio vueltas cada vez más rápido con los codos pegados al cuerpo. Borrosas chimeneas pasaban ante él a la veloci­dad del rayo, hasta que se sintió mareado y cerró los ojos. Cuando por fin le pareció que su velocidad aminoraba, estiró los brazos, a tiempo para evitar darse de bruces contra el suelo de la cocina de los Weasley al salir de la chimenea.

Harry sonrió, le encantaba esa casa.

—¿Se lo comió? —preguntó Fred ansioso mientras le tendía a Harry la mano para ayudarlo a levantarse.

—Sí —respondió Harry poniéndose en pie—. ¿Qué era?

—Caramelo longuilinguo —explicó Fred, muy conten­to—. Los hemos inventado George y yo, y nos hemos pasado el verano buscando a alguien en quien probarlos...

—Oye, podríais contratarle como conejillo de indias —les propuso James a los gemelos—. De todas formas dudo que encuentre un trabajo mejor...

Todos prorrumpieron en carcajadas en la pequeña coci­na; Harry miró a su alrededor, y vio que Ron y George esta­ban sentados a una mesa de madera desgastada de tanto restregarla, con dos pelirrojos a los que Harry no había vis­to nunca, aunque no tardó en suponer quiénes serían: Bill y Charlie, los dos hermanos mayores Weasley.

Bill y Charlie se sonrieron, por fin aparecían en la historia.

—¿Qué tal te va, Harry? —preguntó el más cercano a él, dirigiéndole una amplia sonrisa y tendiéndole una mano grande que Harry estrechó. Estaba llena de callos y ampo­llas. Aquél tenía que ser Charlie, que trabajaba en Rumania con dragones. Su constitución era igual a la de los gemelos, y diferente de la de Percy y Ron, que eran más altos y delga­dos. Tenía una cara ancha de expresión bonachona, con la piel curtida por el clima de Rumania y tan llena de pecas que parecía bronceada; los brazos eran musculosos, y en uno de ellos se veía una quemadura grande y brillante.

Charlie, como de costumbre, intentó no ver la cara que ponía su madre cada vez que veía o escuchaba hablar sobre sus heridas o quemaduras.

Bill se levantó sonriendo y también le estrechó la mano a Harry, quien se sorprendió. Sabía que Bill trabajaba para Gringotts, el banco del mundo mágico, y que había sido Pre­mio Anual de Hogwarts, y siempre se lo había imaginado como una versión crecida de Percy

—¡Hey! —protestaron simultáneamente ambos hermanos. Era obvio que ninguno a ninguno de los dos le apetecía parecerse al otro.

: quisquilloso en cuanto al incumplimiento de las normas e inclinado a mandar a todo el mundo. Sin embargo, Bill era (no había otra palabra para definirlo) guay

—Hey Harry, ¿quieres un autógrafo de Bill? Podemos conseguirte varios —le propuso Fred buscando molestarle.

—¿Y que me dices de un enorme poster suyo sin camiseta? ¡Seguro que queda genial en la pared de tu habitación! —dijo George también.

Pero claro, a quien le estaban hablando no era a Harry, sino a Ginny, quien, acostumbrada a este tipo de comentarios por parte de sus hermanos (que generalmente hacían exactamente lo mismo pero con Harry en vez de con Bill) supo llevar la situación.

—¡Genial! Quiero dos, ¿y cuanto me pides por uno sin pantalones?

Eso descolocó totalmente a Fred y George. Pero claro, también al resto del mundo. Y más a Harry, que no sabía como reaccionar y parpadeaba sin cesar.

—Aunque me conformo con que me des los pantalones... ¿Y eso de quitarle su cepillo de dientes y cepillarme con el lo veis como un acto de amor o como el de un acosador psicópata? Porque si es la primera opción también quiero su cepillo.

De la garganta de Harry salía un débil y endiabladamente agudo chillido que demostraba su impotencia ante una situación tan extraña como impredecible. No quería ver la cara de nadie en la sala, pero, aún sin hacerlo, ya se imaginaba a todos con la boca abierta y sin saber como reaccionar. Siempre había admirado a Ginny por saber controlar a las masas pero... ¿esto no era pasarse un poquito?

—Estás... De broma ¿no? —le preguntó Fred sin saber realmente la respuesta.

—¿Hace falta preguntarlo? 

Fred y George se miraron y luego miraron a todos en el comedor, que estaban tan descolocados como ellos.

—¿Si? —preguntaron.

Entonces, y solo entonces, Ginny pensó que, tal vez y solo tal vez, se había pasado un poquito. Miró a Harry, quien ocupaba su cuerpo, y se lo encontró cubriéndose la cara con su cabello, como solía hacer para taparse la cicatriz, solo que con mucho más pelo.

—Emm... Pues sí... creía que estaba claro que era una broma... —explicó Ginny sin saber muy bien como hacerlo.

Aunque, para su alivio, para el resto del mundo fue muy fácil aceptar eso y descartar el loco cambio que suponía creer lo anteriormente dicho. Aunque, claro, que todos creyeran que eso era la verdad no significaba que todos fueran a olvidar lo ocurrido. Ni ha hacer bromas con ello. Harry, me apiado de ti... ¡Te espera una buena!

Ginny volvió a mirar a Harry, esperando ver en su mirada que no estaba enfadado o algo así, pero lo que vio (y muy claramente) eran sus propios labios formando las siguientes palabras sin hacer un solo sonido: tienes veinticuatro horas para conseguir un giratiempo.

(Durante unos segundos había pensado en borrarlo pero... Va, que narices, cosas peores he escrito.)

: era alto, tenía el pelo largo y recogido en una coleta, llevaba un colmillo de pendiente e iba vestido de manera apropiada para un concierto de rock, salvo por las botas (que, según reconoció Harry, no eran de cuero sino de piel de dragón).

—No es que sea muy difícil de distinguir que digamos... —comentó Charlie mirando con algo de reproche a su hermano, ¿cuantas veces había hablado con el sobre el hecho de que comprar ropa hecha con piel de dragón solo provocaba que se siguiesen cazando dragones para hacer más ropa?

Antes de que ninguno de ellos pudiera añadir nada, se oyó un pequeño estallido y el señor Weasley apareció de pronto al lado de George. Harry no lo había visto nunca tan enfadado.

—¡No ha tenido ninguna gracia, Fred! ¿Qué demonios le diste a ese niño muggle?

—No le di nada —respondió Fred, con otra sonrisa ma­ligna—. Sólo lo dejé caer... Ha sido culpa suya: lo cogió y se lo comió. Yo no le dije que lo hiciera.

—Eso es cierto —comentó Tonks antes de seguir leyendo.

—¡Lo dejaste caer a propósito! —vociferó el señor Weas­ley—. Sabías que se lo comería porque estaba a dieta...

—Y eso también es cierto —volvió a comentar Tonks.

—¿Cuánto le creció la lengua? —preguntó George, con mucho interés.

—Cuando sus padres me permitieron acortársela había alcanzado más de un metro de largo.

—¡Un metro de lengua! —rieron impresionados muchos estudiantes.

Fred y George cruzaron una mirada y, sin palabras, ambos decidieron que tenían que agradecer al escritor de estos libros por la publicidad que les estaba haciendo (y la que les iba a hacer).

Harry y los Weasley prorrumpieron de nuevo en una so­nora carcajada.

—¡No tiene gracia! —gritó el señor Weasley—. ¡Ese tipo de comportamiento enturbia muy seriamente las relaciones entre magos y muggles! Me paso la mitad de la vida luchan­do contra los malos tratos a los muggles, y resulta que mis propios hijos...

—¡Vamos papa! —protestó Bill—. ¿Que tiene que ver que sea muggle? Ese tío es un idiota, se merecía mucho más.

—¡No se lo dimos porque fuera muggle! —respondió Fred, indignado.

—No. Se lo dimos porque es un asqueroso bravucón —explicó George—. ¿No es verdad, Harry?

—Sí, lo es —contestó Harry seriamente.

—¡Ésa no es la cuestión! —repuso enfadado el señor Weasley—. Ya veréis cuando se lo diga a vuestra madre.

—¿Cuando me digas qué? —preguntó una voz tras ellos.

—Uuuh... —comentaron muchos sintiendo lastima por los gemelos.

La señora Weasley acababa de entrar en la cocina. Era bajita, rechoncha y tenía una cara generalmente muy ama­ble, aunque en aquellos momentos la sospecha le hacía entornar los ojos.

—¡Ah, hola, Harry! —dijo sonriéndole al advertir que estaba allí. Luego volvió bruscamente la mirada a su man­do—. ¿Qué es lo que tienes que decirme?

El señor Weasley dudó. Harry se dio cuenta de que, a pesar de estar tan enfadado con Fred y George, no había te­nido verdadera intención de contarle a la señora Weasley lo ocurrido. 

Este era otro de esos clásicos momentos en la vida de Arthur en los que su mujer le miraba con reproche, molesta por que sea siempre tan flojo con sus hijos.

Se hizo un silencio mientras el señor Weasley observaba nervioso a su mujer. Entonces aparecieron dos chicas en la puerta de la cocina, detrás de la señora Weas­ley: una, de pelo castaño y espeso e incisivos bastante gran­des, era Hermione Granger, la amiga de Harry y Ron; la otra, menuda y pelirroja, era Ginny, la hermana pequeña de Ron. Las dos sonrieron a Harry, y él les sonrió a su vez, lo que provocó que Ginny se sonrojara: Harry le había gustado desde su primera visita a La Madriguera.

—Oh, venga ya, ¡desde mucho antes de tu primera visita! —dijo Ron algo irritado por la molestia que supuso aguantar tanto tiempo a Ginny diciendo Harry por aquí y Harry por allá.

El hecho de que Harry, quien ahora era considerado Ginny por los demas, no dijera nada, hizo que Ron y sus hermano fruncieran el ceño ¿porque no mandaba a Ron callarse o algo similar?

—¿Qué tienes que decirme, Arthur? —repitió la señora Weasley en un tono de voz que daba miedo.

—Nada, Molly —farfulló el señor Weasley—. Fred y George sólo... He tenido unas palabras con ellos...

—¿Qué han hecho esta vez? —preguntó la señora Weasley—. Si tiene que ver con los «Sortilegios Weas­ley»...

Los gemelos se miraron, su madre realmente odiaba que "perdieran" el tiempo inventando artículos de broma. Aunque, según ellos, eso era solamente porque ella, como madre, no pensaba que solo vendiendo esas "tonterías" fueran a poder ganarse la vida. Claro que en realidad era también por muchas otras razones.

—¿Por qué no le enseñas a Harry dónde va a dormir, Ron? —propuso Hermione desde la puerta.

—Ya lo sabe —respondió Ron—. En mi habitación. Durmió allí la última...

—Madre mía, Ron... —suspiró Ginny al ver lo lento que era su hermano.

—¿Que? —preguntó el pelirrojo—. Es cierto.

—Podemos ir todos —dijo Hermione, con una significa­tiva mirada.

—¡Ah! —exclamó Ron, cayendo en la cuenta—. De acuerdo.

—Vale, ahora lo entiendo —aseguró Ron enrojeciendo un poco.

—Sí, nosotros también vamos —dijo George.

Bill y Charlie rieron.

—No se ni porque te molestas en intentarlo —les dijo Charlie.

—¡Vosotros os quedáis donde estáis! —gruñó la señora Weasley.

—Estaba claro —comentó Bill.

Harry y Ron salieron despacio de la cocina y, acompa­ñados por Hermione y Ginny, emprendieron el camino por el estrecho pasillo y subieron por la desvencijada escalera que zigzagueaba hacia los pisos superiores.

—¿Qué es eso de los «Sortilegios Weasley»? —preguntó Harry mientras subían.

Todos en el comedor sabían ya de ellos, bueno, con la obvia excepción de James y Lily y, tal vez, la abuela de Neville (que, por cierto, debido a su ya avanzada edad, ha pasado más tiempo dormida que prestando atención a la lectura).

Ron y Ginny se rieron, pero Hermione no.

—Mi madre ha encontrado un montón de cupones de pedido cuando limpiaba la habitación de Fred y George —explicó Ron en voz baja—. Largas listas de precios de co­sas que ellos han inventado. Artículos de broma, ya sabes: varitas falsas y caramelos con truco, montones de cosas. 

—¡Chicos! —llamó James a Sirius y a Remus—. ¿Como no hemos pensado nunca en eso?

—Bueno... Nunca hemos necesitado dinero para nada ¿no? ¿Para que íbamos a querer vender nuestros productos? —preguntó Sirius.

—No lo estás entendiendo, Canuto. No se trata de ganar dinero, bastaba con cobrar lo que gastábamos en hacerlos. La cosa era crear un Gryffindor armado, preparado para combatir a cualquier serpiente engreída que intentase molestar.

—Humm... No habría estado mal, no —reconoció Sirius.

Remus parpadeó un par de veces, sin creerse lo que estaba oyendo.

—Estáis de guasa ¿no? —les preguntó Remus—. ¿Cuantas veces os propusimos yo y... Peter... la idea de vender lo que creábamos? ¡Vosotros siempre os negabais diciendo que, ya que lo habíamos creado nosotros, solo nosotros podríamos usarlo!

Sirius y James se miraron.

—Bueno... Eso es cierto... No se como se me había olvidado, ¿por que razón estúpida estábamos pensado compartir nuestros geniales inventos? —dijo James.

—Por alguna tontería sobre ayudar a unos Gryffindor indefensos o algo así —le respondió Sirius.

—¡Va! Que se fastidien, no se merecen nuestros inventos.

Es estupendo: nunca me imaginé que hubieran estado inven­tando todo eso...

—Hace mucho tiempo que escuchamos explosiones en su habitación, pero nunca supusimos que estuvieran fabri­cando algo —dijo Ginny—. Creíamos que simplemente les gustaba el ruido.

—¡Y nos gusta! —aseguraron los gemelos.

—Lo que pasa es que la mayor parte de los inventos... bueno, todos, en realidad... son algo peligrosos y, ¿sabes?, pensaban venderlos en Hogwarts para sacar dinero. Mi ma­dre se ha puesto furiosa con ellos. Les ha prohibido seguir fabricando nada y ha quemado todos los cupones de pedi­do... 

Fred y George pusieron cara de sufrimiento al recordarlo. Bueno, de lo malo malo, aún seguían adelante como podían. Y cada vez iban mejor.

Además está enfadada con ellos porque no han conse­guido tan buenas notas como esperaba...

—Y también ha habido broncas porque mi madre quie­re que entren en el Ministerio de Magia como nuestro pa­dre, y ellos le han dicho que lo único que quieren es abrir una tienda de artículos de broma —añadió Ginny.

—¡Que estupidez! —escuchó Arthur que murmuraba su esposa.

El entendía tanto a los gemelos como a Molly. Fred y George tan solo querían dedicarse a lo que les gustaba, justo como hacía el, y eso era algo que Arthur apoyaba. Sin embargo, y siendo también comprensible, Molly pensaba en el futuro y bienestar de sus hijos. Sabía que con su tienda de bromas iban a pasárselo bien, pero dudaba seriamente que pudieran vivir bien con un trabajo como ese. Arthur tenía claro su papel en todo esto; dejar que las cosas fluyan. El no pondría ningún inconveniente y permitiría a sus hijos dedicarse a lo que ellos quisieran y, por supuesto, les ofrecería su apoyo en caso de que algo les saliese mal. Ese era su deber como padre. Y estaba seguro de que Molly, aunque gruñese un poco e insistiese con que dejaran todo ese mundo de las bromas, sabía que sus hijos seguirían adelante y pensaba como el.

Entonces se abrió una puerta en el segundo rellano y asomó por ella una cara con gafas de montura de hueso y ex­presión de enfado.

—Buenos días, Percy —le saludaron los gemelos.

—Hola, Percy —saludó Harry.

—Ah, hola, Harry —contestó Percy—. Me preguntaba quién estaría armando tanto jaleo. Intento trabajar, ¿sa­béis? Tengo que terminar un informe para la oficina, y re­sulta muy difícil concentrarse cuando la gente no para de subir y bajar la escalera haciendo tanto ruido.

—No hacemos tanto ruido —replicó Ron, enfadado—. Estamos subiendo con paso normal. Lamentamos haber en­torpecido los asuntos reservados del Ministerio.

—¿En qué estás trabajando? —quiso saber Harry.

—Es un informe para el Departamento de Cooperación Mágica Internacional —respondió Percy con aires de sufi­ciencia—. Estamos intentando estandarizar el grosor de los calderos. Algunos de los calderos importados son algo del­gados, y el goteo se ha incrementado en una proporción cer­cana al tres por ciento anual...

—Eso cambiará el mundo —intervino Ron—. Ese infor­me será un bombazo. Ya me lo imagino en la primera pági­na de El Profeta: «Calderos con agujeros.»

Algunos rieron mientras Percy se sonrojaba.

Percy se sonrojó ligeramente.

—Puede que te parezca una tontería, Ron —repuso aca­loradamente—, pero si no se aprueba una ley internacional bien podríamos encontrar el mercado inundado de produc­tos endebles y de culo demasiado delgado que pondrían se­riamente en peligro...

Snape, cuyo único hobby (exceptuando el de seguir enamorado de una chica que llevaba quince años muerta y que se había casado y había tenido hijos con su peor enemigo) era preparar pociones, había preparado tantas y en tantos calderos diferentes que veía aquel tema como algo sumamente importante. Por esa misma razón le parecía bastante decepcionante que alguien como Percy Weasley hubiese tenido que encargarse del tema.

—Sí, sí, de acuerdo —interrumpió Ron, y siguió subiendo.

Percy cerró la puerta de su habitación dando un porta­zo. Mientras Harry, Hermione y Ginny seguían a Ron otros tres tramos, les llegaban ecos de gritos procedentes de la co­cina. El señor Weasley debía de haberle contado a su mujer lo de los caramelos.

Los gemelos miraron a su padre con reproche mientras este silbaba una melodía aleatoria aunque sorprendentemente bien entonada. Ya se lo habían dicho sus padres muchas veces, el tenía un don con los silbidos. De hecho, entre los veinticinco y veintisiete años había participado en tres concursos de silbidos ¡y había ganado los tres! Varios hombres trajeados le habían ofrecido trabajar para ellos en diferentes ocasiones, y el había tenido que rechazarles explicándoles que solo silbaba por gusto. Para pasar el rato. Un pasatiempo. A los hombres esa respuesta no les sentó bien. Muchos matarían por tener un don como el que tu tienes, le habían dicho en todas las ocasiones, muchos pasan su vida esforzándose sin descanso y no alcanzan ni la mitad del potencial que les das tu a tus silbidos. Esas palabras siempre alteraban un poco a Arthur, se sentía mal (muy mal, de hecho) por poder silbar así. Pensaba que poseía un don que no merecía. Se avergonzaba de ello, así que durante un tiempo dejó completamente de silbar. Bueno, el tiempo justo que tardó Molly en descubrir todo este tema. Arthur sonrió al recordar las palabras de su esposa, "es cierto que tienes un don, Arthur, y es cierto que, posiblemente, no le vayas a dar a ese don la misma función que otras personas, pero eso es irrelevante. A ti te gusta silbar, así que puedes silbar. Y a mi me gusta oírte silbar, así que silba."

(En teoría debería hacer aquí algún comentario justificando.... eso de ahí arriba... Aunque en la practica... Pues ya lo veis. No tengo que hacerlo. Basta con poner un comentario sin sentido como este entre paréntesis para que lo leáis, se os olvide lo anterior y sigáis leyendo).

La habitación donde dormía Ron en la buhardilla de la casa estaba casi igual que el verano anterior: los mismos pósters del equipo de quidditch favorito de Ron, los Chudley Cannons, que daban vueltas y saludaban con la mano desde las paredes y el techo inclinado; y en la pecera del alféizar de la ventana, que antes contenía huevas de rana, había una rana enorme. Ya no estaba Scabbers, la vieja rata de Ron, pero su lugar lo ocupaba la pequeña lechuza gris que había llevado la carta de Ron a Privet Drive para entregársela a Harry. Daba saltos en una jaulita y gorjeaba como loca.

—¡Cállate, Pig! —le dijo Ron, abriéndose paso entre dos de las cuatro camas que apenas cabían en la habitación—. Fred y George duermen con nosotros porque Bill y Charlie ocupan su cuarto —le explicó a Harry—. Percy se queda la habitación toda para él porque tiene que trabajar.

—¿Por qué llamas Pig a la lechuza? —le preguntó —Harry a Ron.

—Porque es tonto —dijo Ginny—. Su verdadero nom­bre es Pigwidgeon.

—Sí, y ése no es un nombre tonto —contestó sarcástica­mente Ron—. Ginny lo bautizó. Le parece un nombre adora­ble. 

Muchos miraron a Harry divertidos por el nombre, pensando que miraban a Ginny, y este, por reflejo, se cubrió su inexistente cicatriz de rayo con el cabello de Ginny.

Yo intenté cambiarlo, pero era demasiado tarde: ya no responde a ningún otro. Así que ahora se ha quedado con Pig. Tengo que tenerlo aquí porque no gusta a Errol ni a Hermes. En realidad, a mí también me molesta.

Hermione sonrió. Ron siempre hablaba así pero tenía muy claro que, aunque no lo dijera, le tenía mucho aprecio a Pig.

Pigwidgeon revoloteaba veloz y alegremente por la jau­la, gorjeando de forma estridente. Harry conocía demasiado a Ron para tomar en serio sus palabras: siempre se había quejado de su vieja rata Scabbers, pero cuando creyó que Crookshanks, el gato de Hermione, se la había comido, se disgustó muchísimo.

—¿Dónde está Crookshanks? —preguntó Harry a Her­mione.

—Fuera, en el jardín, supongo. Le gusta perseguir a los gnomos; nunca los había visto.

—Pobres gnomos —se compadeció Ron.

—Entonces, ¿Percy está contento con el trabajo? —in­quirió Harry, sentándose en una de las camas y observando a los Chudley Cannons, que entraban y salían como balas de los pósters colgados en el techo.

—¿Contento? —dijo Ron con desagrado—. Creo que no habría vuelto a casa si mi padre no lo hubiera obligado. Está obsesionado. Pero no le menciones a su jefe. «Según el señor Crouch... Como le iba diciendo al señor Crouch... El señor Crouch opina... El señor Crouch me ha dicho...» Un día de éstos anunciarán su compromiso matrimonial.

Algunos rieron mientras, nuevamente, Percy se ruborizaba.

—¿Has pasado un buen verano, Harry? —quiso saber Hermione—. ¿Recibiste nuestros paquetes de comida y todo lo demás?

—Sí, muchas gracias —contestó Harry—. Esos pasteles me salvaron la vida.

—Casi literalmente —aseguró, por extraño que pueda parecerle a los lectores, Ginny. Aunque para todos en el Gran Comedor fue bastante natural que de la boca de Harry salieran esas palabras. Ginny estaba cogiéndole el tranquillo a todo esto.

—¿Y has tenido noticias de...? —comenzó Ron, pero se calló en respuesta a la mirada de Hermione.

Ginny suspiró. Ya estaban otra vez apartándola de todo.

Harry se dio cuenta de que Ron quería preguntarle por Sirius. Ron y Hermione se habían involucrado tanto en la fuga de Sirius que estaban casi tan preocupados por él como Harry. Sin embargo, no era prudente hablar de él delante de Ginny. 

—Por supuesto —murmuró Ginny para si misma algo molesta—. seguro que voy por ahí contándoselo a todo el mundo.

A excepción de ellos y del profesor Dumbledore, nadie sabía cómo había escapado Sirius ni creía en su ino­cencia.

—Creo que han dejado de discutir —dijo Hermione para disimular aquel instante de apuro, porque Ginny mi­raba con curiosidad tan pronto a Ron como a Harry—. ¿Qué tal si bajamos y ayudamos a vuestra madre con la cena?

—De acuerdo —aceptó Ron.

Los cuatro salieron de la habitación de Ron, bajaron la escalera y encontraron a la señora Weasley sola en la coci­na, con aspecto de enfado.

—Vamos a comer en el jardín —les dijo en cuanto en­traron—. Aquí no cabemos once personas. ¿Podríais sacar los platos, chicas? Bill y Charlie están colocando las mesas. Vosotros dos, llevad los cubiertos —les dijo a Ron y a Harry. Con más fuerza de la debida, apuntó con la varita a un mon­tón de patatas que había en el fregadero, y éstas salieron de sus mondas tan velozmente que fueron a dar en las paredes y el techo—. ¡Dios mío! —exclamó, apuntando con la varita al recogedor, que saltó de su lugar y empezó a moverse por el suelo recogiendo las patatas—. ¡Esos dos! —estalló de pron­to, mientras sacaba cazuelas del armario. Harry compren­dió que se refería a Fred y a George—. No sé qué va a ser de ellos, de verdad que no lo sé. No tienen ninguna ambición, a menos que se considere ambición dar tantos problemas como pueden.

—¡Claro que cuenta como ambición! —protestaron los gemelos, como si negar esa respuesta le quitase el sentido a su existencia.

Depositó ruidosamente en la mesa de la cocina una ca­zuela grande de cobre y comenzó a dar vueltas a la varita dentro de la cazuela. De la punta salía una salsa cremosa conforme iba removiendo.

—No es que no tengan cerebro —prosiguió irritada, mientras llevaba la cazuela a la cocina y encendía el fuego con otro toque de la varita—, pero lo desperdician, y si no cambian pronto, se van a ver metidos en problemas de verdad. He recibido más lechuzas de Hogwarts por causa de ellos que de todos los demás juntos. Si continúan así terminarán en el Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia.

La señora Weasley tocó con la varita el cajón de los cu­biertos, que se abrió de golpe. Harry y Ron se quitaron de en medio de un salto cuando algunos de los cuchillos salieron del cajón, atravesaron volando la cocina y se pusieron a cor­tar las patatas que el recogedor acababa de devolver al fre­gadero.

—No sé en qué nos equivocamos con ellos —dijo la seño­ra Weasley posando la varita y sacando más cazuelas—. Llevamos años así, una cosa detrás de otra, y no hay mane­ra de que entiendan... ¡OH, NO, OTRA VEZ!

Al coger la varita de la mesa, ésta lanzó un fuerte chilli­do y se convirtió en un ratón de goma gigante.

Fred y George tuvieron que contener la risa debido a la furiosa mirada de su madre.

—¡Otra de sus varitas falsas! —gritó—. ¿Cuántas veces les he dicho a esos dos que no las dejen por ahí?

Cogió su varita auténtica, y al darse la vuelta descubrió que la salsa humeaba en el fuego.

—Vamos —le dijo Ron a Harry apresuradamente, co­giendo un puñado de cubiertos del cajón—. Vamos a echar­les una mano a Bill y a Charlie.

Dejaron sola a la señora Weasley y salieron al patio por la puerta de atrás.

Apenas habían dado unos pasos cuando Crookshanks, el gato color canela y patizambo de Hermione, salió del jardín a toda velocidad con su cola de cepillo enhiesta y persiguien­do lo que parecía una patata con piernas llenas de barro. Harry recordó que aquello era un gnomo. Con su palmo de altura, golpeaba en el suelo con los pies como los palillos en un tambor mientras corría a través del patio, y se zambulló de cabeza en una de las botas de goma que había junto a la puerta. Harry oyó al gnomo riéndose a mandíbula batiente mientras Crookshanks metía la pata en la bota intentando atraparlo. Al mismo tiempo, desde el otro lado de la casa lle­gó un ruido como de choque. Comprendieron qué era lo que había causado el ruido cuando entraron en el jardín y vieron que Bill y Charlie blandían las varitas haciendo que dos me­sas viejas y destartaladas volaran a gran altura por encima del césped, chocando una contra otra e intentando hacerse retroceder mutuamente. Fred y George gritaban entusias­mados, Ginny se reía y Hermione rondaba por el seto, apa­rentemente dividida entre la diversión y la preocupación.

—¡Oh, Hermione, suéltate un poco! ¡No es malo disfrutar de vez en cuando! —le aseguró George.

La mesa de Bill se estrelló contra la de Charlie con un enorme estruendo y le rompió una de las patas. Se oyó entonces un traqueteo, y, al mirar todos hacia arriba, vieron a Percy asomando la cabeza por la ventana del segundo piso.

—¿Queréis hacer menos ruido? —gritó.

—Lo siento, Percy —se disculpó Bill con una risita—. ¿Cómo van los culos de los calderos?

—Muy mal —respondió Percy malhumorado, y volvió a cerrar la ventana dando un golpe.

—Pobres culos de los calderos —comentó Luna con aspecto triste. Su empatía alcanzaba a los objetos inanimados.

Riéndose por lo bajo, Bill y Charlie posaron las mesas en el césped, una pegada a la otra, y luego, con un toquecito de la varita mágica, Bill vol­vió a pegar la pata rota e hizo aparecer por arte de magia unos manteles.

A las siete de la tarde, las dos mesas crujían bajo el peso de un sinfín de platos que contenían la excelente comida de la señora Weasley, y los nueve Weasley, Harry y Hermione tomaban asiento para cenar bajo el cielo claro, de un azul intenso. Para alguien que había estado alimentándose todo el verano de tartas cada vez más pasadas, aquello era un pa­raíso, y al principio Harry escuchó más que habló mientras se servía empanada de pollo con jamón, patatas cocidas y en­salada.

—¿Después de esto han dicho que tocaba comer no? —preguntó Ron impaciente.

—Sí, glotón, si —le respondió Hermione entre divertida y exasperada.

Al otro extremo de la mesa, Percy ponía a su padre al corriente de todo lo relativo a su informe sobre el grosor de los calderos.

—Le he dicho al señor Crouch que lo tendrá listo el martes —explicaba Percy dándose aires—. Eso es algo antes de lo que él mismo esperaba, pero me gusta hacer las cosas aún mejor de lo que se espera de mí. Creo que me agradecerá que haya terminado antes de tiempo. Quiero de­cir que, como ahora hay tanto que hacer en nuestro departamento con todos los preparativos para los Mundiales, y la verdad es que no contamos con el apoyo que necesitaríamos del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos... Ludo Bagman...

—Ludo me cae muy bien —dijo el señor Weasley en un tono afable

—A nosotros no —comentaron los gemelos recordando, con cierta angustia, como habían sido estafados por Bagman.

—. Es el que nos ha conseguido las entradas para la Copa. Yo le hice un pequeño favor: su hermano, Otto, se vio metido en un aprieto a causa de una segadora con pode­res sobrenaturales, y arreglé todo el asunto...

—Desde luego, Bagman es una persona muy agradable —repuso Percy desdeñosamente—, pero no entiendo cómo pudo llegar a director de departamento. ¡Cuando lo compa­ro con el señor Crouch...! Desde luego, si se perdiera un miembro de nuestro departamento, el señor Crouch inten­taría averiguar qué ha sucedido. ¿Sabes que Bertha Jorkins lleva desaparecida ya más de un mes? Se fue a Albania de vacaciones y no ha vuelto...

Todos tragaron saliva. Sabían que había ocurrido con Bertha, y no era algo agradable de pensar.

—Sí, le he preguntado a Ludo —dijo el señor Weasley, frunciendo el entrecejo—. Dice que Bertha se ha perdido ya un montón de veces. Aunque, si fuera alguien de mi depar­tamento, me preocuparía...

—Por supuesto, Bertha es un caso perdido —siguió Percy—. Creo que se la han estado pasando de un departa­mento a otro durante años: da más problemas de los que resuelve. Pero, aun así, Ludo debería intentar encontrarla. 

Nadie quería decir nada sobre el tema.

El señor Crouch se ha interesado personalmente... Ya sa­bes que ella trabajó en otro tiempo en nuestro departamen­to, y creo que el señor Crouch le tiene estima. Pero Bagman no hace más que reírse y decir que ella seguramente inter­pretó mal el mapa y llegó hasta Australia en vez de Alba­nia. En fin —Percy lanzó un impresionante suspiro y bebió un largo trago de vino de saúco—, tenemos ya bastantes problemas en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional para que intentemos encontrar al personal de otros departamentos. Como sabes, hemos de organizar otro gran evento después de los Mundiales. —Se aclaró la garganta como para llamar la atención de todos, y miró al otro extremo de la mesa, donde estaban sentados Harry, Ron y Hermione, antes de continuar—: Ya sabes de qué hablo, papá —levantó ligeramente la voz—: el asunto ultrasecreto.

—¿Que asunto? —preguntó inmediatamente Lily, muerta de curiosidad.

—¿Que prisa tienes? —habló James imitando la voz de su esposa de forma algo exagerada—. ¡seguro que ahora lo explican!

—No van a hacerlo, James, por eso he preguntado.

—Ya lo veremos...

Ron puso cara de resignación y les susurró a Harry y a Hermione:

—Ha estado intentando que le preguntemos de qué se trata desde que empezó a trabajar. Seguramente es una ex­posición de calderos de culo delgado.

Muchos rieron otra vez mientras Percy realizaba, sin varita, un conjuro que le permitía tener la piel de la cara del mismo color que su pelo.

En el medio de la mesa, la señora Weasley discutía con Bill a propósito de su pendiente, que parecía ser una adqui­sición reciente.

—... con ese colmillazo horroroso ahí colgando... Pero ¿qué dicen en el banco?

—Mamá, en el banco a nadie le importa un comino lo que me ponga mientras ganen dinero conmigo —explicó Bill con paciencia.

—Y tu pelo da risa, cielo —dijo la señora Weasley, aca­riciando su varita—. Si me dejaras darle un corte...

—A mí me gusta —declaró Ginny, que estaba sentada al lado de Bill—. Tú estás muy anticuada, mamá. Además, no tienes más que mirar el pelo del profesor Dumbledore...

—¿Le ocurre algo a mi cabello? —preguntó el director mirando directamente a Harry.

—No, nada señor. Nada —se apresuró a contestar este.

Junto a la señora Weasley, Fred, George y Charlie ha­blaban animadamente sobre los Mundiales.

—Va a ganar Irlanda —pronosticó Charlie con la boca llena de patata—. En las semifinales le dieron una paliza a Perú.

—¡¿Quien ganó?! —preguntó James.

—Eso si que se va a responder luego —le aseguró su mujer usando, de forma exagerada también, el tono de voz que antes James había intentado imitar.

—Ya, pero Bulgaria tiene a Viktor Krum —repuso Fred.

—¿Quien es Viktor Krum? —preguntó James con curiosidad.

—Oh, un famoso jugador de quidditch que estaba coladito por Hermione —le explicó Fred.

—¡¿En serio?! —preguntó James sorprendido.

—Claro —aseguró Fred asintiendo con la cabeza—. Cuentanos, Hermione, ¿hasta donde llegaste con el?

Hermione enrojeció rápidamente y se negó a contestar mientras Ron, con algo de oculta curiosidad, fulminaba a su hermano con la mirada por decir todo esto solo para molestar.

—Krum es un buen jugador, pero Irlanda tiene siete es­tupendos jugadores —sentenció Charlie—. Ojalá Inglate­rra hubiera pasado a la final. Fue vergonzoso, eso es lo que fue.

—¿Que ocurrió? —preguntó James algo decaído por el hecho de que Inglaterra hubiera perdido de forma vergonzosa.

—¿Qué ocurrió? —preguntó interesado Harry, lamen­tando más que nunca su aislamiento del mundo mágico mientras estaba en Privet Drive. Harry era un apasionado del quidditch. Jugaba de buscador en el equipo de Gryffindor desde el primer curso, y tenía una Saeta de Fuego, una de las mejores escobas de carreras del mundo.

—Fue derrotada por Transilvania, por trescientos no­venta a diez —repuso Charlie con tristeza

—¡Trescientos noventa a diez! —lloriqueó James.

—. Una actuación terrorífica. Y Gales perdió frente a Uganda, y Escocia fue vapuleada por Luxemburgo.

Antes de que tomaran el postre, helado casero de fre­sas, el señor Weasley hizo aparecer mediante un conjuro unas velas para alumbrar el jardín, que se estaba quedando a oscuras, y para cuando terminaron, las polillas revolotea­ban sobre la mesa y el aire templado olía a césped y a ma­dreselva. 

(Una de las cosas increíbles de Harry Potter y que generalmente pasa desapercibida es que, en todo momento, sabemos que es exactamente lo que están comiendo los personajes. Es algo que a mi personalmente me encanta, ¡Gran trabajo Rowling!)

Harry había comido maravillosamente y se sentía en paz con el mundo mientras contemplaba a los gnomos que saltaban entre los rosales, riendo como locos y corrien­do delante de Crookshanks.

Ron observó con atención al resto de su familia para asegurarse de que estaban todos distraídos hablando y le preguntó a Harry en voz muy baja:

—¿Has tenido últimamente noticias de Sirius?

Hermione vigilaba a los demás mientras no se perdía palabra.

—Sí —dijo Harry también en voz baja—, dos veces. Pa­rece que está muy bien. Anteayer le escribí. Es probable que envíe la contestación mientras estamos aquí.

Recordó de pronto el motivo por el que había escrito a Sirius y, por un instante, estuvo a punto de contarles a Ron y a Hermione que la cicatriz le había vuelto a doler y el sue­ño que había tenido... pero no quiso preocuparlos precisa­mente en aquel momento en que él mismo se sentía tan tranquilo y feliz.

Ninguno de los dos le dijo nada, pero ambos estaban de acuerdo en que Harry debía contarles cualquier cosa, por pequeña que fuera, en el momento en el que le ocurriera.

—Mirad qué hora es —dijo de pronto la señora Weasley, consultando su reloj de pulsera—. Ya tendríais que estar to­dos en la cama, porque mañana os tendréis que levantar con el alba para llegar a la Copa. Harry, si me dejas la lista de la escuela, te puedo comprar las cosas mañana en el callejón Diagon. Voy a comprar las de todos los demás porque a lo mejor no queda tiempo después de la Copa. La última vez el partido duró cinco días.

—¡Jo! ¡Espero que esta vez sea igual! —dijo Harry entu­siasmado.

—Eso tiene que ser algo épico —dijo Ron, totalmente de acuerdo con su amigo.

—Eso decís ahora —intervinó Hermione—. Después de cinco horas seguidas incluso vosotros comenzaríais a aburriros, ¡así que ni hablemos de cinco días!

—Aguafiestas —le dijeron Ginny y Ron haciendo que esta les sacase la lengua y volviese a concentrarse en la lectura.

—Bueno, pues yo no —replicó Percy en tono moralis­ta—. Me horroriza pensar cómo estaría mi bandeja de asun­tos pendientes si faltara cinco días del trabajo.

—Desde luego, alguien podría volver a ponerte una caca de dragón, ¿eh, Percy? —dijo Fred.

—¡Era una muestra de fertilizante proveniente de No­ruega! —respondió Percy, poniéndose muy colorado—. ¡No era nada personal!

—Sí que lo era —le susurró Fred a Harry, cuando se le­vantaban de la mesa—. Se la enviamos nosotros.

Con unas risas generales y con otro Percy ruborizado terminó en capítulo.

—Bueno —dijo Dumbledore poniéndose en pie antes de que Tonks, que estaba leyendo, pudiera avisar de que había terminado el capítulo—. Ya es hora de comer.


¡Por fin es hora de comer! - Ron, 19XX

Bueno, aquí lo dejo por hoy. Os aviso de que, por motivos ya bastante obvios para todos, en vez de los sábados actualizaré los viernes (los fines de semana no se madruga así que puedo trasnochar sin mayor problema).

Y con eso y un bizcocho hasta el viernes muy pasadas las ocho.

Bye!