martes, 9 de junio de 2015

La final de quidditch


Vale, esto no ha salido nada bien. Cada vez que quiero actualizar pronto, actualizo más tarde... Esto no puede ser. Pero si hay que echarle la culpa a alguien se la echamos a Voldemort, que me ha amenazado en los comentarios y he querido probarle que soy un verdadero Gryffindor (¿vale como excusa? ¡Pero es cierto! ¡Voldemort me ha amenazado en los comentarios!)

Como sea, el caso es que por fin llegamos a la final de quidditch... Ya era hora. Bueno, eso significa que cada vez queda menos para que todo el mundo sepa que hay tras los merodeadores y, por supuesto, para que comencemos con el cuarto libro. En serio Dait, no sabes donde te estas metiendo, si sigues actualizando a este ritmo gastarás tu noche de bodas actualizando el maldito fic...

Me duele la cabeza. Respondo de una vez:

LaurieAngel: ¿Lo de los 42 grados va en serio? ¿42? ¿Y sigues viva? Por favor, y luego el niño que vivió es el Harry Potter ese... Aquí no se está tan mal, hace algo de calor pero si lo comparo con eso... Me alegro de vivir aquí. Aunque, por otra parte, calor es igual a piscina y playa, y piscina y playa es igual a chicas en bañador... Bueno, digamos que el calor tiene sus cosas buenas también.

Flor Amaral: ¡Gracias por el primero comentario! Espero que no sea el único ;)

Lord Voldemort: ¿Haaa? ¿Acaso crees que te tengo miedo? Aquí me tienes, en pie y desafiante. Te desafió Voldemort, a un duelo a la vieja usanza. Nos vemos después de clases en el patio de baloncesto.

I boi a poner 3 reglas:

1.- No se bale habisar al profe.
2.- No se bale benir con amigos.
3.- No se bale pegar en la nariz (porke io tengo i tu no i es mui injusto ¿no crees?).

¿Que me dices, cobarde?

anonimus maximus: A ver si lo he entendido, ¿te gustaría ser un licantropo para comerte entre comillas a una vela cubierta de chocolate? ¿Y porque tienes que comertela entre comillas? ¿No es mejor entre pan y pan? Bueno, igual con el chocolate sabe mejor entre comillas... Depende de cuan pervertida sea tu mente.

Son: No han sido 20 años exactos ¿no? Me he asegurado de tardar un par de días más para no tener ninguna represalia. ¿Soy un buen muchacho?

Isabel Gonzalo Colmenar: Por raro que te parezca... ¡Lo he escrito rápido! Según he conseguido tiempo lo he hecho. Y ese ha sido el mayor problema, cuando hay tiempo 0 hay tiempo 0. El verano va a ser mi salvación. Espero.

Lulu23: Wiii, alguien que me lee desde cerca. Me hace algo de ilusión :3 Y sí bueno, espero llegar a acabar algún día si es posible. Pero al ritmo que vamos me muero antes... Tengo que ponerme las pilas. Por cierto, que gusto da decir agur y que me entiendan.

Nashi Dragneel: 
1.- Hueles un poco a Fairy Tail.
2.- ¿En serio quieres que Harry lea? ¿Es que no tienes compasión?
3.- aaspiudfhaspidfhiujipsadfiuashfd

brujaflu: buen comentario xD

Abyss: Bueno, no estoy del todo seguro de lo que significa la expresión melón (si es que realmente es una expresión) pero yo la he usado para llamar bobo a Ron. Y lo de la tilde del "tú"... Pues bueno, habrá mil y una más tildes faltantes en los capítulos ya que últimamente los escribo con bastante prisa y sin revisarlos (ni siquiera los estoy pasando por word para que los corrija el por mi). Pido perdón por todos las tildes que haya omitido en este capitulo y lo siguientes.
Sip, me encanta el manga, y bueno, el anime también, pero siempre he sido más de leer. Y sobre los géneros... Me son bastante indiferentes. Leo mucho y de todo. He leído mucho shonen, mucho shojo, mucho seinen... Pocos joseis, eso si.

Jime Toledo: No se a que viene pero sí, me gusta Naruto xD Y claro que me gusta la pareja que hacen Naruto y Sakura. Es broma es broma.  Siempre me ha gustado más con Hinata. Ella se lo merece. Y sobre Minato y Kushina... No estoy muy metido en el fandom de Naruto, pero suena interesante. Ya buscaré algo cuanto tenga tiempo, ¿alguna recomendación?

Erica: No puedo evitar reír al imaginar que, en alguna parte del mundo, alguien se ha reido con mi historia en medio de la uni xD

Alma: Que seas la última ya es costumbre ¿eh? Es lo que tiene que tenga que abrir FanFiction para releer lo que escribiste. En este tiempo estoy algo ocupado como para ocuparme de una hermana más, así que tendré que rechazar su oferta. A no ser, claro, que la chica en cuestión sea capaz de prepararse sopa de pollo a si misma cuando este mala. En ese caso no hay problema. Sin embargo la lanza teléfonos la habría aceptado de inmediato, lastima que la hayas donado, podías haber ganado 6 de los grandes por ellas.


Hasta aquí las respuestas. Y desde aquí el capitulo. Ya no me acuerdo de como me ha quedado, como siempre, espero que os guste y todo ese rollo que pasáis de leer :p ¡Nos vemos luego!

Pd: No he revisado el capitulo. Doy una alerta roja, todas las mentes que sean débiles a la falta de tildes o a una que otra locura mal escrita... ¡Caminad con cuidado! El que avisa no es traidor (es avisador, claro esta).


Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

LA FINAL DE QUIDDITCH

—¡Yo! ¡Yo! —dijo una joven de tercero que, al parecer, se dejaba llevar mucho por las historias que leía, y no le gustaba quedarse con las ganas, así que, sin esperar respuesta, corrió hacia la abuela que sostenía el libro, se lo quitó de las manos y no tardó en leer el título del siguiente capitulo con una sonrisa—: La final de Quidditch.

A James no podía importarle menos la final de quidditch cuando acababa de enterarse de que, por una razón estúpida, iban a ejecutar a Buckbeak.

—Me ha enviado esto —dijo Hermione, tendiéndoles la carta. Harry la cogió. El pergamino estaba húmedo; las grue­sas lágrimas habían emborronado tanto la tinta que la lec­tura se hacía difícil en muchos lugares.

Muchos tragaron saliva.

Querida Hermione:
Hemos perdido. Me permitirán traerlo a Hog­warts, pero van a fijar la fecha del sacrificio.
A Buckbeak le ha gustado Londres.
Nunca olvidaré toda la ayuda que nos has pro­porcionado.
Hagrid


—No pueden hacerlo —dijo Harry—. No pueden. Buck­beak no es peligroso.

—El padre de Malfoy consiguió atemorizar a la Comi­sión para que tomaran esta determinación —dijo Hermione secándose los ojos—. Ya sabéis cómo es. Son unos viejos im­béciles y los asustó. Pero podremos recurrir. Siempre se pue­de. Aunque no veo ninguna esperanza... Nada cambiará.

—Sí, algo cambiará —dijo Ron, decidido—. En esta oca­sión no tendrás que hacer tú sola todo el trabajo. Yo te ayu­daré. 

La buena respuesta del Ron del libro hizo que el Ron del presente se ganara un beso en la mejilla. Buen trabajo Ron.

—¡Ron!

Hermione le echó los brazos al cuello y rompió a llorar. Ron, totalmente aterrado, le dio unas palmadas torpes en la cabeza. Hermione se apartó por fin.

—Ron, de verdad, siento muchísimo lo de Scabbers —so­llozó.

—Bueno, ya era muy viejo —dijo Ron, aliviado de que ella se hubiera soltado—. Y era algo inútil. Quién sabe, a lo mejor ahora mis padres me compran una lechuza.

—¿Tan difícil era verlo así desde el principio? —le preguntó Ginny—. No es como si le hubieses tenido mucho cariño en algún momento.

Las medidas de seguridad impuestas a los alumnos después de la segunda intrusión de Black impedían que Harry, Ron y Hermione visitaran a Hagrid por las tardes. La única posibi­lidad que tenían de hablar con él eran las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Hagrid parecía conmocionado por el veredicto.

—Todo fue culpa mía. Me quedé petrificado. Estaban to­dos allí con sus togas negras, y a mí se me caían continua­mente las notas y se me olvidaron todas las fechas que me habías buscado, Hermione. Y entonces se levantó Lucius Malfoy, soltó su discurso y la Comisión hizo exactamente lo que él dijo...

—¡Todavía podemos apelar! —dijo Ron con entusias­mo—. ¡No tires la toalla! ¡Estamos trabajando en ello!

—¡Ese es el espíritu, Ron! —le animaron muchos. A el libro, claro. Inteligencia humana.

Volvían al castillo con el resto de la clase. Delante po­dían ver a Malfoy, que iba con Crabbe y Goyle, y miraba ha­cia atrás de vez en cuando, riéndose.

—No servirá de mucho, Ron —le dijo Hagrid con triste­za, al llegar a las escaleras del castillo—. Lucius Malfoy tie­ne a la Comisión en el bolsillo. Sólo me aseguraré de que el tiempo que le queda a Buckbeak sea el más feliz de su vida. Se lo debo...

Varios en el Gran Comedor lo pasaban mal con solo escuchar lo que Hagrid decía.

Hagrid dio media vuelta y volvió a la cabaña, cubriéndo­se el rostro con el pañuelo.

—¡Miradlo cómo llora!

—¡No me jodas, Malfoy! —dijo Ginny poniendose en pie de golpe y agitando su varita con fuerza. Si Harry hubiese tenido que ponerle un nombre al hechizo de Ginny, viendo los resultados, habría sido, sin duda, mocomúrcielago.

La chica que estaba leyendo parpadeo un par de veces y siguió a lo suyo.

Malfoy, Crabbe y Goyle habían estado escuchando en la puerta.

—¿Habíais visto alguna vez algo tan patético? —dijo Malfoy—. ¡Y pensar que es profesor nuestro! 

Previendo que si no era Ginny la que se levantaba esta vez seria otro, la joven lectora no quiso dejar tiempo a nadie a levantarse y siguió leyendo.

Harry y Ron fueron hacia ellos, pero Hermione llegó antes:

Harry, Ron y Hermione sonrieron con satisfacción, sabiendo que iba a ocurrir.

¡PLAF!
¿Plaf? —preguntó George emocionado—. ¿He oído plaf?

—Espera, espera, espera... ¿me estas diciendo que Hermione le ha dado un plaf en toda la cara a Malfoy? —preguntó Fred—. No me lo creo.

—¿Que esperabais de mi novia? —dijo Ron con confianza. Confianza que se perdió segundos después y que fue sustituida por una vergüenza enorme.

Ginny no pudo evitar golpearse la cara con la mano divertida.

—En serio Ron, si te avergüenzas de lo que has dicho, ¿para que lo has dicho?

—En mi mente no sonaba tan vergonzoso —dijo el pelirrojo bajando la cabeza.

Dio a Malfoy una bofetada con todas sus fuerzas. Malfoy se tambaleó. Harry; Ron, Crabbe y Goyle se quedaron atóni­tos en el momento en que Hermione volvió a levantar la mano.

—¡No te atrevas a llamar «patético» a Hagrid, so puer­co... so malvado...!

—Nuestra pequeña Hermione está falta de vocabulario ofensivo —dijo Fred negando con la cabeza—. ¿Como esperas así ser la mejor del curso?

—Cierto, cierto —dijo George asintiendo con la cabeza—. Nosotros podemos darte clases personalizadas... A un buen precio.

Hermione rodó los ojos.

—¿Por quien me tomáis? —preguntó.

—Tienes razón, es cierto, estamos perdiendo el tiempo —admitió George.

Hermione asintió un par de veces.

—Estoy de acuerdo contigo hermano, Hermione nunca sería capaz de ser buena en esto, es un caso perdido —dijo Fred.

—Sí, sí, tiene capacidad cero en este área, por eso siempre se ha mantenido alejada de ella.

—¿Pero que tonterías estáis diciendo? —dijo Hermione estirando el cuello y arrugando un poco la nariz—. Si no tengo un extenso repertorio de insultos es porque, a parte de no ser necesario, no sirve para nada más que para hacer sentir mal a los demás —Hermione parecía una girafa de tanto estirar el cuello—. Me siento más que orgullosa de mi falta de vocabulario ofensivo.

—¿Excusas? —preguntó Fred.

—¿Que... no son excu...

—Sí hermano, puras excusas.

—He dicho que no son excu...

—Bueno, estaba claro desde el principio que iba a tener que poner excusas, ¿no George? Casi podría considerarse una Gryffindor si no las pusiera.

—Si, tienes toda la...

—¡No pongo excusas! ¡Y soy una Gryffindor! —se quejó Hermione ya picada.

—Dejadla en paz, idiotas —les dijo Ron algo molesto con sus hermanos también.

Fred y George se miraron con una idéntica picara sonrisa.

—Ooooh... —murmuraron al mismo tiempo.

—¿Que? —preguntó Ron algo irritado.

—Ahora todo tiene sentido —dijo Fred asintiendo varias veces con la cabeza.

—Tienes razón Fred, es más que obvio lo que pasa aqui.

—¿Que? —repitió Ron frunciendo el ceño.

—Bueno, estaba claro ¿no?

—Sí, sí, es normal que no quiera que nosotros le quitemos la oportunidad.

—¿Pero que oportunidad? ¿De que estáis hablando?

—¿Hum? De la oportunidad de darle clases privadas a tu novia, claro.

—¿Q-que que estáis diciendo? —preguntó Ron mientras su mente adolescente se dejaba llevar por la original idea—. No es como si yo quisiera... Que estupidez ¿Verdad Hermione?

—Si, es una estupidez... —le apoyó la muchacha mientras su también adolescente mente recorría divertida las, por que no decirlo, atrayentes situaciones que le mostraba su imaginación.

—Bueno, ¿puedo seguir o que? —dijo la joven que estaba leyendo ya cansada que la interrumpieran todo el rato, y es que de verdad, ¿como había podido leer el resto siendo interrumpidos cada dos por tres? ¡Que fastidio!

—Si, por favor, continua —pidió el director Dumbledore.

—¡Hermione! —dijo Ron con voz débil, intentando suje­tarle la mano.

—Suéltame, Ron.

Hermione sacó la varita. Malfoy se echó hacia atrás. Crabbe y Goyle lo miraron atónitos, sin saber qué hacer.

—Vámonos —musitó Malfoy. Y en un instante, los tres desaparecieron por el pasadizo que conducía a las mazmo­rras.

Muchos en el comedor rieron por el comportamiento de malfoy, otros felicitaron a Hermione y muchos se limitaron a murmurar "Todo un Slytherin".

—¡Hermione! —dijo Ron de nuevo, atónito por la sor­presa.

—¡Harry, espero que le ganes en la final de quidditch! —dijo Hermione chillando—. ¡Espero que ganes, porque si gana Slytherin no podré soportarlo!

—¡Esa es la Hermione de la que me he ena....

—¡Si te vas a avergonzar de decirlo no lo digas! —le advirtió Ginny—. Que yo también lo paso mal cuando te avergüenzas.

Harry frunció levemente el ceño, mejor era decirlo y avergonzarse por ello que no decirlo, ¿no? Pero en fin, quien era el para opinar de asuntos que no tenían perros de tres cabezas, trolls, basiliscos o dragones.

—Hay que ir a Encantamientos —dijo Ron, mirando to­davía a Hermione con los ojos como platos.

—Alguien se esta enamorando —rieron Harry y Bill al mismo tiempo.

—Oh, callaos ya.

Subieron aprisa hacia la clase del profesor Flitwick.

—¡Llegáis tarde, muchachos! —dijo en tono de censura el profesor Flitwick, cuando Harry abrió la puerta del aula—. ¡Vamos, rápido, sacad las varitas! Vamos a trabajar con encan­tamientos estimulantes. Ya se han colocado todos por parejas.

Harry y Ron fueron aprisa hasta un pupitre que había al fondo y abrieron las mochilas. Ron miró a su alrededor.

—¿Dónde se ha puesto Hermione? 

—Creo que ya no le vales como pareja, Harry, ha conocido al amor de su vida —le dijo Fred dándole unas suaves palmadas en la espalda para consolarle.

Harry suspiró.

—Supongo que tienes razón, Ron ya no estará ahí para mi... Ahora no me queda otra que acercarme más a la Weasly restante de Hogwarts...

—No bromees con eso Harry, es de mal gusto.

Harry tragó saliva, ese comentario le molestaba por alguna extraña y, por supuesto, nada obvia razón.

Harry también echó un vistazo. Hermione no había en­trado en el aula, pero Harry sabia que estaba a su lado cuan­do había abierto la puerta.

—Es extraño —dijo Harry mirando a Ron—. Quizás... quizás haya ido a los lavabos...

Pero Hermione no apareció durante la clase.

—Pues tampoco le habría venido mal a ella un encanta­miento estimulante —comentó Ron, cuando salían del aula para ir a comer; todos con una dilatada sonrisa. La clase de en­cantamientos estimulantes los había dejado muy contentos.

Los gemelos asintieron varias veces.

—Ahora que se ha dado cuenta de sus sentimientos ya esta buscando estimularla. Así se hace, hermanito.

—¿Pero queréis dejarme en paz?

Hermione tampoco apareció por el Gran Comedor du­rante el almuerzo. Cuando terminaron el pastel de manza­na, el efecto de los encantamientos estimulantes se estaba perdiendo, y Harry y Ron empezaban a preocuparse.

—¿No le habrá hecho nada Malfoy? —comentó Ron mien­tras subían aprisa las escaleras hacia la torre de Gryffindor.

—Ya veo... Así que ahora quieres salvar a Hermione para que caiga bajo el efecto del puente colgante ¿eh? —dijo George.

Ron parpadeó un par de veces pero no contestó, mejor no decir nada y parecer tonto que abrir la boca y demostrarlo.

—Me sorprende que sepas lo que es el efecto del puente colgante —admitió Hermione sin comentar nada sobre lo que había dicho George.

(Dait-nota: El efecto del puente colgante (para los que no lo sepáis) es que, cuando una persona experimenta terror, miedo o algún tipo de emoción fuerte y ve a otra persona del sexo opuesto, confunde ese miedo con que está enamorado de esa persona. Se confunde el sentimiento de adrenalina y la aceleración del ritmo cardíaco, y se la "culpa" a la otra persona. Por eso se dice que, para que alguien se enamore fácil, una buena película de terror o una casa embrujada son unas de las mejores opciones. Tampoco es que yo sepa mucho sobre esto, si queréis saber más buscar sobre el experimento de Dutton y Aron o el "Efecto de Asociación erronea".)

Pasaron entre los troles de seguridad, le dieron la con­traseña («Pitapatafrita») a la señora gorda y entraron por el agujero del retrato para acceder a la sala común.

Hermione estaba sentada a una mesa, profundamente dormida, con la cabeza apoyada en un libro abierto de Aritmancia. Fueron a sentarse uno a cada lado de ella. Harry le dio con el codo para que despertara.

—Ante todo un caballero ¿no Harry? —preguntó Ron divertido.

—¿Qué... qué? —preguntó Hermione, despertando sobresaltada y mirando alrededor con los ojos muy abiertos—. ¿Es hora de marcharse? ¿Qué clase tenemos ahora?

—Adivinación, pero no es hasta dentro de veinte minu­tos —dijo Harry—. Hermione, ¿por qué no has estado en Encantamientos?

—¿Qué? ¡Oh, no! —chilló Hermione—. ¡Se me olvidó!

—Pero ¿cómo se te pudo olvidar? —le preguntó Harry—. ¡Llegaste con nosotros a la puerta del aula!

Todos estabas desconcertados, tanta tonteria con Hermione estando y no estando era estresante ¿que demonios pasaba?

—¡Imposible! —aulló Hermione—. ¿Se enfadó el profe­sor Flitwick? Fue Malfoy. Estaba pensando en él y perdí la noción de las cosas. 

—Huy, huy, huuuuy... Ron, deberías ponerte celoso ¿no crees? —rieron los gemelos.

—En serio, parad, esta perdiendo su gracia —les dijo Ron.

—¡No del todo! —aseguraron los gemelos.

—¿Sabes una cosa, Hermione? —le dijo Ron, mirando el libro de Aritmancia que Hermione había empleado como almohada—. Creo que estás a punto de estallar. Tratas de abarcar demasiado.

—No, no es verdad —dijo Hermione, apartándose el pelo de los ojos y mirando alrededor, buscando la mochila infruc­tuosamente—. Me he despistado, eso es todo. Lo mejor será que vaya a ver al profesor Flitwick y me disculpe. ¡Os veré en Adivinación!

Se reunió con ellos veinte minutos más tarde, todavía confusa, a los pies de la escalera que llevaba a la clase de la profesora Trelawney.

—¡Aún no me puedo creer que me perdiera la clase de encantamientos estimulantes! ¡Y apuesto a que nos sale en el examen! ¡El profesor Flitwick me ha insinuado que puede salir!

—¡Y ahora el profesor Flitwick se le ha insinuado! En serio Ron, ahora mismo debes estar muriéndote de celos... Lo siento mucho por ti —dijo Fred con cara de lastima.

—Púdrete.

Subieron juntos y entraron en la oscura y sofocante sala de la torre. En cada mesa había una brillante bola de cristal llena de neblina nacarada. Harry, Ron y Hermione se senta­ron juntos a la misma mesa destartalada.

—Creía que no veríamos las bolas de cristal hasta el próximo trimestre —susurró Ron, echando a su alrededor una mirada, por si la profesora Trelawney estaba cerca.

—No te quejes, esto quiere decir que ya hemos termina­do con la quiromancia. Me ponía enfermo verla dar respin­gos cada vez que me miraba la mano.

—¡Buenos días a todos! —dijo una voz conocida y a la vez indistinta, y la profesora Trelawney hizo su habitual en­trada teatral, surgiendo de las sombras. Parvati y Lavender temblaban de emoción, con el rostro encendido por el res­plandor lechoso de su bola de cristal—. He decidido que em­pecemos con la bola de cristal algo antes de lo planeado —dijo la profesora Trelawney, sentándose de espaldas al fuego y mirando alrededor—. Los hados me han informado de que en vuestro examen de junio saldrá la bola, y quiero que recibáis suficientes clases prácticas.

—¿Y no podía haber previsto eso antes y así no tener que hacer cambios? —preguntó Cho.

Harry sonrió divertido.

—En realidad es mucho más simple —dijo Hermione—. Ella pone el examen, todo esto es simplemente ridículo. No había que prever nada.

Hermione dio un bufido.

—Bueno, de verdad... los hados le han informado... ¿Quién pone el examen? ¡Ella! ¡Qué predicción tan asombrosa! —dijo, sin preocuparse de bajar la voz.

—¿Hermione siendo maleducada con un profesor? —preguntó George abriendo mucho los ojos y llevandose una mano a la boca—. Ron, eso solo puede significar una cosa...

—¡Hay otro hombre! —dijo Fred.

—En serio, callad de una vez, ya me estais molestando hasta a mi —dijo Hermione.

—¡Puedes callarnos a nosotros, pero no a la verdad!

—¡Eso es estúpido! Ron es el único que.. bueno, que... que... ¡Que eso!

—Hermione, están diciendo estupideces, no tienes que forzarte a contestar —le dijo Ginny.

—Primero dices "Eso" es estúpido, y luego que Ron es el único que es "Eso", ¿es una forma indirecta de llamar a Ron estúpido para que el no se de cuenta?

—¡Noo! ¡Dejar de liarlo todo! ¡Ya sabéis que...

—¿Que que? —preguntaron los gemelos.

—Pues que...

—Quee... —insistieron los gemelos.

—Que Ron es el único para mi, ala, ya lo he dicho —dijo Hermione molesta, irritada y avergonzada.

Ginny suspiró.

—Es increíble que Ron y Hermione sean un año mayores que yo y se comporten como si fueran una pareja de niños de trece años... —le dijo a Harry, quien se limitó a asentir varias veces.

—Cof, cof —dijo la joven Ravenclaw para llamar la atención.

—Emm... —le dijo Ron—. Creo que el "Cof, cof" es la onomatopeya del carraspeo de voz para llamar la atención, creo que lo adecuado habría sido que carraspearas la voz y no que dijeras "cof cof".

—¡Ca-callate! ¡Sois vosotros los que no paráis te interrumpir para empezar!

—Yo solo intentaba ayudar —dijo Ron levantando las manos en señal de inocencia.

—En fin, sigo con la lectura.

Era difícil saber si la profesora Trelawney los había oído, ya que su rostro estaba oculto en las sombras. Sin em­bargo, prosiguió como si no se hubiera enterado de nada.

—Mirar la bola de cristal es un arte muy sutil —explicó en tono soñador—. No espero que ninguno vea nada en la bola la primera vez que mire en sus infinitas profundidades. Comenzaremos practicando la relajación de la conciencia y de los ojos externos —Ron empezó a reírse de forma incon­trolada y tuvo que meterse el puño en la boca para ahogar el ruido—, con el fin de liberar el ojo interior y la superconcien­cia. Tal vez, si tenéis suerte, algunos lleguéis a ver algo antes de que acabe la clase.

Y entonces comenzaron. Harry; por lo menos, se sentía muy tonto mirando la bola de cristal sin comprender; inten­tando vaciar la mente de pensamientos que continuamente pasaban por ella, por ejemplo «qué idiotez». No facilitaba las cosas el que Ron prorrumpiera continuamente en risitas mu­das ni que Hermione chascara la lengua sin parar; en señal de censura.

(DN: ¿soy el único que piensa que J.K. tampoco era muy devota hacia la adivinación?)

—¿Habéis visto ya algo? —les preguntó Harry después de mirar la bola en silencio durante un cuarto de hora.

—Sí, aquí hay una quemadura —dijo Ron, señalando la mesa con el dedo—. A alguien se le ha caído la cera de la vela.

—Esto es una horrible pérdida de tiempo —dijo Hermione entre dientes—. En estos momentos podría estar practi­cando algo útil. Podría ponerme al día en encantamientos estimulantes.

Acompañada por el susurro de la falda, la profesora Tre­lawney pasó por su lado.

—¿Alguien quiere que le ayude a interpretar los oscuros augurios de la bola mágica? —susurró con una voz que se elevaba por encima del tintineo de sus pulseras.

—Yo no necesito ayuda —susurró Ron—. Es obvio lo que esto quiere decir: que esta noche habrá mucha niebla.

Las risas se expandieron por el Gran Comedor, mientras unos cuantos bufaban.

Harry y Hermione estallaron en una carcajada.

—¡Venga! —les llamó la atención la profesora Trelaw­ney, al mismo tiempo que todo el mundo se volvía hacia ellos. Parvati y Lavender los miraban escandalizadas—. Estáis perjudicando nuestras vibraciones clarividentes. —Se apro­ximó a la mesa de los tres amigos y observó su bola de cristal. A Harry se le vino el mundo encima. Imaginaba lo que pasaría a continuación—: ¡Aquí hay algo! —susurró la profesora Trelawney, acercando el rostro a la bola, que quedó doblemente reflejada en sus grandes gafas—. Algo que se mueve... pero ¿qué es?

Harry habría apostado todo cuanto poseía a que, fuera lo que fuese, no serían buenas noticias. En efecto:

—Muchacho... —La profesora Trelawney suspiró miran—do a Harry—. Está aquí, más claro que el agua. Sí, querido muchacho... está aquí acechándote, aproximándose... el Gr...

—¡Por Dios santo! —exclamó Hermione—. ¿Otra vez ese ridículo Grim?

Lily asintió varias veces, Hermione estaba respondiendo por ella.

La profesora Trelawney levantó sus grandes ojos hasta la cara de Hermione. Parvati susurró algo a Lavender y am­bas miraron a la muchacha. La profesora Trelawney se in­corporó y la contempló con ira.

—Siento decirte que desde el momento en que llegaste a esta clase ha resultado evidente que careces de lo que requiere el noble arte de la adivinación. En realidad, no recuerdo haber tenido nunca un alumno cuya mente fuera tan incorregiblemente vulgar.

Ni siquiera Fred y George se atrevieron a decir algo en ese momento.

Hubo un momento de silencio.

—Bien —dijo de repente Hermione, levantándose y metiendo en la mochila su ejemplar de Disipar las nieblas del futuro—. Bien —repitió, echándose la mochila al hom­bro y casi derribando a Ron de la silla—, abandono. ¡Me voy!

—Bien hecho, Hermione —le dijo Molly con seguridad, despues de que la profesora esa que no le había hecho mucha gracia desde el principio se propasara de esa manera estaba más que de acuerdo con la decisión de Hermione. No se merecían a una alumna como ella.

Y ante el asombro de toda la clase, Hermione se dirigió con paso firme hacia la trampilla, la abrió de un golpe y se perdió escaleras abajo.

La clase tardó unos minutos en volver a apaciguarse. Parecía que la profesora Trelawney se había olvidado por completo del Grim. Se volvió de repente desde la mesa de Harry y Ron, respirando hondo a la vez que se subía el chal transparente.

—¡Aaaaah! —exclamó de repente Lavender; sobresal­tando a todo el mundo—. ¡Aaaah, profesora Trelawney, aca­bo de acordarme! Usted la ha visto salir; ¿no es así, profeso­ra? «En torno a Semana Santa, uno de vosotros nos dejará para siempre.» Lo dijo usted hace milenios, profesora.

La profesora Trelawney le dirigió una amable sonrisa.

—Sí, querida. Ya sabía que nos dejaría la señorita Gran­ger. Una siempre tiene la esperanza, sin embargo, de haber confundido los signos... El ojo interior puede ser una cruz, ¿sabéis?

—Ah... De verdad quiero golpearla... —susurró Ron irritado.

(DN: A todo esto... ¿Trelawney esta en la sala? Sí, ya se que yo soy el escritor de esta cosa extraña y que también puedo inventarme lo que quiera... Pero... ¿alguien recuerda se la he mencionado en la sala en algún momento? Tampoco es que importe y me da bastante pereza mirar...)

Lavender y Parvati parecían muy impresionadas y se apartaron para que la profesora Trelawney pudiera ponerse en su mesa.

—Hermione se la está buscando, ¿verdad? —susurró Ron a Harry, con expresión sobrecogida.

—Sí...

Harry miró en la bola de cristal, pero no vio nada salvo niebla blanca formando remolinos. ¿De verdad había vuelto a ver al Grim la profesora Trelawney? ¿Lo vería él? Lo que menos falta le hacía era otro accidente casi mortal con la fi­nal de quidditch cada vez más cerca.

Muchos suspiraron esperando que no pasase nada.


Las vacaciones de Semana Santa no resultaron lo qué se dice relajantes. Los de tercero nunca habían tenido tantos deberes. Neville Longbottom parecía encontrarse al borde del colapso nervioso y no era el único.

—¿A esto lo llaman vacaciones? —gritó Seamus Finni­gan una tarde, en la sala común—. Los exámenes están a mil años de distancia, ¿qué es lo que pretenden?

Pero nadie tenía tanto trabajo como Hermione. Aun sin Adivinación, cursaba más asignaturas que ningún otro. Nor­malmente era la última en abandonar por la noche la sala común y la primera en llegar al día siguiente a la biblioteca. Tenía ojeras como Lupin y parecía en todo momento estar a punto de echarse a llorar.

Ron se estaba encargando de la apelación en el caso de Buckbeak. Cuando no hacía sus propios deberes estaba en­frascado en enormes volúmenes que tenían títulos como Ma­nual de psicología hipogrífica o ¿Ave o monstruo? Un estudió de la brutalidad del hipogrifo. Estaba tan absorto en el tra­bajo que incluso se olvidó de tratar mal a Crookshanks.

Algunos sonrieron.

Harry, mientras tanto, tenía que combinar sus deberes con el diario entrenamiento de quidditch, por no mencionar las interminables discusiones de tácticas con Wood. El par­tido entre Gryffindor y Slytherin tendría lugar el primer sábado después de las vacaciones de Semana Santa. Sly­therin iba en cabeza y sacaba a Gryffindor doscientos pun­tos exactos.

Esto significaba, como Wood recordaba a su equipo cons­tantemente, que necesitaban ganar el partido con una ven­taja mayor; si querían ganar la copa. También significaba que la responsabilidad de ganar caía sobre Harry en gran medi­da, porque capturar la snitch se recompensaba con ciento cincuenta puntos.

—Así, si les sacamos una ventaja de cincuenta puntos, no tienes más que cogerla —decía Wood a Harry todo el tiempo—. Sólo si les llevamos más de cincuenta puntos, Harry, porque de lo contrario ganaremos el partido pero per­deremos la copa. Lo has comprendido, ¿verdad? Tienes que atrapar la snitch sólo si estamos...

—¡YA LO SÉ, OLIVER! —gritó Harry.

—¡En serio! ¡Ni que fuera idiota! —bufó este recordando lo plasta que estaba siendo Wood.

Toda la casa de Gryffindor estaba obsesionada por el partido. Gryffindor no había ganado la copa de quidditch desde que el legendario Charlie Weasley 

—Que bien suena eso —comentó el mencionado.

(el segundo de los hermanos de Ron) había sido buscador. Pero Harry dudaba de que alguien de Gryffindor; incluido Wood, tuviera tantas ganas de ganar como él. 

Wood le miró entre impresionado y desafiante, tal vez hubiera gente con más técnica que el pero difícilmente iba a haber alguien con mas ganas de ganar que el. Aunque bueno, tratándose de Harry...

Harry y Malfoy se odiaban más que nunca. A Malfoy aún le dolía el barro que había recibido en Hogsmeade, y le había puesto furioso que Harry se hubiera librado del castigo. Harry no había olvidado el intento de Malfoy de sabotearle en el partido contra Ravenclaw, pero era el asunto de Buckbeak lo que le daba más ganas de ven­cer a Malfoy delante de todo el colegio.

Nadie recordaba un partido precedido de una atmósfera tan cargada. Cuando las vacaciones terminaron, la tensión entre los equipos y entre sus respectivas casas estaba al rojo. En los corredores estallaban pequeñas peleas que culmina­ron en un desagradable incidente en el que un alumno de cuarto de Gryffindor y otro de sexto de Slytherin terminaron en la enfermería con puerros brotándoles de las orejas.

Harry lo pasaba especialmente mal. No podía ir a las aulas sin que algún Slytherin sacara la pierna y le pusiera la zancadilla. 

Los cercanos a este entrecerraron los ojos con furia.

Crabbe y Goyle aparecían continuamente don­de estaba él, y se alejaban arrastrando los pies, decepciona­dos, al verlo rodeado de gente. Wood había dado instruccio­nes para que Harry fuera acompañado a todas partes, por si los de Slytherin trataban de quitarlo de en medio. Toda la casa de Gryffindor aceptó la misión con entusiasmo, de forma que a Harry le resultaba imposible llegar a tiempo a las cla­ses porque estaba rodeado de una inmensa y locuaz multitud. Estaba más preocupado por la seguridad de su Saeta de Fuego que por la suya propia. Cuando no volaba en ella, la tenía guardada con llave en su baúl, y a menudo volvía corriendo a la torre de Gryffindor para comprobar que seguía allí.

—¡Je! ¡Suenas igual de obsesionado que el hermano mayor de la fabula de los tres hermanos con su varita superpoderosa! —dijo Ron divertido.

—¿Fabula de los tres hermanos? —preguntaron Harry y Hermione.

—Em... ¿Si? —dijo Ron como si fuera obvio—. ¡Venga ya! De los cuentos de Beedle el Bardo: Babbitty Rabbitty y su cepa carcajeante, El mago y el cazo saltarín y todos esos... ¿No?

—No —dijeron ambos negando con la cabeza.

—Somos nacidos de muggle ¿recuerdas? —dijo Hermione—. Nosotros tenemos nuestras propias fabulas.

—Si, si, la tortuga y la liebre y todas esas —dijo Harry asintiendo con la cabeza.

—¡Esa es mi favorita! —dijo Hermione—. Cuando eres pequeña no puedes evitar emocionarte cuando la tortuga lo consigue...

—¡Incluso ahora seguiría emocionándome! —dijo Harry.

—Ah... Odio cuando habláis de cosas muggles —confesó Ron—. Nunca tengo nada que decir y me acabáis dejando de lado.

—Eso es porque no prestas atención en Estudios Muggle —le reprendió Hermione.

—Bueno, si fueras tu la que me enseñara tal vez fuese distinto...

—¿Habéis odio eso chicos? —les dijo Harry a los gemelos—. Ron prefiere el rol de estudiante.

—¿Tú también, Harry? —dijo Ron molesto.

La joven Ravenclaw carraspeó un par de veces.

—Esta vez lo has hecho bien —la felicitó Ron.

—Cállate —le dijo ella rápidamente.

—Al menos podía darme las gracias por haberla ayudado... —suspiró el pelirrojo algo molesto—. Es por eso que no me gusta ayudar a la gente...

La joven volvió a carraspear.

—Que sí, lee, lee.

(DN: Lo siento Hermione... quiero emparejar a Ron con esa Ravenclaw sin nombre. Tendrás que sufrir en silencio. Bueno vale no, pero si te matan en la guerra de Hogwarts no habrá problema ¿no? Perfecto.)

(DN: Seguro que alguien me asesina si lo hago... xD)

La víspera del partido por la noche, en la sala común de Gryffindor, se abandonaron todas las actividades habitua­les. Incluso Hermione dejó sus libros.

—No puedo trabajar; no me puedo concentrar —dijo nerviosa.

Había mucho ruido. Fred y George Weasley habían reac­cionado a la presión alborotando y gritando más que nunca. Oliver Wood estaba encogido en un rincón, encima de una maqueta del campo de quidditch, y con su varita mágica movía figurillas mientras hablaba consigo mismo. 

—Tan lindo cuando se concentra... —murmuró Katie embobada.

(DN: La gente me mira raro cuando digo la palabra "lindo", y tiene algo de sentido en realidad, ya que no es una palabra que usemos mucho por aquí, pero siento que expresa justo lo que quiero expresar en muchas ocasiones. Ademas, "lindo" es una linda palabra.)

(DN: Estoy pesadito hoy ¿eh?)

Angelina, Alicia y Katie se reían de las gracias de Fred y George. Harry estaba sentado con Ron y Hermione, algo alejado del barullo, tratando de no pensar en el día siguiente, porque cada vez que lo hacía le acometía la horrible sensación de que algo grande se esforzaba por salir de su estómago.

—Eso es porque no masticas, si masticaras saldrian muchas cosas pequeñitas cuando vomites —le explicó Bill.

—Bill... —le dijo su madre negando con la cabeza.

—¿Que? —preguntó—. Es verdad, lo tengo comprobado.

—Calladito estas mas guapo —dijo su madre simplemente.

—Siempre estoy guapo —dijo Bill cruzando los brazos algo molesto.

—Vas a hacer un buen partido —le dijo Hermione, aun­que en realidad estaba aterrorizada.

—¡Tienes una Saeta de Fuego! —dijo Ron.

—Sí —admitió Harry.

Fue un alivio cuando Wood, de repente, se puso en pie y gritó:

—¡Jugadores! ¡A la cama!


Harry no durmió bien. Primero soñó que se había quedado dormido y que Wood gritaba: «¿Dónde te habías metido? ¡Tuvimos que poner a Neville en tu puesto!» 

Incluso Neville se rió con eso.

Luego soñó que Malfoy y el resto del equipo de Slytherin llegaban al terreno de juego montados en dragones. Volaba a una velocidad de vértigo, tratando de evitar las llamaradas de fuego que sa­lían de la boca de la cabalgadura de Malfoy, cuando se dio cuenta de que había olvidado la Saeta de Fuego. Se cayó en el aire y se despertó con un sobresalto.

—Espera ¿volar en tu saeta de fuego para esquivar llamaradas de dragon? ¡Las clases de adivinación estas sirviendo para algo! —dijo Ron divertido.

—¡¿QUE?! —preguntaron exaltados Lily y James.

—¿Nada? —probó Ron arrepentido por haber hablado.

—¡Dejar de interrumpir, en serio! —se quejó la estudiante de Ravenclaw que estaba leyendo.

(DN: Tengo que ponerle un nombre a esta chica... me estoy cansando de escribir todo eso cada vez que dice algo.)

Ron le guiñó el ojo, agradecido, sin percatarse de la algo molesta mirada de la chica sentada a su lado.

Tardó unos segundos en comprender que el partido aún no había empezado, que él estaba metido en la cama, y que al equipo de Slytherin no lo dejarían jugar montado en dra­gones. Tenía mucha sed. Lo más en silencio que pudo, se le­vantó y fue a servirse un poco de agua de la jarra de plata que había al pie de la ventana.

Los terrenos del colegio estaban tranquilos y silencio­sos. Ni un soplo de viento azotaba la copa de los árboles del bosque prohibido. El sauce boxeador estaba quieto y tenía un aspecto inocente. Las condiciones para el partido parecían perfectas.

Harry dejó el vaso y estaba a punto de volverse a la cama cuando algo le llamó la atención. Un animal que no po­día distinguir bien rondaba por el plateado césped.

Harry corrió hasta su mesilla, cogió las gafas, se las puso y volvió a la ventana a toda prisa. Esperaba que no se trata­ra del Grim. No en aquel momento, horas antes del partido.

—El Grim no existe, el Grim no existe, el Grim no existe... —se murmuraba Lily continuamente.

Miró los terrenos con detenimiento y tras un minuto de ansiosa búsqueda volvió a verlo. Rodeaba el bosque... no era el Grim ni mucho menos: era un gato. Harry se apoyó alivia­do en el alféizar de la ventana al reconocer aquella cola de brocha. Sólo era Patizambo.

Pero... ¿sólo era Crookshanks? Harry aguzó la vista y pegó la nariz al cristal de la ventana. Crookshanks estaba inmóvil. Harry estaba seguro de que había algo más movién­dose en la sombra de los árboles.

Varios tragaron saliva.

Un instante después apareció: un perro negro, peludo y gigante que caminaba con sigilo por el césped. 

—¡No me jodas! —exclamó Seamus.

—¡Seamus! —le regañó la profesora McGonagall.

—Perdón.

Crookshanks corría a su lado. Harry observó con atención. ¿Qué significa­ba aquello? Si Crookshanks también veía al perro, ¿cómo po­día ser un augurio de la muerte de Harry?

—Buen razonamiento —le dijo Lupin.

—¡Ron! —susurró Harry—. ¡Ron, despierta!

—¿Mmm?

—¡Necesito que me digas si puedes ver una cosa!

—Está todo muy oscuro, Harry —dijo Ron con esfuer­zo—. ¿A qué te refieres?

—Ahí abajo...

Harry volvió a mirar por la ventana.

Crookshanks y el perro habían desaparecido. Harry se subió al alféizar para ver si estaban debajo, junto al muro del castillo. Pero no estaban allí. ¿Dónde se habrían metido?

Un fuerte ronquido le indicó que Ron había vuelto a dor­mirse.

Los Weasley negaron con la cabeza, Ron siempre siendo tan... Ron.

Harry y el resto del equipo de Gryffindor fueron recibidos con una ovación al entrar por la mañana en el Gran Come­dor. Harry no pudo dejar de sonreír cuando vio que los de las mesas de Ravenclaw y Hufflepuff también les aplaudían. Los de Slytherin les silbaron al pasar. Malfoy estaba incluso más pálido de lo habitual.

Wood se pasó el desayuno animando a sus jugadores a que comieran, pero él no probó nada.

Oliver se sintió algo idiota por eso.

Luego les metió prisa para ir al campo antes de que los demás terminaran. Así po­drían hacerse una idea de las condiciones. Cuando salieron del Gran Comedor; volvieron a oír aplausos.

—¡Buena suerte, Harry! —le gritó Cho Chang. Harry se puso colorado.

—Irritante —murmuraron Hermione y Ginny al mismo tiempo.

—¿Por que? —preguntó Luna—. A mi me parece una linda reacción.

—¿Verdad? —preguntó Cho sonriendo.

Harry alzó la cabeza sorprendido, ¿Cho le consideraba lindo? Espera, espera, espera, ¿era lindo algo bueno para un chico en primer lugar? Hum... ¿Que sería bueno entonces? ¿Verse como un machote? ¿Debería vestir con chalecos de cuero y tatuarse colacuernos húngaros entonces?

—Muy bien..., el viento es insignificante. El sol pega algo fuerte y puede perjudicarnos la visión. Tened cuidado. El suelo está duro, nos permitirá un rápido despegue.

Wood recorrió el terreno de juego, mirando a su alre­dedor y con el equipo detrás. Vieron abrirse las puertas del castillo a lo lejos y al resto del colegio aproximándose al campo.

—¡A los vestuarios! —dijo Wood escuetamente. Nadie habló mientras se cambiaban y se ponían la túnica escarla­ta. Harry se preguntó si se sentirían como él: como si hubiera desayunado algo vivo. Antes de que se dieran cuenta, Wood les dijo:

—¡Ha llegado el momento! ¡Adelante...!

Salieron al campo entre el rugido de la multitud. Tres cuartas partes de los espectadores llevaban escarapelas ro­jas, agitaban banderas rojas con el león de Gryffindor o enar­bolaban pancartas con consignas como «ÁNIMO, GRYFFIN­DOR» y «LA COPA PARA LOS LEONES». Detrás de la meta de Slytherin, sin embargo, unas doscientas personas llevaban el verde; la serpiente plateada de Slytherin brillaba en sus banderas. El profesor Snape se sentaba en la primera fila, de verde como todos los demás y con una sonrisa macabra.

—Borrale esa sonrisa de la cara —le animó James a su hijo con tal emoción que Harry no quiso recordarle que todo ya había pasado.

—¡Y aquí llegan los de Gryffindor! —comentó Lee Jordan, que hacía de comentarista, como de costumbre—. ¡Potter, Bell, Johnson, Spinnet, los hermanos Weasley y Wood! Ampliamente reconocido como el mejor equipo que ha visto Hogwarts desde hace años. —Los comentarios de Lee fueron ahogados por los abucheos de la casa de Slytherin—. ¡Y aho­ra entra en el terreno de juego el equipo de Slytherin, enca­bezado por su capitán Flint! Ha hecho algunos cambios en la alineación y parece inclinarse más por el tamaño que por la destreza. —Más abucheos de los hinchas de Slythe­rin. Harry, sin embargo, pensó que Lee tenía razón. Malfoy era el más pequeño del equipo de Slytherin. Los demás eran enormes.

—Bueno, también es que Malfoy es un enano —comentó Ron.

—¡Capitanes, daos la mano! —ordenó la señora Hooch.

Flint y Wood se aproximaron y se estrecharon la mano con mucha fuerza, como si intentaran quebrarle al otro los dedos.

—¡Montad en las escobas! —dijo la señora Hooch—. Tres... dos... uno...

El silbato quedó ahogado por el bramido de la multitud, al mismo tiempo que se levantaban en el aire catorce esco­bas. Harry sintió que el pelo se le disparaba hacia atrás. Con la emoción del vuelo se le pasaron los nervios. Miró a su alre­dedor. Malfoy estaba exactamente detrás. Harry se lanzó en busca de la snitch.

—Y Gryffindor tiene el quaffle. Alicia Spinnet, de Gryf­findor; con el quaffle, se dirige hacia la meta de Slytherin. Alicia va bien encaminada. Ah, no. Warrington intercepta el quaffle. Warrington, de Slytherin, rasgando el aire. ¡ZAS! Buen trabajo con la bludger por parte de George Weasley. Warrington deja caer el quaffle Lo coge Johnson. Gryffindor vuelve a tenerlo. Vamos, Angelina. Un bonito quiebro a Mon­tagne. ¡Agáchate, Angelina, eso es una bludger! ¡HA MARCADO! ¡DIEZ A CERO PARA GRYFFINDOR!

Angelina golpeó el aire con el puño, mientras sobrevola­ba el extremo del campo. El mar escarlata que se extendía debajo de ella vociferaba de entusiasmo.

—¡AY!

Angelina casi se cayó de la escoba cuando Marcus Flint chocó contra ella.

Abucheos cubrieron la sala.

—¡Perdón! —se disculpó Flint, mientras la multitud lo abucheaba—. ¡Perdona, no te vi!

—Ya, seguro —bufó Angelina.

Un momento después, Fred Weasley lanzó el bate hacia la nuca de Flint. La nariz de Flint dio en el palo de su propia escoba y comenzó a sangrar.

—¡Basta! —gritó la señora Hooch, metiéndose en medio a toda velocidad—. ¡Penalti para Gryffindor por un ataque no provocado sobre su cazadora! ¡Penalti para Slytherin por agresión deliberada contra su cazador!

—¡No diga tonterías, señora! —gritó Fred. Pero la seño­ra Hooch pitó y Alicia retrocedió para lanzar el penalti.

—¡Tu puedes Alicia! —dijeron muchos.

—¡Vamos, Alicia! —gritó Lee en medio del silencio que de repente se había hecho entre el público— SÍ, HA BATIDO AL GUARDAMETA! ¡VEINTE A CERO PARA GRYFFINDOR!

—¡Bien hecho! —le felicitó Fred con emoción.

Harry se dio la vuelta y vio que Flint, que seguía san­grando, volaba hacia delante para ejecutar el penalti. Wood estaba delante de la portería de Gryffindor; con las mandí­bulas apretadas.

—¡Wood es un soberbio guardameta! —dijo Lee Jordan a la multitud, mientras Flint aguardaba el silbato de la se­ñora Hooch—. ¡Soberbio! Será muy difícil parar este golpe, realmente muy difícil... ¡SÍ! ¡NO PUEDO CREERLO! ¡LO HA PARADO!

—¡Genial! —exclamaron muchos.

Aliviado, Harry se alejó como una bala, buscando la snitch, pero asegurándose al mismo tiempo de que no se per­día ni una palabra de lo que decía Lee. Era esencial mante­ner a Malfoy apartado de la snitch hasta que Gryffindor sa­cara a Slytherin más de cincuenta puntos.

Wood asintió varias veces.

—Gryffindor tiene el quaffle, no, lo tiene Slytherin. ¡No! ¡Gryffindor vuelve a tenerlo, y es Katie Bell, Katie Bell lleva el quaffle! Va rápida como un rayo... ¡ESO HA SIDO INTEN­CIONADO!

Montague, un cazador de Slytherin, había hecho un quie­bro delante de Katie y en vez de coger el quaffle, le había cogido a ella la cabeza. Katie dio una voltereta en el aire y consi­guió mantenerse en la escoba, pero dejó caer el quaffle.

El silbato de la señora Hooch volvió a sonar; mientras se dirigía a Montague gritándole. Un minuto después, Katie metía otro gol de penalti al guardameta de Slytherin.

—¡TREINTA A CERO! ¡CHÚPATE ÉSA, TRAMPOSO!

—¡Jordan, si no puedes comentar de manera neutral...!

—¡Lo cuento como es, profesora!

Muchos le dieron la razón.

Harry sintió un vuelco de emoción. Acababa de ver la snitch. Brillaba a los pies de uno de los postes de la meta de Gryffindor. Pero aún no debía cogerla. Y si Malfoy la veía...

Simulando una expresión de concentración repentina, dio la vuelta con la Saeta de Fuego y se dirigió a toda veloci­dad hacia el extremo de Slytherin. Funcionó. Malfoy fue tras él como un bólido, creyendo que Harry había visto la snitch en aquel punto.

—Bien pensado —le felicitó Oliver.

¡ZUUUM!

Una de las bludgers, desviada por Derrick, el gigantesco golpe ador de Slytherin, se aproximó y le pasó a Harry rozando el oído derecho. Al momento siguiente...

¡ZUUUM!

La segunda bludger le había arañado el codo. El otro golpeador; Bole, se aproximaba.

Harry vio fugazmente a Bole y a Derrick, que se acerca­ban muy aprisa con los bates en alto.

En el último segundo viró con la Saeta, y Bole y Derrick se dieron un batacazo.

Muchos felicitaron a Harry por la jugada mientras otros reian imaginandoselo.

—¡Ja,ja,ja! —rió Lee Jordan mientras los dos golpeado­res de Slytherin se separaban y alejaban, tambaleándose y agarrándose la cabeza—. Es una lástima, chicos. ¡Tendréis que espabilar mucho para vencer a una Saeta de Fuego! Y Gryffindor vuelve a tener el quaffle, porque Johnson lo ha recogido. Flint va a su lado. ¡Métele el dedo en el ojo, Angeli­na! ¡Era una broma, profesora, era una broma! ¡Oh, no! ¡Flint lleva el quaffle, va volando hacia la meta de Gryffindor! ¡Aho­ra, Wood, párala!

Pero Flint ya había marcado. Hubo un ovación en la par­te de Slytherin y Lee lanzó una expresión tan malsonante que la profesora McGonagall quiso quitarle el megáfono má­gico.

—¡Perdón, profesora, perdón! ¡No volverá a ocurrir! Veamos, Gryffindor va ganando por treinta a diez y ahora Gryffindor está en posesión del quaffle.

—Los comentarios de Jordan no serían tan geniales sin la profesora McGonagall riñendole —dijo Ron asintiendo con la cabeza.

—Estoy totalmente de acuerdo —le dijo el propio Lee Jordan.

Se estaba convirtiendo en el partido más sucio que Harry había jugado. Indignados porque Gryffindor se hubiera ade­lantado tan pronto en el marcador; los de Slytherin estaban recurriendo a cualquier medio para apoderarse del quaffle. Bole golpeó a Alicia con el bate y arguyó que la había confun­dido con una bludger. 

—¿No pueden, al menos, pensar buenas excusas? —bufó Lily molesta.

George Weasley, para vengarse, dio a Bole un codazo en la cara. La señora Hooch castigó a los dos equipos con sendos penaltis, y Wood logró evitar otro tanto espectacular; consiguiendo que la puntuación quedara en 40 a 10 a favor de Gryffindor.

—¡Bien! —dijo Sirius emocionado.

La snitch había vuelto a desaparecer. Malfoy seguía de cerca a Harry, mientras éste sobrevolaba el campo de juego buscándola. En cuanto Gryffindor le sacara a Slytherin cin­cuenta puntos...

Katie marcó: 50 a 10. Fred y George Weasley bajaron en picado para situarse a su lado, con los bates en alto por si a alguno de Slytherin se le ocurría tomar represalias. Bole y Derrick aprovecharon la ausencia de Fred y George para lanzar a Wood las dos bludgers. Le dieron en el estómago, primero una y después la otra. Wood dio una vuelta en el aire, sujetándose a la escoba, sin resuello.

La señora Hooch estaba fuera de sí.

—¡Sólo se puede atacar al guardameta cuando el quaffle está dentro del área! —gritó a Boyle y a Derrick—. ¡Penalti para Gryffindor!

Y Angelina marcó: 60 a 10. Momentos después, Fred Weas­ley lanzaba a Warrington una bludger, quitándole el quaffle de las manos. Alicia la cogió y volvió a marcar: 70 a 10.

—¡Vamos! —exclamaron Sirius y James tan emocionados como si estuvieran presenciando el propio partido.

La afición de Gryffindor estaba ronca de tanto gritar. Gryffindor sacaba sesenta puntos de ventaja. Y si Harry co­gía la snitch, la copa era suya. Harry notaba que cientos de ojos seguían sus movimientos mientras sobrevolaba el cam­po por encima del nivel de juego, con Malfoy siguiéndolo a toda velocidad.

Y entonces la vio: la snitch brillaba a siete metros por encima de él.

Todos se mantuvieron en silencio.

Harry aceleró con el viento rugiendo en sus orejas. Esti­ró la mano, pero de repente la Saeta de Fuego redujo la velo­cidad.

—¿Que? —preguntaron muchos aterrorizados.

Horrorizado, miró alrededor. Malfoy se había lanzado hacia delante, había cogido la cola de la Saeta y tiraba de ella.

—¡Serás...! —empezó Ginny sin llegar a decir nada.

—¡Serás...! 

Ambos se miraron y rieron por la casualidad totalmente inconscientes de como le molestaba eso a una joven de Ravenclaw.

Harry estaba lo bastante enfadado para golpear a Mal­foy, pero no lo podía alcanzar. Malfoy jadeaba por el esfuerzo de sujetar la Saeta de Fuego, pero tenía un brillo de malicia en los ojos. Había logrado lo que quería: la snitch había vuel­to a desaparecer.

—¿Como se puede ser tan sucio? —preguntó la profesora McGonagall molesta.

—¡Penalti! ¡Penalti a favor de Gryffindor! ¡Nunca he vis­to tácticas semejantes! —chilló la señora Hooch, saliendo disparada hacia el punto donde Malfoy volvía montar en su Nimbus 2.001.

~¡SO CERDO, SO TRAMPOSO! —gritaba Lee Jordan por el megáfono, alejándose de la profesora McGonagall—. ¡AS­QUEROSO HIJ. ..!

La profesora McGonagall ni siquiera se molestó en de­cirle que se callara. La verdad es que levantaba el puño en dirección a Malfoy. Se le había caído el sombrero y también ella gritaba furiosa.

—¡Esa es nuestra profesora! —aplaudieron los gemelos, siendo seguidos rápidamente por muchos otros estudiantes.

Alicia lanzó el penalti de Gryffindor; pero estaba tan en­fadada que lo envió fuera. El equipo de Gryffindor perdía concentración, y los de Slytherin, entusiasmados por la falta de Malfoy contra Harry, cada vez se atrevían a más.

—Slytherin en posesión del quaffle, Slytherin se dirige a la meta... Montague marca —gruñó Lee—: 70 a 20 a favor de Gryffindor...

Harry marcaba en ese momento a Malfoy desde tan cer­ca que sus rodillas chocaban. Harry no iba a dejar que Mal­foy se acercara a la snitch...

—¡Quítate de en medio, Potter! —gritó Malfoy con enojo, e intentó dar la vuelta, pero encontró a Harry bloqueándole el paso.

—Angelina Johnson coge el quaffle. ¡Vamos, Angelina! ¡VAMOS!

Harry miró a su alrededor. Excepto Malfoy, todos los ju­gadores de Slytherin, incluido el guardameta, habían salido disparados contra Angelina. Iban a bloquearla.

Harry dio la vuelta a la Saeta de Fuego, se agachó hasta quedar paralelo al palo de la escoba y se lanzó hacia delante. Como una bala, se dirigió en dirección a los de Slytherin.

—¡VOOOOOY!

Se dispersaron cuando la Saeta de Fuego se lanzó con­tra ellos como un torpedo. El camino de Angelina quedó des­pejado. 

—¡Perfecto Harry! —exclamó Sirius fuera de si—. Así se hace, joder.

—¡HA MARCADO!, ¡HA MARCADO! ¡Gryffindor en cabeza por 80 a 20!

Harry, que casi salió despedido hacia las gradas, frenó en el aire bruscamente, dio la vuelta y regresó veloz al centro del campo.

Y entonces vio algo como para pararle el corazón. Mal­foy bajaba a toda velocidad con una expresión de triunfo en la cara. Allí, a unos metros del suelo, había un resplandor dorado.

—No me jodas —dijo Sirius, que había perdido todo el color de su rostro.

Harry orientó hacia abajo el rumbo de su saeta, pero Malfoy le llevaba muchísima ventaja.

—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos! —dijo para espolear a la escoba. Ya reducía la distancia...

—Tu puedes Harry —le animaban muchos.

Harry se pegó al palo de la escoba cuando Bole le lanzó una bludger... estaba ya ante los tobillos de Malfoy... a su misma altura...

Harry se echó hacia delante, soltando las dos manos de la escoba. Desvió de un golpe el brazo de Malfoy y..

—¡SÍ!

—¡SÍ! —exclamaron muchos también.

—¡Sí, sí, sí, sí joder sí! —exclamaban Sirius y James, tan emocionados como los alumnos.

Recuperó la horizontal, con la mano en el aire, y el esta­dio se vino abajo. Harry sobrevoló a la multitud con un extraño zumbido en los oídos. La pequeña pelota dorada estaba fuertemente sujeta en su puño, batiendo las alas desespera­damente contra sus dedos.

Wood se acercó a él a toda velocidad, casi cegado por las lágrimas; cogió por el cuello a Harry y sollozó en su hombro irrefrenablemente. Harry sintió dos golpes en la espalda cuando Fred y George se acercaron. Luego oyó las voces de Angelina, Alicia y Katie:

—¡Hemos ganado la copa! ¡Hemos ganado la copa!

Atrapado en un abrazo colectivo, el equipo de Gryffindor bajó a tierra dando gritos con la voz quebrada.

Los grupos de hinchas del equipo escarlata saltaban ya las barreras y entraban en el terreno de juego. Multitud de manos palmeaban las espaldas de los jugadores. Harry esta­ba aturdido por el ruido y la multitud de cuerpos que lo apre­taban. La afición los subió en hombros a él y al resto del equipo. Cuando pudo ver algo, vio a Hagrid cubierto de esca­rapelas rojas:

—¡Los has vencido, Harry! ¡Los has vencido! ¡Cuando se lo cuente a Buckbeak...!

Allí estaba Percy, dando saltos como un loco, olvidado de su dignidad. La profesora McGonagall sollozaba incluso más sonoramente que Wood, y se secaba los ojos con una enorme bandera de Gryffindor. Y allí, abriéndose camino hacia Harry; se encontraban Ron y Hermione. No podían articular palabra. Se limitaron a sonreír mientras Harry era conduci­do a las gradas, donde Dumbledore esperaba de pie, con la enorme copa de quidditch.

Si hubiera habido un dementor por allí... Mientras Wood le pasaba la copa a Harry, sin dejar de sollozar; mientras la elevaba en el aire, Harry pensó que podía materializar al patronus más robusto del mundo.

Muchos sonrieron, y no hizo falta que la joven Ravenclaw lo indicara para que supieran que ese había sido el final del capitulo.


Y por fin acabamos con el capitulo de la final de quidditch. Son literalmente las 5:31 de la mañana en este momento y quiero irme a la cama. Espero que seáis lo suficientemente comprensivos como para dejarme hacerlo, lo suficientemente amables como para ayudarme a dormir cantándome una dulce nana y lo suficientemente Slytherins como para pintarme la cara mientras duermo.

Emm... ¿Que diga algo sobre el siguiente capitulo? Pues... Vereis... Eh...

Zzzzz.... Zzzzz.... Zzzzz...

Venga va, no tardaré tanto como he tardado con este. No me atrevo a jurarlo (que luego a saber) pero os doy mi palabra de caballero, por si os vale.

Bye!


domingo, 17 de mayo de 2015

El rencor de Snape


¡Esperar! ¡Ya llego, ya llego! Bien, ya estoy aquí.

*Carraspea fuertemente para llamar la atención y se ajusta la corbata*

Bien, mis estimados lectores, lamento la demora y, porque no decirlo, la informalidad de mi presentación. Estoy al corriente de que el avance de la historia se esta retrasando mucho en comparación con los inicios, pero no me cabe duda de que entendéis las razones y me congratula enormemente ver que me apoyáis. Estoy complacido, de veras. Me gustaría comentar que, cuando el tiempo libre vuelva a mi después las largas vacaciones que se esta tomando, actualizaré con más frecuencia o, por lo menos, esa es mi intención. Aún estamos en el tercer libro y, ¡Diantres, quiero llegar al sexto de una vez! Así que haré lo que este en mi mano (o en cualquier otra parte de mi cuerpo) para poder actualizar más rápido. Pero claro, de donde no hay no se puede sacar. Ya sea petroleo, tiempo o un batido de chocolate. Así que esperar un poco, que en cuento mi viejo amigo el tiempo libre toque a la puerta le ataré a mi tan fuerte que de libre no tendrá nada. Espera... ¿Eso no me hace mal a mi? Como sea.

Answer time!

Va a ser que no... Ya lo siento, a mi es a el que más le gusta todo eso de responderos y contaros chorradas o responder uno por uno a todos los que me preguntáis lo mismo xD Pero, en serio, cuando digo que no tengo mucho tiempo es porque no lo tengo. ¡Quiero mi tiempo libre, demonios!

Bueno va, os respondo rápidamente en los comentarios del capitulo anterior, que me cuesta menos y puedo hacerlo de una carrera, así que ya sabeís, el que quiera leer su respuesta que vaya al capitulo anterior. El que no quiera... ¡QUE ARDA EN CENIZAS! O algo así.

¡Que comiencen los juegos del hambre! (El primero que coma pierde) 


Todos los personajes y los fragmentos del libro original pertenecen a J.K. Rowling.

EL RENCOR DE SNAPE

Augusta cogió las gafas sin decir nada y, algo avergonzada, caminó hacia Wood lo más rápido que pudo.

—El rencor de Snape —empezó a leer.

En la torre de Gryffindor nadie pudo dormir aquella no­che. Sabían que el castillo estaba volviendo a ser rastreado y todo el colegio permaneció despierto en la sala común. esperando a saber si habían atrapado a Black o no. La pro­fesora McGonagall volvió al amanecer para decir que se había vuelto a escapar.

Por cualquier sitio por el que pasaran al día siguiente encontraban medidas de seguridad más rigurosas. El pro­fesor Flitwick instruía a las puertas principales para que reconocieran una foto de Sirius Black. Filch iba por los pasillos, tapándolo todo con tablas, desde las pequeñas grietas de las paredes hasta las ratoneras. Sir Cadogan fue despe­dido. Lo devolvieron al solitario descansillo del piso sépti­mo y lo reemplazó la señora gorda. Había sido restaurada magistralmente, pero continuaba muy nerviosa, y accedió a regresar a su trabajo sólo si contaba con protección. Con­trataron a un grupo de hoscos troles de seguridad para pro­tegerla. Recorrían el pasillo formando un grupo amenaza­dor; hablando entre gruñidos y comparando el tamaño de sus porras.

Harry no pudo dejar de notar que la estatua de la bruja tuerta del tercer piso seguía sin protección y despejada. Pa­recía que Fred y George estaban en lo cierto al pensar que ellos, y ahora Harry, Ron y Hermione, eran los únicos que sa­bían que allí estaba la entrada de un pasadizo secreto.

—Tendríais que habérselo dicho a algún profesor —dijo Lily sin darle ya demasiada importancia pues, al fin y al cabo, Sirius no era malo.

—¿Crees que deberíamos decírselo a alguien? —pregun­tó Harry a Ron.

Muchos asintieron con la cabeza varias veces.

—Sabemos que no entra por Honeydukes —dijo Ron—. Si hubieran forzado la entrada de la tienda, lo habríamos oído.

Snape negó con la cabeza mientras murmuraba "críos".

Harry se alegró de que Ron lo viera así. Si la bruja tuer­ta se tapara también con tablas, le intruso ya no podría volver a Hogsmeade.

Ron se convirtió de repente en una celebridad. Por pri­mera vez, la gente le prestaba más atención a él que a Harry, y era evidente que a Ron le complacía. 

Ron bajó la cabeza algo avergonzado mientras Harry reía.

Aunque seguía asus­tado por lo de aquella noche, le encantaba contarle a todo el mundo los pormenores de lo ocurrido.

—Estaba dormido y oí rasgar las cortinas, pero creí que ocurría en un sueño. Entonces sentí una corriente... Me des­perté y vi que una de las cortinas de mi cama estaba caída... Me di la vuelta y lo vi ante mí, como un esqueleto, con toneladas de pelo muy sucio... empuñando un cuchillo largo y tremendo, debía de medir treinta centímetros, me miraba, lo miré, entonces grité y salió huyendo.

—Pero ¿por qué se fue? —preguntó Ron a Harry cuando se marcharon las chicas de segundo que lo habían estado es­cuchando.

Harry se preguntaba lo mismo. ¿Por qué Black, que se había equivocado de cama, no había decidido silenciar a Ron y luego dirigirse hacia la de Harry? 

—¿Harry? —preguntó Cho algo nerviosa—. ¿No son esos pensamientos un poquito... fríos?

Harry se encogió de hombros sin ganas de responder, el solo había pensado que, como asesino que se suponía que era Sirius, y que no le importaba que muriesen inocentes siempre y cuando consiguiese lo que quería conseguir, matar primero a Ron y luego a Harry debía de ser la opción más normal, ¿no?

Black había demostrado doce años antes que no le importaba matar a personas ino­centes, y en aquella ocasión se enfrentaba a cinco chavales indefensos, cuatro de los cuales estaban dormidos.

—Quizá se diera cuenta de que le iba a costar salir del castillo cuando gritaste y despertaste a los demás —dijo Harry pensativamente—. Habría tenido que matar a todo el colegio para salir a través del retrato... Y entonces se habría encontrado con los profesores...

—Por favor Harry —murmuró Dean mientras le recorría un escalofrió—, ahórrate esos comentarios.

—Por mucho que quiera yo ya no decido aquí —se limitó a decir Harry señalando el libro.

Neville había caído en desgracia. La profesora McGona­gall estaba tan furiosa con él que le había suprimido las fu­turas visitas a Hogsmeade, le había impuesto un castigo y había prohibido a los demás que le dieran la contraseña para entrar en la torre. 

Alice suspiró, sintiendo algo de pena por su hijo, pero sabía muy bien que era un castigo justo.

El pobre Neville se veía obligado a esperar cada noche la llegada de alguien con quien entrar, mientras los troles de seguridad lo miraban burlona y desagradable­mente. Ninguno de aquellos castigos, sin embargo, era ni sombra del que su abuela le reservaba; dos días después de la intrusión de Black, envió a Neville lo peor que un alumno de Hogwarts podía recibir durante el desayuno: 

No pasó desapercivida para nadie la orgullosa y maliciosa sonrisa de Augusta Longbottom antes de leer:

un vocife­rador.

Fred y George sintieron un escalofrió al escuchar el nombre de aquel invento del demonio y, como pudieron comprobar al girarse hacia sus admirados merodeadores, no fueron los únicos en sentir un escalofrió.

Las lechuzas del colegio entraron como flechas en el Gran Comedor; llevando el correo como de costumbre, y Ne­ville se atragantó cuando una enorme lechuza aterrizó ante él, con un sobre rojo en el pico. Harry y Ron, que estaban sen­tados al otro lado de la mesa, reconocieron enseguida la car­ta. También Ron había recibido el año anterior un vocifera­dor de su madre.

—¡Cógelo y vete, Neville! —le aconsejó Ron.

Neville no necesitó oírlo dos veces. Cogió el sobre y, suje­tándolo como si se tratara de una bomba, salió del Gran Comedor corriendo, mientras la mesa de Slytherin, al verlo, estallaba en carcajadas. Oyeron el vociferador en el vestíbu­lo. La voz de la abuela de Neville, amplificada cien veces por medio de la magia, gritaba a Neville que había llevado la vergúenza a la familia.

Alice bajó la cabeza suspirando nuevamente, sabía bien que Neville se lo había ganado, pero era difícil ver como le pasaban cosas malas a su hijo. Ademas, Alice decidió que tendría que hablar con Augusta sobre todo eso a lo que solía recurrir de "Llevar la vergüenza a la familia". No quería que nadie le dijese esas cosas a su hijo.

Harry estaba demasiado absorto apiadándose de Neville para darse cuenta de que también él tenía carta. Hedwig llamó su atención dándole un picotazo en la muñeca.

—¡Ay! Ah, Hedwig, gracias.

Harry rasgó el sobre mientras Hedwig picoteaba entre los copos de maíz de Neville. La nota que había dentro decía:

Queridos Harry y Ron:

¿Os apetece tornar el té conmigo esta tarde, a eso de las seis? Iré a recogeros al castillo. ESPERADME EN EL VESTÍBULO. NO TENÉIS PERMISO PARA SALIR SOLOS.

Un saludo,

Hagrid


—Probablemente quiere saber los detalles de lo de Black —dijo Ron.

Así que aquella tarde, a las seis, Harry y Ron salieron de la torre de Gryffindor, pasaron corriendo por entre los troles de seguridad y se dirigieron al vestíbulo. Hagrid los aguar­daba ya.

—Bien, Hagrid —dijo Ron—. Me imagino que quieres que te cuente lo de la noche del sábado, ¿no?

—Ya me lo han contado —dijo Hagrid, abriendo la puer­ta principal y saliendo con ellos.

—Vaya —dijo Ron, un poco ofendido.

Hermione y Harry rieron un poco, divertidos por la reacción de Ron.

Lo primero que vieron al entrar en la cabaña de Hagrid fue a Buckbeak, que estaba estirado sobre el edredón de re­tales de Hagrid, con las enormes alas plegadas y comiéndose un abundante plato de hurones muertos. Al apartar los ojos de la desagradable visión, Harry vio un traje gigantesco de una tela marrón peluda y una espantosa corbata amarilla y naranja, colgados de la puerta del armario.

—¿Para qué son, Hagrid? —preguntó Harry.

—Buckbeak tiene que presentarse ante la Comisión para las Criaturas Peligrosas —dijo Hagrid—. Será este viernes. Iremos juntos a Londres. He reservado dos camas en el autobús noctámbulo...

Harry se avergonzó. Se había olvidado por completo de que el juicio de Buckbeak estaba próximo, y a juzgar por la incomodidad evidente de Ron, él también lo había olvidado. Habían olvidado igualmente que habían prometido que lo ayudarían a preparar la defensa de Buckbeak. La llegada de la Saeta de Fuego lo había borrado de la cabeza de ambos.

Hagrid les sirvió té y les ofreció un plato de bollos de Bath. Pero los conocían demasiado bien para aceptarlos. Ya tenían experiencia con la cocina de Hagrid.

Hagrid enrojeció un poco pero no dijo nada.

—Tengo algo que comentaros —dijo Hagrid, sentándose entre ellos, con una seriedad que resultaba rara en él.

—¿Qué? —preguntó Harry.

—Hermione —dijo Hagrid.

—¿Qué le pasa? —preguntó Ron.

—¿Tu que crees? Melón —dijo Ginny antes de darle una colleja.

—Está muy mal, eso es lo que le pasa. Me ha venido a visitar con mucha frecuencia desde las Navidades. Se encuen­tra sola. Primero no le hablabais por lo de la Saeta de Fuego. Ahora no le habláis por culpa del gato.

—¡Se comió a Scabbers! —exclamó Ron de malhumor.

—¡Porque su gato hizo lo que todos los gatos! —prosi­guió Hagrid—. Ha llorado, ¿sabéis? 

Ron suspiró molesto. Era un idiota. Siempre lo había sido y, aunque odiase reconocerlo, seguía siéndolo, ¿Porque siempre tenía que causar molestias a las personas que más quería?

Está pasando momentos muy difíciles. Creo que trata de abarcar más de lo que pue­de. Demasiado trabajo. Aún encontró tiempo para ayudarme con el caso Buckbeak. Por supuesto, me ha encontrado algo muy útil... Creo que ahora va a tener bastantes posibi­lidades...

—Nosotros también tendríamos que haberte ayudado. Hagrid, lo siento —balbuceó Harry

—¡No os culpo! —dijo Hagrid con un movimiento de la mano—. Ya sé que habéis estado muy ocupados Os he visto entrenar día y noche. Pero tengo que deciros que creía que valorabais más a vuestra amiga que a las escobas o las ra­tas. Nada más. —Harry y Ron se miraron azorados—. Sufrió mucho cuando se enteró de que Black había estado a punto de matarte, Ron. Hermione tiene buen corazón. Y vosotros dos sin dirigirle la palabra...

—¡Ahhh! No soporto nada de esto —gruñó Ginny dando un par de golpes más a su hermano.

—Si se deshiciera de ese gato, le volvería a hablar —dijo Ron enfadado—. Pero todavía lo defiende. Está loco, y ella no admite una palabra en su contra.

—Ah, bueno, la gente suele ponerse un poco tonta con sus animales de compañía —dijo Hagrid prudentemente.

Buckbeak escupió unos huesos de hurón sobre la al­mohada de Hagrid.

Las muecas de asco no tardaron en aparecer.

Pasaron el resto del tiempo hablando de las crecientes posibilidades de Gryffindor de ganar la copa de quidditch. A las nueve en punto, Hagrid los acompañó al castillo.

Cuando volvieron a la sala común, un grupo numeroso de gente se amontonaba delante del tablón de anuncios.

—¡Hogsmeade el próximo fin de semana! —dijo Ron, es­tirando el cuello para leer la nueva nota por encima de las cabezas ajenas—. ¿Qué vas a hacer? —preguntó a Harry en voz baja, al sentarse.

—Bueno, Filch no ha tapado la entrada del pasadizo que lleva a Honeydukes —dijo Harry aún más bajo.

—Harry —dijo una voz en su oído derecho. Harry se so­bresaltó. Se volvió y vio a Hermione, sentada a la mesa que tenían detrás, por un hueco que había en el muro de libros que la ocultaba—, Harry, si vuelves otra vez a Hogsmeade... le contaré a la profesora McGonagall lo del mapa.

—Tu actitud tampoco ayuda a que te perdonden —comentó Sirius asintiendo con la cabeza. Hermione le sacó la lengua y Sirius no pudo evitar sonreír, ¡Era tan mona cuando no se comportaba como una insufrible sabelotodo!

—¿Oyes a alguien, Harry? —masculló Ron, sin mirar a Hermione.

—Ron, ¿cómo puedes dejarle que vaya? ¡Después de lo que estuvo a punto de hacerte Sirius Black! Hablo en serio. Le contaré...

—¡Así que ahora quieres que expulsen a Harry! —dijo Ron, furioso—. ¿Es que no has hecho ya bastante daño este curso?

Ginny se levantó para volver a golpear a su hermano, muy mosqueada, pero no hizo falta, un alto enmascarado apareció de la nada y le dio una buena colleja.

—Por estúpido —dijo el alto enmascarado antes de desaparecer.

.

—Emm ¿papa? —preguntó Rose—. Sabes que "ese" Ron tiene la misma culpa de eso que tú ¿no?

La Hermione del futuro asintió varias veces.

—¿Mama? —pidió Hugo.

—Adelante, tienes mi permiso.

—¡Genial! —exclamó Hugo emocionado antes de darle una fuerte colleja a su padre y salir corriendo por la sala.

—¡Quiero ahí pequeñajo! ¡Ya veras cuando te pillé! —gritaba Ron mientras corría detrás de el.

—¿Puedo... —le pidió Ginny a Harry cuando Ron corría cerca de ellos.

—Si no lo haces tu lo hago yo —le dijo su marido.

Ginny le sonrió antes de adelantar un poco la pierna para así ponerle la zancadilla a su hermano, el cual se golpeó estrepitosamente contra el suelo, provocando risas en toda la sala.

—No sabéis cuanto os odio —dijo el pelirrojo desde el suelo.

(Todos son mala gente... Pobre ron... Esta bien, esta bien, ya le darán mimitos cuando llegue la hora :3)

.

Augusta parpadeó un par de veces, asimilando lo que acababa de ver, y siguió con la lectura.

(Aquí Dait hizo una pausa para ir a por algo de comer, pero claro, era porque tenía hambre, no porque no supiera como seguir o algo de eso eh... Si, eso es. No os hagáis ideas raras)

Hermione abrió la boca para responder, pero Crookshanks saltó sobre su regazo con un leve bufido. Hermione se asustó de la expresión de Ron, cogió a Crookshanks y se fue corriendo hacia los dormitorios de las chicas.

Muchos suspiraron.

(Es genial que me haya pasado todo este rato sin escribir para al final escribir esto ¿no? Creo que soy demasiado genial)

—Entonces ¿qué te parece? —preguntó Ron a Harry, como si no hubiera habido ninguna interrupción—. Venga, la última vez no viste nada. ¡Ni siquiera has estado todavía en Zonko!

Harry miró a su alrededor para asegurarse de que Her­mione no podía oír sus palabras:

—De acuerdo —dijo—. Pero esta vez cogeré la capa invisible.

El sábado por la mañana, Harry metió en la mochila la capa invisible, guardó en el bolsillo el mapa del merodeador y bajó a desayunar con los otros. Hermione no dejaba de mirarlo con suspicacia, pero él evitaba su mirada y se aseguró de que ella lo viera subir la escalera de mármol del vestíbulo mien­tras todos los demás se dirigían a las puertas principales.

—¡Adiós, Harry! —le dijo en voz alta—. ¡Hasta la vuelta!

Ron se sonrió y guiñó un ojo.

Harry subió al tercer piso a toda prisa, sacando el mapa del merodeador mientras corría. Se puso en cuclillas detrás de la bruja tuerta y extendió el mapa. Un puntito diminuto se movía hacia él. Harry lo examinó entornando los ojos. La mi­núscula inscripción que acompañaba al puntito decía: «NE­VILLE LONGBOTTOM.»

Harry sacó la varita rápidamente, musitó «Dissendio» y metió la mochila en la estatua, pero antes de que pudiera en­trar por ella Neville apareció por la esquina:

—¡Harry! Había olvidado que tú tampoco ibas a Hogs­meade.

—Hola, Neville —dijo Harry, separándose rápidamente de la estatua y volviendo a meterse el mapa en el bolsillo—. ¿Qué haces?

—Nada —dijo Neville, encogiéndose de hombros—. ¿Te apetece una partida de snap explosivo?

—Ahora no... Iba a la biblioteca a hacer el trabajo sobre los vampiros, para Lupin.

—¡Voy contigo! —dijo Neville con entusiasmo—. ¡Yo tampoco lo he hecho!

—Eh... ¡Pero si lo terminé anoche! ¡Se me había olvidado!

—Emm... ¿Harry? Creo que se ten notan las intenciones un poquito, eh —le dijo Ron muy convencido pero sin intentar ofender.

—Emm... ¿Ron? Creo que soy capaz de darme cuenta de eso.

—¡Estupendo, entonces podrás ayudarme! —dijo Ne­ville—. No me entra todo eso del ajo. ¿Se lo tienen que co­mer o...?

Neville se detuvo con un estremecimiento, mirando por encima del hombro de Harry.

Era Snape. Neville se puso rápidamente detrás de Harry.

—¿Qué hacéis aquí los dos? —dijo Snape, deteniéndose y mirando primero a uno y después al otro—. Un extraño lu­gar para reunirse...

Ante el desasosiego de Harry, los ojos negros de Snape miraron hacia las puertas que había a cada lado y luego a la bruja tuerta.

—No nos hemos reunido aquí —explicó Harry—. Sólo nos hemos encontrado por casualidad.

—¿De veras? —dijo Snape—. Tienes la costumbre de aparecer en lugares inesperados, Potter; y raramente te en­cuentras en ellos sin motivo. Os sugiero que volváis a la to­rre de Gryffindor, que es donde debéis estar.

Harry y Neville se pusieron en camino sin decir nada. Al doblar la esquina, Harry miró atrás. Snape pasaba una mano por la cabeza de la bruja tuerta, examinándola deteni­damente.

Ginny se mordió el labio pensativa, ¿sabría Snape acerca del pasadizo? Bueno, no tenía sentido molestarse por eso ya que, en este momento, todos sabían acerca de el.

Harry se las arregló para deshacerse de Neville en el retrato de la señora gorda, diciendo la contraseña y simu­lando que se había dejado el trabajo sobre los vampiros en la biblioteca y que volvía por él. Después de perder de vista a los troles de seguridad, volvió a sacar el mapa.

Neville bajó la cabeza algo triste. Sabía que Harry tenía razones suficientes para no querer estar con el. Había perdido la hoja con las contraseñas y Sirius las había descubierto, Harry había podido morir por culpa de su estúpido despiste, y por si eso fuera poco, Harry había quedado con Ron en Hogsmeade.

El corredor del tercer piso parecía desierto. Harry exa­minó el mapa con detenimiento y vio con alivio que la minús­cula mota con la inscripción «SEVERUS SNAPE» estaba otra vez en el despacho.

Echó una carrera hasta la estatua de la bruja, abrió la entrada de la joroba y se deslizó hasta encontrar la mochila al final de aquella especie de tobogán de piedra. Borró el mapa del merodeador y echó a correr.

Completamente oculto por la capa invisible, Harry salió a la luz del sol por la puerta de Honeydukes y dio un codazo a Ron en la espalda.

—Soy yo —susurro.

—¿Por qué has tardado tanto? —dijo Ron entre dientes.

—Snape rondaba por allí.

Echaron a andar por High Street.

—¿Dónde estás? —le preguntaba Ron de vez en cuando, por la comisura de la boca—. ¿Sigues ahí? Qué raro resulta esto...

Varios sonrieron imaginándoselo.

Fueron a la oficina de correos. Ron hizo como que miraba el precio de una lechuza que iba hasta Egipto, donde estaba Bill, y de esa manera Harry pudo hartarse de curiosear. Por lo menos trescientas lechuzas ululaban suavemente, desde las grises grandes hasta las pequeñísimas scops («Sólo entregas locales»), que cabían en la palma de la mano de Harry.

Luego visitaron la tienda de Zonko, que estaba tan llena de estudiantes de Hogwarts que Harry tuvo que tener mu­cho cuidado para no pisar a nadie y no provocar el pánico. Había artículos de broma para satisfacer hasta los sueños más descabellados de Fred y George. Harry susurró a Ron lo que quería que le comprara y le pasó un poco de oro por debajo de la capa. Salieron de Zonko con los monederos bastante más vacíos que cuando entraron, pero con los bolsillos abarrotados de bombas fétidas, dulces de hipotós, jabón de huevos de rana y una taza que mordía la nariz.

El día era agradable, con un poco de brisa, y a ninguno de los dos le apetecía meterse dentro de ningún sitio, así que siguieron caminando, dejaron atrás Las Tres Escobas y subieron una cuesta para ir a visitar la Casa de los Gritos, el edificio más embrujado de Gran Bretaña. Estaba un poco separada y más elevada que el resto del pueblo, e incluso a la luz del día resultaba escalofriante con sus ventanas cegadas y su jardín húmedo, sombrío y cuajado de maleza.

—Hasta los fantasmas de Hogwarts la evitan —explicó Ron, apoyado como Harry en la valla, levantando la vista ha­cia ella—. Le he preguntado a Nick Casi Decapitado... Dice que ha oído que aquí residen unos fantasmas muy bestias. Nadie puede entrar. Fred y George lo intentaron, claro, pero todas las entradas están tapadas.

Harry, agotado por la subida, estaba pensando en quitarse la capa durante unos minutos cuando oyó voces cerca­nas. Alguien subía hacia la casa por el otro lado de la colina. Un momento después apareció Malfoy, seguido de cerca por Crabbe y Goyle. Malfoy decía:

—... en cualquier momento recibiré una lechuza de mi padre. Tengo que ir al juicio para declarar por lo de mi bra­zo. Tengo que explicar que lo tuve inutilizado durante tres meses...

Muchos gruñeron.

Crabbe y Goyle se rieron.

—Ojalá pudiera oír a ese gigante imbécil y peludo de­fendiéndose: «Es inofensivo, de verdad. Ese hipogrifo es tan bueno como un...» —Malfoy vio a Ron de repente. Hizo una mueca malévola—. ¿Qué haces, Weasley? —Levantó la vista hacia la casa en ruinas que había detrás de Ron—: Supongo que te encantaría vivir ahí, ¿verdad, Ron? ¿Sueñas con tener un dormitorio para ti solo? He oído decir que en tu casa dor­mís todos en una habitación, ¿es cierto?

—Contente, Ron, contente, el único Malfoy al que puedes pegar ahora es otro Malfoy diferente —intentó convencerse el pelirrojo a si mismo—. Aunque tiene el mismo color de piel, la misma voz desagradable y la misma asquerosa cara que el otro...

Harry sujetó a Ron por la túnica para impedirle que sal­tara sobre Malfoy.

—Déjamelo a mí— le susurró al oído.

Los merodeadores, todos los jóvenes Weasley y muchos otros no pudieron evitar sonreír.

La oportunidad era demasiado buena para no aprove­charla. 

Sirius asintió varias veces.

Harry se acercó sigilosamente a Malfoy, Crabbe y Goyle, por detrás; se agachó y cogió un puñado de barro del camino.

—Ahora mismo estábamos hablando de tu amigo Ha­grid —dijo Malfoy a Ron—. Estábamos imaginando lo que dirá ante la Comisión para las Criaturas Peligrosas. ¿Crees que llorará cuando al hipogrifo le corten...?

¡PLAF!

—Me encanta como hace la abuela ese sonido —le confesó Frank a su hijo.

Al golpearle la bola de barro en la cabeza, Malfoy se in­clinó hacia delante. Su pelo rubio platino chorreaba barro de repente.

—¿Qué demo. ..?

Ron se sujetó a la valla para no revolcarse en el suelo de la risa. Malfoy, Crabbe y Goyle se dieron la vuelta, mirando a todas partes. Malfoy se limpiaba el pelo.

—¿Qué ha sido? ¿Quién lo ha hecho?

—Esto está lleno de fantasmas, ¿verdad? —observó Ron, como quien comenta el tiempo que hace.

Harry y Ron no paraban de reír recordándolo, y Hermione, por mucho que negara con la cabeza, no pudo contener una pequeña sonrisa.

Crabbe y Goyle parecían asustados. Sus abultados músculos no les servían de mucho contra los fantasmas. Malfoy daba vueltas y miraba como loco el desierto paraje.

Harry se acercó a hurtadillas a un charco especialmente sucio sobre el que había una capa de fango verdoso de olor nauseabundo.

¡PATAPLAF!

—Yo prefiero como hace este otro sonido —le comentó Neville a su padre.

Crabbe y Goyle recibieron algo esta vez. Goyle saltaba sin moverse del sitio, intentando quitarse el barro de sus ojos pequeños y apagados.

—¡Ha venido de allá! —dijo Malfoy, limpiándose la cara y señalando un punto que estaba unos dos metros a la iz­quierda de Harry.

Crabbe fue hacia delante dando traspiés, estirando como un zombi sus largos brazos. Harry lo esquivó, cogió un palo y se lo tiró a Crabbe. Le acertó en la espalda. Harry retrocedió riendo en silencio mientras Crabbe ejecutaba en el aire una especie de pirueta para ver quién lo había arrojado. Como Ron era la única persona a la que Crabbe podía ver, fue a él a quien se dirigió. Pero Harry estiró la pierna. Crabbe tropezó, trastabilló y su pie grande y plano pisó la capa de Harry, que sintió un tirón y notó que la capa le resbalaba por la cara.

—Peligro... —murmuraron los gemelos Weasley con cara de molestia.

Durante una fracción de segundo, Malfoy lo miró fijamente.

—¡AAAH! —gritó, señalando la cabeza de Harry

Dio media vuelta y corrió colina abajo como alma que llevara el diablo, con Crabbe y Goyle detrás.

Harry se puso bien la capa, pero ya era demasiado tarde.

—Harry —dijo Ron, avanzando a trompicones y miran­do hacia el lugar en que había aparecido la cabeza de su amigo—. Más vale que huyas. Si Malfoy se lo cuenta a alguien... lo mejor será que regreses rápidamente al castillo...

—Lo ideal sería que llegarás a al castillo antes que Malfoy y que te acercarás a algún profesor —le dijo Remus.

—Preferiblemente a la profesora McGonagall —comentó Sirius.

—Es es —continuó Remus—. Así, si Malfoy se lo cuenta a alguien, McGonagall diría que es imposible, ya que ha estado contigo.

—Y si a eso le sumas que antes estuviste con Snape... —dijo James sonriendo.

—Emm... No es por aguaros la fiesta chicos —dijo Harry—. Pero por mucho que me digáis yo no puedo hacer nada...

Los tres merodeadores bajaron simultáneamente la cabeza, algo avergonzados.

—¡Nos vemos más tarde! —le dijo Harry, y volvió hacia el pueblo a todo correr.

¿Creería Malfoy lo que había visto? ¿Creería alguien a Malfoy? Nadie sabía lo de la capa invisible. Nadie excepto Dumbledore. Harry sintió un retortijón en el estómago. Si Malfoy contaba algo, Dumbledore comprendería perfecta­mente lo ocurrido.

Volvió a Honeydukes, volvió a bajar a la bodega, por el suelo de piedra, volvió a meterse por la trampilla, se quitó la capa, se la puso debajo del brazo y corrió todo lo que pudo por el pasadizo... Malfoy llegaría antes. ¿Cuánto tiempo le costaría encontrar a un profesor? Jadeando, notando un pinchazo en el costado, Harry no dejó de correr hasta que alcanzó el tobogán de piedra. Tendría que dejar la capa donde antes. Era demasiado comprometida, en caso de que Malfoy se hu­biera chivado a algún profesor. La ocultó en un rincón oscu­ro y empezó a escalar con rapidez. Sus manos sudorosas resbalaban en los flancos del tobogán. Llegó a la parte interior de la joroba de la bruja, le dio unos golpecitos con la varita, asomó la cabeza y salió. La joroba se cerró y precisamente cuando Harry salía por la estatua, oyó unos pasos ligeros que se aproximaban.

Era Snape. Se acercó a Harry con paso rápido, produ­ciendo un frufrú con la toga negra, y se detuvo ante él.

—¿Y..? —preguntó.

Había en el profesor un aire contenido de triunfo. Harry trató de disimular, demasiado consciente de que tenía el ros­tro sudoroso y las manos manchadas de barro, que se apre­suró a esconder en los bolsillos.

—Ven conmigo, Potter —dijo Snape.

Harry lo siguió escaleras abajo, limpiándose las manos en el interior de la túnica sin que Snape se diera cuenta. Ba­jaron hasta las mazmorras y entraron en el despacho de Sna­pe. Harry sólo había entrado en aquel lugar en una ocasión y también entonces se había visto en un serio aprieto. Des­de aquella vez, Snape había comprado más seres viscosos y repugnantes, y los había metido en tarros. Estaban todos en estanterías, detrás de la mesa, brillando a la luz del fue­go de la chimenea y acentuando el aire amenazador de la si­tuación.

—Siéntate —dijo Snape.

Harry se sentó. Snape, sin embargo, permaneció de pie.

—El señor Malfoy acaba de contarme algo muy extraño, Potter —dijo Snape.

—Mierda —murmuraron todos los jovenes Weasley (y Arthur) al mismo tiempo.

Molly carraspeó fuertemente.

—Cacota —se corrigieron todos.

Harry no abrió la boca.

—Me ha contado que se encontró con Weasley junto a la Casa de los Gritos. Al parecer; Weasley estaba solo.

Harry siguió sin decir nada.

—El señor Malfoy asegura que estaba hablando con Weasley cuando una gran cantidad de barro le golpeó en la parte posterior de la cabeza. ¿Cómo crees que pudo ocurrir?

Harry trató de parecer sorprendido:

—No lo sé, profesor.

Snape taladraba a Harry con los ojos. Era igual que mi­rar a los ojos a un hipogrifo: Harry hizo un gran esfuerzo para no parpadear.

—Entonces, el señor Malfoy presenció una extraordinaria aparición. ¿Se te ocurre qué pudo ser; Potter?

—No —contestó Harry, intentando aparentar una curio­sidad inocente.

—Tu cabeza, Potter. Flotando en el aire.

Hubo un silencio prolongado.

—Tal vez debería acudir a la señora Pomfrey. Si ve cosas como...

Algunos rieron.

—¿Qué estaría haciendo tu cabeza en Hogsmeade, Pot­ter? —dijo Snape con voz suave—. Tu cabeza no tiene permi­so para ir a Hogsmeade. Ninguna parte de tu cuerpo, en rea­lidad.

—Lo sé —dijo Harry, haciendo un esfuerzo para que ni la culpa ni el miedo se reflejaran en su rostro—. Parece que Malfoy tiene alucina...

—Malfoy no tiene alucinaciones —gruñó Snape, y se in­clinó hacia delante, apoyando las manos en los brazos del asiento de Harry, para que sus caras quedasen a un palmo de distancia—. Si tu cabeza estaba en Hogsmeade, también estaba el resto.

—He estado arriba, en la torre de Gryffindor —dijo Harry—. Como usted me mandó.

—¿Hay alguien que pueda testificarlo?

Harry no dijo nada. Los finos labios de Snape se torcie­ron en una horrible sonrisa.

—Bien —dijo, incorporándose—. Todo el mundo, desde el ministro de Magia para abajo, trata de proteger de Sirius Black al famoso Harry Potter. Pero el famoso Harry Potter hace lo que le da la gana. ¡Que la gente vulgar se preocupe de su seguridad! El famoso Harry Potter va donde le apetece sin pensar en las consecuencias.

Harry tragó saliva, realmente había sido un insensato, si Sirius hubiese sido malo en realidad, seguramente habría acabado muerto.

Harry guardó silencio. Snape le provocaba para que re­velara la verdad. Pero no iba a hacerlo. Snape aún no tenía pruebas.

—¡Cómo te pareces a tu padre! —dijo de repente Snape, con los ojos relampagueantes—. También él era muy arro­gante. No era malo jugando al quidditch y eso le hacía creerse superior a los demás. Se pavoneaba por todas partes con sus amigos y admiradores. El parecido es asombroso.

—Mi padre no se pavoneaba —dijo Harry, sin poderse contener—. Y yo tampoco.

Lily no pudo evitar reír y James desvió la mirada, algo molesto con su yo del pasado.

—Tu padre tampoco respetaba mucho las normas —pro­siguió Snape, en sus trece, con el delgado rostro lleno de ma­licia—. Las normas eran para la gente que estaba por deba­jo, no para los ganadores de la copa de quidditch. Era tan engreído...

—¡CÁLLESE!

—¡Así se habla Harry! —le dijo Sirius.

Harry se puso en pie. Lo invadía una rabia que no había sentido desde su última noche en Privet Drive. No le impor­taba que Snape se hubiera puesto rígido ni que sus ojos ne­gros lo miraran con un fulgor amenazante:

—¿Qué has dicho, Potter?

—¡Le he dicho que deje de hablar de mi padre! Conozco la verdad. Él le salvó a usted la vida. ¡Dumbledore me lo con­tó! ¡Si no hubiera sido por mi padre, usted ni siquiera estaría aquí!

La piel cetrina de Snape se puso del color de la leche agria.

—¿Y el director te contó las circunstancias en que tu pa­dre me salvó la vida? —susurró—. ¿O consideró que esos de­talles eran demasiado desagradables para los delicados oídos de su estimadísimo Potter?

Harry se mordió el labio. No sabía cómo había ocurrido y no quería admitir que no lo sabía. Pero parecía que Snape había adivinado la verdad.

—Lamentaría que salieras de aquí con una falsa idea de tu padre —añadió con una horrible mueca—. ¿Imaginabas algún acto glorioso de heroísmo? Pues permíteme que te de­sengañe. Tu santo padre y sus amigos me gastaron una bro­ma muy divertida, que habría acabado con mi vida si tu pa­dre no hubiera tenido miedo en el último momento y no se hubiera echado atrás. No hubo nada heroico en lo que hizo. Estaba salvando su propia piel tanto como la mía. Si su bro­ma hubiera tenido éxito, lo habrían echado de Hogwarts.

—Tampoco te pases oye —dijo James—. Ni fuera a dejarte morir o algo.

Snape enseñó los dientes, irregulares y amarillos.

—¡Da la vuelta a tus bolsillos, Potter! —le ordenó de re­pente.

Harry no se movió. Oía los latidos que le retumbaban en los oídos.

—¡Da la vuelta a tus bolsillos o vamos directamente al director! ¡Dales la vuelta, Potter!

Temblando de miedo, Harry sacó muy lentamente la bol­sa de artículos de broma de Zonko y el mapa del merodeador.

Snape cogió la bolsa de Zonko.

—Todo me lo ha dado Ron —dijo Harry, esperando tener la posibilidad de poner a Ron al corriente antes de que Sna­pe lo viera—. Me lo trajo de Hogsmeade la última vez...

—¿De verdad? ¿Y lo llevas encima desde entonces? ¡Qué enternecedor...! ¿Y esto qué es?

Snape acababa de coger el mapa. Harry hizo un enorme esfuerzo por mantenerse impasible.

—Un trozo de pergamino que me sobró —dijo encogién­dose de hombros.

Snape le dio la vuelta, con los ojos puestos en Harry.

—Supongo que no necesitarás un trozo de pergamino tan viejo —dijo—. ¿Puedo tirarlo?

Acercó la mano al fuego.

—¡No! —exclamaron los merodeadores, horrorizados con la idea de que su invento más maravilloso pudiese desaparecer de la tierra.

—¡No! —exclamó Harry rápidamente.

—¿Cómo? —dijo Snape. Las aletas de la nariz le vibra­ban—. ¿Es otro precioso regalo del señor Weasley? ¿O es... otra cosa? ¿Quizá una carta escrita con tinta invisible? ¿O tal vez... instrucciones para llegar a Hogsmeade evitando a los dementores?

Harry parpadeó. Los ojos de Snape brillaban.

—Veamos, veamos... —susurró, sacando la varita y des­plegando el mapa sobre la mesa—. ¡Revela tu secreto! —dijo, tocando el pergamino con la punta de la varita.

No ocurrió nada. Harry enlazó las manos para evitar que temblaran.

—¡Muéstrate! —dijo Snape, golpeando el mapa con energía.

Siguió en blanco. Harry respiró aliviado.

—¡Severus Snape, profesor de este colegio, te ordena en­señar la información que ocultas! —dijo Snape, volviendo a golpear el mapa con la varita.

Como si una mano invisible escribiera sobre él, en la lisa superficie del mapa fueron apareciendo algunas palabras: «El señor Lunático presenta sus respetos al profesor Snape y le ruega que aparte la narizota de los asuntos que no le atañen.»

El gran comedor se llenó de carcajadas instantáneamente al imaginarse la cara del profesor al verlo.

Snape se quedó helado. Harry contempló el mensaje es­tupefacto. Pero el mapa no se detuvo allí. Aparecieron más cosas escritas debajo de las primeras líneas: «El señor Cor­namenta está de acuerdo con el señor Lunático y sólo quisie­ra añadir que el profesor Snape es feo e imbécil.»

—¿Cuantos años tenías cuando preparastes eso? —le preguntó Lily a James—. Porque suena tremendamente infantil...

—Oh, cállate.

Habría resultado muy gracioso en otra situación menos grave. Y había más: «El señor Canuto quisiera hacer constar su estupefacción ante el hecho de que un idiota semejante haya llegado a profesor.»

—¿Ves? Eso suena mucho mejor —dijo Lily asintiendo con la cabeza.

Harry cerró los ojos horrorizado. Al abrirlos, el mapa ha­bía añadido las últimas palabras: «El señor Colagusano sa­luda al profesor Snape y le aconseja que se lave el pelo, el muy guarro.»

Eso ya fue el colmo, el Gran Comedor estaba cubierto de carcajadas. Bueno, no todo el comedor, el nombre Colagusano había causado que algunos no tuvieran ganas de reír.

Harry aguardó el golpe.

—Bueno... —dijo Snape con voz suave—. Ya veremos.

Se dirigió al fuego con paso decidido, cogió de un tarro un puñado de polvo brillante y lo arrojó a las llamas.

—¡Lupin! —gritó Snape dirigiéndose al fuego—. ¡Quiero hablar contigo!

Totalmente asombrado, Harry se quedó mirando el fue­go. Una gran forma apareció en él, revolviéndose muy rápido.

Unos segundos más tarde, el profesor Lupin salía de la chimenea sacudiéndose las cenizas de la toga raída.

—¿Llamabas, Severus? —preguntó Lupin, amablemente.

—Sí —respondió Snape, con el rostro crispado por la fu­ria y regresando a su mesa con amplias zancadas—. Le he dicho a Potter que vaciara los bolsillos y llevaba esto.

Snape señaló el pergamino en el que todavía brillaban las palabras de los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta. En el rostro de Lupin apareció una expresión extraña y hermética.

—¿Qué te parece? —dijo Snape. Lupin siguió mirando el mapa. Harry tenía la impresión de que Lupin estaba muy concentrado—. ¿Qué te parece? —repitió Snape—. Este per­gamino está claramente encantado con Artes Oscuras. Entra dentro de tu especialidad, Lupin. ¿Dónde crees que lo pudo conseguir Potter?

Lupin levantó la vista y con una mirada de soslayo a Harry, le advirtió que no lo interrumpiera.

—¿Con Artes Oscuras? —repitió con voz amable—. ¿De verdad lo crees, Severus? A mí me parece simplemente un pergamino que ofende al que intenta leerlo. Infantil, pero se­guramente no peligroso. Supongo que Harry lo ha comprado en una tienda de artículos de broma.

—¿De verdad? —preguntó Snape. Tenía la quijada rígi­da a causa del enfado—. ¿Crees que una tienda de artículos de broma le vendería algo como esto? ¿No crees que es más probable que lo consiguiera directamente de los fabricantes?

Harry no entendía qué quería decir Snape. Y daba la im­presión de que Lupin tampoco.

—¿Quieres decir del señor Colagusano o cualquiera de esas personas? —preguntó—. Harry, ¿conoces a alguno de estos señores?

—No —respondió rápidamente Harry.

—¿Lo ves, Severus? —dijo Lupin, volviéndose hacia Snape—. Creo que es de Zonko.

—Me encanta como miente Lunatico —le aseguró James a su hijo.

En ese momento entró Ron en el despacho. Llegaba sin aliento. Se paró de pronto delante de la mesa de Snape, con una mano en el pecho e intentando hablar.

—Yo... le di... a Harry... ese objeto —dijo con la voz aho­gada—. Lo compré en Zonko hace mucho tiempo...

—Bien —dijo Lupin, dando una palmada y mirando con­tento a su alrededor—. ¡Parece que eso lo aclara todo! Me lo llevo, Severus, si no te importa —Plegó el mapa y se lo metió en la toga—. Harry, Ron, venid conmigo. Tengo que deciros algo relacionado con el trabajo sobre los vampiros. Discúlpa­nos, Severus.

Harry no se atrevió a mirar a Snape al salir del despa­cho. Él, Ron y Lupin hicieron todo el camino hasta el vestí­bulo sin hablar. Luego Harry se volvió a Lupin.

—Señor profesor; yo...

—No quiero disculpas —dijo Lupin. Echó una mirada al vestíbulo vacío y bajó la voz—. Da la casualidad de que sé que este mapa fue confiscado por el señor Filch hace muchos años. Sí, sé que es un mapa —dijo ante los asombrados Harry y Ron—. No quiero saber cómo ha caído en vuestras manos. Me asombra, sin embargo, que no lo entregarais, es­pecialmente después de lo sucedido en la última ocasión en que un alumno dejó por ahí información relativa al castillo. No te lo puedo devolver; Harry.

Harry ya lo suponía, y quería explicarse.

—¿Por qué pensó Snape que me lo habían dado los fabri­cantes?

—Porque... porque los fabricantes de estos mapas ha­brían querido sacarte del colegio. Habrían pensado que era muy divertido.

—¿Los conoce? —dijo Harry impresionado.

—Nos hemos visto —dijo Lupin lacónicamente. Miraba a Harry más serio que nunca—. No esperes que te vuelva a encubrir; Harry. No puedo conseguir que te tomes en serio a Sirius Black, pero creía que los gritos que oyes cuando se te aproximan los dementores te habían hecho algún efecto. Tus padres dieron su vida para que tú siguieras vivo, Harry Y tú les correspondes muy mal... cambiando su sacrificio por una bolsa de artículos de broma.

Se marchó y Harry se sintió mucho peor que en el despa­cho de Snape. Despacio, subieron la escalera de mármol. Al pasar al lado de la estatua de la bruja tuerta, Harry se acor­dó de la capa invisible. Seguía allí abajo, pero no se atrevió a ir por ella.

—Es culpa mía —dijo Ron de pronto—. Yo te persuadí de que fueras. Lupin tiene razón. Fue una idiotez. No debi­mos hacerlo.

Hermione carraspeó fuertemente.

—Sí, sí —dijo Ron atrayendola hacia el—. Tenías razón, como siempre.

Dejó de hablar. Habían llegado al corredor en que los troles de seguridad estaban haciendo la ronda y por el que Hermione avanzaba hacia ellos. Al verle la cara, a Harry no le cupo ninguna duda de que estaba enterada de lo ocurrido. Sintió una enorme desazón. ¿Se lo habría contado a la profe­sora McGonagall?

—¿Has venido a darte el gusto? —le preguntó Ron cuan­do se detuvo la muchacha—. ¿O acabas de delatarnos?

—No —respondió Hermione. Tenía en las manos una carta y el labio le temblaba—. Sólo creí que debíais saberlo. Hagrid ha perdido el caso. Van a ejecutar a Buckbeak.

—¡No! —exclamaron James y Lily al mismo tiempo.

—Aquí acaba —dijo Augusta—. ¿Quien lee el siguiente?

—¡Yo! ¡Yo! —dijo una joven de tercero que, al parecer, se dejaba llevar mucho por las historias que leía, y no le gustaba quedarse con las ganas, así que, sin esperar respuesta, corrió hacia la abuela que sostenía el libro, se lo quitó de las manos y no tardó en leer el título del siguiente capitulo con una sonrisa—: La final de Quidditch.


Bueno, aquí acabamos por hoy. Emm... No he releído el capitulo, así que no se como ha quedado. Puede que se note un poco la falta de tiempo y el cansancio en cada capitulo, pero bueno, dentro de unos pocos capítulos desaparecerá esa sensación. Espero, vamos.

No tengo mucho que decir para despedirme así que me limitaré a poner una frase de Oscar Wilde que me gusta mucho:

No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.
No creo estar muy de acuerdo con muchas de las cosas que pensaba este hombre pero tiene algunas que, desde luego, me han impresionado mucho.

Bye!



domingo, 10 de mayo de 2015

Sorry!!! .·´¯`(>▂<)´¯`·.


Lo sientooooo, estoy teniendo problemillas con el tiempo (supongo que de tanto pedirle que me deje viajar al futuro y al pasado ahora me tiene manía y me hace sufrir) y no he podido actualizar estas semanas. Pero bueno, creo que para este finde estará el siguiente capitulo casi seguro.

¡Un saludo a todos y gracias por estar ahí! ゚・✿ヾ╲(。◕‿◕。)╱✿・゚