sábado, 30 de agosto de 2014

La Madriguera


Todos los personajes y las palabras en negrita pertenecen a J.K. Rowling.


LA MADRIGUERA

Yo lo haré —dijo Neville poniéndose en pie y corriendo hacia Charlie. Quería asegurarse cuanto antes de que Harry salía sano y salvo de aquella casa—. La Madrigera.

Todos los Weasley y Harry sonrieron ante la mención de la Madriguera.

—¡RON! —exclamó Harry, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con él a través de la reja—. Ron, ¿cómo has logrado…? ¿Qué…?

Harry se quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que veía. Ron sacaba la cabeza por la ventanilla trasera de un viejo coche de color azul turquesa que estaba detenido ¡ni más ni menos que en el aire!

Muchos dejaron salir gemidos impresionados.

—¡Eso tiene que ser increíble! —dijo James con los ojos muy abiertos—. Es cosa de Arthur, ¿Cierto?

El señor Weasley asintió con la cabeza, orgulloso de sí mismo mientras Molly, por extraño que parezca, también sonreía, orgullosa de su marido. Posiblemente fuese porque ese estúpido invento de Arthur estaba ayudando a salvar a Harry en ese momento.

Sonriendo a Harry desde los asientos delanteros, estaban Fred y George, los hermanos gemelos de Ron, que eran mayores que él.

Muchos sonrieron a los gemelos y James y Lily les agradecieron a ellos también por haber ido a ayudar a Harry.

—¿Todo bien, Harry?

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ron—. ¿Por qué no has contestado a mis cartas? Te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos días, y luego mi padre vino un día diciendo que te habían enviado un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.

—No fui yo. Pero ¿cómo se enteró?

—Trabaja en el Ministerio —contestó Ron—.

Arthur asintió, orgulloso de su trabajo.

Sabes que no podemos hacer ningún conjuro fuera del colegio.

—¡Tiene gracia que tú me lo digas! —repuso Harry, echando un vistazo al coche flotante.

—Bueno, es que el coche lo he hechizado yo, así que ellos no han incumplido nada —le dijo Arthur y Harry asintió mientras le sonreía.

—¡Oh, venga ya! ¿Es que solo vas a restregarme a mí que ya sabias las cosas cuanto te las explico? —bufó Sirius cruzándose de brazos.

Lily sonrió. Al parecer, por mucho que el aspecto de Sirius estuviese mucho más deteriorado su personalidad era, si no la misma, muy parecida.

—¡Esto no cuenta! —explicó Ron—. Sólo lo hemos cogido prestado. Es de mi padre, nosotros no lo hemos encantado. Pero hacer magia delante de esos muggles con los que vives…

—¡Ha sido el elfo! —se quejaron muchos.

—¡Se llama Dobby! —les recordó Hermione molesta.

—No he sido yo, ya te lo he dicho…, pero es demasiado largo para explicarlo ahora. Mira, puedes decir en Hogwarts que los Dursley me tienen encerrado y que no podré volver al colegio, y está claro que no puedo utilizar la magia para escapar de aquí, porque el ministro pensaría que es la segunda vez que utilizo conjuros en tres días, de forma que…

—¿En serio, hijo? ¿En serio creías que habían viajado hasta tu casa, te habían visto encerrado y se iban a largar dejándote ahí? —le preguntó James alzando una ceja y Harry meneó la cabeza algo incómodo.

—Bueno, cuando Lily te encerró en las jaulas de la lechucería y te encontré ahí tú no pensaste que fuera a ayudarte a salir —razonó Sirius.

—¡Venga ya, Canuto! ¡Es que no ibas a ayudarme a salir! ¿O es que no te acuerdas de cómo te reías de mí y me decías que me ibas a dejar ahí toda la noche?

—Bueno, pero de ahí a explotar la jaula haciendo que todas las lechuzas saliesen volando...

—Bueno, ¿Y que querías que hiciera?

—¿Alohomora?

—¡Oh, cállate! —bufó el azabache algo avergonzado.

—¿Y porque te encerró mama? —le preguntó Harry extrañado pasando por alto el hecho de que, inconscientemente, había llamado a Lily "Mama".

—Bueno —intentó explicarse Lily—. Es que tu padre había estado un poco... pesado esa semana.

—¿Pesado? —preguntó Remus alzando una ceja—. ¡Te había estado acosando las veinticuatro horas del día!

Harry miró a su padre extrañado.

—Tampoco exageres, Lunático —se quejó James.

—¿Exagerar? Te quedabas esperándola en la puerta del baño y, ¡Por Merlín! ¡Dormías delante de las escaleras de su cuarto en un saco de dormir! —replicó el licántropo.

Harry escuchaba a Remus con la boca ligeramente abierta.

—¿Va en serio? —preguntó dudoso.

—Es que... Bueno... Tu madre se negaba a aceptar sus más que obvios sentimientos por mí —intentó explicarse James—. Y bueno... Quería que tuviera siempre presente que tenía esos sentimientos.

—¡No los tenía! —se quejó Lily.

—Oh, vamos pelirroja, ahora hasta tenemos un hijo, reconócelo, estabas locamente enamorada de mí.

—¡No lo estaba! ¡No! ¡¿Cómo iba a enamorarme yo de un estúpido arrogante como tú? —bufó Lily.

James sonrió de manera traviesa y se acercó a besar a su mujer. Eso pilló a Lily por sorpresa y abrió mucho los ojos pero acabó cerrándolos y profundizando el beso.

—Sí, todo esto está muy bien pero... ¿Podrías quitarte de encima? —se quejó Harry incómodo. Como si no fuera lo suficientemente raro estar sentado entre sus difuntos padres, además de estar viendo como sus padres tenían sus respectivas lenguas en la boca del otro, tenía que tener a su padre pasando por encima suyo para llegar a su madre...

—Oh... —dijo James mientras sonreía pícaramente a su hijo y volvía a sentarse, dejando atrás a una Lily tan colorada que su pelo ya no parecía tan rojo.

—Sigue, Neville —le indicó Harry.

—Deja de decir tonterías —dijo Ron—. Hemos venido para llevarte a casa con nosotros.

Muchos sonrieron a los tres Weasley.

—Pero tampoco vosotros podéis utilizar la magia para sacarme…

—No la necesitamos —repuso Ron, señalando con la cabeza hacia los asientos delanteros y sonriendo—. Recuerda a quién he traído conmigo.

James contempló a los gemelos, tenían aire de bromistas pero, ¿En qué podía ayudar eso para sacar a Harry de su casa?

—Ata esto a la reja —dijo Fred, arrojándole un cabo de cuerda.

—Si los Dursley se despiertan, me matan —comentó Harry, atando la soga a uno de los barrotes. Fred aceleró el coche.

—No te preocupes —dijo Fred— y apártate.

Harry se retiró al fondo de la habitación, donde estaba Hedwig, que parecía haber comprendido que la situación era delicada y se mantenía inmóvil y en silencio.

—Hedwig es increíblemente inteligente —aseguró Harry orgulloso.

El coche aceleró más y más, y de pronto, con un sonoro crujido, la reja se desprendió limpiamente de la ventana mientras el coche salía volando hacia el cielo.

—¡Bien! —dijeron muchos algo preocupados aun y todo por la posibilidad de despertar a los Dursley.

Harry corrió a la ventana y vio que la reja había quedado colgando a sólo un metro del suelo. Entonces Ron fue recogiendo la cuerda hasta que tuvo la reja dentro del coche. Harry escuchó preocupado, pero no oyó ningún sonido que proviniera del dormitorio de los Dursley.

Muchos suspiraron aliviados.

Después de que Ron dejara la reja en el asiento trasero, a su lado, Fred dio marcha atrás para acercarse tanto como pudo a la ventana de Harry.

—Entra —dijo Ron.

—¡La Nimbus 2000! —les recordó Oliver alterado y muchos bufaron.

—Wood, la varita es más importante —le recordó Hermione.

—Tonterías, con una varita uno no juega al quidditch.

—Me cae bien ese chico —le dijo James a Harry sonriendo.

—Pero todas mis cosas de Hogwarts… Mi varita mágica, mi escoba…

—¿Dónde están?

—Guardadas bajo llave en la alacena de debajo de las escaleras. Y yo no puedo salir de la habitación.

—No te preocupes —dijo George desde el asiento del acompañante—. Quítate de ahí, Harry.
Fred y George entraron en la habitación de Harry trepando con cuidado por la ventana.

«Hay que reconocer que lo hacen muy bien», pensó Harry cuando George se sacó del bolsillo una horquilla del pelo para forzar la cerradura.

—¡Increíble! —exclamaron James y Sirius—. Tenemos que aprender a hacer eso.

Entonces, como si una manguera de agua helada les hubiera mojado enteros cayeron en la cuenta de algo. Cuando acabaran los libros dejarían de estar juntos. Ambos tragaron saliva y se sentaron sin mirarse a la cara.

Neville, comprendiendo la situación, se apresuró en continuar con la lectura. Claro que, antes de hacerlo echó un rápido vistazo al asiento que ocupaban sus padres, el cual, para su gran alivio, seguía ocupado.

—Muchos magos creen que es una pérdida de tiempo aprender estos trucos muggles —observó Fred—, pero nosotros opinamos que vale la pena adquirir estas habilidades, aunque sean un poco lentas.

—Y que lo digas —coincidió Sirius.

Molly, sintiendo que debería reñir a sus hijos por aprender cosas como esas, se limitó a fulminarles levemente con la mirada pues, al fin y al cabo, ese conocimiento había acabado sirviendo para algo.

Se oyó un ligero «clic» y la puerta se abrió.

—Genial —murmuraron muchos como si pensaran que si hacían ruido los Durleys despertarían (Idiotas...)

—Bueno, nosotros bajaremos a buscar tus cosas. Recoge todo lo que necesites de tu habitación y ve dándoselo a Ron por la ventana —susurró George.

—Tened cuidado con el último escalón, porque cruje —les susurró Harry mientras los gemelos se internaban en la oscuridad.

Harry fue cogiendo sus cosas de la habitación y se las pasaba a Ron a través de la ventana. Luego ayudó a Fred y a George a subir el baúl por las escaleras. Oyó toser al tío Vernon.

Muchos se alteraron momentáneamente.

Una vez en el rellano, llevaron el baúl a través de la habitación de Harry hasta la ventana abierta. Fred pasó al coche para ayudar a Ron a subir el baúl, mientras Harry y George lo empujaban desde la habitación. Centímetro a centímetro, el baúl fue deslizándose por la ventana.
Tío Vernon volvió a toser.

La gente se alteró más todavía, ¿Iba a despertar? ¿Podría Harry escapar?

—Un poco más —dijo jadeando Fred, que desde el coche tiraba del baúl—, empujad con fuerza…
Harry y George empujaron con los hombros, y el baúl terminó de pasar de la ventana al asiento trasero del coche.

—Estupendo, vámonos —dijo George en voz baja.

Pero al subir al alféizar de la ventana, Harry oyó un potente chillido detrás de él, seguido por la atronadora voz de tío Vernon.

—¡Te ibas a olvidar a Hedwig! —le recriminó Ginny—. ¡A saber que podrían hacerle los Dursley si te la llegas a dejar! ¡Como poco dejan que se muera de hambre!

Harry se sentía fatal por su lechuza, ella era mucho más importante que el resto de cosas que había metido en el coche.

—¡ESA MALDITA LECHUZA!

—¡Me olvidaba de Hedwig!

—¡Corre! —le urgieron muchos preocupados porque Vernon había despertado.

Harry cruzó a toda velocidad la habitación al tiempo que se encendía la luz del rellano. Cogió la jaula de Hedwig, volvió velozmente a la ventana, y se la pasó a Ron. Harry estaba subiendo al alféizar cuando tío Vernon aporreó la puerta, y ésta se abrió de par en par.

—Mier... Caca —escuchó Harry que se corregía su madre y sonrió al pensar que intentaba no decir nada indebido delante de él.

Durante una fracción de segundo, tío Vernon se quedó inmóvil en la puerta; luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, abalanzándose sobre Harry, lo agarró por un tobillo.

—MIERDA —rugió James, al que no le que Harry le escuchara decir cosas así.

Ron, Fred y George lo asieron a su vez por los brazos, y tiraban de él todo lo que podían.

—Vamos, vamos —les animaban en masa los alumnos de la escuela.

—¡Petunia! —bramó tío Vernon—. ¡Se escapa! ¡SE ESCAPA!

Pero los Weasley tiraron con más fuerza, y el tío Vernon tuvo que soltar la pierna de Harry. Tan pronto como éste se encontró dentro del coche y hubo cerrado la puerta con un portazo, gritó Ron:
—¡Fred, aprieta el acelerador!

Y el coche salió disparado en dirección a la luna.

—¡Sí! —exclamaron muchos felices de que Harry hubiese escapado por fin.

Harry no podía creérselo: estaba libre. Bajó la ventanilla y, con el aire azotándole los cabellos, volvió la vista para ver alejarse los tejados de Privet Drive. Tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban asomados a la ventana de Harry, alucinados.

Varios sonrieron imaginándose la escena.

—¡Hasta el próximo verano! —gritó Harry.

Algunos se permitieron soltar una risita.

Los Weasley se rieron a carcajadas, y Harry se recostó en el asiento, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Suelta a Hedwig —dijo a Ron— y que nos siga volando. Lleva un montón de tiempo sin poder estirar las alas.

Hermione miró a Ron impresionada.

—Y yo que siempre había pensado que tenías la capacidad emocional de un ladrillo —le dijo sonriendo antes de darle un abrazo.

Ron enrojeció instantáneamente y a su mente llegó un razonamiento estúpido digno de un mono: Preocuparse por los demás = Abrazo de Hermione. Definitivamente iba a aprender a ser más consciente de los sentimientos de los demás, ¡Todo sea por los abrazos de Hermione!

George le pasó la horquilla a Ron y, en un instante, Hedwig salía alborozada por la ventanilla y se quedaba planeando al lado del coche, como un fantasma.

—Entonces, Harry, ¿por qué…? —preguntó Ron impaciente—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Harry les explicó lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y el desastre del pudín de violetas. Cuando terminó, hubo un silencio prolongado.

—Muy sospechoso —dijo finalmente Fred.

—Me huele mal —corroboró George—. ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo?

—Dobby no podía, señor —le explicó Dobby a Fred (pensando que era George).

—Creo que no podía —dijo Harry—, ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared.

Vio que Fred y George se miraban.

—¿Creéis que me estaba mintiendo? —preguntó Harry.

—Bueno —repuso Fred—, tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos. Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts.

—Ahora sabemos que no, Dobby —le dijeron ambos sonriendo.

Una especie de broma. ¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti?

Algunos miraron a Malfoy sospechando.

—Oh, venga ya. Sé que es mucha casualidad que un elfo vaya a casa de Potter y haga eso y más todavía que el elfo sea mío pero yo no he hecho nada —aseguró el rubio.

Harry sonrió y no dijo nada, que la gente pensará lo que quisiera.

—Sí —respondieron Ron y Harry al unísono.

—Draco Malfoy —dijo Harry—. Me odia.

Lily miró a Malfoy de mala manera, dependiendo de lo que leyera en los libros tal vez tuviera que tener una buena charla con aquel chico y, viendo lo que pasó en el primer libro, las probabilidades indicaban que tendría que hacerlo.

James pensaba de diferente manera. Le parecía bueno que su hijo tuviera una especie de enemigo en Slytherin al que molestar y con el que batirse en duelo pero no le gustaba que fuera Malfoy. Y no tenía nada que ver con que Lucius fuera su padre, no, era por que Malfoy era un cobarde que reta a gente a un duelo pero luego no se digna a aparecer.

—¿Draco Malfoy? —dijo George, volviéndose—. ¿No es el hijo de Lucius Malfoy?

—Supongo que sí, porque no es un apellido muy común —contestó Harry—. ¿Por qué lo preguntas?

—He oído a mi padre hablar mucho de él —dijo George—. Fue un destacado partidario de Quien-tú-sabes.

—Y lo es —aseguro Harry en voz alta haciendo que Malfoy se encogiera en su asiento, incomodo.

—Y cuando desapareció Quien-tú-sabes —dijo Fred, estirando el cuello para hablar con Harry—, Lucius Malfoy regresó negándolo todo. Mentiras… Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.

—Y tenía razón —dijo Arthur mirando a su esposa.

—Nunca lo he negado, cariño —se explicó Molly—. Es solo que no me gusta que te involucres con él, es una familia peligrosa.

Muchos en la sala asintieron y Draco se dio cuenta de que, siendo el el heredero de los Malfoy, no quería que todos a su alrededor pensaran así de su familia cuando el creciera. En estos tres días ya había conseguido más que suficientes motivos para querer cambiar, y mucho.

Harry ya había oído estos rumores sobre la familia de Malfoy, y no le habían sorprendido en absoluto. En comparación con Malfoy, Dudley Dursley era un muchacho bondadoso, amable y sensible.

—Exagerado —se quejó Draco para sorpresa de muchos.

—¿Qué no te gusta que te consideren un odioso repelente? —le dijo Astoria fingiendo sorpresa.

—¿Qué no te gusta a ti fingir que no te gusto cuando sé que lo hago? —replicó Draco imitando su expresión.

—¡Ja! Sigue soñando, Malfoy.

Entonces, repentinamente, la piel Draco adquirió un potente tono rojizo que destacaba mucho pues su piel era muy pálida. Draco estaba recordando las imágenes que le habían rondado por la cabeza hacia dos noches.

Astoria vio como Malfoy se sonrojaba y abrió mucho los ojos, ¿Significaba eso que Malfoy sí que había soñado con ella? Ahora enrojeció ella también y ella, como el, también era de piel pálida así que la situación resultaba bastante graciosa.

Neville, viendo la incomodidad de ambos y como era una buena persona, ignoró el hecho de que Malfoy había sido más que desagradable con él y decidió sacarle del apuro continuando con la lectura.

—No sé si los Malfoy poseerán un elfo —dijo Harry.

—Tenemos tres —le aseguró Malfoy, ya no tan orgulloso de ello como antes.

—Bueno, sea quien sea, tiene que tratarse de una familia de magos de larga tradición, y tienen que ser ricos —observó Fred.

—Sí, mamá siempre está diciendo que querría tener un elfo doméstico que le planchase la ropa —dijo George—. Pero lo único que tenemos es un espíritu asqueroso y malvado en el ático, y el jardín lleno de gnomos. Los elfos domésticos están en grandes casas solariegas y en castillos y lugares así, y no en casas como la nuestra.

Todos los Weasley se giraron hacia Malfoy, esperando algún comentario insultante por su parte pero le vieron callado, sin percatarse de que tenía que haber dicho algo. Así que, algo extrañados, siguieron prestando atención a la lectura.

Harry estaba callado. A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía de estar forrada de oro mágico. Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión. También parecía encajar con el tipo de cosas que Malfoy podría hacer, el enviar a un criado para que impidiera que Harry volviese a Hogwarts.

Malfoy reconoció que, en esa época, de habérsele ocurrido lo habría intentado.

¿Había sido un estúpido al dar crédito a Dobby?

Harry se disculpó con Dobby por haber dudado de sus intenciones.

—De cualquier manera, estoy muy contento de que hayamos podido rescatarte —dijo Ron—. Me estaba preocupando que no respondieras a mis cartas. Al principio le echaba la culpa a Errol…

—¿Quién es Errol?

—Nuestra lechuza macho. Pero está viejo. No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega. Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes…

—¿Quién?

—La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto —dijo Fred desde el asiento delantero.

—Pero Percy no me la quiso dejar —añadió Ron—. Dijo que la necesitaba él.

Harry sonrió a Percy pícaramente, recordando para que la "necesitaba" y este enrojeció al más puro estilo Weasley. ¿La razón? Pues que después de la disculpa había vuelto a ser un Weasley como Merlín manda, con sonrojos incluidos.

—Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara —dijo George, frunciendo el entrecejo—. Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación… No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto. Te estás desviando hacia el oeste, Fred —añadió, señalando un indicador en el salpicadero. Fred giró el volante.

—¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? —preguntó Harry, adivinando la respuesta.

—Esto…, no —contestó Ron—, esta noche tenía que trabajar. Espero que podamos dejarlo en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado.

—¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia?

—Trabaja en el departamento más aburrido —contestó Ron—: la Oficina Contra el Uso Indebido de Artefactos Muggles.

—¡No es aburrido! —se quejó Arthur y todos los Weasley rodaron los ojos.

—¿El qué?

—Se trata de cosas que han sido fabricadas por los muggles pero que alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario. Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas.

—¿Qué ocurrió?

—Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz.

Muchos comenzaron a reír ruidosamente.

—¡No es gracioso! —aseguró Arthur recordando lo que le había costado arreglar esa situación.

Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada.

—Pero vuestro padre…, este coche…

Fred se rió.

—Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo.

Algunos rieron mientras Remus, Lily, Molly y Hermione negaban con la cabeza.

A nuestra madre la saca de quicio.

—Ahí está la carretera principal —dijo George, mirando hacia abajo a través del parabrisas—. Llegaremos dentro de diez minutos… Menos mal, porque se está haciendo de día.

Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este.

Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harry vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.

—Vivimos un poco apartados del pueblo —explicó George—. En Ottery Saint Catchpole.
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.

—¡Aterrizamos! —exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo. Aterrizaron junto a un garaje en ruinas en un pequeño corral, y Harry vio por vez primera la casa de Ron.

Los Weasley se removieron incómodos, esperando una descripción y una valoración de su hogar.

Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Harry sospechó que así era probablemente. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado. Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.

—No es gran cosa.

—Es una maravilla —repuso Harry, contento, acordándose de Privet Drive.

Los Weasley le sonrieron satisfechos.

Salieron del coche.

—Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido —advirtió Fred—, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. Entonces tú, Ron, bajarás las escaleras dando saltos y diciendo: «¡Mamá, mira quién ha llegado esta noche!» Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche.

—¿En serio, Fred? Luego me dices a mí que no se inventar excusas —se quejó Harry mientras el mencionado enrojecía.

—Bueno, ¿Qué quieres? no había dormido y después de toda la tensión de haberte sacado de allí mi mente no daba para mucho más —intentó excusarse el pelirrojo.

Harry negó con la cabeza.

—Esa excusa también es cutre —le aseguró—. Intenta mejorar para la próxima vez.

Fred le sacó la lengua mientras George se reía de él.

—Bien —dijo Ron—. Vamos, Harry, yo duermo en el…

De repente, Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa. Los otros tres se dieron la vuelta.

La señora Weasley iba por el corral espantando a las gallinas, y para tratarse de una mujer pequeña, rolliza y de rostro bondadoso, era sorprendente lo que podía parecerse a un tigre de enormes colmillos.

Todos los Weasley asintieron y Molly enrojeció de manera furiosa, tal vez no tuviese sangre Weasley pero en ese aspecto tenía el apellido más que merecido.

—¡Ah! —musitó Fred.

—¡Dios mío! —exclamó George.

La señora Weasley se paró delante de ellos, con las manos en las caderas, y paseó la mirada de uno a otro. Llevaba un delantal estampado de cuyo bolsillo sobresalía una varita mágica.

—Así que… —dijo.

—Buenos días, mamá —saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.

—Que no lo es para nada —le aseguró su hermano gemelo.

—Bueno, que sepas que lo que consideras tú una buena voz para el canto tampoco lo es —replicó Geroge algo molesto.

—Oye, no te metas con mi voz. Además, ¿Recuerdas cuando te dije que hacías bien la pirueta de Amroski? Era mentira, parecías un idiota dando vueltas en su escoba.

—¿A, si? ¡Pues...

—¡YA! —les cortó su madre y ambos pararon de discutir instantáneamente.

—Nunca les había visto discutir —le aseguró Harry a Ron.

—Eso es porque no vives con ellos —le explicó—. Son inseparables pero hasta ellos tienen diferencias, aunque no tienen tantas físicamente como le gustaría a mama.

—¿Tenéis idea de lo preocupada que he estado? —preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.

—Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que…

Aunque los tres hijos de la señora Weasley eran más altos que su madre, se amilanaron cuando descargó su ira sobre ellos.

Molly sonrió satisfecha.

—¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! El coche no estaba…, podíais haber tenido un accidente… Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?… Nunca, en toda mi vida… Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre,

—Lo siento chicos. Habiendo leído lo que he leído me alegro mucho de que hayáis ido —aseguró Molly a sus hijos.

un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy…

—Percy, el prefecto perfecto —murmuró Fred.

—¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! —gritó la señora Weasley, dándole golpecitos en el pecho con el dedo—. Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien, y vuestro padre haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa…

Los gemelos y Ron tragaron saliva nerviosamente.

—No os preocupéis —les tranquilizó Arthur—. Mejor yo sin trabajo que Harry muerto por inanición.
Harry, James y Lily le sonrieron a Arthur agradecidos.

Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley enronqueció de tanto gritar y luego se plantó delante de Harry, que retrocedió asustado.

—Me alegro de verte, Harry, cielo —dijo—. Pasa a desayunar.

Lily le sonrió a Molly tiernamente.

—Gracias por todo, señora Weasley —agradeció Lily de corazón—. No solo por esto sino por todo lo que ha hecho por nuestro hijo, le estamos a usted y a su familia más que agradecidos.

—No le des importancia, querida —dijo Molly algo ruborizada—. Y llámame Molly.

—Por supuesto, Molly, pero gracias aun y todo.

La señora Weasley se encaminó hacia la casa y Harry la siguió, después de dirigir una mirada azorada a Ron, que le respondió animándolo con un gesto de la cabeza.

La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, con sillas alrededor. Harry se sentó tímidamente, mirando a todas partes. Era la primera vez que estaba en la casa de un mago.

Hermione le sonrió a Harry recordando que ella se había sentido igual la primera vez que fue.

El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando».

Muchos abrieron mucho los ojos, emocionados por el increíble reloj.

—Impresionante —dijo Lily mirando impresionada a una Molly que sonreía abiertamente.

Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como La elaboración de queso mediante la magia, El encantamiento en la repostería o Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto. Y, a menos que Harry hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa «La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck».

Molly se emocionó levemente al escuchar el nombre de su cantante favorita mientras el resto de los Weasley suspiraban, más que hartos de esa Celestina.

La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos. De vez en cuando murmuraba: «cómo se os pudo ocurrir» o «nunca lo hubiera creído».

Molly se disculpó nuevamente con sus hijos, ahora que sabía toda la historia veía todo de un modo muy distinto.

—Tú no tienes la culpa, cielo —aseguró a Harry, echándole en el plato ocho o nueve salchichas—. Arthur y yo también hemos estado muy preocupados por ti. Anoche mismo estuvimos comentando que si Ron seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí. Pero —dijo mientras le servía tres huevos fritos— cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley…

—Hay tiene un punto—coincidió Remus—. Pero sigo pensando que ir a sacarle cuanto antes era lo mejor que podías haber hecho.

Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.

—Sí, ya sé que para vosotros es lo más normal del mundo, callaos —dijo Harry antes de que nadie abriese la boca.

James sonrió pícaramente a Lily, como si la poca paciencia de su hijo fuera culpa suya.

—¡Estaba nublado, mamá! —dijo Fred.

—¡No hables mientras comes! —le interrumpió la señora Weasley.

—¡Lo estaban matando de hambre, mamá! —dijo George.

Molly bajó la cabeza, avergonzada por no haber escuchado a su hijo.

—¡Cállate tú también! —atajó la señora Weasley, pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan para Harry y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.

En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba puesto un largo camisón y que, dando un grito, se volvió corriendo.

Ginny se ruborizó completamente. Harry no entendía por qué el recuerdo de esa Ginny de once años le parecía algo tan adorable.

—Es Ginny —dijo Ron a Harry en voz baja—, mi hermana. Se ha pasado el verano hablando de ti.

Michael fulminó a Harry con la mirada, como si el que Ginny hubiese dejado de salir con el fuese por su culpa mientras Ginny pegaba a su hermano por hablar de mas.

—Sí, debe de estar esperando que le firmes un autógrafo, Harry —dijo Fred con una sonrisa,

Ginny no llegaba a pegar a Fred así que le fulminó con la mirada.

pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más. No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.

—Estoy que reviento —dijo Fred, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Creo que me iré a la cama y…

Molly sonrió tristemente, sabiendo que no les iba a dejar dormir.

—De eso nada —interrumpió la señora Weasley—. Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya. Así que ahora vete a desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar.

—Pero, mamá…

—Y vosotros dos, id con él —dijo ella, mirando a Ron y George—. Tú sí puedes irte a la cama, cielo —dijo a Harry—. Tú no les pediste que te llevaran volando en ese maldito coche.

Pero Harry, que no tenía nada de sueño, dijo con presteza:

—Ayudaré a Ron, nunca he presenciado una desgnomización.

Lily y James sonrieron a su hijo, orgullosos de su comportamiento.

—Eres muy amable, cielo, pero es un trabajo aburrido —dijo la señora Weasley—. Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular.

Muchos bufaron ante la mención de Lockhart.

—Ese estúpido... —bufó Hermione.

—¡Oh, tu calla! Cualquiera diría que estuviste enamorada de el ese año —dijo Ron molesto.

—E-enamorarme... ¿De el?... Que cosas tienes, Ron... —dijo Hermione desviando la mirada del pelirrojo, algo incomoda.

Ron bufó.

Lavender y Parvati se miraron sonriendo. Al parecer era normal en ellas enamorarse de un profesor, aunque en su caso no fue Lockhart, sino Lupin.

Y cogió un pesado volumen de la repisa de la chimenea. George se quejó.

—Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín.

—Al menos más que el —masculló Ron.

Harry echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras «Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar». Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos. Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Harry supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.

Se escucharon algunos suspiros por la sala, cuando algunas recordaron a Lockhart. Harry sonrió con ganas cuando vio que Cho más que suspirar puso cara de asco.

—Es muy bueno —dijo ella—, conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo…

—Oh, ¿Qué va a conocer ese idiota? —bufó Ron irritado—. Ya no se acuerda ni de su nombre.

Harry camufló una pequeña carcajada, era algo cruel reírse de alguien que había perdido la memoria pero era más cruel que Lockhart hubiese desmemorizado a verdaderos héroes para quedarse con sus hazañas. De hecho, si él no hubiese perdido la memoria la habrían perdido Ron y el, así que, ¿Por que no reírse?

—A mamá le gusta —dijo Fred, en voz baja pero bastante audible.

Arthur se removió en su asiento algo molesto mientras Molly se ruborizaba.

—Bueno —dijo Hermione alegremente—. Después de leer este libro todos le odiaran.

Muchos se miraron entre sí extrañados. Una cosa era que todos consiguieran pensar que era desagradable, ¿Pero odiarle? ¿Es que había hecho algo malo?

—No digas tonterías, Fred —dijo la señora Weasley, ruborizándose—. Muy bien, si crees que sabes más que Lockhart, ponte ya a ello; pero ¡ay de ti si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga!

Malfoy sonreía con suficiencia. Si algo no iba a cambiar es que odiaba el trabajo duro y él nunca había hecho algo como desgnomizar, sonaba agotador y aburrido.

Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por Harry. El jardín era grande y a Harry le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín. A los Dursley no les habría gustado; estaba lleno de maleza y el césped necesitaba un recorte, pero había árboles de tronco nudoso junto a los muros, y en los arriates, plantas exuberantes que Harry no había visto nunca, y un gran estanque de agua verde lleno de ranas.

Los Weasley sonrieron con el recuerdo de su jardín, a ellos les encantaba.

—Los muggles también tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes? —dijo Harry a Ron mientras atravesaban el césped.

—Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos —dijo Ron, inclinándose sobre una mata de peonías—. Como una especie de papás Noel gorditos con cañas de pescar…

Algunos rieron levemente imaginándose esos gnomos.

Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó, diciendo en tono grave:

—Esto es un gnomo.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba el gnomo.

Desde luego, no se parecía a papá Noel: era pequeño y de piel curtida, con una cabeza grande y huesuda, parecida a una patata.

Algunos rieron mientras otros asentían, así eran exactamente los gnomos.

Ron lo sujetó con el brazo estirado, mientras el gnomo le daba patadas con sus fuertes piececitos. Ron lo cogió por los tobillos y lo puso cabeza abajo.

—Esto es lo que tienes que hacer —explicó. Levantó al gnomo en lo alto («¡suéltame!», decía éste) y comenzó a voltearlo como si fuera un lazo. Viendo el espanto en el rostro de Harry, Ron añadió—: No les duele. Pero los tienes que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera.

Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.

—¡De pena! —dijo Fred—. ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón?

Malfoy se sorprendió a si mismo pensando que tal vez fuese divertido desgnomizar un jardín. Intentó desechar esos pensamientos pero la imagen de él lanzando un gnomo mucho más lejos que los demás y una Astoria mirándole impresionada se le había grabado en la cabeza.

Harry aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y decidió lanzar al otro lado del seto al primer gnomo que capturase, pero éste, percibiendo su indecisión, le hundió sus afiladísimos dientes en un dedo, y le costó mucho trabajo sacudírselo…

—Caramba, Harry…, eso habrán sido casi veinte metros…

James palmeó la espalda de su hijo satisfecho. No es que él hubiese desgnomizado nunca pero viendo que Ron lo lanzó siete metros y su hijo casi veinte podía estar orgulloso.

Pronto el aire se llenó de gnomos volando.

Malfoy tragó saliva, cada vez le parecía más interesante desgonmizar un jardín. Aun así dudaba que aun pidiéndoselo a sus padres le dejaran hacer algo así. No, nunca le dejarían hacer nada que fuese de "clase baja".

—Ya ves que no son muy listos —observó George, cogiendo cinco o seis gnomos a la vez—. En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear. Ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio.

Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.

—Volverán —dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo—. Les gusta este sitio… Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos…

Molly fulminó a Arthur con la mirada, algo molesta pero no enfadada. Ella sabía que Arthur era muy bondadoso y amaba también esa parte del solo que muchas veces resultaba algo agobiante.

En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.

—¡Ya ha llegado! —dijo George—. ¡Papá está en casa!

Y fueron corriendo a su encuentro.

Arthur sonrió contento al ver como se emocionaban por su llegada y corrían hacia él mientras James se preguntaba que de haber criado a Harry este haría lo mismo cuando el volviera del trabajo.

El señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos. Llevaba una larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar.

Arthur movió levemente la cabeza, aceptando su descripción. Podía haber sido peor.

—¡Qué noche! —farfulló, cogiendo la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor—. Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda.

Moody gruñó, nunca le había agradado Mundungus.

El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.

—¿Encontraste algo, papá? —preguntó Fred con interés.

—Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde —respondió el señor Weasley en un bostezo—. Han ocurrido, sin embargo, algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios.

—¿Para qué sirve que unas llaves encojan? —preguntó George.

—Para atormentar a los muggles —suspiró el señor Weasley—. Se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan…

Incluso James y Sirius pensaban que eso no debería hacerse. ¿Y si llegaran a necesitar las llaves para algo importante?. Una faena como esa en un momento de necesidad podía causar algo grave. (Esto prueba que algo han madurado un poco desde que salieron de Hogwarts, ahora tienen algo de conciencia xD)

Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún muggle quiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Jesús! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos… Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar…

—¿COMO COCHES, POR EJEMPLO?

A Molly seguía sin gustarle el coche volador pero aceptaba que había sido útil en esa ocasión.

La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.

—¿Co-coches, Molly, cielo?

Molly negó con la cabeza, su marido nunca había sido bueno ocultando cosas, aunque bueno, eso facilitaba las cosas para ella.

—Sí, Arthur, coches —dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole—. Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele.

Bill y Charlie sonrieron divertidos imaginando la reacción de su padre.

El señor Weasley parpadeó.

—Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer… Verás, existe una laguna jurídica… siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí…

—¡Tu inventaste esa maldita ley para tu propio beneficio! —le recriminó su mujer y Arthur bajó la cabeza avergonzado mientras algunos reían discretamente.

—¡Señor Weasley, ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica cuando usted redactó esa ley! —gritó la señora Weasley—. ¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches muggles que tienes en el cobertizo! ¡Y, para que lo sepas, Harry ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste!

—¿Harry? —dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender—. ¿Qué Harry?

—¿Qué otro Harry iba a ser? —le preguntó Harry a Ron acusadoramente—. ¿Te ves con otro Harry a mis espaldas? Y yo que pensaba que no eras de esos...

—¡¿Qué?! No, Harry, eso es mentira. Tú eres el único Harry para mí —le aseguró el pelirrojo.

—¿En serio soy tu único Harry?

—En serio eres mi único Harry. No podría tener otro Harry que no seas tú.

—Me alegro de ser tu único Harry.

(N.A: SI ES OS PARECE DEMASIADO ABSURDO IGNORARLO PERO DEJADME TENER PEQUEÑOS MOMENTOS DE DIVERSIÓN xD)

Al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó.

—¡Dios mío! ¿Es Harry Potter? Encantado de conocerte. Ron nos ha hablado mucho de ti…

—¿Ves cómo eres mi único Harry? —le dijo Ron a Harry y este asintió con la cabeza mientras Hermione rodaba los ojos y algunos reían por lo absurdo de la situación.

(N.A: Ok, ya paro xD)

—¡Esta noche, tus hijos han ido volando en el coche hasta la casa de Harry y han vuelto! —gritó la señora Weasley—. ¿No tienes nada que comentar al respecto?

Los gemelos, Ron y Harry se miraron sonriendo, recordando lo que dijo Arthur.

—¿Es verdad que hicisteis eso? —preguntó el señor Weasley, nervioso—. ¿Fue bien la cosa?

Muchos rieron mientras Lily y Molly negaban con la cabeza divertidas.

Qui-quiero decir —titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos—, que eso ha estado muy mal, muchachos, pero que muy mal…

—Dejémosles que lo arreglen entre ellos —dijo Ron a Harry en voz baja, al ver que su madre estaba a punto de estallar—. Venga, quiero enseñarte mi habitación.

Salieron sigilosamente de la cocina y, siguiendo un estrecho pasadizo, llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag. En el tercer rellano había una puerta entornada. Antes de que se cerrara de un golpe, Harry pudo ver un instante un par de ojos castaños que estaban espiando.

Ginny volvió a ruborizarse y se removió en su asiento, intentando incitar al asiento para que se la tragase.

—Ginny —dijo Ron—. No sabes lo raro que es que se muestre así de tímida. Normalmente nunca se esconde.

James sonrió pícaramente, intuyendo que Ginny estaba enamorada de Harry.

Subieron dos tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía «Habitación de Ronald».

Hermione se sonrojó levemente de manera inconsciente. Como si en ese momento estuviese a punto de entrar de verdad en la habitación de Ron.

Cuando Harry entró, con la cabeza casi tocando el techo inclinado, tuvo que cerrar un instante los ojos. Le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres iguales en que se veía a un grupo de siete magos y brujas que llevaban túnicas de color naranja brillante, sostenían escobas en la mano y saludaban con entusiasmo.

—¿Tu equipo de quidditch favorito? —le preguntó Harry.

—Los Chudley Cannons —confirmó Ron,

—¿En serio, Ron? ¿Los Chudley Cannons? —le preguntó Sirius alzando una ceja—. ¡Si lo único bueno que tienen es el guardián! ¿Y de que les sirve?

—Oh, tu cállate Sirius, que eres de las Arpías de Holyhead solo porque son todo chicas —le recriminó James negando con la cabeza.

—Bueno, así cuando voy a los partidos no me deprimo aun que pierdan, siempre vuelvo a casa habiendo visto un buen espectáculo —dijo de manera picara haciendo que Remus negara con la cabeza y Lily rodara los ojos diciendo "Sirius...".

señalando la colcha naranja, en la que había estampadas dos letras «C» gigantes y una bala de cañón saliendo disparada—. Van novenos en la liga.

—¿Novenos? —preguntó James impresionado—. En mis tiempo nunca han llegado ni a acercarse al décimo puesto.

—Es cierto —corroboró Lily—. Siempre quedan últimos o, como mucho, penúltimos.

Harry miró a su madre extrañado.

—¿Te gusta el quidditch?

Lily soltó una pequeña carcajada.

—Recuerda con quien me he casado. Si no me gustaba antes de salir con él me tuvo que empezar a gustar después, aunque fuese solo por la emoción con la que hablaba James sobre él.

James sonrió satisfecho, había hecho un buen trabajo con ella (Básicamente insistir).

Ron tenía los libros de magia del colegio amontonados desordenadamente en un rincón, junto a una pila de cómics que parecían pertenecer todos a la serie Las aventuras de Martin Miggs, el «muggle» loco. Su varita mágica estaba en el alféizar de la ventana, encima de una pecera llena de huevos de rana y al lado de Scabbers, la gorda rata gris de Ron, que dormitaba en la parte donde daba el sol.

Los que sabían la verdadera identidad de Scabber se pusieron palidos, no sabían que hacer o decir ahora que Lily y James estaban delante.

—Hablando de ratas, ¿Es que no pensáis decir donde esta Colagusano? —preguntó James.

—Ya lo sabrás —dijo Harry desviando la mirada de su padre.

—¿Le ha pasado algo malo? ¿Debería preocuparme?

—Nah, todavía no le ha pasado nada demasiado malo —le dijo Sirius intentando ocultar las ganas que tenía de que le pasase algo malo y de ser el el culpable.

Harry echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. Abajo, en el campo, podía ver un grupo de gnomos que volvían a entrar de uno en uno, a hurtadillas, en el jardín de los Weasley a través del seto. Luego se volvió hacia Ron, que lo miraba con impaciencia, esperando que Harry emitiera su opinión.

—Harry, demonios, deja de ser tan perspicaz —gruñó Ron avergonzado.

—Es un poco pequeña —se apresuró a decir Ron—, a diferencia de la habitación que tenías en casa de los muggles. Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo…

Pero Harry le dijo con una amplia sonrisa:

—Es la mejor casa que he visto nunca.

Todos los Weasley se ruborizaron y sonrieron a Harry.

Ron se ruborizó hasta las orejas.

—Aquí acaba —dijo Neville sonriendo tranquilamente mientras alzaba el libro, esperando a que alguien se levantara para leer.

—Yo leeré ahora —dijo Luna mientras caminaba dando saltitos hasta Neville, cogió el libro de sus manos le dedicó una adorable sonrisa y comenzó a leer con voz soñadora—. En Flourish y Botts.


viernes, 29 de agosto de 2014

La advertencia de Dobby


Todos los personajes y las palabras en negrita pertenecen a J.K. Rowling.


LA ADVERTENCIA DE DOBBY

—Yo leeré —dijo Charlie mientras avanzaba rápidamente hasta Dumbledore, deseoso de saber cuánto antes que había en la cama de Harry—. La advertencia de Dobby.

—¿Dobby? —preguntó Malfoy extrañado— ¿De que conoces a nuestro antiguo elfo?

Antes de que nadie tuviese tiempo para contestar sonó un "Crack" y un pequeño ser apareció enfrente de Harry. Este lo reconoció al instante, era Dobby.

—Hola Harry Potter, señor —dijo el pequeño elfo domestico mirando a Harry con esos exageradamente grandes ojos que denotaban admiración.

—Hola, Dobby —saludó el azabache con una sonrisa—. ¿Qué haces aquí?

—Han pedido a Dobby que escuche como leen un libro, señor —explicó Dobby mientras se giraba hacia Charlie, que tenía el libro en las manos.

—¿Y piensas quedarte de pie? Ven, siéntate aquí —le dijo Harry mientras abría las piernas, dejándole un hueco entre ellas mientras muchos le miraban sorprendidos.

Dobby tardó unos segundos en reaccionar.

—Claro, Harry Potter, señor. Dobby a veces olvida hasta donde llega su grandeza —dijo Dobby emocionado mientras se sentaba en el hueco que Harry había dejado para él.

Todos miraban como Harry se comportaba con el elfo muy sorprendidos. Harry vio como Hermione, sus padres y varias personas más le sonreían.

—¿Qué haces con Potter, Dobby? —preguntó Malfoy algo molesto.

—A Dobby le agrada Harry Potter —contestó el pequeño elfo haciendo un gran esfuerzo para luchar contra sus antiguas costumbres y contenerse de llamar a Malfoy "señor".

Malfoy fulminó a Harry con la mirada pero no dijo nada. Ese silencio hizo sonreír a Astoria, dándose cuenta de que Malfoy intentaba ser menos desagradable.

—¿Empezamos? —preguntó Charlie.

—No —dijo Lily y todos se giraron hacia ella. Lily se limitó a mirar a James recordándole con la mirada que había prometido hacer las paces con Snape cuando acabara el capítulo anterior.

—Está bien, está bien —dijo James mientras se levantaba y caminaba hasta la mesa de los profesores.

Caminó sin prisa, con las manos en los bolsillos y con una pequeña sonrisa ladeada. Desbordaba confianza en sí mismo y eso normalmente intimidaba o provocaba admiraciones en la gente pero nada de eso pasaba con Snape. En cuanto James se colocó enfrente del este se levantó y preguntó de manera mordaz:

—¿Qué quieres, Potter?

James suspiró, esto no iba a ser nada fácil.

—Lily quiere que nos disculpemos y dejemos atrás nuestro odio —explicó sin ganas—. Y, la verdad, ahora mismo estoy bastante enfadado contigo como para disculparme.

Snape guardó silencio.

—¡Oh, vamos, Snivellus! ¿Es que ni siquiera vas a decirme que tú tampoco quieres disculparte? —bufó James y Snape siguió sin decir nada—. Está bien, está bien. Tengo una idea.

—¿Qué propones? —preguntó Snape frunciendo el ceño.

James sonrió de manera traviesa.

—Yo no quiero tener que disculparme contigo y sé que tú tampoco —dijo mencionando lo obvio—. Tengamos un duelo.

—¿Qué? —preguntó el profesor de pociones extrañado.

—Ya sabes, como en los viejos tiempos, tú contra mí. El que pierda se disculpa.

—¡JAMES! Eso no es lo que tienes que hacer —le dijo Lily cabreada.

—No importa —aseguró Snape con una maliciosa sonrisa—. Está bien, hagámoslo.

Un "Ooh" recorrió el comedor y los murmullos comenzaron. El profesor de pociones y el padre de Harry iban a batirse en duelo. Los profesores miraron al director, esperando que este cortara esta estupidez pero Dumbledore lucia especialmente divertido.

—Bien, bien, me parece una idea estupenda. ¿Podríais todos levantaros de vuestros asientos y acercaros a una pared? —pidió el director educadamente.

Todos lo hicieron y el director hizo desaparecer los asientos y colocó una larga tarima dorada donde ambos contendientes se batirían en duelo.

James caminó hasta la tarima de manera altanera mientras seguido de un muy serio Snape. Todos en el Gran Comedor rodearon la tarima muy emocionados por el duelo.

—¿Nos saltamos la reverencia? —le preguntó James mientras sacaba la varita. Snape asintió mientras sacaba la suya.

—No, no, no. Un duelo tiene sus reglas y la demostración de respeto mutuo es una de ella —explicó Dumbledore con una sonrisa.

James y Snape bufaron e inclinaron muy levemente la cabeza.

—El duelo acabará en cuanto alguien sea desarmado, caiga de la tarima o quede inconsciente pero sería más agradable para todos si os contuvierais a dejaros inconscientes.

Harry, junto a Ron y a Hermione, estaba deseando ver como combatía su padre.

Ambos contendientes blandieron sus varitas.

—Uno

Ambos entrecerraron los ojos.

—Dos.

Sus cuerpos se tensaron y apretaron con fuerza la varita, preparados para comenzar.

—¡Tres!

James agitó rápidamente su varita lanzando un potente conjuro que Harry no fue capaz de reconocer contra Snape. Este, previniendo el primer paso de su contrincante, se había limitado a crear un escudo lo suficientemente potente como para detener el conjuro pero no tanto como para reflejarlo.

James sonrió, comenzando a emocionarse.

Lily y Remus siempre le habían dicho que usara conjuros no verbales para que su adversario no supiera con que iba a atacarle pero James lo detestaba. Cuando no pronunciabas el conjuro este era más débil que si lo pronuncias y James siempre quería conseguir la máxima potencia posible.

Observó a su rival. Había estado peleando contra Snape desde su primer año en Hogwarts pero ahora estaba muy cambiado, su estilo era diferente y a pesar de que su velocidad de reacción había decrecido bastante parecía mucho más hábil. No iba a poder desarmarle ni aun que Snape se dejara hechizar con un Expelliermus pues este ya se lo esperaba, tendría que buscar una distracción.

Antes de que pudiera seguir planeando nada Snape lanzó un potente rayo rojo contra el que lo lanzó volando por los aires. Por suerte salió en línea recta y no llegó a salirse de la tarima pero había estado cerca de hacerlo.

Se levantó rápidamente y levantó su varita.

—¡Mimblewimble!

De la varita de James salió un conjuro útil pero más bien básico, James no se contuvo con eso y, sin pronunciar palabra, lanzó el conjuro de inmovilidad total (Petrificus Totalus) seguido del anterior hechizo.
Snape desvió sin problemas el conjuro mimblewimble y, sin darse tiempo para pensar en la estrategia de James al pronunciar en voz alta un conjuro tan simple, lanzó nuevamente un Desmaius.

James sonrió al ver como su segundo hechizo golpeaba de lleno a Snape dejándolo petrificado pero dejó de sonreír un segundo después cuando vio un rayo rojo a punto golpearle.

—Mierda —gritó antes de salir volando.

Mientras James volaba y volaba por el aire todos soltaron un grito ahogado. James vio la mirada preocupada de su hijo y se dio cuenta de algo:

No podía perder.

No podía permitirse decepcionarle en uno de los pocos momentos que tenía para lucirse.

—¡Carpe Retractum! —exclamó desde el aire y de la punta de su varita salió una especie de cuerda que se ató en torno a el cuerpo petrificado de Snape. Estirando de su varita logró dirigirse desde el aire hasta la tarima de manera esplendida.

—¡Genial! —gritó Harry emocionado y James sonrió tontamente mientras aterrizaba.

El haberse atado a Snape tenía una pega, lo había despetrificado y en cuento James recuperó la respiración, listo para continuar con el duelo, Snape ya se estaba levantando.

James podía aprovechar ese instante para acabar con el duelo pero como idiota arrogante que era decidió hacer un poco el tonto.

—Flagellum —pronunció burlón agitando su varita y Snape sintió un golpe en su mejilla, como si alguien acabará de azotarle. El sonido que retumbó en la sala también fue similar al de un azote.

Algunos rieron mientras Remus y Lily negaban con la cabeza.

Snape se giró hacia el con ira, sintiéndose algo humillado pero James no había terminado.

—Calvariu...

—¡Langlock! —exclamó Snape furioso agitando su varita.

James sintió como su lengua se pegaba a su paladar y, cabreado, pensó con claridad "Exspulso" y Snape fue lanzado con fuerza hacia atrás cayendo estrepitosamente al suelo. Mientras se levantaba James aprovecho para cancelar el encantamiento de lengua atada.

Lo que ocurrió después Harry no pudo entenderlo del todo. Fue el duelo más profesional y alucinante que había visto nunca. La velocidad con la que ambos movían la varita, hechizando y desviando los conjuros de su adversario. Rodando por el suelo, gritando conjuros de vez en cuando y siendo lanzados con violencia en algunas ocasiones.

Harry se sintió sobrecogido cuando vio la bola de fuego que Snape lanzó contra su padre y aún más cuando su padre causó un estallido en el aire que lanzó a Snape con violencia contra el suelo dejando un fuerte pitido en los oídos de todos los que estaban alrededor. Harry no quería ni imaginarse como estarían los oídos de Snape.

Minutos después James acabó colgado de los tobillos en el aire, con la camisa rota y sin una zapatilla mientras que en frente de él estaba Snape, petrificado, con el pelo tan revuelto como James, con la túnica hecha pedazos y un ojo morado. Entonces Snape consiguió despetrificarse pero anulando con ello el Levicorpus que tenía colgado a James.

—¡EXPELLIARMUS! —gritaron ambos furiosos y los dos rayos rojos chocaron entre si anulándose entre ellos.

Se miraron y ambos vieron el cansancio en los ojos del otro como también las ganas de ganar.

—Acabemos con esto —dijo James caminando hacia Snape. Este sonrió, acababa de ocurrírsele una gran idea para ganar.

—DESMAIUS —dijo James agitando con fuerza su varita apuntando a Snape.

—DEPRIMO —dijo Snape apuntando al suelo debajo de James.

James sonrió satisfecho cuando vio como Snape salía volando, entonces el suelo debajo del estalló provocando un gran agujero en la tarima haciendo que James cayera al suelo también.

Todo el comedor estalló en chillidos emocionados.

—¡Mierda! —gruñó el azabache mientras salía del agujero.

Snape se levantó y caminó hacia James con una sonrisa.

—Me debes una disculpa —dijo simplemente.

—¿Qué? —preguntó James extrañado—. Tú también has caído fuera del campo.

—Pero cuando tú ya estabas en el suelo yo todavía estaba en el aire —dijo Snape burlón.

James tragó saliva, ¿Había perdido? El, James Potter, ¿Había perdido y en presencia de su hijo?

—Te equivocas, Severus —dijo Lily mientras caminaba alegremente hacia ellos dando saltitos con las manos en la espalda.

—¿Me equivoco? —gruñó intentando no mirar a Lily a la cara. Tenía miedo de ensuciar con su contaminada mirada el alegre brillo de sus ojos.

—Bueno, no has tenido en cuenta esto —dijo sonriendo mientras le tendía su mano. En su mano estaba la varita de Snape—. Se te cayó mientras estabas en el aire.

Snape abrió mucho los ojos.

—¿Entonces...

—¿Quién ha ganado? —preguntó James ansioso.

—Yo he visto al profesor Snape perder la varita antes —anunció Ron en voz alta.

—Y yo —gritaron varios.

—Pues yo he visto a el señor Potter caer primero —dijo una joven de Ravenclaw.

—Yo también —la apoyaron otros.

Snape y James se giraron hacia el director.

—¿Y bien? —preguntaron ambos al mismo tiempo—. ¿Quién ha ganado?

Dumbledore sonrió.

—Empate —anunció alegremente—. Puede que no haya sido exactamente al mismo tiempo pero ha sido tan parecido como para que nuestros ojos no puedan juzgarlo. Declaro que el duelo ha terminado en empate.

Todos los presentes comenzaron a abuchear y James y Snape suspiraron resignados sabiendo que no iban a conseguir otra respuesta por parte de Dumbledore.

—¿Y ahora qué? —preguntó Snape en voz alta.

—Os tendréis que disculpar los dos —dijo Lily muy contenta con el resultado, esto era lo que ella había deseado desde el principio.

—O... —empezó James con una pícara sonrisa—...No nos disculpamos ninguno.

Lily alzó las cejas sorprendida.

—¿Qué?

—Bueno, ya que hemos ganado ambos podemos quedar en paz sin tener que decir nada. No nos disculpamos por el pasado que tuvimos pero dejaremos atrás los hechos que ocurrieron.

—¿Y eso que conlleva? —preguntó Snape.

—Que ya no te llamaré más Snivellus o Quejicus y que tampoco te hechizaré solo porque sea divertido —dijo James de forma calmada pero entonces se puso serio—. Pero en cuanto lea alguna injusticia tuya contra mi hijo ya puedes prepararte.

—Ahí le apoyo —confesó Lily.

Snape tragó saliva, esto no iba a acabar demasiado bien.

—¿Cómo he estado? —le preguntó James a su hijo una vez estaban todos nuevamente sentados.

—¡Ha sido alucinante! —le aseguró Harry todavía emocionado y James sonrió satisfecho—. Cuando volviste al campo con el Carpe Retractum o cuando rechazaste su bola de fuego... ¡Y cuando le dejaste el ojo morado con el Oculum Pugno fue genial!

—Ha estado bastante bien —dijo Sirius también—. Aunque yo no hubiese perdido contra alguien como él.

—Oh, vamos Sirius, yo te gano de sobra, ¿Cómo va a compararse un Black con un Potter?

—Yo no soy un Black como los demás —aseguró Sirius y James sonrió.

—Eso no lo dudes.

—¿Ahora si empezamos? —preguntó Charie y todos asintieron.

Harry no gritó, pero estuvo a punto. La pequeña criatura que yacía en la cama tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, y unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis. En aquel mismo instante, Harry tuvo la certeza de que aquella cosa era lo que le había estado vigilando por la mañana desde el seto del jardín.

Fue tan simple atar los cabos que todos en la sala comprendieron que aquel ser era Dobby. Malfoy tuvo que reprimir sus ganas de buscar una explicación para eso pues sabía que el libro lo explicaría como también sabía que Dobby no tenía por qué darle explicaciones.

Dobby se ruborizó, entendiendo instantáneamente de que estaba narrando el libro. El momento en el que Dobby había visitado a Harry Potter para advertirle de que no fuera a Hogwarts.

La criatura y él se quedaron mirando uno al otro, y Harry oyó la voz de Dudley proveniente del recibidor.

—¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason?

Alguno rió brevemente por lo ridículo de la situación.

Aquel pequeño ser se levantó de la cama e hizo una reverencia tan profunda que tocó la alfombra con la punta de su larga y afilada nariz.

Hermione bufó, cabreada por que los elfos tuvieran que mostrar respeto ante cualquier persona, no porque realmente sintieran respeto sino por obligación. Aunque en este caso era cierto que Dobby sentía respeto por Harry.

Harry se dio cuenta de que iba vestido con lo que parecía un almohadón viejo con agujeros para sacar los brazos y las piernas.

Hermione volvió a bufar. Los elfos tenían que vestir esos harapos por obligación, era lo que mostraba que eran esclavos.

—Esto…, hola —saludó Harry, azorado.

—Harry Potter —dijo la criatura con una voz tan aguda que Harry estaba seguro de que se había oído en el piso de abajo—, hace mucho tiempo que Dobby quería conocerle, señor… Es un gran honor…

Hermione y Lily le sonrieron a Dobby.

—Gra-gracias —respondió Harry, que avanzando pegado a la pared alcanzó la silla del escritorio y se sentó. A su lado estaba Hedwig, dormida en su gran jaula. Quiso preguntarle «¿Qué es usted?», pero pensó que sonaría demasiado grosero, así que dijo:

—¿Quién es usted?

Muchos miraron a Harry extrañados por tratar de usted a un simple elfo doméstico.

—Dobby, señor. Dobby a secas. Dobby, el elfo doméstico —contestó la criatura.

—¿De verdad? —dijo Harry—. Bueno, no quisiera ser descortés, pero no me conviene precisamente ahora recibir en mi dormitorio a un elfo doméstico.

Muchos asintieron, de hecho, no podía ser peor momento.

De la sala de estar llegaban las risitas falsas de tía Petunia. El elfo bajó la cabeza.

—Estoy encantado de conocerlo —se apresuró a añadir Harry—. Pero, en fin, ¿ha venido por algún motivo en especial?

Eso hizo que Malfoy prestara más atención a la historia, ¿Por qué había su elfo ido a visitar a Potter?

—Sí, señor —contestó Dobby con franqueza—. Dobby ha venido a decirle, señor…, no es fácil, señor… Dobby se pregunta por dónde empezar…

Harry le sonrió a Dobby, que volvía a estar sentado entre sus piernas.

—Siéntese —dijo Harry educadamente, señalando la cama.

Sus padres y alguno más le sonrieron mientras la mayoría le miraban entre extrañados y sorprendidos.

Para consternación suya, el elfo rompió a llorar, y además, ruidosamente.

—Normal —dijo Hermione enojada—, no creo que nadie antes le hubiese ofrecido asiento.

Sin saber todavía porque Malfoy bajó la cabeza avergonzado.

—¡Sen-sentarme! —gimió—. Nunca, nunca en mi vida…

Hermione y Lily sonrieron a Dobby con tristeza.

A Harry le pareció oír que en el piso de abajo hablaban entrecortadamente.

—Lo siento —murmuró—, no quise ofenderle.

—¡Ofenderle! —dijeron muchos entre divertidos y sorprendidos.

—¡Ofender a Dobby! —repuso el elfo con voz disgustada—. A Dobby ningún mago le había pedido nunca que se sentara…, como si fuera un igual.

Hermione fulminó a Malfoy con la mirada por los maltratos de su familia contra el elfo.

Harry, procurando hacer «¡chss!» sin dejar de parecer hospitalario, indicó a Dobby un lugar en la cama, y el elfo se sentó hipando. Parecía un muñeco grande y muy feo.

Harry se disculpó con Dobby por haberle definido como feo.

Por fin consiguió reprimirse y se quedó con los ojos fijos en Harry, mirándole con devoción.
—Se ve que no ha conocido a muchos magos educados —dijo Harry, intentando animarle.

Malfoy volvió a bajar la mirada avergonzado. No es que el quisiese ser maleducado, a él le habían enseñado a comportarse así, pero ¿Era así como él quería comportarse? ¿Tenía que hacer siempre lo que sus padres querían que hiciera? Tal vez fuese porque eran un adolescente y tenía la vena de la rebeldía muy activa o tal vez fuera porque era eso lo que de verdad deseaba pues su decisión de cambiar cobró muchas más fuerza. Ahora no era una idea, era una decisión.

Dobby negó con la cabeza. A continuación, sin previo aviso, se levantó y se puso a darse golpes con la cabeza contra la ventana, gritando: «¡Dobby malo! ¡Dobby malo!»

Muchos suspiraron, así era la vida de un elfo doméstico y ellos lo tenían aceptado.

—¿Veis? —dijo Hermione indignada—. Eso es más que cruel.

—No…, ¿qué está haciendo? —Harry dio un bufido, se acercó al elfo de un salto y tiró de él hasta devolverlo a la cama.

Muchos sonrieron a Harry mientras Dobby le daba mil veces las gracias por impedirle que se siguiera castigando.

Hedwig se acababa de despertar dando un fortísimo chillido y se puso a batir las alas furiosamente contra las barras de la jaula.

—No le gusta que la despierten —aseguró Harry con una pequeña sonrisa ladeada.

—Dobby tenía que castigarse, señor —explicó el elfo, que se había quedado un poco bizco—. Dobby ha estado a punto de hablar mal de su familia, señor.

—Odio ese sistema —se enfurruñó Hermione mientras se cruzaba de brazos.

—¿Su familia?

—La familia de magos a la que sirve Dobby, señor. Dobby es un elfo doméstico, destinado a servir en una casa y a una familia para siempre.

—No siempre —le dijo Ron sonriendo y Dobby le devolvió la sonrisa.

—¿Y saben que está aquí? —preguntó Harry con curiosidad.

—No —declaró Malfoy algo molesto.

Dobby se estremeció.

—No, no, señor, no… Dobby tendría que castigarse muy severamente por haber venido a verle, señor. Tendría que pillarse las orejas en la puerta del horno, si llegaran a enterarse.

Muchos pusieron muecas de dolor. Era algo horrible.

—¿Cómo alguien permite que alguien se torture así? —preguntó Ron más que molesto.

—Lo peor —confesó Dobby—. Es que somos nosotros los que tenemos que autocastigarnos.

Una pequeña cantidad de personas dirigió a Dobby miradas de lastima y compasión, este respondió a ellas con una sonrisa.

—Pero ¿no advertirán que se ha pillado las orejas en la puerta del horno?

—Dobby lo duda, señor. Dobby siempre se está castigando por algún motivo, señor. Lo dejan de mi cuenta, señor. A veces me recuerdan que tengo que someterme a algún castigo adicional.

—¡Serán cerdos! —bufaron Lily y Ginny al mismo tiempo.

Ambas se miraron sorprendidas y se sonrieron.

—Me gusta esa chica —le confesó Lily a James, quien asintió con la cabeza.

—Pero ¿por qué no los abandona? ¿Por qué no huye?

—No puede —le explicó Lily tristemente y Harry le sonrió levemente.

Sirius bufó.

—A ella tampoco le dices que la respuesta ya la sabes, ¿No?

Harry le sacó la lengua, James, Remus y Tonks se rieron un poco de él y la lectura siguió su curso.

—Un elfo doméstico sólo puede ser libertado por su familia, señor. Y la familia nunca pondrá en libertad a Dobby… Dobby servirá a la familia hasta el día que muera, señor.

Muchos miraron a Dobby extrañados, ¿Entonces que hacia aquí? O, por lo menos, ¿Por qué no estaba con Malfoy en vez de con Harry?

Harry lo miró fijamente.

—Y yo que me consideraba desgraciado por tener que pasar otras cuatro semanas aquí —dijo—. Lo que me cuenta hace que los Dursley parezcan incluso humanos. ¿Y nadie puede ayudarle? ¿Puedo hacer algo?

Dobby le sonrió a Harry, agradecido por que se preocupara por él.

Casi al instante, Harry deseó no haber dicho nada. Dobby se deshizo de nuevo en gemidos de gratitud.

Ahora Harry sonrió al elfo con algo de tristeza.

—Por favor —susurró Harry desesperado—, por favor, no haga ruido. Si los Dursley le oyen, si se enteran de que está usted aquí…

—Demonios, se me habían olvidado esos idiotas —murmuró Ron y los que le escucharon asintieron.

—Harry Potter pregunta si puede ayudar a Dobby… Dobby estaba al tanto de su grandeza, señor, pero no conocía su bondad…

—Wow, si lo dices así parece que soy una persona increíble —dijo Harry algo ruborizado.

—Harry Potter es una persona increíble y Dobby castigará cruelmente a cualquiera que piense lo contrario —sentenció Dobby y Harry le sonrió.

—Me alegra que lo pienses, Dobby, pero tampoco tienes que castigar a nadie.

Harry, consciente de que se estaba ruborizando, dijo:

—Sea lo que fuere lo que ha oído sobre mi grandeza, no son más que mentiras. Ni siquiera soy el primero de la clase en Hogwarts, es Hermione, ella…

—¡Oh, vamos Harry! —le dijo Hermione exasperada y Ron le dio una colleja.

—¿A que ha venido eso? —le preguntó Harry acariciándose el lugar del golpe.

—Si tú me pegas cuando me infravaloro yo haré lo mismo contigo.

James y Remus se sonrieron nostálgicos, esa clase de situacion era común entre ellos.

Pero se detuvo enseguida, porque le dolía pensar en Hermione.

Algunos miraron a Harry con tristeza.

—Harry Potter es humilde y modesto —dijo Dobby, respetuoso. Le resplandecían los ojos grandes y redondos—. Harry Potter no habla de su triunfo sobre El-que-no-debe-ser-nombrado.

Snape carraspeó levemente, consciente de que siempre había juzgado mal al pequeño Potter, ahora que el padre estaba presente la diferencia era clara.

—¿Voldemort? —preguntó Harry.

Algunos se estremecieron y Dobby se tapó los oídos con las manos.

Dobby se tapó los oídos con las manos y gimió:

—¡Señor, no pronuncie ese nombre! ¡No pronuncie ese nombre!

—¡Perdón! —se apresuró a decir—. Sé de muchísima gente a la que no le gusta que se diga…, mi amigo Ron…

Se detuvo. También era doloroso pensar en Ron.

Más miradas de tristeza hacia Harry.

Dobby se inclinó hacia Harry, con los ojos tan abiertos como faros.

Alguno rió y Dobby parecía avergonzado aunque no se veía rubor alguno en su cara.

—Dobby ha oído —dijo con voz quebrada— que Harry Potter tuvo un segundo encuentro con el Señor Tenebroso, hace sólo unas semanas…, y que Harry Potter escapó nuevamente.

—¡Ese es mi hijo/ahijado! —volvieron a decir James y Sirius.

Harry asintió con la cabeza, y a Dobby se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Ay, señor! —exclamó, frotándose la cara con una punta del sucio almohadón que llevaba puesto—. ¡Harry Potter es valiente y arrojado! ¡Ha afrontado ya muchos peligros!

—Y los que quedan —dijo Hermione en un suspiro y Ron y Harry suspiraron también.

Muchos les observaron entre interesados y aterrados, ¿Les ocurriría algo peor que ese primer encuentro con el innombrable?

Pero Dobby ha venido a proteger a Harry Potter, a advertirle, aunque más tarde tenga que pillarse las orejas en la puerta del horno, de que Harry Potter no debe regresar a Hogwarts.

Harry sonrió a Dobby, entre agradecido por su intención y exasperado por lo que su intención conllevaba.

Hubo un silencio, sólo roto por el tintineo de tenedores y cuchillos que venía del piso inferior, y el distante rumor de la voz de tío Vernon.

—¿Que-qué? —tartamudeó Harry—. Pero si tengo que regresar; el curso empieza el 1 de septiembre. Eso es lo único que me ilusiona. Usted no sabe lo que es vivir aquí. Yo no pertenezco a esta casa, pertenezco al mundo de Hogwarts.

Muchos en el Gran Comedor asintieron con ganas. Harry no podía quedarse allí.

—No, no, no —chilló Dobby, sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que se daba golpes con las orejas—. Harry Potter debe estar donde no peligre su seguridad. Es demasiado importante, demasiado bueno, para que lo perdamos. Si Harry Potter vuelve a Hogwarts, estará en peligro mortal.

—Peligro mortal... —murmuró Lily con los ojos muy abiertos y muy preocupada.

—Eeh... —dijo Harry dudando sobre se debía llamarla mama o no, como no consiguió decidirse no la llamó de ninguna manera—. Sigo vivo.

Pero su madre lo ignoró mientras seguía repitiendo "Peligro mortal, mi niño, peligro mortal..."

—¿Por qué? —preguntó Harry sorprendido.

—Hay una conspiración, Harry Potter. Una conspiración para hacer que este año sucedan las cosas más terribles en el Colegio Hogwarts de Magia —susurró Dobby, sintiendo un temblor repentino por todo el cuerpo—. Hace meses que Dobby lo sabe, señor. Harry Potter no debe exponerse al peligro: ¡es demasiado importante, señor!

Los que sabían que ese año se abrió la cámara de los secretos se estremecieron con el simple recuerdo.

—¿Qué cosas terribles? —preguntó inmediatamente Harry—. ¿Quién las está tramando?
Dobby hizo un extraño ruido ahogado y acto seguido se empezó a golpear la cabeza furiosamente contra la pared.

—¡Está bien! —gritó Harry, sujetando al elfo del brazo para detenerlo—. No puede decirlo, lo comprendo. Pero ¿por qué ha venido usted a avisarme? —Un pensamiento repentino y desagradable lo sacudió—. ¡Un momento! Esto no tiene nada que ver con Vol…, perdón, con Quien-usted-sabe, ¿verdad? Basta con que asiente o niegue con la cabeza —añadió apresuradamente, porque Dobby ya se disponía a golpearse de nuevo contra la pared.

Dobby movió lentamente la cabeza de lado a lado.

—No, no se trata de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado, señor.

Algunos suspiraron aliviados pero algunos pocos negaron con la cabeza, al final sí que se trataba de él.

Pero Dobby tenía los ojos muy abiertos y parecía que trataba de darle una pista. Harry, sin embargo, estaba completamente desorientado.

—Él no tiene hermanos, ¿verdad?

—¡Merlín nos libre! —exclamó Molly alterada.

Dobby negó con la cabeza, con los ojos más abiertos que nunca.

—Bueno, siendo así, no puedo imaginar quién más podría provocar que en Hogwarts sucedieran cosas terribles —dijo Harry—. Quiero decir que, además, allí está Dumbledore. ¿Sabe usted quién es Dumbledore?

—Oh, Harry, todo el mundo sabe quién es Dumbledore —dijo Ron rodando los ojos.

—Bueno, yo no lo supe hasta los once años —se excusó Harry—, así que no pensé que todo el mundo fuera a saberlo.

Dobby hizo una inclinación con la cabeza.

—Albus Dumbledore es el mejor director que ha tenido Hogwarts. Dobby lo sabe, señor. Dobby ha oído que los poderes de Dumbledore rivalizan con los de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Pero, señor —la voz de Dobby se transformó en un apresurado susurro—, hay poderes que Dumbledore no…, poderes que ningún mago honesto…

Dumbledore sonrió levemente a Dobby, sintiéndose alagado por el comentario.

Y antes de que Harry pudiera detenerlo, Dobby saltó de la cama, cogió la lámpara de la mesa de Harry y empezó a golpearse con ella en la cabeza lanzando unos alaridos que destrozaban los tímpanos.

Nuevamente la sala volvió a cubrirse de muecas de dolor.

En el piso inferior se hizo un silencio repentino. Dos segundos después, Harry, con el corazón palpitándole frenéticamente, oyó que tío Vernon se acercaba, explicando en voz alta:

—¡Dudley debe de haberse dejado otra vez el televisor encendido, el muy tunante!

—¡Oh, mierda! —dijo Ginny alterada—. ¡Haz algo!

—¡Rápido! ¡En el ropero! —dijo Harry, empujando a Dobby, cerrando la puerta y echándose en la cama en el preciso instante en que giraba el pomo de la puerta.

—Bien —dijo Lily aliviada.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó tío Vernon rechinando los dientes, su cara espantosamente cerca de la de Harry—. Acabas de arruinar el final de mi chiste sobre el jugador japonés de golf… ¡Un ruido más, y desearás no haber nacido, mocoso!

—¡Atrévete a ponerle una mano encima! —exclamó James enojado y Sirius gruñó.

Tío Vernon salió de la habitación pisando fuerte con sus pies planos.

Harry, temblando, abrió la puerta del armario y dejó salir a Dobby.

—¿Se da cuenta de lo que es vivir aquí? —le dijo—. ¿Ve por qué debo volver a Hogwarts? Es el único lugar donde tengo…, bueno, donde creo que tengo amigos.

—¡Tienes amigos! —se quejaron muchos y Harry rodó los ojos, ya se había cansado de disculparse. Tampoco es que el tuviese la culpa por no haber recibido las cartas.

—¿Amigos que ni siquiera escriben a Harry Potter? —preguntó maliciosamente.

—¿Cómo lo sabes? —dijeron muchos mirando sospechosamente a Dobby mientras este intentaba encogerse para pasar desapercibido.

—Supongo que habrán estado… ¡Un momento! —dijo Harry, frunciendo el entrecejo—. ¿Cómo sabe usted que mis amigos no me han escrito?

Dobby cambió los pies de posición.

—Harry Potter no debe enfadarse con Dobby. Dobby pensó que era lo mejor…

—¡Dobby! —se quejaron muchos algo enojados mientras el pequeño elfo intentaba encogerse más todavía.

—¿Ha interceptado usted mis cartas?

—Dobby las tiene aquí, señor —dijo el elfo, y escapando ágilmente del alcance de Harry, extrajo un grueso fajo de sobres del almohadón que llevaba puesto. Harry pudo distinguir la esmerada caligrafía de Hermione, los irregulares trazos de Ron, y hasta un garabato que parecía salido de la mano de Hagrid, el guardabosques de Hogwarts.

Harry le sonrió a los tres, agradecido. Sus padres también lo hicieron.

Dobby, inquieto, miró a Harry y parpadeó.

—Harry Potter no debe enfadarse… Dobby pensaba… que si Harry Potter creía que sus amigos lo habían olvidado… Harry Potter no querría volver al colegio, señor.

Harry suspiró.

—Claro que volvería, Dobby —le aseguró—. Y, aunque te agradezco la intención, me cabrea que me quitases las cartas.

Harry no escuchaba. Se abalanzó sobre las cartas, pero Dobby lo esquivó.

—Harry Potter las tendrá, señor, si le da a Dobby su palabra de que no volverá a Hogwarts. ¡Señor, es un riesgo que no debe afrontar! ¡Dígame que no irá, señor!

—¡Iré! —dijo Harry enojado—. ¡Déme las cartas de mis amigos!

—¡Así se habla! —rugieron muchos.

—Entonces, Harry Potter no le deja a Dobby otra opción —dijo apenado el elfo.
Antes de que Harry pudiera hacer algún movimiento, Dobby se había lanzado como una flecha hacia la puerta del dormitorio, la había abierto y había bajado las escaleras corriendo.

—¡No! —exclamaron muchos mirando a Dobby—. ¿Te has vuelto loco?

—Dobby debía hacerlo... Por el bien de Harry Potter —aseguró Dobby y Harry suspiró, al parecer, ni ahora que habían pasado cuatro años Dobby pensaba que lo que había hecho estaba mal.

Con la boca seca y el corazón en un puño, Harry salió detrás de él, intentando no hacer ruido. Saltó los últimos seis escalones, cayó como un gato sobre la alfombra del recibidor y buscó a Dobby. Del comedor venía la voz de tío Vernon que decía:

—… señor Mason, cuéntele a Petunia aquella divertida anécdota de los fontaneros americanos, se muere de ganas de oírla…

Harry cruzó el vestíbulo, y al llegar a la cocina, sintió que se le venía el mundo encima.

Todos acercaron su cabeza hacia delante inconscientemente.

El pudín magistral de tía Petunia, el montículo de nata y violetas de azúcar, flotaba cerca del techo. Dobby estaba en cuclillas sobre el armario que había en un rincón.

—¡Dobby! —dijo Ginny algo alterada—. Por favor... No, dime que no lo hiciste...

Dobby tragó saliva ruidosamente y desvió la mirada de la pelirroja.

—No —rogó Harry con voz ronca—. Se lo ruego…, me matarán…

—Harry Potter debe prometer que no irá al colegio.

—Dobby…, por favor…

—Dígalo, señor…

—¡No puedo!

—Entonces Dobby tendrá que hacerlo, señor, por el bien de Harry Potter.

—¡No! —se quejaron muchos pero ya nada podía evitarlo.

El pudín cayó al suelo con un estrépito capaz de provocar un infarto. El plato se hizo añicos y la nata salpicó ventanas y paredes. Dando un chasquido como el de un látigo, Dobby desapareció.

—Si no fuera porque algo malo le va a pasar a Harry habría sido algo divertido —le dijo Geroge sonriendo.

Del comedor llegaron unos alaridos y tío Vernon entró de sopetón en la cocina y halló a Harry paralizado por el susto y cubierto de la cabeza a los pies con los restos del pudín de tía Petunia.

—Oh, no... —murmuraron algunos.

Al principio le pareció que tío Vernon aún podría disimular el desastre («nuestro sobrino, ya ven…, está muy mal…, se altera al ver a desconocidos, así que lo tenemos en el piso de arriba…»). Llevó a los impresionados Mason de nuevo al comedor, prometió a Harry que, en cuanto se fueran, lo desollaría vivo, y le puso una fregona en las manos.

James, Lily y muchos otros comenzaron a alterarse y a respirar pesadamente.

Tía Petunia sacó helado del congelador y Harry, todavía temblando, se puso a fregar la cocina.
Tío Vernon podría haberlo solucionado de esta manera, si no hubiera sido por la lechuza.

—¿Lechuza? —preguntaron muchos y Harry notó que el ministro estaba colorado.

—¿Ve, señor ministro? ¿Ve como yo no hice nada? ¡Le dije que fue un elfo domestico! —se quejó Harry y muchos miraron a el ministro con mala cara. Al parecer después de todo lo que habían visto ya no le tenían tanto respeto al ministro como antes.

—Yo...Eh... Lo siento —se disculpó este sin saber que más decir.

En el preciso instante en que tía Petunia estaba ofreciendo a sus invitados unos bombones de menta, una lechuza penetró por la ventana del comedor, dejó caer una carta sobre la cabeza de la señora Mason y volvió a salir. La señora Mason gritó como una histérica y huyó de la casa exclamando algo sobre los locos.

Alguno rió levemente imaginándose la escena.

El señor Mason se quedó sólo lo suficiente para explicarles a los Dursley que su mujer tenía pánico a los pájaros de cualquier tipo y tamaño, y para preguntarles si aquélla era su forma de gastar bromas.

Harry estaba en la cocina, agarrado a la fregona para no caerse, cuando tío Vernon avanzó hacia él con un destello demoníaco en sus ojos diminutos.

—¡Léela! —dijo hecho una furia y blandiendo la carta que había dejado la lechuza—. ¡Vamos, léela!

Varios tragaron saliva.

Harry la cogió. No se trataba de ninguna felicitación por su cumpleaños.

Estimado Señor Potter:

Hemos recibido la información de que un encantamiento planeador ha sido usado en su lugar de residencia esta misma noche a las nueve y doce minutos.
Como usted sabe, a los magos menores de edad no se les permite realizar conjuros fuera del recinto escolar, y reincidir en el uso de la magia podría acarrearle la expulsión del colegio (Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, 1875, artículo tercero).
Asimismo le recordamos que se considera falta grave realizar cualquier actividad mágica que entrañe un riesgo de ser advertida por miembros de la comunidad no mágica o muggles (Sección decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos).

¡Que disfrute de unas buenas vacaciones!

Afectuosamente,
Mafalda Hopkirk
Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia
Ministerio de Magia

—¡Pero si no ha hecho nada! —se quejaron muchos pero ya no había nada que se pudiera hacer.

Harry levantó la vista de la carta y tragó saliva.

En el Gran Comedor muchos otros hicieron lo mismo.

—No nos habías dicho que no se te permitía hacer magia fuera del colegio —dijo tío Vernon, con una chispa de rabia en los ojos—. Olvidaste mencionarlo… Un grave descuido, me atrevería a decir…

Algunos comenzaron a preocuparse, ¿Qué le haría ese tipo a Harry?

Se echaba por momentos encima de Harry como un gran buldog, enseñando los dientes.

Nadie rió por la comparación, estaban demasiado preocupados.

—Bueno, muchacho, ¿sabes qué te digo? Te voy a encerrar… Nunca regresarás a ese colegio… Nunca… Y si utilizas la magia para escaparte, ¡te expulsarán!

—¡ENCERRARLE! —rugieron muchos, las voces de James y Sirius se hicieron oír pero nadie gritó como lo hizo Lily.

Y, riéndose como un loco, lo arrastró escaleras arriba.

Tío Vernon fue tan duro con Harry como había prometido.

Muchos gruñeron cabreados.

A la mañana siguiente, mandó poner una reja en la ventana de su dormitorio e hizo una gatera en la puerta para pasarle tres veces al día una mísera cantidad de comida.

—¡Será cabrón! —gritó Ginny muy enojada y su madre no le dijo nada. Tal vez porque ella iba a gritar lo mismo.

Sólo lo dejaban salir por la mañana y por la noche para ir al baño. Aparte de eso, permanecía encerrado en su habitación las veinticuatro horas del día.

Todos bufaron, nadie sabía cómo mirar a Harry. Hasta sus recién conocidos padres evitaban mirarle.

Al cabo de tres días, no había indicios de que los Dursley se hubieran apiadado de él, y Harry no encontraba la manera de escapar de su situación. Pasaba el tiempo tumbado en la cama, viendo ponerse el sol tras la reja de la ventana y preguntándose entristecido qué sería de él.

Muchos suspiraron tristes y su madre le cogió de la mano sin saber realmente que era lo que debía hacer como madre en ese momento.

¿De qué le serviría utilizar sus poderes mágicos para escapar de la habitación, si luego lo expulsaban de Hogwarts por hacerlo?

—Buen punto —le dijo Remus sonriendo tristemente.

Por otro lado, la vida en Privet Drive nunca había sido tan penosa. Ahora que los Dursley sabían que no se iban a despertar por la mañana convertidos en murciélagos, había perdido su única defensa. Tal vez Dobby lo había salvado de los horribles sucesos que tendrían lugar en Hogwarts, pero tal como estaban las cosas, lo más probable era que muriese de inanición.

Todos tragaron saliva muy preocupados y Dobby se disculpó con Harry muchas veces.

Se abrió la gatera y apareció la mano de tía Petunia, que introdujo en la habitación un cuenco de sopa de lata.

Muchos gruñeron.

Harry, a quien las tripas le dolían de hambre, saltó de la cama y se abalanzó sobre el cuenco. La sopa estaba completamente fría, pero se bebió la mitad de un trago.

Ahora miraban a Harry con tristeza y su madre le apretó la mano con delicadeza.

—¿Cómo puedes ser tan buena persona habiendo soportado todo eso? No me entra en la cabeza —le dijo Parvati sintiéndose extrañada y mirándole con tristeza.

—No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti —dijo Harry simplemente.

Luego se fue hasta la jaula de Hedwig y le puso en el comedero vacío los trozos de verdura embebidos del caldo que quedaban en el fondo del cuenco.

—Oh, por favor —se quejaron muchos realmente tristes—. Solo tiene un pequeño cuenco de sopa para comer y además lo comparte con su lechuza.

Todos miraban a Harry entre tristes y admirados.

La lechuza erizó las plumas y lo miró con expresión de asco intenso.

—No debes despreciarlo, es todo lo que tenemos —dijo Harry con tristeza.

Muchos tragaron saliva, sintiéndose incomodos e impotentes porque no había nada que ellos pudieran hacer.

Volvió a dejar el cuenco vacío en el suelo, junto a la gatera, y se echó otra vez en la cama, casi con más hambre que la que tenía antes de tomarse la sopa.

—Oh, dios, menos mal que le sacamos de ahí —le murmuró George a Fred tan triste como el resto.

Suponiendo que siguiera vivo cuatro semanas más tarde, ¿qué sucedería si no se presentaba en Hogwarts? ¿Enviarían a alguien a averiguar por qué no había vuelto?

—¡Por supuesto! —dijo McGonagall entre severa y muy enfadada. No sabía cómo había permitido que trataran así a Harry, aunque no tuviese medios para haber sabido lo que le ocurría.

¿Podrían conseguir que los Dursley lo dejaran ir?

La habitación estaba cada vez más oscura. Exhausto, con las tripas rugiéndole y el cerebro dando vueltas a aquellas preguntas sin respuesta, Harry concilió un sueño agitado.

Soñó que lo exhibían en un zoo, dentro de una jaula con un letrero que decía «Mago menor de edad». Por entre los barrotes, la gente lo miraba con ojos asombrados mientras él yacía, débil y hambriento, sobre un jergón. Entre la multitud veía el rostro de Dobby y le pedía ayuda a voces, pero Dobby se excusaba diciendo: «Harry Potter está seguro en este lugar, señor», y desaparecía.

Muchos fulminaron a Dobby con la mirada pero no le dijeron nada porque este estaba sollozando y disculpándose de manera sincera con Harry.

Luego llegaban los Dursley, y Dudley repiqueteaba los barrotes de la jaula, riéndose de él.

La sala se llenó de gruñidos nuevamente.

—¡Para! —dijo Harry, sintiendo el golpeteo en su dolorida cabeza—. Déjame en paz… Basta ya…, estoy intentando dormir…

Abrió los ojos. La luz de la luna brillaba por entre los barrotes de la ventana. Y alguien, con los ojos muy abiertos, lo miraba tras la reja: alguien con la cara llena de pecas, el pelo cobrizo y la nariz larga.

Todos abrieron mucho los ojos y Charlie comenzó a leer la última línea del capítulo con una enorme sonrisa.

Ron Weasley estaba afuera en la ventana.

—¡Sí! —gritaron muchos aliviados.

Hermione se lanzó a los brazos de Ron y le agradeció por sacar a Harry de ahí mil y una veces. Sirius, James, Remus, Lily y muchos más también lo hicieron.

Molly se dirigió a Ron y a los gemelos:

—No sabéis cuanto me arrepiento de haberos reñido, ¡Gracias a dios que lo sacasteis de ahí!

—Aquí acaba el capítulo —informó Charlie tan aliviado como el resto por la aparición de Ron y los gemelos—. ¿Quién lee ahora?

—Yo lo haré —dijo Neville poniéndose en pie y corriendo hacia Charlie. Quería asegurarse cuanto antes de que Harry salía sano y salvo de aquella casa—. La Madrigera.