miércoles, 15 de julio de 2015

El perro, el gato y la rata


¡Ponte una manzana en la cabeza!

Un dos tres probando ¿se me escucha bien?

Nunca he entendido porque hacen esa prueba estúpida con los micrófonos, ¿no hay ningún otro tipo de cosa que puedas decir que por lo menos sea entretenida? No se. Digo.

En fino, a lo que nos atañe... ¡He cumplido! Si, solo es el primer miércoles de muchos pero bah, yo me emociono de todas maneras. ¡Superemos juntos la maldición del tercer libro!

Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

El PERRO, EL GATO Y LA RATA

—Claro, profesor, leeré —dijo Harry desconcertado mientras se levantaba y caminaba hasta la joven Ravenclaw que le tendía ansiosamente el libro. Lo cogió y pasó de página.— El perro, el gato y la rata. 

A Harry se le quedó la mente en blanco a causa de la impre­sión. 

Vale, pensó Harry, leer sobre uno mismo es algo bastante incomodo. ¿Porque le había hecho Dumbledore leer? Harry creía que, con esa pregunta constantemente en la cabeza, le iba a ser casi imposible concentrarse en lo que decía el libro. Aunque tampoco es que eso fuera algo importante, ya que todo lo que dijera el libro el ya lo había leído. Además, cualquier dato importante que pudiera aparecer se quedaría en la cabeza de Hermione, Harry solo tenía que concentrarse en leer de forma fluida.

Los tres se habían quedado paralizados bajo la capa in­visible. Los últimos rayos del sol arrojaron una luz sanguino­lenta sobre los terrenos, en los que las sombras se dibujaban muy alargadas. Detrás de ellos oyeron un aullido salvaje.

—¡Hagrid! —susurró Harry. Sin pensar en lo que hacia, fue a darse la vuelta, pero Ron y Hermione lo cogieron por los brazos.

—No podemos —dijo Ron, blanco como una pared—. Se verá en un problema más serio si se descubre que lo hemos ido a visitar...

Todos estaban de acuerdo con eso.

Hermione respiraba floja e irregularmente.

—¿Cómo... han podido...? —preguntó jadeando, como si se ahogase—. ¿Cómo han podido?

El ministro no pudo evitar desviar su mirada hacia el suelo, sintiendo las miradas de muchos sobre el.

—Vamos —dijo Ron, tiritando.

Reemprendieron el camino hacia el castillo, andando muy despacio para no descubrirse. La luz se apagaba. Cuan­do llegaron a campo abierto, la oscuridad se cernía sobre ellos como un embrujo.

—Scabbers, estate quieta —susurró Ron, llevándose la mano al pecho. La rata se retorcía como loca. Ron se detuvo, obligando a Scabbers a que se metiera del todo en el bolsi­llo—. ¿Qué te ocurre, tonta? Quédate quieta... ¡AY! ¡Me ha mordido!

—¡Ron, cállate! —susurró Hermione—. Fudge se pre­sentará aquí dentro de un minuto...

—No hay manera.

Scabbers estaba aterrorizada. Se retorcía con todas sus fuerzas, intentando soltarse de Ron.

Lavender abrió la boca para hacer algún tipo de comentario estúpido en el que diera a entender que ella no intentaría soltarse de las manos de Ron, pero recordó que ya era tarde para intentar nada, ¿que podía hacer ella contra Hermione? Ahora solo tenía dos opciones; o esperar, o buscarse a otro. O, bueno, buscarse a otro durante la espera.

—¿Qué le ocurre?

Pero Harry acababa de ver a Crookshanks acercándose a ellos sigilosamente, arrastrándose y con los grandes ojos amarillos destellando pavorosamente en la oscuridad. Harry no sabía si el gato los veía o se orientaba por los chillidos de Scabbers.

—¡Crookshanks! —gimió Hermione—. ¡No, vete, Crooks­hanks! ¡Vete!

Pero el gato se acercaba más...

—Scabbers... ¡NO!

Demasiado tarde... La rata escapó por entre los dedos de Ron, se echó al suelo y huyó a toda prisa. De un salto, Crookshanks se lanzó tras el roedor; y antes de que Harry y Hermione pudieran detenerlo, Ron se salió de la capa y se internó en la oscuridad.

—¡Ron! —gimió Hermione.

Ella y Harry se miraron y lo siguieron a la carrera. Era imposible correr a toda velocidad debajo de la capa, así que se la quitaron y la llevaron al vuelo, ondeando como un es­tandarte mientras seguían a Ron. Oían delante de ellos el ruido de sus pasos y los gritos que dirigía a Crookshanks.

—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers, ven aquí...

Oyeron un golpe seco.

—¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.

Harry y Hermione casi chocaron contra Ron. Estaba tendido en el suelo. Scabbers había vuelto a su bolsillo y Ron sujetaba con ambas manos el tembloroso bulto.

—Vamos, Ron, volvamos a cubrirnos —dijo Hermione jadeando—. Dumbledore y el ministro saldrán dentro de un minuto.

Pero antes de que pudieran volver a taparse, antes in­cluso de que pudieran recuperar el aliento, oyeron los pasos de unas patas gigantes. Algo se acercaba a ellos en la oscu­ridad: un enorme perro negro de ojos claros.

—¡¿Que?! —soltaron muchos sin poder contenerse por la sorpresa.

Harry quiso coger la varita, pero era ya demasiado tar­de. El perro había dado un gran salto y sus patas delanteras le golpearon el pecho. 

James miró a Sirius extrañado, ¿por qué había hecho eso?

Harry cayó de espaldas, con un far­do de pelo. Sintió el cálido aliento del fardo, sus dientes de tres centímetros de longitud...

Pero el empujón lo había llevado demasiado lejos. Se apartó rodando. Aturdido, sintiendo como si le hubieran roto las costillas, trató de ponerse en pie; oyó rugir al animal, preparándose para un nuevo ataque.

Ron se levantó. Cuando el perro volvió a saltar contra ellos, Ron empujó a Harry hacia un lado y el perro mordió el brazo estirado de Ron. 

—¡No! —gritaron varios.

—Pero... ¿que? —preguntó James cada vez más confuso.

Harry embistió y agarró al animal por el pelo, pero éste arrastraba a Ron con tanta facilidad como si fuera un muñeco de trapo.

Los alumnos estaban cada vez más asustados, ¿que demonios estaba pasando?

Entonces, algo surgido de no se sabía dónde golpeó a Ha­rry tan fuerte en la cara que volvió a derribarlo. 

James estaba tan confuso que estaba a punto de chillar, y el estado de Lily no era muy diferente, ¿que demonios estaba haciendo Sirius y porque había vuelto a atacar a Harry?

Oyó a Her­mione chillar de dolor y caer también. Harry manoteó en bus­ca de la varita, parpadeando para quitarse la sangre de los ojos.

—¡Lumos! —susurró.

La luz de la varita iluminó un grueso árbol. Habían per­seguido a Scabbers hasta el sauce boxeador; y sus ramas cru­jían como azotadas por un fortísimo viento y oscilaban de atrás adelante para impedir que se aproximaran.

—Vale, ha sido el sauce, eso tiene sentido —comentó Lily en voz baja, pero más preocupada que antes.

Al pie del árbol estaba el perro, arrastrando a Ron y me­tiéndolo por un hueco que había en las raíces. Ron luchaba denodadamente, pero su cabeza y su torso se estaban per­diendo de vista.

—¡Ron! —gritó Harry, intentando seguirlo, pero una grue­sa rama le propinó un restallante y terrible trallazo que lo obligó a retroceder.

Lo único que podían ver ya de Ron era la pierna con la que el muchacho se había enganchado en una rama para impedir que el perro lo arrastrase. Un horrible crujido cor­tó el aire como un pistoletazo. La pierna de Ron se había roto y el pie desapareció en aquel momento.

—¡Joder Sirius! —gritó Arthur cabreado—. ¡Eres jodidamente idiota! ¡Joder!

Harry abrió mucho los ojos. Nunca había visto comportarse así a el padre de Ron. Era obvio que estaba muy cabreado, su cara estaba completamente roja y tenía los ojos bastante más abiertos de lo normal. Aún así, parecía que se estaba conteniendo mucho para no hacer algo de lo que luego se pudiera arrepentir.

Sirius bajó la cabeza, sin saber que decir.

—Venga papa —dijo Ron—. No le des importancia, ya está todo bien.

Arthur cerró los ojos durante unos segundos, buscando relajarse, y se sentó. Harry pensaba que no parecía realmente calmado pero, aprovechando la oportunidad, se apresuró a continuar con la lectura.

—Harry, tenemos que pedir ayuda —gritó Hermione. Ella también sangraba. El sauce le había hecho un corte en el hombro.

Muchos de los alumnos seguían asustados, prestando mucha atención a la historia, otros, sin embargo, se habían quedado pensando en que el padre de Ron le había gritado a Sirius. Algo hizo "clack" en sus cabezas. El día en el que todo esto de los libros comenzó Sirius había venido transformado en perro... Un perro había atacado al trió... El padre de Ron le había insultado a Sirius... ¡Sirius era un animago!

(¡Wow! Que inteligentes son esos tíos por favor, ¿soy el único llorando de la emoción?)

—¡No! ¡Este ser es lo bastante grande para comérselo! ¡No tenemos tiempo!

—No conseguiremos pasar sin ayuda.

Otra rama les lanzó otro latigazo, con las ramitas enros­cadas como puños.

—Si ese perro ha podido entrar, nosotros también —ja­deó Harry, corriendo y zigzagueando, tratando de encontrar un camino a través de las ramas que daban trallazos al aire, pero era imposible acercarse un centímetro más sin ser gol­peados por el árbol.

Harry tenía ganas de animarse a si mismo.

—¡Socorro, socorro! —gritó Hermione, como una histéri­ca, dando brincos sin moverse del sitio—. ¡Por favor...!

Crookshanks dio un salto al frente. Se deslizó como una serpiente por entre las ramas que azotaban el aire y se aga­rró con las zarpas a un nudo del tronco.

De repente, como si el árbol se hubiera vuelto de piedra, dejó de moverse.

—¡Impresionante! —exclamaron muchos sorprendidos.

—¿Y como demonios sabía eso su estúpido gato? —preguntó Pansy—. Yo no puedo con esto, esta historia es absurda, ¿en serio alguien se está creyendo esta basura?

—Pansy, por tu propio bien, cierra la boquita —le aconsejo Astoria demasiado cerca de Draco. Eso no pudo enfurecer más a Pansy.

—Zorra.

—¡Pansy! —le dijo Draco para que se detuviera.

—¿Que me has dicho? —preguntó Astoria cabreada y sorprendida.

—¡Lo que has oído! —exclamó Pansy—. ¡Estoy diciendo que eres una zorra! Siempre actuando como si Draco fuera idiota, como si lo odiaras mucho mucho, ¡Y mírate ahora! ¡Pegadita a el! ¿Y que has hecho para que el se acerque a ti? ¿Que has hecho para que mi Draco cambie tanto? ¡Seguro que te lo has... que te lo has... ¡Seguro que te lo has follado! ¡Sí! ¡Sucia manipuladora!

Astoria tenía la boca y los ojos muy abiertos, no sabía realmente como reaccionar.

—¿A que demonios viene todo esto Pansy? —preguntó Malfoy molesto mientras se ponía de pie—. Solo estás diciendo basura sin sentido. Y lo que yo haga con Astoria no tiene nada que ver contigo.

—¿Estás admitiendo que lo habéis hecho?

—¡Estoy diciéndote que a ti eso no te incumbe! ¡Lo que hagamos ella y yo solo nos incumbe a nosotros!

La pálida cara de Pansy estaba cada vez más roja.

—¡Eres idiota, Draco, idiota! ¡No se como te has vuelto tan imbécil de una semana para otra! —gritó Pansy antes de marcharse corriendo. De nuevo.

—Se llama madurar —dijo Draco para nadie en particular mientras se sentaba.

Una vez sentado se encontró con la mirada de Astoria, que no paraba de mirarle.

—¿Que? —le preguntó Draco.

—¿Es que no piensas aclarar todo esto?

En ese momento Draco fue consciente de que todos en el comedor les estaban observando. Se apresuró a volver a ponerse de pie, muy nervioso.

—Emm... Eh... Perdón por esto—dijo para empezar—. Y no, Astoria y yo aún no lo hemos hecho.

Astoria se mordió el labio y negó con la cabeza. Su novio era un inútil.

—¿Aún? —le preguntó Blaise.

—Emm... Mierda.

Astoria se levantó suspirando.

—Ahora estamos saliendo, así están las cosas —dijo algo avergonzada.

Draco la miró sorprendido, ¿que había pasado con eso de mantenerlo en secreto? Astoria se encogió de hombros indicándole que no estaba molesta.

—¡Bombazo informativo! —exclamaron Fred.

—¡Hay una chica que no es un troll que se siente atraída por Malfoy! ¿Quien quiere apostar por cuanto durara su relación? —preguntó George.

—¡Hey! —les gritó la pareja.

El comedor se había llenado de murmullos, muchos estaban haciendo una cola frente a los gemelos.

—¡Avisamos de que el dinero que no sea repartido una vez corten se lo quedan estos servidores! —indicaron los gemelos.

—¿No piensas detenerles? —le preguntó Arthur a Molly.

—Creo que está bien que Malfoy sufrá un poco.

—Que vengativa que eres —le dijo Arthur sonriendo.

—Tampoco veo que tus estés haciendo nada para detenerles.

—Touché.

—¿Que me dices, Draco? ¿Quieres que apostemos también? —le preguntó Astoria.

—¿Que? —preguntó Draco sorprendido.

—¿Cuanto crees que duraremos?

—¿De verdad quieres que responda a algo así?

—No estoy segura.

—¿Cuanto quieres que duremos?

—¿Quieres la respuesta soñadora o la realista?

—No estoy seguro.

—Un hombre tan indeciso no creo que dure mucho conmigo... —bromeó Astoria.

Draco alzó una ceja.

—Está bien, dime, cuanto quieres que duremos.

—¿La respuesta soñadora o la rea...

—La que estás pensando ahora mismo.

Astoria cogió aire y se reclinó en su asiento. Ella sabía, gracias a la nota que había le habían enviado las personas del futuro hacía unos días, que ella y Draco iban a acabar casados pero tampoco sabía como reaccionaría Draco si ella le contaba que era eso lo que esperaba, ¿Como puede reaccionar una persona con la que acabas de empezar a salir si le dices que esperas que os caséis y que estáis juntos para siempre? El corazón de Astoria latía tan rápido como el Vals del Minuto de Chopin y no sabía que decir.

— ¿No crees que Scorpius es un buen nombre?

—¿Que?

—Bueno, los Black tenéis la costumbre de poner nombre de constelaciones a vuestros hijos ¿no?

—Espera, ¿Estás insinuando que...

Astoria se giró de forma brusca, nunca había estado más avergonzada en toda su vida. Acababa de hacer algo totalmente estúpido. Tonta, tonta, pensó para si misma, ¿como has dicho algo así? ¡Draco va a pensar que estás más loca que Lunática! ¡Vas a tener mucha suerte si no te deja ahora mismo!

Draco no sabía que pensar, ¿estaba siendo estúpido o Astoria había dicho le que creía que había dicho? Estaba tomándole el pelo ¿no? Eso era lo más lógico, pero el ver a Astoria de espaldas tan avergonzada le decía que eso no era así. Draco tragó saliva. No tenía ningún sentido seguir con Astoria si no pensaba corresponderla de la manera que ella esperaba. No tenía sentido seguir con Astoria si el no buscaba lo mismo que ella. ¿Y tu que buscas, Draco?

Draco se revolvió el pelo.

—Entonces supongo que ahora puedo atreverme a apostar sin miedo —dijo levantandose.

—¿Que? —preguntó Astoria sorprendida girándose hacia el.

Pero Draco no contestó. Astoria vio como caminaba de forma tranquila hasta los gemelos Weasley, como escribía algo en un trozo de papel y como les entregaba un puñado de brillantes monedas.

La boca de Astoria estaba tan abierta que casi parecía que estaba invitando a las moscas a que se colaran dentro. ¿En serio había pasado lo que creía que había pasado? No tenía demasiado sentido, ¡Pero había pasado!

—Espero que esto salga bien —dijo Draco al volver—. Hay diez galeones en juego.

Astoria seguía sin saber que decir, así que le dieron ganas de abrazar a Harry cuando este retomó la lectura.

(Este Harry... Siempre salvando damas en apuros, es un mujeriego... ¡Pero esto es terreno ocupado cabeza cortada!)

—¡Crookshanks! —gritó Hermione, dubitativa. Cogió a Ha­rry por el brazo tan fuerte que le hizo daño—. ¿Cómo sabía...?

—Es amigo del perro —dijo Harry con tristeza—. Los he visto juntos... Vamos. Ten la varita a punto.

En unos segundos recorrieron la distancia que les sepa­raba del tronco, pero antes de que llegaran al hueco que ha­bía entre las raíces, Crookshanks se metió por él agitando la cola de brocha. Harry lo siguió. Entró a gatas, metiendo pri­mero la cabeza, y se deslizó por una rampa de tierra hasta la boca de un túnel de techo muy bajo. Crookshanks estaba ya lejos de él y sus ojos brillaban a la luz de la varita de Harry. Un segundo después, entró Hermione.

—¿Dónde está Ron? —le preguntó con voz aterrorizada.

—Por aquí —indicó Harry, poniéndose en camino con la espalda arqueada, siguiendo a Crookshanks.

—¿Adónde irá este túnel? —le preguntó Hermione, sin aliento.

—No sé... Está señalado en el mapa del merodeador; pero Fred y George creían que nadie lo había utilizado nun­ca. Se sale del límite del mapa, pero daba la impresión de que iba a Hogsmeade...

Avanzaban tan aprisa como podían, casi doblados por la cintura. Por momentos podían ver la cola de Crookshanks. El pasadizo no se acababa. Parecía tan largo como el que iba a Honeydukes. Lo único en que podía pensar Harry era en Ron y en lo que le podía estar haciendo el perrazo... Al correr aga­chado, le costaba trabajo respirar y le dolía...

Y entonces el túnel empezó a elevarse, y luego a serpen­tear; y Crookshanks había desaparecido. En vez de ver al gato, Harry veía una tenue luz que penetraba por una pequeña abertura.

Se detuvieron jadeando, para coger aire. Avanzaron con cautela hasta la abertura. Levantaron las varitas para ver lo que había al otro lado.

Había una habitación, muy desordenada y llena de pol­vo. El papel se despegaba de las paredes. El suelo estaba lle­no de manchas. Todos los muebles estaban rotos, como si al­guien los hubiera destrozado. Las ventanas estaban todas cegadas con maderas.

Muy pocos sabían que lugar era en el que se encontraban.

Harry miró a Hermione, que parecía muy asustada, pero asintió con la cabeza.

Ron sonrió, no podía estar rodeado de mejores personas. Instintivamente cogió a Hermion de la mano y comenzó a acariciarla.

—Hum... ¿Ron? —le dijo Harry al oído—. Hermione está sentada al otro lado.

(Perdón, perdón, perdón, pero es que si no escribía eso no iba a ser capaz de dormir esta noche :p)

Harry salió por la abertura mirando a su alrededor. La habitación estaba desierta, pero a la derecha había una puerta abierta que daba a un vestíbulo en sombras. Hermione volvió a cogerse del brazo de Harry. Miraba de un lado a otro con los ojos muy abiertos, observando las ventanas tapadas.

—Harry —susurró—. Creo que estamos en la Casa de los Gritos.

Varios asintieron.

Harry miró a su alrededor. Posó la mirada en una silla de madera que estaba cerca de ellos. Le habían arrancado varios trozos y una pata.

—Eso no lo han hecho los fantasmas —observó.

En ese momento oyeron un crujido en lo alto. Algo se ha­bía movido en la parte de arriba. Miraron al techo. Hermio­ne le cogía el brazo con tal fuerza que perdía sensibilidad en los dedos. La miró. Hermione volvió a asentir con la cabeza y lo soltó.

Ron volvió a sentir lo mismo que antes, pero estaba tan avergonzado por como Harry había rechazado su muestra de afecto que no volvió a intentar nada. Y es que un chico lo tiene muy difícil cuando está enamorado de su mejor amigo.

(¿Hace falta que os diga que ignoréis ese párrafo?)

Tan en silencio como pudieron, entraron en el vestíbulo y subieron por la escalera, que se estaba desmoronando. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo, salvo el suelo, donde algo arrastrado escaleras arriba había dejado una es­tela ancha y brillante.

Llegaron hasta el oscuro descansillo.

—Nox —susurraron a un tiempo, y se apagaron las lu­ces de las varitas.

Solamente había una puerta abierta. Al dirigirse despa­cio hacia ella, oyeron un movimiento al otro lado. Un suave gemido, y luego un ronroneo profundo y sonoro. Cambiaron una última mirada y un último asentimiento con la cabeza.

Sosteniendo la varita ante sí, Harry abrió la puerta de una patada.

Crookshanks estaba acostado en una magnífica cama con dosel y colgaduras polvorientas. Ronroneó al verlos. En el suelo, a su lado, sujetándose la pierna que sobresalía en un ángulo anormal, estaba Ron. Harry y Hermione se le acerca­ron rápidamente.

—¡Ron!, ¿te encuentras bien?

—¿Dónde está el perro?

—No hay perro —gimió Ron. El dolor le hacía apretar los dientes—. Harry, esto es una trampa...

Muchos tragaron saliva, impacientes por saber que ocurría.

—¿Qué...?

—Él es el perro. Es un animago...

Para sorpresa de Sirius, nadie se mostró demasiado sorprendido, casi todos había llegado a esa conclusión hacia ya tiempo.

Ron miraba por encima del hombro de Harry. Harry se dio la vuelta. El hombre oculto en las sombras cerró la puer­ta tras ellos.

Una masa de pelo sucio y revuelto le caía hasta los co­dos. Si no le hubieran brillado los ojos en las cuencas pro­fundas y oscuras, habría creído que se trataba de un cadá­ver. La piel de cera estaba tan estirada sobre los huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca dejaba al descu­bierto sus dientes amarillos. 

—Tan sexy como siempre, ¿eh canuto? —bromeó Remus.

—Tampoco es que tu seas una autentica belleza, Lunatico.

—Ignora a mi tío, Remus, ya está chocheando, no sabe lo que dice —dijo Tonks antes de darle un pequeño beso (pequeño para ser Tonks).

Sirius refunfuñó, James estaba con Lily la fantastica, Remus estaba con Tonks la joven metamorfomaga, ¿Y el qué? Tal vez sería mejor que muriera ese año, como dictaba el destino...

(Sin comentarios)

Era Sirius Black.

(¡Oh, dios! ¿Era Sirius Black? ¡No me lo esperaba para nada! ¿Cual será la siguiente sorpresa? ¿Que Sirius Black sea una buena persona? Por favor...)

—¡Expeliarmo! —exclamó, dirigiendo hacia ellos la va­rita de Ron.

Las varitas que empuñaban Harry y Hermione saltaron de sus manos, y Black las recogió. Dio un paso hacia ellos, con los ojos fijos en Harry.

—Pensé que vendrías a ayudar a tu amigo —dijo con voz ronca. Su voz sonaba como si no la hubiera empleado en mu­cho tiempo—. Tu padre habría hecho lo mismo por mí. Habéis sido muy valientes por no salir corriendo en busca de un profesor. Muchas gracias. Esto lo hará todo mucho más fácil...

—¡Un aplauso para el señor Black! —exclamaron los gemelos simultáneamente poniéndose en pie—. Acaba de ganar, de forma totalmente indiscutible, el premio a "el mejor hombre inocente que ha sido confundido como un villano y se comporta como un villano en frente del único que no debería comportarse como un villano". Felicidades.

Harry oyó la burla sobre su padre como si Black la hubie­ra proferido a voces. Notó la quemazón del odio, que no dejaba lugar al miedo. Por primera vez en su vida habría querido volver a tener en su mano la varita, no para defenderse, sino para atacar... 

Harry tragó saliva, esto era demasiado, no quería seguir leyendo. Se giró hacia Dumbledore y le suplicó con la mirada.

—Continua, por favor.

Harry cogió aire. Estaba algo molesto con el director pero siguió leyendo.

para matar. 

La vista de Harry se nubló, le costaba diferenciar las letras, no veía tildes, se comía espacios entre palabra y palabra y se saltaba las comas, cada vez más nervioso.

Sinsaber lo que haciase adelante pero algose movio asus cóstados y dos paresde manoslo sujetaron y lo hicieron retroceder.

Harry hizo una pausa y se puso la mano en el pecho, sentía su corazón latiendo con violencia. Su cabreo con Dumbledore aumentó, ¿Porque tenía que estar leyendo ahora? ¿Estaba aprendiendo algo? No. Solo estaba pasándolo mal. Y no era la primera vez que pasaba algo así, Dumbledore no le impidió participar en el torneo de los tres magos en el que el no quería participar, le utilizó como carnada para descubrir que estaba ocurriendo, ¡Y es más! ¡Por culpa de eso Voldemort regresó! ¿Era Dumbledore consciente de lo mucho que sus decisiones habían marcado los hechos que habían ocurrido? ¿Que demonios había dentro de esa cabeza? ¿Que clase de pensamientos se ocultan tras esos apagados ojos? En ese momento, más que nunca, Harry se sintió como una herramienta. Como una marioneta siendo manejada en un mundo mucho más grande que ella y sin entender porque hacia lo que hacia y porque pasaba lo que pasaba. Ahora no es momento de pensar estas estupideces, se obligó a pensar, hay que seguir con el libro.

—¡No, Harry! —exclamó Hermione, petrificada.

Ron, sin embargo, se dirigió a Black:

—Si quiere matar a Harry, tendrá que matarnos tam­bién a nosotros —dijo con fiereza, aunque el esfuerzo que había hecho para levantarse lo había dejado aún más pálido, y oscilaba al hablar.

Todos se giraron hacia Ron con admiración y Harry no pudo evitar sonreirle, esto le había alejado un poco de todos esos anteriores pensamientos.

Algo titiló en los ojos sombríos de Black.

—Échate —le dijo a Ron en voz baja— o será peor para tu pierna.

—¿Me ha oído? —dijo Ron débilmente, apoyándose en Harry para mantenerse en pie—. Tendrá que matarnos a los tres.

—Sólo habrá un asesinato esta noche —respondió Black, acentuando la mueca.

—Sirius —le llamó Fred—. ¿Me lo parece a mi o estás pidiendo otro premio?

—Creo que tienes un talento natural para esto —comentó George.

—¿Por qué? —preguntó Harry, tratando de soltarse de Ron y de Hermione—. No le importó la última vez, ¿a que no? No le importó matar a todos aquellos muggles al mismo tiempo que a Pettigrew... ¿Qué ocurre, se ha ablandado us­ted en Azkaban?

Muchos abrieron los ojos sorprendidos, Harry si que tenía *****s.

—¡Harry! —sollozó Hermione—. ¡Cállate!

—¡ÉL MATÓ A MIS PADRES! —gritó Harry.

Muchos tragaron saliva pero nadie dijo nada. Harry volvió a sentirse incomodo por tener que seguir leyendo.

Y haciendo un último esfuerzo se liberó de Ron y de Her­mione, y se lanzó.

Había olvidado la magia. Había olvidado que era bajito y poca cosa y que tenía trece años, mientras que Black era un hombre adulto y alto. Lo único que sabía Harry era que quería hacerle a Black todo el daño posible, y que no le im­portaba el que recibiera a cambio.

Tal vez fuera por la impresión que le produjo ver a Harry cometiendo aquella necedad, pero Black no levantó a tiempo las varitas. Harry sujetó por la muñeca la mano li­bre de Black, desviando la orientación de las varitas. Tras propinarle un puñetazo en el pómulo, los dos cayeron hacia atrás, contra la pared.

Hermione y Ron gritaron. Vieron un resplandor cegador cuando las varitas que Black tenía en la mano lanzaron un chorro de chispas que por unos centímetros no dieron a Ha­rry en la cara. Harry sintió retorcerse bajo sus dedos el brazo de Black, pero no lo soltó y golpeó con la otra mano.

Pero Black aferró con su mano libre el cuello de Harry.

—¡Sirius que coño haces!

—¡Que demonios te pasa!

—¿Primero Ron y ahora esto?

Muchas voces y gritos eran dirigidas a el, la mayoría de los alumnos estaban quietos y muy callados, sin entender para nada que estaba ocurriendo.

Sirius permaneció en silencio.

—No —susurró—. He esperado demasiado tiempo.

Apretó los dedos. Harry se ahogaba. Las gafas se le ha­bían caído hacia un lado.

James estaba empezando a volverse violento.

Entonces vio el pie de Hermione, salido de no se sabía dónde. 

Muchos miraron con admiración ahora a Hermione.

Black soltó a Harry profiriendo un alarido de dolor. Ron se arrojó sobre la mano con que Black sujetaba la varita y Harry oyó un débil tintineo.

Se soltó del nudo de cuerpos y vio su propia varita en el suelo. Se tiró hacia ella, pero...

—¡Ah!

Crookshanks se había unido a la lucha, clavándole las zarpas delanteras en el brazo. Harry se lo sacudió de enci­ma, pero Crookshanks se dirigió como una flecha hacia la va­rita de Harry.

—¡NO! —exclamó Harry, y propinó a Crookshanks un puntapié que lo tiró a un lado bufando. Harry recogió la varita y se dio la vuelta.

—¡Apartaos! —gritó a Ron y a Hermione.

No necesitaron oírlo dos veces. Hermione, sin aliento y con sangre en el labio, se hizo a un lado, recogiendo su varita y la de Ron. Ron se arrastró hasta la cama y se derrumbó so­bre ella, jadeando y con la cara ya casi verde, asiéndose la pierna rota con las manos.

Black yacía de cualquier manera junto a la pared. Su es­trecho tórax subía y bajaba con rapidez mientras veía a Harry aproximarse muy despacio, apuntándole directamen­te al corazón con la varita.

—¿Vas a matarme, Harry? —preguntó.

Todos en el comedor estaban aterrorizados, ¿que estaba pasando? ¿que iba a pasar?

Harry se paró delante de él, sin dejar de apuntarle con la varita, y bajando la vista para observarle la cara. El ojo iz­quierdo se le estaba hinchando y le sangraba la nariz.

—Usted mató a mis padres —dijo Harry con voz algo temblorosa, pero con la mano firme.

Harry suspiró, ¿es que Dumbledore no entendía que estaba sufriendo?

Black lo miró fijamente con aquellos ojos hundidos.

—No lo niego —dijo en voz baja—. Pero si supieras toda la historia...

—¿Toda la historia? —repitió Harry, con un furioso mar­tilleo en los oídos—. Los entregó a Voldemort, eso es todo lo que necesito saber.

—Tienes que escucharme —dijo Black con un dejo de apremio en la voz—. Lo lamentarás si no... si no com­prendes...

Harry cerró los ojos un segundo.

—Comprendo más de lo que cree —dijo Harry con la voz cada vez más temblorosa—. Usted no la ha oído nunca, ¿ver­dad? 

La voz de Harry comenzó a temblar.

A mi madre, impidiendo que Voldemort me matara... Y usted lo hizo. Lo hizo...

Ver a Harry leyendo esto... Con la voz tan temblorosa... Nadie entendía porque Dumbledore le había hecho leer.

Antes de que nadie pudiera decir nada más, algo canela pasó por delante de Harry como un rayo. Crookshanks saltó sobre el pecho de Black y se quedó allí, sobre su corazón. Black cerró los ojos y los volvió a abrir mirando al gato.

—Vete —ordenó Black, tratando de quitarse de encima al animal. Pero Crookshanks le hundió las garras en la túni­ca. Volvió a Harry su cara fea y aplastada, y lo miró con sus grandes ojos amarillos. Hermione, que estaba a su derecha, lanzó un sollozo.

Harry miró a Black y a Crookshanks, sujetando la varita aún con más fuerza. ¿Y qué si tenía que matar también al gato? Era un aliado de Black... 

Harry abrió mucho los ojos, ¿en serio había llegado a pensar algo así? Era horrible... Su respiración agitada aceleraba por momentos.

Si estaba dispuesto a morir defendiéndolo, no era asunto suyo. Si Black quería salvarlo, eso sólo demostraría que le importaba más Crookshanks que los padres de Harry...

Harry levantó la varita. Había llegado el momento de vengar a sus padres. Iba a matar a Black. Tenía que matarlo. Era su oportunidad...

Nadie se atrevía a decir nada.

—No quiero —dijo Harry.

—¿Perdona? —preguntó el profesor Dumbledore.

—He dicho que no quiero seguir leyendo.

—¿Puedo preguntar por que?

Harry no sabía realmente que contestar.

—¿Es porque te avergüenzas de lo que estabas pensando?

—Yo...

—¿Es porque te avergüenzas de tus actos?

La respiración de Harry se volvía cada vez más agitada.

—¿Te avergüenzas de haber intentado matar a alguien sin saber realmente si había hecho lo que creías que había hecho?

Harry tragó saliva.

—Albus —dijo Sirius en voz alta. Dumbledore se calló—. Harry... No le des demasiada importancia... Tenías trece años...

Pero Harry no pensaba lo mismo. Había sido un autentico idiota, ¿que habría pasado si realmente lo hubiera matado? ¡Habría eliminado el mismo a el último miembro de su familia! No quería pensar en ello, pero era inevitable. Odiaba haber tenido pensamientos así, siempre tan impulsivo... ¿porque no era capaz de pensar las cosas de una forma más fría? Estaba juzgando Sirius de la mima manera que lo había hecho el ministerio. Podía poner todas las excusas que quisiera, pero eso no cambiaba lo que había ocurrido. Hay algo que puedes sacar de aquí, Harry.

—Leeré.

Dumbledore asintió, satisfecho.

Pasaron unos segundos y Harry seguía inmóvil, con la varita en alto. Black lo miraba fijamente, con Crookshanks sobre el pecho. En la cama en la que estaba tendido Ron se oía una respiración jadeante. Hermione permanecía en silencio.

Y entonces oyeron algo que no habían oído hasta entonces.

Unos pasos amortiguados. Alguien caminaba por el piso inferior.

—¡ESTAMOS AQUÍ ARRIBA! —gritó Hermione de pron­to—. ¡ESTAMOS AQUÍ ARRIBA! ¡SIRIUS BLACK! ¡DENSE PRISA!

Black sufrió tal sobresalto que Crookshanks estuvo a punto de caerse. Harry apretó la varita con una fuerza irra­cional. ¡Mátalo ya!, dijo una voz en su cabeza. Pero los pasos que subían las escaleras se oían cada vez más fuertes, y Harry seguía sin moverse.

La puerta de la habitación se abrió de golpe entre una lluvia de chispas rojas y Harry se volvió cuando el profesor Lupin entró en la habitación como un rayo. El profesor Lu­pin tenía la cara exangüe, y la varita levantada y dispuesta. Miró a Ron, que yacía en la cama; a Hermione, encogida de miedo junto a la puerta; a Harry, que no dejaba de apuntar a Black con la varita; y al mismo Black, desplomado a los pies de Harry y sangrando.

—¡Expeliarmo! —gritó Lupin.

—¿Que? —exclamaron muchos sorprendidos. ¿Porque Lupin había hecho eso?

La varita de Harry salió volando de su mano. También lo hicieron las dos que sujetaba Hermione. Lupin las cogió todas hábilmente y luego penetró en la habitación, mirando a Black, que todavía tenía a Crookshanks protectoramente encaramado en el pecho.

Harry se sintió de pronto como vacío. No lo había mata­do. Le había faltado valor. Black volvería a manos de los dementores.

Entonces habló Lupin, con una voz extraña que tembla­ba de emoción contenida:

—¿Dónde está, Sirius?

Harry miró a Lupin. No comprendía qué quería decir. ¿De quién hablaba? Se volvió para mirar de nuevo a Black, cuyo rostro carecía completamente de expresión. Durante unos segundos no se movió. Luego, muy despacio, levantó la mano y señaló a Ron. Desconcertado, Harry se volvió hacia el sorprendido Ron.

—Pero entonces... —murmuró Lupin, mirando tan in­tensamente a Black que parecía leer sus pensamientos—, ¿por qué no se ha manifestado antes? A menos que... —De repente, los ojos de Lupin se dilataron como si viera algo más allá de Black, algo que no podía ver ninguno de los pre­sentes— ... a menos que fuera él quien... a menos que te transmutaras... sin decírmelo...

Muy despacio, sin apartar los hundidos ojos de Lupin, Black asintió con la cabeza.

—Profesor Lupin, ¿qué pasa? —interrumpió Harry en voz alta—. ¿Qué...?

Pero no terminó la pregunta, porque lo que vio lo dejó mudo. Lupin bajaba la varita. Un instante después, se acer­có a Black, le cogió la mano, tiró de él para incorporarlo y para que Crookshanks cayese al suelo, y abrazó a Black —como a un hermano.

Harry se sintió como si le hubieran agujereado el fondo del estómago.

—¡NO LO PUEDO CREER! —gritó Hermione.

Lupin soltó a Black y se volvió hacia ella. Hermione se había levantado del suelo y señalaba a Lupin con ojos espan­tados.

—Usted... usted...

—Hermione...

—¡... usted y él!

—Tranquilízate, Hermione.

—¡No se lo dije a nadie! —gritó Hermione—. ¡Lo he estado encubriendo!

—¡Hermione, escúchame, por favor! —exclamó Lupin—. Puedo explicarlo...

Harry temblaba, no de miedo, sino de una ira renovada.

—Yo confié en usted —gritó a Lupin, flaqueándole la voz— y en realidad era amigo de él.

—Estáis en un error —explicó Lupin—. No he sido amigo suyo durante estos doce años, pero ahora sí... Dejadme que os lo explique...

—¡NO! —gritó Hermione—. Harry, no te fíes de él. Ha ayudado a Black a entrar en el castillo. También él quiere matarte. ¡Es un hombre lobo!

Bueno, no era una ninguna sorpresa que Lupin era un hombre lobo. Todos lo sabían. Pero eso de que quería matar a Harry... No podía ser cierto, ¿no?

Se hizo un vibrante silencio. Todos miraban a Lupin, que parecía tranquilo, aunque estaba muy pálido.

—Estás acertando mucho menos que de costumbre, Her­mione —dijo—. Me temo que sólo una de tres. No es verdad que haya ayudado a Sirius a entrar en el castillo, y te asegu­ro que no quiero matar a Harry... —Se estremeció visible­mente—. Pero no negaré que soy un hombre lobo.

Ron hizo un esfuerzo por volver a levantarse, pero se cayó con un gemido de dolor. Lupin se le acercó preocupado, pero Ron exclamó:

—¡Aléjate de mí, licántropo!

—Perdón por eso —se disculpó Ron.

Lupin se paró en seco. Y entonces, con un esfuerzo evi­dente, se volvió a Hermione y le dijo:

—¿Cuánto hace que lo sabes?

—Siglos —contestó Hermione—. Desde que hice el tra­bajo para el profesor Snape.

James fulminó a Snape con la mirada, era obvio que les había hecho hacer ese trabajo para que alguien se diera cuenta.

—Estará encantado —dijo Lupin con poco entusias­mo—. Os puso ese trabajo para que alguno de vosotros se percatara de mis síntomas. ¿Comprobaste el mapa lunar y te diste cuenta de que yo siempre estaba enfermo en luna llena? ¿Te diste cuenta de que el boggart se transformaba en luna al verme?

—Las dos cosas —respondió Hermione en voz baja.

Lupin lanzó una risa forzada.

—Nunca he conocido una bruja de tu edad tan inteligen­te, Hermione.

—Eso duele, Remus —dijo Lily.

—Yo no me quejo —dijo Tonks—. Lo que Hermione me saca de inteligencia yo se lo sacó en belleza.

—¡Hey! —se quejo Hermione.

—No soy tan inteligente —susurró Hermione—. ¡Si lo fuera, le habría dicho a todo el mundo lo que es usted!

—Ya lo saben —dijo Lupin—. Al menos, el personal do­cente lo sabe.

—¿Dumbledore lo contrató sabiendo que era usted un li­cántropo? —preguntó Ron con voz ahogada—. ¿Está loco?

—Hay profesores que opinan que sí —admitió Lupin—. Le costó convencer a ciertos profesores de que yo era de fiar.

—¡Y ESTABA EN UN ERROR! —gritó Harry—. ¡HA ESTA­DO AYUDÁNDOLO TODO ESTE TIEMPO!

Señalaba a Black, que se había dirigido hacia la cama adoselada y se había echado encima, ocultando el rostro con mano temblorosa. Crookshanks saltó a su lado y se subió en sus rodillas ronroneando. Ron se alejó, arrastrando la pierna.

—No he ayudado a Sirius —dijo Lupin—. Si me dejáis, os lo explicaré. Mirad... —Separó las varitas de Harry, Ron y Hermione y las lanzó hacia sus respectivos dueños. Harry cogió la suya asombrado—. Ya veis —prosiguió Lupin, guar­dándose su propia varita en el cinto—. Ahora vosotros estáis armados y nosotros no. ¿Queréis escucharme?

Nadie sabía que pensar.

Harry no sabía qué pensar. ¿Sería un truco?

—Si no lo ha estado ayudando —dijo mirando furiosa­mente a Black—, ¿cómo sabía que se encontraba aquí?

—Por el mapa —explicó Lupin—. Por el mapa del mero­deador. Estaba en mi despacho examinándolo...

—¿Sabe utilizarlo? —le preguntó Harry con suspicacia.

—Por supuesto —contestó Lupin, haciendo con la mano un ademán de impaciencia—. Yo colaboré en su elaboración. Yo soy Lunático... Es el apodo que me pusieron mis amigos en el colegio.

—¿Usted hizo...?

—Lo importante es que esta tarde lo estaba examinando porque tenía la idea de que tú, Ron y Hermione intentaríais salir furtivamente del castillo para visitar a Hagrid antes de que su hipogrifo fuera ejecutado. Y estaba en lo cierto, ¿a que sí? —Comenzó a pasear sin dejar de mirarlos, levantando el polvo con los pies—. Supuse que os cubriríais con la vieja capa de tu padre, Harry.

—¿Cómo sabe lo de la capa?

—¡La de veces que vi a James desaparecer bajo ella! —dijo Lupin, repitiendo el ademán de impaciencia—. Que llevéis una capa invisible no os impide aparecer en el mapa del merodeador. Os vi cruzar los terrenos del colegio y en­trar en la cabaña de Hagrid. Veinte minutos más tarde de­jasteis a Hagrid y volvisteis hacia el castillo. Pero en aquella ocasión os acompañaba alguien.

—¿Qué dice? —interrumpió Harry—. Nada de eso. No nos acompañaba nadie.

—No podía creer lo que veía —prosiguió Lupin, todavía paseando, sin escuchar a Harry—. Creía que el mapa estaría estropeado. ¿Cómo podía estar con vosotros?

—¡No había nadie con nosotros!

—Y entonces vi otro punto que se os acercaba rápida­mente, con la inscripción «Sirius Black». Vi que chocaba con vosotros, vi que arrastraba a dos de vosotros hasta el inte­rior del sauce boxeador.

—¡A uno de nosotros! —dijo Ron enfadado.

—No, Ron —dijo Lupin—. A dos.

Dejó de pasearse y miró a Ron.

—¿Me dejas echarle un vistazo a la rata? —dijo con amabilidad.

Todos tragaron saliva.

—¿Qué? —preguntó Ron—. ¿Qué tiene que ver Scabbers en todo esto?

—Todo —respondió Lupin—. ¿Podría echarle un vista­zo, por favor?

Ron dudó. Metió la mano en la túnica. Scabbers salió agitándose como loca. Ron tuvo que agarrarla por la larga cola sin pelo para impedirle escapar. Crookshanks, todavía en las rodillas de Black, se levantó y dio un suave bufido.

Lupin se acercó más a Ron. Contuvo el aliento mientras examinaba detenidamente a Scabbers.

—¿Qué? —volvió a preguntar Ron, con cara de asustado y manteniendo a Scabbers junto a él—. ¿Qué tiene que ver la rata en todo esto?

—No es una rata —graznó de repente Sirius Black.

—¿Qué quiere decir? ¡Claro que es una rata!

—No lo es —dijo Lupin en voz baja—. Es un mago.

—Un animago —aclaró Black— llamado Peter Pettigrew.

Harry dejó de leer.

—Buen trabajo, Harry, permiteme leer a mi el siguiente —le pidió Dumbledore.

—Profesor... ¿Como ha sabido que aquí acababa el capitulo? —preguntó Harry con suspicacia.

—Oh, bueno —dijo Dumbledore—. Durante estás noches he tenido ciertos problemas para dormir y me he adelantado un poco con la lectura.

—¡Se los ha leído todos! —exclamó Hermione de pronto.

—No deja de sorprenderme, señorita Granger —dijo Dumbledore mientras confirmaba lo dicho por Hermione asintiendo con la cabeza—. Bien, entonces, comenzaré a leer: Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.

Aquí lo dejamos esta semana. Me ha parecido apropiado decir que Dumbledore había leído todos los libros porque, sinceramente, es lo que creo que habría hecho en esa situación. Tendría tanto en la cabeza que la única manera de aclararlo todo sería leer los libros y, siendo Dumbledore como es, dudo que hubiera seguido el ritmo que llevan.

Bueno, ¿que os a parecido? Espero que os haya gustado y todo eso y, como siempre, me gustaría que dejéis un mensajito en los comentarios contándome que os a parecido, que esas cosas me alegran el día.

Hasta el miércoles!


¡Lee el siguiente capítulo!

¡Hora de admirar a Snape!

-¡Me tendría a mi! –exclamó Bellatrix con fervor-. ¡Yo pasé muchos años en Azkaban por él!
-Sí, eso fue admirable, desde luego –admitió Snape con tedio-. Claro que desde la prisión no podías ayudar mucho, pero el gesto fue sin duda muy considerado.

jueves, 9 de julio de 2015

La predicción de la profesora Trelawney


¡Dale cañita Ernie!

Antes de nada quiero decir que en estás semanas me han pasado más cosas que en el resto de año entero. Y, bueno,  esa gran serie de cosas no planificadas me ha impedido hacer todo lo que me hubiera gustado hacer (como actualizar el fic, convertirme en maestro chocolatero y todo eso) Aunque no todo a sido malo, también ha pasado alguna que otra cosa buena, por ejemplo, han salido las notas del examen de acceso y he aprobado. Eso mola. Y mola más cuando ves que cerca del 70% de personas lo han suspendido. Bueno, técnicamente eso no mola, significa que un montón de personas han suspendido y van a tener que esperar un año entero para volver a intentarlo. Sorry.


Dejando de lado mis problemas personales que a nadie le importan, hablemos sobre el futuro del fic, ¡Ya estoy de vacaciones! ¡Capitulo diario! Ja. No. Ya me gustaría. Aunque por lo menos se acabó este descontrol. Un capitulo a la semana. No esta tan mal, ¿no? Según me vaya librando de cosas iré acelerando el ritmo.


Y sobre el capitulo de hoy... Bueno, sinceramente, el capitulo de hoy es lo escrito por J.K. Rowling a pelo, yo a penas he escrito cosas. Llamarme vago y todo lo que queráis, pero no se me ocurría nada de nada. Y entre eso y el poco tiempo... He tardado mucho en subir nada. En fin, que comience.

Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

LA PREDICCIÓN DE LA PROFESORA TRELAWNEY

—¿Puedo volver a leer? —casi rogó la joven Ravenclaw que había leído el capitulo anterior mirando al profesor Filwick con los ojos muy abiertos.

—Por favor, adelante —le contestó el bajito profesor a su alumna con una sonrisa.

—La predicción de la profesora Trelawney.

La euforia por haber ganado la copa de quidditch le duró a Harry al menos una semana. Incluso el clima pareció cele­brarlo. A medida que se aproximaba junio, los días se volvieron menos nublados y más calurosos, y lo que a todo el mundo le apetecía era pasear por los terrenos del colegio y dejarse caer en la hierba, con grandes cantidades de zumo de calabaza bien frío, o tal vez jugando una partida improvi­sada de gobstones, o viendo los fantásticos movimientos del calamar gigante por la superficie del lago.

Pero no podían hacerlo. 

—Malditos exámenes —bufó Ron adivinando la razón.

Los exámenes se echaban en­cima y, en lugar de holgazanear, los estudiantes tenían que permanecer dentro del castillo haciendo enormes es­fuerzos por concentrarse mientras por las ventanas entra­ban tentadoras ráfagas de aire estival. Incluso se había visto trabajar a Fred y a George Weasley; 

Fred y George miraron el suelo, incómodos, intentando no ver como su madre les sonreía, feliz de saber que sus revoltosos hijos trabajasen cuando tenían que hacerlo. 

estaban a punto de obtener el TIMO (Título Indispensable de Magia Ordi­naria). Percy se preparaba para el ÉXTASIS (EXámenes Terribles de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas), la titulación más alta que ofrecía Hogwarts. Como Percy quería entrar en el Ministerio de Magia, necesitaba las máximas puntuaciones. Se ponía cada vez más nervioso y castigaba muy severamente a cualquiera que interrumpiera por las tardes el silencio de la sala común. De hecho, la única per­sona que parecía estar más nerviosa que Percy era Her­mione.

Harry y Ron habían dejado de preguntarle cómo se las apañaba para acudir a la vez a varias clases, pero no pudie­ron contenerse cuando vieron el calendario de exámenes que tenía. La primera columna indicaba:


LUNES

9 en punto: Aritmancia

9 en punto: Transformaciones


Todos se giraron hacia Hermione extrañados, incluso la chica de Ravenclaw que estaba leyendo y tanto odiaba las interrupciones dejó de leer para mirarla. Hermione desvió la mirada, incomoda, y no dijo nada.


Comida

1 en punto: Encantamientos

1 en punto: Runas Antiguas



—¿Hermione? —dijo Ron con cautela, porque aquellos días saltaba fácilmente cuando la interrumpían—. Eeeh... ¿estás segura de que has copiado bien el calendario de exá­menes?

—¿Qué? —dijo Hermione bruscamente, cogiendo el ca­lendario y observándolo—. Claro que lo he copiado bien.

—¿Serviría de algo preguntarte cómo vas a hacer dos exámenes a la vez? —le dijo Harry.

—Es una buena pregunta —acordó Tonks.

—No —respondió Hermione lacónicamente—. ¿Habéis visto mi ejemplar de Numerología y gramática?

—Sí, lo cogí para leer en la cama —dijo Ron en voz muy baja.

—Ja, ja —rió Hermione con ironía.

Hermione empezó a revolver entre montañas de perga­minos en busca del libro. Entonces se oyó un leve roce en la ventana. Hedwig entró aleteando, con un sobre fuertemente atenazado en el pico.

—Es de Hagrid —dijo Harry, abriendo el sobre—. La apelación de Buckbeak se ha fijado para el día 6.

—Es el día que terminamos los exámenes —observó Hermione, que seguía buscando el libro de Aritmancia.

—Y tendrá lugar aquí. Vendrá alguien del Ministerio de Magia y un verdugo.

—¿Llevan un verdugo? ¿Antes de la apelación? —preguntó Lily algo irritada—. Esto no pinta bien.

Hermione levantó la vista, sobresaltada.

—¡Traen a un verdugo a la sesión de apelación! Es como si ya estuviera decidido.

—Sí, eso parece —dijo Harry pensativo.

—¡No pueden hacerlo! —gritó Ron—. ¡He pasado años leyendo cosas para su defensa! ¡No pueden pasarlo todo por alto!

Pero Harry tenía la horrible sensación de que la Comi­sión para las Criaturas Peligrosas había tomado ya su deci­sión, presionada por el señor Malfoy. 

Era lo que se temían todos en la sala.

Draco, que había es­tado notablemente apagado desde el triunfo de Gryffindor en la final de quidditch, había recuperado parte de su ante­rior petulancia. Por los comentarios socarrones que entreoía Harry, Malfoy estaba seguro de que matarían a Buckbeak, y parecía encantado de ser el causante. 

—Ah... Quiero volver al pasado y pegarme un buen golpe... —dijo Malfoy molesto.

—Bueno, sobre lo de volver al pasado no puedo hacer nada, ¡pero, como tu novia, haré lo que pueda para satisfacerte! —dijo Astoria animadamente antes de darle una colleja a Draco.

Lo único que podía ha­cer Harry era contenerse para no imitar a Hermione cuando abofeteó a Malfoy. Y lo peor de todo era que no tenían tiem­po ni ocasión de visitar a Hagrid, porque las nuevas y estric­tas medidas de seguridad no se habían levantado, y Harry no se atrevía a recoger la capa invisible del interior de la es­tatua de la bruja.

Comenzó la semana de exámenes y el castillo se sumió en un inusitado silencio. Los alumnos de tercero salieron del examen de Transformaciones el lunes a la hora de la comida, agotados y lívidos, comparando lo que habían hecho y queján­dose de la dificultad de los ejercicios, consistentes en trans­formar una tetera en tortuga. Hermione irritó a todos porque juraba que su tortuga era mucho más galápago, cosa que a los demás les traía sin cuidado.

—La mía tenía un pitorro en vez de cola. ¡Qué pesadi­lla...!

Algunos rieron al escucharlo.

—Creo que tengo algún tipo de maldición —dijo Neville—. Siempre me pasan cosas raras...

—¿Las tortugas echan vapor por la boca?

—La mía seguía teniendo un sauce dibujado en el capa­razón. ¿Creéis que me quitarán puntos?

Después de una comida apresurada, la clase volvió a subir para el examen de Encantamientos. Hermione había tenido razón: el profesor Flitwick puso en el examen los en­cantamientos estimulantes. Harry, por los nervios, exageró un poco el suyo, y Ron, que era su pareja en el ejercicio, se echó a reír como un histérico. Tuvieron que llevárselo a un aula vacía y dejarlo allí una hora, hasta que estuvo en condi­ciones de llevar a cabo el encantamiento. Después de cenar; los alumnos se fueron inmediatamente a sus respectivas sa­las comunes, pero no a relajarse, sino a repasar Cuidado de Criaturas Mágicas, Pociones y Astronomía.

Ron exhaló todo el aire que tenían sus pulmones de forma brusca.

—Estudiar y más estudiar... No me gustaría nada tener que volver a cursar tercero.

—Recuerda que este año tenemos los TIMOs —le dijo Hermione.

—¡Ay Merlín, llévame pronto! —exclamó Ron dejándose caer sobre el hombro de Hermione.

—Ojala sigamos leyendo los libros para siempre... —deseó Ginny.

—¡No! —se quejó Harry molesto con tan solo pensarlo, aunque, después de pararse a pensarlo, se dio cuenta de ese par de enormes ventajas que tendría en ese caso y tuvo que darle la razón a la HERMANA de su MEJOR AMIGO (Que es quede clarito quien es).

Hagrid presidió el examen de Cuidado de Criaturas Má­gicas, que se celebró la mañana siguiente, con un aire ciertamente preocupado. Parecía tener la cabeza en otra parte. Había llevado un gran cubo de gusarajos al aula, y les dijo que para aprobar tenían que conservar el gusarajo vivo du­rante una hora. Como los gusarajos vivían mejor si se los de­jaba en paz, resultó el examen más sencillo que habían teni­do nunca, 

—¡Ese es nuestro Hagrid! —dijeron simultáneamente James y Sirius sonriendole y levantando sus pulgares en señal de aprobación.

y además concedió a Harry, a Ron y a Hermione muchas oportunidades de hablar con Hagrid.

—Buckbeak está algo deprimido —les dijo Hagrid inclinándose un poco, haciendo como que comprobaba que el gusarajo de Harry seguía vivo—. Ha estado encerrado demasiado tiempo. Pero... en cualquier caso, pasado mañana lo sabremos.

Aquella tarde tuvieron el examen de Pociones: un absoluto desastre. Por más que lo intentó, Harry no consiguió que espesara su «receta para confundir», y Snape, vigilándo­lo con aire de vengativo placer, garabateó en el espacio de la nota, antes de alejarse, algo que parecía un cero.

—Más le vale que no —murmuraron James, Lily y Sirius.

A media noche, arriba, en la torre más alta, tuvieron el de Astronomía; el miércoles por la mañana el de Historia de la Magia, en el que Harry escribió todo lo que Florean For­tescue le había contado acerca de la persecución de las bru­jas en la Edad Media, y hubiera dado cualquier cosa por poderse tomar además en aquella aula sofocante uno de sus helados de nueces y chocolate. El miércoles por la tarde te­nían el examen de Herbología, en los invernaderos, bajo un sol abrasador. Luego volvieron a la sala común, con la nuca quemada por el sol y deseosos de encontrarse al día siguien­te a aquella misma hora, cuando todo hubiera finalizado.

El penúltimo examen, la mañana del jueves, fue el de Defensa Contra las Artes Oscuras. El profesor Lupin había preparado el examen más raro que habían tenido hasta la fecha. Una especie de carrera de obstáculos fuera, al sol, en la que tenían que vadear un profundo estanque de juegos que contenía un grindylow; atravesar una serie de agujeros llenos de gorros rojos; chapotear por entre ciénagas sin pres­tar oídos a las engañosas indicaciones de un hinkypunk; y meterse dentro del tronco de un árbol para enfrentarse con otro boggart.

—¡Suena genial! —dijeron muchos alumnos emocionados.

—Oye, pues yo creo que prefiero a Umbridge —dijo Ron con sarcasmo—. Sus métodos son mucho más prácticos.

—Estupendo, Harry —susurró Lupin, cuando el joven bajó sonriente del tronco—. Nota máxima.

—¡Ese es mi hijo! —dijo James dandole unas palmadas en la espalda a Harry.

Sonrojado por el éxito, Harry se quedó para ver a Ron y a Hermione. Ron lo hizo muy bien hasta llegar al hinkypunk, que logró confundirlo y que se hundiese en la ciénaga hasta la cintura. Hermione lo hizo perfectamente hasta llegar al árbol del boggart. Después de pasar un minuto dentro del tronco, salió gritando.

—¡Hermione! —dijo Lupin sobresaltado—. ¿Qué ocurre?

—La pro... profesora McGonagall —dijo Hermione con voz entrecortada, señalando al interior del tronco—. Me... ¡me ha dicho que me han suspendido en todo!

—Es, sin duda, lo más aterrador que he escuchado en mi vida —se burló Ron.

—No se si lo más aterrador, pero supongo que por lo menos suspender todo debe dar más miedo que una araña ¿no? —le respondió Hermione.

Ginny se giró hacia Harry.

—Como se nota el amor ¿eh?

—Y que lo digas.

Costó un rato tranquilizar a Hermione. Cuando por fin se recuperó, ella, Harry y Ron volvieron al castillo. Ron se­guía riéndose del boggart de Hermione, pero cuando estaban a punto de reñir, vieron algo al final de las escaleras.

Cornelius Fudge, sudando bajo su capa de rayas, con­templaba desde arriba los terrenos del colegio. Se sobresaltó al ver a Harry.

—¡Hola, Harry! —dijo—. ¿Vienes de un examen? ¿Te fal­ta poco para acabar?

—Sí —dijo Harry. Hermione y Ron, como no tenían trato con el ministro de Magia, se quedaron un poco apartados.

—Estupendo día —dijo Fudge, contemplando el lago—. Es una pena..., es una pena... —suspiró ampliamente y miró a Harry—. Me trae un asunto desagradable, Harry, La Comi­sión para las Criaturas Peligrosas solicitó que un testigo pre­senciase la ejecución de un hipogrifo furioso. Como tenía que visitar Hogwarts por lo de Black, me pidieron que entrara.

—¿Significa eso que la revisión del caso ya ha tenido lu­gar? —interrumpió Ron, dando un paso adelante.

—No, no. Está fijada para la tarde —dijo Fudge, miran­do a Ron con curiosidad.

—¡Entonces quizá no tenga que presenciar ninguna eje­cución! —dijo Ron resueltamente—. ¡El hipogrifo podría ser absuelto!

Antes de que Fudge pudiera responder; dos magos en­traron por las puertas del castillo que había a su espalda. Uno era tan anciano que parecía descomponerse ante sus ojos; el otro era alto y fornido, y tenía un fino bigote de color negro. Harry entendió que eran representantes de la Comi­sión para las Criaturas Peligrosas, porque el anciano miró de soslayo hacia la cabaña de Hagrid y dijo con voz débil:

—Santo Dios, me estoy haciendo viejo para esto. A las dos en punto, ¿no, Fudge?

El hombre del bigote negro toqueteaba algo que lleva­ba al cinto; Harry advirtió que pasaba el ancho pulgar por el filo de un hacha. Ron abrió la boca para decir algo, pero Hermione le dio con el codo en las costillas y señaló el vestíbulo con la cabeza.

—¿Por qué no me has dejado? —dijo enfadado Ron, en­trando en el Gran Comedor para almorzar—. ¿Los has visto? ¡Hasta llevan un hacha! ¡Eso no es justicia!

—¡Eso! —le apoyaron muchos haciendo que el ministro se encogiese en su asiento.

—Ron, tu padre trabaja en el Ministerio. No puedes ir diciéndole esas cosas a su jefe —respondió Hermione, aunque también ella parecía muy molesta—. Si Hagrid conserva esta vez la cabeza y argumenta adecuadamente su defensa, es posible que no ejecuten a Buckbeak...

Pero a Harry le parecía que Hermione no creía en realidad lo que decía. A su alrededor, todos hablaban animados, sabo­reando por adelantado el final de los exámenes, que tendría lugar aquella tarde, pero Harry; Ron y Hermione, preocupa­dos por Hagrid y Buckbeak, permanecieron al margen.

El último examen de Harry y Ron era de Adivinación. El último de Hermione, Estudios Muggles. Subieron juntos la escalera de mármol. Hermione los dejó en el primer piso, y Harry y Ron continuaron hasta el séptimo, donde muchos de su clase estaban sentados en la escalera de caracol que conducía al aula de la profesora Trelawney, repasando en el úl­timo minuto.

—Nos va a examinar por separado —les informó Nevi­lle, cuando se sentaron a su lado. Tenía Disipar las nieblas del futuro abierto sobre los muslos, por las páginas dedica­das a la bola de cristal—. ¿Alguno ha visto algo alguna vez en la bola de cristal? —preguntó desanimado.

—Nanay —dijo Ron.

Miraba el reloj de vez en cuando. Harry se dio cuenta de que calculaba lo que faltaba para el comienzo de la revisión del caso de Buckbeak.

La cola de personas que había fuera del aula se reducía muy despacio. Cada vez que bajaba alguien por la plateada escalera de mano, los demás le preguntaban entre susurros:

—¿Qué te ha preguntado? ¿Qué tal te ha ido?

Pero nadie aclaraba nada.

—¡Me ha dicho que, según la bola de cristal, sufriré un accidente horrible si revelo algo! —chilló Neville, bajando la escalera hacia Harry y Ron, que acababa de llegar al rellano en ese momento.

—Es muy lista —refunfuñó Ron—. Empiezo a pensar que Hermione tenía razón —dijo señalando la trampilla con el dedo—: es una impostora.

—Sí—dijo Harry, mirando su reloj. Eran las dos—. Oja­lá se dé prisa.

Parvati bajó la escalera rebosante de orgullo.

—Me ha dicho que tengo todas las características de una verdadera vidente —dijo a Ron y a Harry—. He visto muchísimas cosas... Bueno, que os vaya bien.

Bajó aprisa por la escalera de caracol, hasta llegar junto a Lavender.

—Ronald Weasley —anunció desde arriba la voz conoci­da y susurrante. Ron hizo un guiño a Harry y subió por la es­calera de plata.

Harry era el único que quedaba por examinarse. Se sen­tó en el suelo, con la espalda contra la pared, escuchando una mosca que zumbaba en la ventana soleada. Su mente estaba con Hagrid, al otro lado de los terrenos del colegio.

Por fin, después de unos veinte minutos, los pies gran­des de Ron volvieron a aparecer en la escalera.

—¿Qué tal? —le preguntó Harry, levantándose.

—Una porquería —dijo Ron—. No conseguía ver nada, así que me inventé algunas cosas. Pero no creo que la haya convencido...

—Nos veremos en la sala común —musitó Harry cuan­do la voz de la profesora Trelawney anunció:

—¡Harry Potter!

En la sala de la torre hacia más calor que nunca. Las cor­tinas estaban echadas, el fuego encendido, y el habitual olor mareante hizo toser a Harry mientras avanzaba entre las si­llas y las mesas hasta el lugar en que la profesora Trelawney lo aguardaba sentada ante una bola grande de cristal.

—Buenos días, Harry —dijo suavemente—. Si tuvieras la amabilidad de mirar la bola... Tómate tu tiempo, y luego dime lo que ves dentro de ella...

Harry se inclinó sobre la bola de cristal y miró concen­trándose con todas sus fuerzas, buscando algo más que la niebla blanca que se arremolinaba dentro, pero sin encon­trarlo.

—¿Y bien? —le preguntó la profesora Trelawney con de­licadeza—. ¿Qué ves?

El calor y el humo aromático que salía del fuego que ha­bía a su lado resultaban asfixiantes. Pensó en lo que Ron le había dicho y decidió fingir.

—Eeh... —dijo Harry—. Una forma oscura...

—¿A qué se parece? —susurró la profesora Trelaw­ney—. Piensa...

La mente de Harry echó a volar y aterrizó en Buckbeak.

—Un hipogrifo —dijo con firmeza.

—¿De verdad? —susurró la profesora Trelawney, escri­biendo deprisa y con entusiasmo en el pergamino que tenía en las rodillas—. Muchacho, bien podrías estar contem­plando la solución del problema de Hagrid con el Ministerio de Magia. Mira más detenidamente... El hipogrifo ¿tiene ca­beza?

—Sí —dijo Harry con seguridad.

—¿Estás seguro? —insistió la profesora Trelawney—. ¿Totalmente seguro, Harry? ¿No lo ves tal vez retorciéndose en el suelo y con la oscura imagen de un hombre con un ha­cha detrás?

—No —dijo Harry, comenzando a sentir náuseas.

—¿No hay sangre? ¿No está Hagrid llorando?

—¡No! —contestó Harry, con crecientes deseos de aban­donar la sala y aquel calor—. Parece que está bien. Está vo­lando...

La profesora Trelawney suspiró.

—Bien, querido. Me parece que lo dejaremos aquí... Un poco decepcionante, pero estoy segura de que has hecho todo lo que has podido.

Aliviado, Harry se levantó, cogió la mochila y se dio la vuelta para salir. Pero entonces oyó detrás de él una voz po­tente y áspera:

—Sucederá esta noche.

—¿Que ha dicho? —preguntaron muchos confusos.

Harry dio media vuelta. La profesora Trelawney estaba rígida en su sillón. Tenía la vista perdida y la boca abierta.

—¿Cómo dice? —preguntó Harry.

Pero la profesora Trelawney no parecía oírle. Sus pupi­las comenzaron a moverse. Harry estaba asustado. La pro­fesora parecía a punto de sufrir un ataque. El muchacho no sabía si salir corriendo hacia la enfermería. 

—¿Que está pasando?

Y entonces la profesora Trelawney volvió a hablar con la misma voz áspera, muy diferente a la suya:

—El Señor de las Tinieblas está solo y sin amigos, aban­donado por sus seguidores. Su vasallo ha estado encadenado doce años. Hoy, antes de la medianoche, el vasallo se liberará e irá a reunirse con su amo. El Señor de las Tinieblas se alza­rá de nuevo, con la ayuda de su vasallo, más grande y más te­rrible que nunca. Hoy... antes de la medianoche... el vasallo... irá... a reunirse... con su amo...

Todos en el comedor estaban sorprendidos y asustados.

—En serio, ¿Que demonios pasa?

—¿De que habla?

—Inventarse algo así es de muy mal gusto.

—¿Y si de verdad esta adivinando algo?

Su cabeza cayó hacia delante, sobre el pecho. La profeso­ra Trelawney emitió un gruñido. Luego, repentinamente, volvió a levantar la cabeza.

—Lo siento mucho, chico —añadió con voz soñolienta—. El calor del día, ¿sabes...? Me he quedado traspuesta.

Muchos comenzaron a parpadear confusos.

Harry se quedó allí un momento, mirándola.

—¿Pasa algo, Harry?

—Usted... acaba de decirme que... el Señor de las Tinie­blas volverá a alzarse, que su vasallo va a regresar con él...

La profesora Trelawney se sobresaltó.

—¿El Señor de las Tinieblas? ¿El que no debe nombrarse? Querido muchacho, no se puede bromear con ese tema... Alzarse de nuevo, Dios mío...

—Entonces no recuerda nada... —adivinó Sirius

— ¡Wow! ¿En serio te has dado cuenta? —se burló Tonks.

(No, ahora en serio, ¿porque tengo esa manía de pintar a Sirius y a Ron como unos cabeza huecas? Es decir, si, lo son, pero tiendo a exagerar. Bueno, tampoco creo que importe.)

—¡Pero usted acaba de decirlo! Usted ha dicho que el Se­ñor de las Tinieblas...

—Creo que tú también te has quedado dormido —repu­so la profesora Trelawney—. Desde luego, nunca predeciría algo así.

—Entonces ella es una inútil como adivina con una especie de don que le permite hacer verdaderas profecías pero sin que pueda darse cuenta de ello, ¿me equivoco? —preguntó Remus.

—Así es —confirmó el profesor Dumbledore.

—Tan listo como siempre —le alabó Tonks recostándose sobre el.

—¡Venga ya! —se quejó Sirius—. ¡Si es casi lo que he dicho yo!

Tonks rodó sus ojos.

—Sí, casi casi.

Harry bajó la escalera de mano y la de caracol, hacién­dose preguntas... ¿Acababa de oír a la profesora Trelawney haciendo una verdadera predicción? ¿O había querido aca­bar el examen con un final impresionante?

Cinco minutos más tarde pasaba aprisa por entre los troles de seguridad que estaban a la puerta de la torre de Gryffindor. Las palabras de la profesora Trelawney resona­ban aún en su cabeza. Se cruzó con muchos que caminaban a zancadas, riendo y bromeando, dirigiéndose hacia los terre­nos del colegio y hacia una libertad largamente deseada. Cuando llegó al retrato y entró en la sala común, estaba casi desierta. En un rincón, sin embargo, estaban sentados Ron y Hermione.

—La profesora Trelawney me acaba de decir...

Pero se detuvo al fijarse en sus caras.

—¡No! ¡Buckebeak! —exclamaron algunos al intuir que pasaba.

—Buckbeak ha perdido —dijo Ron con voz débil—. Ha­grid acaba de enviar esto.

La nota de Hagrid estaba seca esta vez: no había lágrimas en ella. Pero su mano parecía haber temblado tanto al escribirla que apenas resultaba legible.

Muchos tragaron saliva.

Apelación perdida. La ejecución será a la puesta del sol. No se puede hacer nada. No vengáis. No quiero que lo veáis.

Hagrid

Luna cerró los ojos con tristeza.

—Tenemos que ir —dijo Harry de inmediato—. ¡No pue­de estar allí solo, esperando al verdugo!

James le puso la mano en el hombro a Harry, su hijo era un buen chico.

—Pero es a la puesta del sol —dijo Ron, mirando por la ventana con los ojos empañados—. No nos dejarán salir, y menos a ti, Harry...

Harry se tapó la cabeza con las manos, pensando.

—Si al menos tuviéramos la capa invisible...

—¿Dónde está? —dijo Hermione.

Harry le explicó que la había dejado en el pasadizo, de­bajo de la estatua de la bruja tuerta.

—... Si Snape me vuelve a ver por allí, me veré en un se­rio aprieto —concluyó.

—Eso es verdad —dijo Hermione, poniéndose en pie—. Si te ve... ¿Cómo se abre la joroba de la bruja?

—Se le dan unos golpecitos y se dice «¡Dissendio!» —ex­plicó Harry—. Pero...

Hermione no aguardó a que terminara la frase; atravesó la sala con decisión, abrió el retrato y se perdió de vista.

—¡Esa es la Hermione que nos gusta! —aclamaron los gemelos.

—¿Habrá ido a cogerla? —dijo Ron, mirando el punto por donde había desaparecido la muchacha.

A eso había ido. Hermione regresó al cuarto de hora, con la capa plateada cuidadosamente doblada y escondida bajo la túnica.

—¡Hermione, no sé qué te pasa últimamente! —dijo Ron, sorprendido—. Primero le pegas a Malfoy, luego te vas de la clase de la profesora Trelawney...

Hermione se sintió halagada.

Ahora, en cambio, Hermione no se atrevía a mirar a ningún profesor o miembro de la orden.

· · ·

Bajaron a cenar con los demás, pero no regresaron luego a la torre de Gryffindor. Harry llevaba escondida la capa en la parte delantera de la túnica. Tenía que llevar los brazos cru­zados para que no se viera el bulto. Esperaron en una habi­tación contigua al vestíbulo hasta asegurarse de que éste es­tuviese completamente vacío. Oyeron a los dos últimos que pasaban aprisa y cerraban dando un portazo. Hermione aso­mó la cabeza por la puerta.

—Vale —susurró—. No hay nadie. Podemos taparnos con la capa.

Caminando muy juntos, de puntillas y bajo la capa, para que nadie los viera, bajaron la escalera y salieron. El sol se hundía ya en el bosque prohibido, dorando las ramas más al­tas de los árboles.

Llegaron a la cabaña y llamaron a la puerta. Hagrid tar­dó en contestar; cuando por fin lo hizo, miró a su alrededor; pá­lido y tembloroso, en busca de la persona que había llamado.

—Somos nosotros —susurró Harry—. Llevamos la capa invisible. Si nos dejas pasar; nos la quitaremos.

—No deberíais haber venido —dijo Hagrid, también su­surrando.

Pero se hizo a un lado, y ellos entraron. Hagrid cerró la puerta rápidamente y Harry se desprendió de la capa. Ha­grid no lloró ni se arrojó al cuello de sus amigos. No parecía saber dónde se encontraba ni qué hacer. Resultaba más trá­gico verlo así que llorando.

—¿Queréis un té? —invitó.

Sus manos enormes temblaban al coger la tetera.

—¿Dónde está Buckbeak, Hagrid? —preguntó Ron, vaci­lante.

—Lo... lo tengo en el exterior —dijo Hagrid, derramando la leche por la mesa al llenar la jarra—. Está atado en el huerto, junto a las calabazas. Pensé que debía ver los árboles y oler el aire fresco antes de...

A Hagrid le temblaba tanto la mano que la jarra se le cayó y se hizo añicos.

—Yo lo haré, Hagrid —dijo Hermione inmediatamente, apresurándose a limpiar el suelo.

—Hay otra en el aparador —dijo Hagrid sentándose y limpiándose la frente con la manga. Harry miró a Ron, que le devolvió una mirada de desesperanza.

—¿Otra jarra? —le preguntó Ginny a Harry—. ¿No podía Hermione haber usado simplemente un reparo?

Harry se encogió de hombros, había tenido demasiadas cosas en la cabeza esa noche como para preocuparse por una jarra.

—¿No hay nada que hacer; Hagrid? —preguntó Harry sentándose a su lado—. Dumbledore...

—Lo ha intentado —respondió Hagrid—. No puede ha­cer nada contra una sentencia de la Comisión. Les ha dicho que Buckbeak es inofensivo, pero tienen miedo. Ya sabéis cómo es Lucius Malfoy... Me imagino que los ha amenazado... Y el verdugo, Macnair, es un viejo amigo suyo. Pero será rá­pido y limpio, y yo estaré a su lado.

Hagrid tragó saliva. Sus ojos recorrían la cabaña bus­cando algún retazo de esperanza.

—Dumbledore estará presente. Me ha escrito esta maña­na. Dice que quiere estar conmigo. Un gran hombre, Dumble­dore...

Hermione, que había estado rebuscando en el aparador de Hagrid, dejó escapar un leve sollozo, que reprimió rápidamente. Se incorporó con la jarra en las manos y esforzándose por contener las lágrimas.

—Nosotros también estaremos contigo, Hagrid —co­menzó, pero Hagrid negó con la despeinada cabeza.

—Tenéis que volver al castillo. Os he dicho que no quería que lo vierais. Y tampoco deberíais estar aquí. Si Fudge y Dumbledore te pillan fueran sin permiso, Harry, te verás en un aprieto.

Por el rostro de Hermione corrían lágrimas silenciosas, pero disimuló ante Hagrid preparando el té. Al coger la botella de leche para verter parte de ella en la jarra, dio un grito.

—¡Ron! No... no puedo creerlo. ¡Es Scabbers!

Muchos miraron al trió sorprendidos.

Ron la miró boquiabierto.

—¿Qué dices?

Hermione acercó la jarra a la mesa y la volcó. Con un gritito asustado y desesperado por volver a meterse en el recipiente, Scabbers apareció correteando por la mesa.

—¡Scabbers! —exclamó Ron desconcertado—. Scabbers, ¿qué haces aquí?

Cogió a la rata, que forcejeaba por escapar; y la levantó para verla a la luz. Tenía un aspecto horrible. Estaba más delgada que nunca. Se le había caído mucho pelo, dejándole amplias lagunas, y se retorcía en las manos de Ron, desespe­rada por escapar.

—No te preocupes, Scabbers —dijo Ron—. No hay gatos. No hay nada que temer.

De pronto, Hagrid se puso en pie, mirando la ventana fi­jamente. Su cara, habitualmente rubicunda, se había puesto del color del pergamino.

—Ya vienen...

Harry, Ron y Hermione se dieron rápidamente la vuelta. Un grupo de hombres bajaba por los lejanos escalones de la puerta principal del castillo. Delante iba Albus Dumbledore. Su barba plateada brillaba al sol del ocaso. A su lado iba Cor­nelius Fudge. Tras ellos marchaban el viejo y débil miembro de la Comisión y el verdugo Macnair.

—Tenéis que iros —dijo Hagrid. Le temblaba todo el cuerpo—. No deben veros aquí... Marchaos ya.

Ron se metió a Scabbers en el bolsillo y Hermione cogió la capa.

—Salid por detrás.

Lo siguieron hacia la puerta trasera que daba al huerto. Harry se sentía muy raro y aún más al ver a Buckbeak a po­cos metros, atado a un árbol, detrás de las calabazas. Buck­beak parecía presentir algo. Volvió la cara afilada de un lado a otro y golpeó el suelo con la zarpa, nervioso.

—No temas, Buckbeak —dijo Hagrid con voz suave—. No temas. —Se volvió hacia los tres amigos—. Venga, mar­chaos.

Pero no se movieron.

—Hagrid, no podemos... Les diremos lo que de verdad sucedió.

—No pueden matarlo...

Hagrid no pudo evitar sonreír, Harry, Ron y Hermione era realmente unas buenas personas. No por nada eran sus alumnos favoritos.

—¡Marchaos! —ordenó Hagrid con firmeza—. Ya es bas­tante horrible y sólo faltaría que además os metierais en un lío.

No tenían opción. Mientras Hermione echaba la capa sobre los otros dos, oyeron hablar al otro lado de la cabaña. Hagrid miró hacia el punto por el que acababan de desapa­recer.

—Marchaos, rápido —dijo con acritud—. No escu­chéis.

Y volvió a entrar en la cabaña al mismo tiempo que al­guien llamaba a la puerta de delante.

Lentamente, como en trance, Harry, Ron y Hermione ro­dearon silenciosamente la casa. Al llegar al otro lado, la puerta se cerró con un golpe seco.

—Vámonos aprisa, por favor —susurró Hermione—. No puedo seguir aquí, no lo puedo soportar...

Empezaron a subir hacia el castillo. El sol se apresuraba a ocultarse; el cielo se había vuelto de un gris claro teñido de púrpura, pero en el oeste había destellos de rojo rubí.

Ron se detuvo en seco.

—Por favor; Ron —comenzó Hermione.

—Se trata de Scabbers..., quiere salir.

Ron se inclinaba intentando impedir que Scabbers se es­capara, pero la rata estaba fuera de sí; chillando como loca, se debatía y trataba de morder a Ron en la mano.

—Scabbers, tonta, soy yo —susurró Ron.

Oyeron abrirse una puerta detrás de ellos y luego voces masculinas.

—¡Por favor; Ron, vámonos, están a punto de hacerlo! —insistió Hermione.

—Vale, ¡quédate quieta, Scabbers!

Siguieron caminando; al igual que Hermione, Harry procuraba no oír el sordo rumor de las voces que sonaban de­trás de ellos. Ron volvió a detenerse.

—No la puedo sujetar... Calla, Scabbers, o nos oirá todo el mundo.

La rata chillaba como loca, pero no lo bastante fuerte para eclipsar los sonidos que llegaban del jardín de Hagrid. Las voces de hombre se mezclaban y se confundían. Hubo un silencio y luego, sin previo aviso, el inconfundible silbido del hacha rasgando el aire. Hermione se tambaleó.

—¡Ya está! —susurró a Harry—. ¡No me lo puedo creer; lo han hecho!

Nadie se atrevió a decir nada.

—Harry... ¿te gustaría a ti leer el siguiente? —preguntó Dumbledore haciendo un gesto a Harry para que se acercara.

Harry frunció el ceño, obviamente el no quería leer pero... ¿Quien puede decirle que no al profesor dumbledore.

—Claro, profesor, leeré.

¿Porque he hecho leer a Harry? ¿Queréis saberlo? Pues no hay ninguna razón, ni siquiera me acuerdo de lo que pasa en el siguiente capitulo. Espero que haya algo que de juego a que Dumbledore haya elegido a Harry, sino... Vaya estupidez hacer que lea. Este viejo barbudo...

Ah, por cierto, para que no tengaís que andar mirando cada poco haber si hay nuevo capitulo o no, los MIERCOLES actualizaré.

Bye!